Archive | noviembre 2012

Ese es el camino… ¡Viva Cataluña española!

El día 9 de septiembre, con motivo de la fiesta de la Madre de Dios del Claustre, patrona de la diócesis de Solsona, su joven obispo, monseñor Xavier Novell, predicó una homilía en la que pronunció estas palabras: “Estar a favor de la independencia de Cataluña es legítimo moralmente, y por tanto, los católicos pueden ser independentistas”.

Es verdad que se puede ser independentista y católico. Como también se puede ser  ladrón y católico; adúltero y católico; asesino y católico… pero no se debe ser independentista, ni ladrón, ni adúltero, ni asesino, porque lo prohíbe la ley de Dios y la moral católica. El día 9 de septiembre de 1995, el beato Juan Pablo II les dijo a los jóvenes reunidos en el santuario de Loreto: “Queridos jóvenes: Rechazad las ideologías obtusas y violentas, manteneos lejos de toda forma de nacionalismo exacerbado”.

Señor obispo, el independentismo catalanista -que no catalán- tiene mucho de ideología obtusa y exacerbada y es hijo de las ideologías anticristianas de la Revolución Francesa.

Hace más de 20 años leí la obra: Otra historia de Cataluña, del gerundense Marcelo Capdeferro. En 1967 había escrito Historia de Cataluña, inspirándose en las fuentes románticas y nacionalistas de la historiografía catalana. Pero años más tarde, siguiendo criterios estrictamente científicos, consideró un deber ante la Historia rectificar su primer libro, porque había tergiversaciones e inexactitudes fundamentales muy graves. Cataluña no puede ni debe separarse de España porque es un absurdo histórico: Cataluña siempre ha sido España. Capdeferro ha escrito una historia de la Cataluña auténtica, no al margen de España, sino la historia de Cataluña dentro de España. Un hecho histórico irrefutable.

El historiador catalán comienza el prólogo de la auténtica historia de Cataluña con estas palabras: “Historia es la relación verdadera de los acontecimientos pasados. Sus fuentes principales son los monumentos, los documentos y la tradición; pero estas dos últimas fuentes, si no son cuidadosamente estudiadas, ponderadas y verificadas son susceptibles de fomentar mitos y leyendas”.  Mitos y leyendas creados y difundidos por la historiografía catalanista romántica y mentirosa. Hay que volver a la Tradició Catalana del obispo Torras y Bages, cuya tesis e ideal es “Cataluña será cristiana o no será”. Para muchos de los independentistas modernos, Cataluña puede y debe ser cualquier cosa menos cristiana.

Señor obispo de Solsona: lea a Capdeferro; lea a Francisco Canals, catedrático de Metafísica de la Universidad de Barcelona; lea al doctor Barraycoa, vicerrector de la universidad Abad Oliva, que acaba de publicar Historias ocultadas del nacionalismo catalán. Los tres son catalanes por los cuatro costados y católicos comprometidos.  Y como ellos, son legión los catalanes que conocen y viven las auténticas tradiciones católicas de Cataluña. Lea la verdadera historia de Cataluña y sea patriota como enseña nuestra santa madre la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. El beato Juan Pablo II, en uno de sus viajes apostólicos a Polonia dijo: “Me siento un Papa que tiene el sacrosanto derecho de compartir los sentimientos de su propia nación”.

Volvamos a la Cataluña real, mosén Cinto Verdaguer, Sardá y Salvany, Jaime Balmes…  Mi profesor de moral me enseñó que el patriotismo es amar a la patria. Las principales manifestaciones de amor a la patria nos decía que son: amor de predilección, respeto, honor, servicio y defensa. Todo bautizado, debe amar a su patria; conocer su historia, religión, tradiciones, geografía, idioma, cultura, bandera, himno. También debe amar las patrias de otros católicos. Un católico no debe incitar a nadie a luchar contra la integridad de su patria como tampoco se debe incitar a luchar contra la integridad de la familia, fomentando divorcios o  abortos. Eso es pecado.

En este rincón de España que es Cataluña han nacido una legión de santos y santas que entendieron el orden jerárquico del amor predicado por san Agustín: “Ama siempre a tus prójimos y más que a tus prójimos, a tus padres; y más que a tus padres, a tu patria; y más que a tu patria a Dios”. El dios de muchos separatistas es el mito romántico,  la ambición política y la economía materialista.  En Cataluña y en toda España hacen falta santos, como fueron los catalanes san Antonio María Claret, san Enrique de  Ossó, santa Joaquina Vedruna, santa Teresa Jornet, beata María Rafols,  heroína de la caridad en los sitios de Zaragoza, junto a otra catalana, Agustina de Aragón, y el beato Pere Tarrés, quien el día 26 de enero de 1939 escribió en su diario de guerra: “Estoy convencido de que se acercan para España horas de gloria y de luz y de reconciliación, de fuerza creadora. Estoy convencido de que renacerá la llama viva del cristianismo, más viva que nunca. Son las cuatro de la tarde. Vivimos momentos únicos. Momentos de emoción sublime. Saltaría de gozo, lloraría de alegría. Barcelona reconquistada para España y para Cristo. Barcelona liberada del infierno rojo. El marxismo, bajo todos los aspectos ha sufrido el golpe más decisivo. Cataluña, Cataluña está salvada. La entrada del ejército nacional liberador de España en Las Ramblas ha sido grandioso, a los gritos de Arriba España y Viva Franco.”

“Nos abrazábamos por las calles… ¡Ha sufrido tanto Cataluña! Me he sentido profundamente español y nunca como hoy me sale del corazón un grito bien alto de ¡Viva España! ¡Viva Cataluña española! Virgen María continua velando por nuestra Patria”. “¡Viva Cristo Rey!  ¡Viva España cristiana! ¡Viva Cataluña española!”Ese es el camino.

P. Manuel Martínez Cano (mCR)

Publicado en la revista Fuerza Nueva. nº 1417

Sin propaganda institucional, bajo la lluvia… Respuesta al catalanismo del “3%”

Artur Mas es un político marcado por el 3%. No sólo ese porcentaje le define por su actitud de entonces, sino por su trayectoria vital. Desde aquel infausto día en que en el Parlamento de Cataluña Pasqual Maragall le acusó a él y a su partido de cobrar esa  comisión por cada una de sus autorizaciones públicas cuando ejercían el poder, este nacionalista convergente se ha echado la manta a la cabeza. Perdió el sillón de conseller en cap por unos momentos en la etapa del tripartito porque su apuesta residía en dar estabilidad a Cataluña, y no lo consiguió. Perdida esa batalla no le quedaba más que otra: avivar la brasa independentista, que no la quiere ni Jordi Pujol, aunque siempre esté hablando de la nació catalana. “Contra España siempre iremos mejor”, pensaba el marido de Marta Ferrusola. Su epígono ha mirado a su alrededor y ha llegado a la conclusión de que o se inventaban otro proyecto o la Generalitat se quedaba sin faena, sin chicha y hasta sin razón de ser. Algo parecido le ocurrió en el 34 a Companys con los gobiernos derechistas de la República, y ya vimos cómo acabó la película.

Companys era el hombre elegido para sacar adelante el sueño de Macià, otro Villarroel de la Diada de 1714. Pero aquel malogrado president era izquierdista y secesionista, y Mas es un hombre de derechas, con socios democristianos que le prestan su apoyo separador a regañadientes y con una masa en la calle que es una mixtura de muchas especies. Son aquellos que imaginan que Cataluña es Laporta, el Barça, Els Segadors, el sedicente montserratino Casià Maria Just, algún estrambote de Salvador Espriu o los residuos del Òmnium Cultural. Lo malo de esto es que se han juntado tantas churras con tantas merinas que ahora se confunden los antiguos alumnos del abad Escarré, que eran todos los profesionales del “vivir contra Franco” -socialistas indígenas incluidos-, con los sucesores de Cambó -que en su día y desde el exilio le daba por carta gracias al Caudillo por haber librado a Cataluña de una tragedia-, con aportaciones de los románticos de Prat de la Riba. Con otra diferencia: a Companys le preocupaba más la revolución que la “pela”, y a Mas ésta le tiene sin dormir porque ni con el 3% ha tenido bastante para financiar tanta rapiña.

No se lo esperaba

El actual president no se lo esperaba pero algo se temía. Sabe de sobra que Cataluña tiene unas razones especiales para ser muy tenidas en cuenta, desde el idioma hasta la historia. Es algo inapelable que sólo pueden cuestionar los indocumentados o los tontos. Pero también sabe que El Quijote describe como nadie la hermosura de la ciudad de Barcelona, que Agustina de Aragón era catalana, que Los Sitios gerundenses fueron defensa generosa de la piel hispana, que los voluntarios de Prim ganaban para España una laureada en África, que Isabel y Fernando recibían a Colón en Barcelona tras aquel espectacular alba de América, que los requetés de los Tercios catalanes y la Sexta Columna falangista eran hijos de la Cataluña más profunda, que los mártires de Vic, cantando el Virolai y dando gritos de entrega a Cristo y a España, se dejaban la vida por no abjurar de su fe, que la Marca Hispánica se produjo allí y no en Asturias o León, que Francesc Macià fue un teniente coronel del ejército español y Villarroel un general del mismo ejército, que Cataluña fue un Principado y Barcelona un Condado del Reino de Aragón, eso sí, muy relevantes por sus características y por su talento; que Cataluña es un permanente somatén -som ematent- de España y el timbaler del Bruc un anuncio de permanente y prometedora juventud que ahuyenta a sus enemigos; que Cataluña, como decía una pancarta el pasado 12 de Octubre en la Plaza de Cataluña, “es el embrión de España”.

El error de cálculo de Artur Mas ha sido intelectualmente jaleado por el mapa actual de la Unión Europea, que mantiene -y nunca mejor dicho- en su seno a países como Eslovenia, Serbia, Croacia, Eslovaquia, u otros como Montenegro, Kosovo o Macedonia. ¿Por qué no podemos ser nosotros igual?, se preguntará. Las primeras fueron naciones con monarquías siempre, y las segundas territorios autónomos hoy reconocidos, y en algunos casos invadidos por extranjeros. En lo único que se parece Kosovo a Cataluña es en que ambas son “embrión” de Serbia y de España, la primera tomada militarmente por musulmanes albaneses y la segunda en periodo de conquista por similares ocupantes. Si Artur Mas no es capaz de distinguir entre la propia familia, de cuyo tronco se quiere desgajar, o entre los sarracenos que van conquistando su territorio hasta hacerlo irreconocible, es que su ceguera le impide distinguir entre la defensa de su identidad catalana -no catalanista- o la ruina económica y política de Cataluña. Incluso puede que esté cavando su propia sepultura como político en ejercicio. Y España sin Cataluña, además, ya no sería España.

Pero llegó el 12 de Octubre. Es la gran fiesta de España porque refleja, en una sola fecha, su gran logro. Ortega enumera con minuciosa descripción crítica los errores de nuestra constitución como pueblo, desde lo que él llamaba La teoría de las provincias a la España invertebrada, pasando por aquel acerado estudio sociopolítico de La rebelión de las masas. Se quejaba con amargura de que fuésemos conquistados, tras la obra civilizadora de Roma, por pueblos bárbaros viejos, incluso corrompidos, que más tarde, al españolizarse, tuvieron ansias de regeneración. Uno de estos impulsos fue América, donde España lava todos sus fallos, restaña sus heridas constitutivas y brilla ante el mundo porque allí -dice el filósofo- descubre, enseña, canta, conquista, llora, funda, se hace mestiza, muere y deja una estela de civilización que no necesita una sola palabra para bautizar una obra de semidioses. Ese día fue el elegido por muchos españoles de Cataluña para salir a la calle en Barcelona. Y Artur Mas, con la familia Maragall -hoy disidente del socialismo-, seguramente se lo temían pero no contaban con tanto entusiasmo no deportivo bajo la lluvia y a la intemperie.

Con España hemos topado

La respuesta al catalanismo del 3%, que es el de hoy, se produjo de manera espontánea y eléctrica. No debemos contar el número de asistentes a la que convocó la independencia y a la que congregó a los españoles de Cataluña para compararlos, porque esa operación es viciosa. La primera es consecuencia de una mixtura de romanticismo, oportunidad, crisis profunda y odio secular a España. Todo ello envuelto en el dichoso 3% y en cerca de 40 años de terreno abonado para la arremetida oficial contra todo lo español. La segunda es fruto de la razón vital por conservar el riego sanguíneo, la tradición, las costumbres, los idiomas de España, las banderas históricas que protegen a quienes los usan y no los utilizan para que se maten, y la hispanidad de Cataluña como alba de España. La primera cuenta con escamots -como Companys entonces- para tirar a la basura banderas españolas o pisotearlas, arrancar a niñas de los hombros de sus padres o rodear a éstos y amenazar a quien se oponga. La segunda muestra su alegría por ser catalán y español en el mismo paquete, por gritar “visca Espanya” o “viva Cataluña”, por vivir en una tierra bendecida desde Montserrat, que tanta sangre catalana costó para liberarla de los escamots de Companys y de los esbirros de Maragall -unidos siempre al final en la salud y en la enfermedad-, y de los sucesores de Cambó -como Artur Mas-, que después son los primeros en arrepentirse cuando el polvorín ha reventado.

El sucesor de Pujol es menos astuto y socarrón que éste. Entonces Jordi Pujol tenía de socio y consejero a Miguel Roca Junyent, bastante más prudente que Mas en el ejercicio de la mesura política. Llegó incluso a querer exportar su partido al resto de España, en un empeño frustrado de difundir los valores de la Constitución desde lo catalán -que él redactó, junto a seis diputados más-. Ahora está callado, tal vez sorprendido o avergonzado, barruntando las consecuencias del jaleo en que se ha metido su socio. Cuando coincidía conmigo en el ascensor del Congreso me preguntaba con interés por Blas Piñar, ausente unos días de los debates del Estatuto catalán por causa de unos viajes. “Está a punto de llegar”, le decía. “¡Ah, bien, es que le echamos mucho a faltar!”. Y es que el diputado de Unión Nacional les hacía distinguir entre ciudadanía y vecindad, les dirigía por la senda jurídica transitable y les recordaba su perfecto derecho a exhibir la bandera cuatribarrada porque es una de las que figuran en el escudo de España, no así la de eso que han dado en llamar Euskadi. Luego les explicaba, casi didácticamente, con paciencia de maestro rural, por qué una cosa es amar a Cataluña y otra hacer de ésta un imposible histórico, político y económico. Y le escuchaban con la boca abierta. ¿Le estará echando a faltar a día de hoy el socio de Artur Mas y uno de los padres de la Constitución del 78?

Al final parece que lo que le preocupa a Mas es la lealtad de los suyos. Ya se lo ha advertido a los Mozos de Escuadra, para que no se repitan aquellas imágenes de cadenas de presos uniformados y desarmados conducidos por la Guardia Civil. Lo que ocurre -y él también lo ha sopesado- es que ya no tiene en Capitanía a un general Batet, muy humanitario, amigo de Companys pero más amigo de seguir a rajatabla las órdenes de la República. El margen de error que le puede quedar es avizorar cuál sería la respuesta de La Zarzuela, que al final, le guste o no, será la que tendrá que decidir, comparada con la de aquella República que sacó a tiros del Palacio de San Jaime al president y a sus consejeros, algunos de ellos a través de las alcantarillas. Ese margen de duda es el que le asalta a Artur Mas, y a mí también.

Luís Fernández-Villamea

Publicado en la revista Fuerza Nueva. nº 1417

Entrevista a Blas Piñar…

Denostado o ensalzado, Blas Piñar tuvo siempre la rara virtud política de no dejar indiferente a nadie. Hasta sus enemigos políticos admiten que sus concepciones de la lealtad y de la honestidad inspiran un gran respeto. El fundador y presidente nacional de Fuerza Nueva es uno de los pocos políticos de la Transición que no se acomodó a las circunstancias en su propio beneficio. El notario toledano defiende hoy lo mismo que decía hace 46 años desde el Instituto de Cultura Hispánica. Alerta Digital le realizó la siguiente entrevista hace pocos días:

 

– Pregunta: Antes de nada, ¿cómo está viendo la situación de España?

– Respuesta: Su pregunta me trae a la memoria el libro precioso de Bernardo Gil Mugarza que lleva por título España en llamas, porque son los incendios provocados de este verano los que han reducido nuestros bosques a cenizas. El daño ecológico ha sido enorme, como lo ha sido el económico. El clima y el turismo se resentirán.

Para mí, el fuego devorador, y el humo espeso, manifiestan que se está quemando a España en su intimidad más profunda, conforme a un plan puesto en práctica, y hasta ahora con éxito. El fuego y el humo de este verano han sido como un voltear de campanas que nos piden con urgencia acudir a sofocar el incendio interior que quiere que España, despedazada, desaparezca, convertida en un desierto infecundo material y espiritualmente.

 

– P: Ya sabemos que usted no esperaba nada bueno del PP. Nosotros tampoco. Pero, ¿le está sorprendiendo que estén incluso superando al Gobierno de Zapatero en ineficiencia y en la aplicación de medidas contra los intereses generales?

– R: No creo que el PP supere en ineficacia al PSOE, porque no sólo la ineficacia, sino la crisis moral y económica que han producido sus gobiernos, han alcanzado niveles inimaginables. El PP, para superar la situación dramática y caótica en que nos encontrábamos, por fidelidad al Sistema que la Constitución respalda, dicta medidas que no afectan a la causa de la crisis, y aplica tan sólo a quienes no son responsables de la misma. No me extraña. No es lo mismo reparar los errores de un Sistema, cuando el Sistema es precisamente el error. En un artículo publicado por Alerta Digital, antes de las últimas elecciones, en las que el PP tuvo mayoría absoluta, escribí que el PP, como rueda de repuesto, estaba pinchada.

 

– P: ¿Qué puede suponer para España la desaparición de su clase media, la gran obra social y económica de Franco?

– R: La desaparición progresiva de la clase media, fruto del Sistema a que acabo de aludir, equivale a una división horizontal de la sociedad; y esta división, distanciando a quienes la integran, es muy peligrosa. La clase media equivale, para poner un ejemplo, a los muelles de un colchón, que permiten acostarse sobre blando. Por otra parte, una sociedad con clase media importante, se permeabiliza, facilitando el acceso a la misma del proletariado. Franco aludió, y creo que repetidas veces, al logro de esa clase media española como uno de los objetivos logrados por su Régimen. Por eso, no puede sorprendernos que la destrucción de la misma sea uno de los propósitos de la Transición. La clase media garantiza la estabilidad política, es decir, la convivencia que añoramos.

 

– P: ¿Cuál cree que debería ser el papel de nuestras Fuerzas Armadas ante la apertura de un proceso de ruptura de la unidad nacional?

– R: Esta pregunta tiene una respuesta fácil, ya que esas Fuerzas Armadas al servicio de la nación no existen en la actualidad. Aunque a disgusto, destacados jefes militares estuvieron al mando de la Transición castrense, que fue aceptada, aunque a regañadientes, por sus compañeros. Más tarde, con un gobierno del PP, se suprimió el servicio militar obligatorio sustituyéndolo por uno voluntario, mucho más costoso, que, en parte, integran mujeres y emigrantes. Algunas unidades del Ejército especialmente significativas se suprimieron.

Por otra parte, no conozco ninguna reacción del campo militar en activo, ante el monumento a las Brigadas Internacionales elevado en la Ciudad Universitaria, ni ante los abucheos al Himno Nacional y la quema de banderas de España; como tampoco ante el desafío independentista, que va desde las declaraciones oficiales de quienes gobiernan en las autonomías, a la legalización de partidos que no son tan sólo independentistas, sino que representan políticamente al terrorismo. Lo curioso es que constitucionalmente, es decir de acuerdo con el artículo octavo de la Constitución, podrían las  Fuerzas Armadas comportarse de otra manera.

El cuartel, antes de la Transición, era una segunda escuela para toda la juventud española. En el cuartel se enseñaba a manejar las armas, pero también a amar a la Patria. Lo que hoy se llaman Fuerzas Armadas está al servicio de intereses ajenos, que han perjudicado gravemente a España. Desde su participación en la guerra contra Irak, gobernando el PP, en la de Libia, gobernando el PSOE, y en la de Afganistán, gobernando los dos partidos, no ha hecho otra cosa que cosechar enemigos sin beneficiarnos en nada. Creo que la Unidad Militar de Emergencia, es decir, la de Bomberos militares, es lo mejor que tenemos. ¡Si pudiera acabar con los incendios de toda clase!

 

– P: Don Blas, el descontento crece, la contestación al sistema partitocrático empieza a ser clamorosa, pero las fuerzas patrióticas siguen divididas. ¿Qué hacer?

– R: Es cierto. La esperanza de que el PP acabaría con ese descontento se ha perdido, pero también es verdad que ese descontento se aprovecha, al menos en la calle, por una izquierda radicalizada, por unos sindicatos que subvenciona el propio Gobierno y por un separatismo desafiante. Este hecho es innegable.

Sin embargo, esas fuerzas patrióticas que se dividieron en los últimos años del régimen anterior, siguen divididas. Soy testigo excepcional de esa división, que tratamos de superar desde Fuerza Nueva. Su nombre demuestra que no queríamos ser un grupo más, sino una fuerza revitalizante de un Movimiento que no sólo se burocratizaba, sino que en sus cuadros dirigentes tenía partícipes de la Transición. Podría reforzar cuanto acabo de decir con hechos concretos, de los que doy cuenta en el segundo volumen de Escrito para la Historia, y que no voy a repetir. Sólo, y como síntesis, quiero dejar constancia de que en una conferencia que di en el Hotel Meliá, a lleno completo, titulada Lecciones de unas elecciones (me refiero a las de 1979, en las que fui elegido diputado por Madrid por Unión Nacional) dije que para hacer frente a las consecuencias de la Transición debieran disolverse los partidos conocidos como fuerzas nacionales, creando uno solo en el que yo me integraría como militante.

Por desgracia, la respuesta fue negativa. El ejemplo de la Cruzada no fue convincente. La Victoria fue posible, entre otras cosas por la unidad castrense en las trincheras y la unidad política en la retaguardia. Romper esa unidad fue un crimen y rehacerla una necesidad.

 

– P: De todos los acontecimientos que está viviendo España, ¿cuál es el más preocupante a su juicio?

– R: Casi al mismo nivel me preocupan al máximo y al mismo tiempo la descristianización del pueblo español y la desnacionalización de España. Aquí, una y otra se entrecruzan y contribuyen, si prosperan, a no identificarnos históricamente. Claro es que el blanco sobre el que se dispara comprende también la obra de España en el mundo, es decir, la Hispanidad o Cristiandad hispánica. En otros países, ya descristianizados en gran parte, se ha conservado íntegra la nación. El caso de Francia está ahí. Han pasado más de dos siglos de la Revolución Francesa, profundamente anticristiana, que han hecho posible que Francia sea tierra de misión. Pues bien, dos siglos más tarde un político francés, no cristiano, dijo: “soy socialista, pero antes que socialista soy francés”.

 

– P: No sólo España. Europa asiste imperturbable a la desaparición de la civilización que la alumbró hace 2000 años. ¿Hay esperanzas de que el hombre europeo salga de su actual letargo?

– R: A mi no me cabe duda de que el tiempo actual exige con urgencia, pero sin improvisación o frivolidad, la puesta en marcha de un entendimiento entre las naciones que han sido conformadas por lo que se viene llamando civilización occidental. Los enfrentamientos bélicos y los recelos recíprocos de las naciones de Europa han mermado considerablemente su prestigio y su influencia universal. Yo califico tales enfrentamientos de guerras civiles. El reencuentro de estas naciones con sus raíces comunes es imprescindible, y esas raíces se hallan esencialmente en la Cristiandad.

Desgraciadamente, la Unión Europea las ha despreciado y la crisis profunda es evidente. A mi juicio, la etapa inicial de la unión de Europa debió partir tanto de una conciencia europea de los europeos, como de una Europa de las Patrias hermanas. La Europa de los mercaderes y del euro, y los gobiernos al servicio de la Eurocracia no han fomentado aquella conciencia y ha provocado la hostilidad manifiesta entre las naciones, como demuestra la agitación social que rompe, por añadidura, la convivencia pacífica en cada una de ellas. El rechazo de la raíces que las dieron vida comenzó al hablar de las dos velocidades para el desarrollo de la Unión Europea; una, la de la zona Norte, y otra, la del Sur, o Mediterránea. Dos velocidades, como ocurre en las carreras, supone que alguien llega el primero.

Los responsables de esta Unión Europea no debían conocer que los enemigos de Europa, los que no quieren que Europa se recobre y fortalezca, se sabían aquello de “divide y vencerás”. La esperanza, para mí, está en la Iglesia católica, que ha sido el instrumento eficacísimo de esa civilización occidental. Ahora bien, la lucha, desde la expulsión del Paraíso hasta la Parusía, es permanente, y el Padre de la mentira, que es el Príncipe de este mundo, no sólo ha atacado a la Iglesia sino que ha entrado en ella (según palabras de Pablo VI), el humo de Satanás. Con la astucia y habilidad, propia de su naturaleza, ha entrado rompiendo las ventanas, a la vez que alguien desde dentro le abría las puertas.

En un Concilio pastoral, que no dogmático, junto a textos que recogen el dogma, y que se leen con fruición, hay otros que no están de acuerdo, o difícilmente pueden estarlo, con la doctrina tradicional de la Iglesia. El aggiornamento, o puesta al día, para estar en consonancia con los tiempos, ha evitado todo anatema, ha dividido a los católicos, ha hecho posible que, dentro de la propia Iglesia se hiera, y en ocasiones gravemente, el dogma, la disciplina de los sacramentos, la liturgia y la enseñanza en los seminarios, noviciados y universidades católicas. La apertura al mundo, el salir a predicar y cristianizar a los pueblos, ha sido apertura al espíritu del mundo (y no se olvide que del mundo tentación).

Hay tres problemas, a saber: el de la libertad religiosa, tal y como se describe en Dignitatis Humanae, el del ecumenismo, como unión de las Iglesias y no como unión de los cristianos en la Sponsa Christi (y Cristo no fue polígamo), y el de la aceptación de la democracia sui géneris de las Conferencias Episcopales. Son problemas que, sin duda, el actual pontífice trata de superar y resolver, aunque sean poderosos los que quieran impedirlo. El Espíritu Santo no deja de asistir al Pueblo de Dios, para que sea Corpus Christi.

Si a la pasión y muerte del Mesías sucede su resurrección y glorificación, no debe ni sorprendernos ni desanimarnos lo ocurrido en la Iglesia, que ha sufrido, y más duramente ahora, en el tiempo pasado. Hay acontecimientos positivos, como la integración en la Iglesia de gran número de anglicanos, la nueva generación sacerdotal, la doctrina reiterada del Pontífice, la mayoría de nombramientos episcopales de acuerdo con ella, la invitación constante a recibir la comunión de rodillas y en la boca, la autorización explícita de la Misa llamada de Trento o de San Pío V y que cambió, no el Concilio, sino la reforma litúrgica posterior al mismo, el retiro de la excomunión a monseñor Lefevre y a los obispos que consagró, y el diálogo con el superior de la Hermandad de San Pío X, para que los sacerdotes que pertenecen a la misma puedan unirse plenamente a los que, no perteneciendo a ella, combaten, en el interior de la Iglesia, por la Iglesia de siempre.

Está claro, al menos para mí, que una de las cosas que ha de ser sometida a revisión es la pastoral política de la Iglesia. A la que apela el Concilio Vaticano II es a la del liberalismo que impregna a la Democracia Cristiana y que, lógicamente, dio nacimiento a los Cristianos por el Socialismo, y a la colaboración de una parte de la Iglesia, tanto discente y docente, con los comunistas. El consenso histórico en Italia de democristianos y comunistas hizo posible que de mutuo acuerdo se aceptase e impusiera por ley, luego aprobada en referéndum, el aborto como derecho, y con él la cultura de la muerte. El apoyo eclesial implícito, a lo menos, a la Democracia Cristiana fue, sin duda, fruto de una mala, por no decir pésima, pastoral política. Lo malo es que esa pastoral política ha sido imitada en otras partes; y al decir en otras partes, entiendo que el lector sabe dónde.

Esta exposición, que me duele describir, es un antecedente necesario para afirmar que “el hombre europeo, para salir de su letargo”, precisa de una Iglesia, peregrina, desde luego, pero también militante en el tiempo. Como militante se la llamaba, como se la sigue llamando purgante y triunfante.

Esta revisión incluye que, para despertar de su letargo, el hombre europeo, y especialmente el católico, sepa -y para ello se le enseñe- que siendo peregrino, es militante; y militante es el soldado de Cristo, que para eso recibe el sacramente de la Confirmación. El magisterio eclesiástico debe, a mi juicio, insistir en esta definición que Jesucristo hace de Sí mismo: “Yo soy la Verdad”, (Jn. 14,6) de toda la Verdad, y, por tanto, de la verdad moral, de la científica, de la histórica y de la política; y Cristo se define así dirigiéndose, no sólo al hombre aislado, sino al hombre como ser social, y, por consiguiente, a la sociedad en la que el hombre vive.

Esa verdad política se halla en los valores innegociables, que son a modo de roca viva sobre la que se apoya el edificio, es decir, el Sistema. Dichos valores son básicos, inamovibles. Si el edificio se construye sobre la arena de las opiniones, el primer temblor de tierra, o un viento huracanado, derribará el edificio, convirtiéndolo en un montón de escombros.

El caso de España da testimonio de las consecuencias del rechazo de tales valores, es decir, de la Verdad política. La derogación de los Principios fundamentales del Movimiento, con la reforma rupturista y no perfectiva, y la Constitución que tenemos, han configurado un Sistema que se halla en franca descomposición, abatido por la crisis moral y económica, por el creciente desprestigio de las instituciones, por la agitación social y por la política exterior.

El despertar del letargo al hombre europeo exige que el patriotismo deportivo se eleve de patriotismo emocional a patriotismo intelectual, y de patriotismo intelectual a virtud cristiana. Así nos lo dice Santo Tomás de Aquino, y así lo explica León XIII en su encíclica Sapientiae Christianae, de 10 de enero de 1890: “Por ley natural se nos manda amar y defender la Patria, hasta el punto de que el buen ciudadano no dude en afrontar la muerte en defensa de su patria. El amor sobrenatural a la Iglesia y el afecto natural a la Patria son dos amores gemelos que nacen del mismo principio sempiterno, ya que Dios es autor y causa de ambos”.

Leí, no sé donde, algo que quiero subrayar aquí: “el patriotismo está en la naturaleza social de todos los hombres (y lleva consigo) fidelidad a la Tradición y a los carismas peculiares que por don de Dios han configurado históricamente la identidad nacional”.

 

– P: El legado de Fuerza Nueva, como el buen vino, adquiere cada día más valor a la luz de los trágicos acontecimientos que ya fueron predichos por usted hace más de 40 años. ¿Le consuela esta circunstancia para al menos poder vivir en paz ante Dios y ante su conciencia?

– R: Cuando medito sobre el pasado, con una perspectiva sobrenatural, agradezco a la Providencia que me hiciese ver con acierto esa lucha permanente en el tiempo entre el bien y el mal, y que un episodio de la misma fue la guerra del 1936 a 1939, y tanto, que con acierto se la calificó, por quien podía hacerlo, de Cruzada. Su descalificación hecha de modo expreso o el olvido voluntario de esta palabra fue para mi excepcionalmente significativo, sobre todo porque esa descalificación y olvido se hacían desde la Iglesia y desde el Régimen.

Esta es la razón por la cual, yo, que no estaba en el engranaje político, pero si en las obras de apostolado, y en concreto de la Acción Católica, de cuya junta Técnica fui vicepresidente, consideré, como católico y como español, que debía abandonar mi propia celda, a fin de que los españoles no cayesen en ese letargo que, usted lo ha dicho, sufren hoy los españoles.

El combate fue muy duro, y no tanto por la reacción de los que se consideraban enemigos, sino por los que en cargos e instituciones del Régimen estaban entre nosotros, pero no eran, o habían dejado de ser, de los nuestros. Dios quiso darme la fortaleza necesaria para perseverar en el combate, una larga vida para dar testimonio oral, escrito y filmado de la auténtica historia que hemos vivido y estamos viviendo.

Mi conciencia, sin duda, por eso, está tranquila. No así la paz. Sólo los pazguatos, por su indiferencia o por su tibieza, pueden tenerla. Yo no lo soy. Tampoco soy pacifista, que quiere la paz (que puede ser sólo aparente) a cualquier precio. Yo soy pacificador y el pacificador (Mt. 5,9) goza ciertamente de la paz interior al tener su conciencia tranquila, pero combate por la paz social que en la España de hoy no existe, y en la que como dijo Fraga Iribarne “está en juego todo”. La paz por la que yo combato no es la aparente que da el mundo, sino la que Cristo da (Jn. 14,27) y no olvido que son bienaventurados los que trabajan por esa paz  (Mt. 5,9)

 

– P: Don Blas, cada día somos más en AD gracias sobre todo a su impagable aportación, ¿qué podemos decir a nuestros lectores y amigos en este momento en el que nos jugamos tanto?

– R: Deseo decir dos cosas; la primera, un chiste del que soy autor, y la segunda hacer una cita en el catalán de Jacinto Verdaguer.

El chiste imagina una conversación de Josep Lluis Carod Rovira, de Esquerra Republicana de Cataluña, “charnego”, hijo de aragonés y catalana, con el presidente actual de la Generalitat. Aquél manifiesta: “sepa, señor presidente, que yo, a pesar de ser charnego, soy nacional-catalanista, y, por tanto, separatista e independentista”. El presidente, con voz muy airada, le contesta: “y yo MAS”. La cita, de mosén Cinto, catalán y españolísimo, es de alguna manera una convocatoria a quienes se sientan españoles en Cataluña y en el resto de España: “treballa, pensa, lluita; mes creu, espera i ora. Qui enfonse o alça els pobles, es Deu que els ha creat”

Y termino con un grito de esperanza: ¡Viva Cataluña española!

Entrevista a Blas Piñar por “Alerta Digital”. Publicada en la revista Fuerza Nueva. nº 1417.

Volver a empezar.

El régimen pasado del 18 de Julio y el actual de Monarquía parlamentaria han alcanzado un periodo de vida parecido. El segundo fue consecuencia del primero, mediante aquel enjuague jurídico que Torcuato Fernández-Miranda bautizó con el famoso “de la ley a la ley”, que no era la continuación de lo que había por la vía política, sino la ruptura y el quebrantamiento absoluto con todo ello. De haber ocurrido este episodio en cualquier otro país de Europa, puede que no hubiera tenido más trascendencia que la propia que conlleva cualquier cambio. Pero en una nación vieja, que había conseguido y sellado su unidad territorial y política hacía siglos, superando una guerra contra la insurrección comunista, de horrorosa brutalidad, y también contra una secesión que aprovechó una República de notables para reivindicar proyectos de independencia, resaltaba más la apuesta inequívoca por la unidad territorial. Este principio es el que ha fallado de forma estrepitosa.

Así es como podemos comparar un periodo con otro, conseguido el primero con supremo esfuerzo en tiempo de guerra mundial, en el que la amenaza permanente de invasión tanto podía venir por el lado del Eje como por el de los Aliados, en el caso de que Franco no se plegase a sus proyectos. Consiguió mantenerse equidistante de ambos, en un juego de habilidad prodigiosa que rayaba en el milagro. Luego vino el crecimiento, que llegó a instalarse en porcentajes superiores a los de Japón. Por otro lado los demonios separatistas, que siempre estuvieron amenazadores, aunque muy débilmente, eran combatidos a base de una educación que promoviese el tesoro regional, pero sin confundirse con desviaciones inconvenientes para todos, que no podían hacer otra cosa que promover enfrentamientos entre hermanos y volver a la tragedia de la guerra.

Los casi 40 años de Monarquía parlamentaria comenzaron por elaborar una Constitución de corte liberal, contradictoria, peligrosa, y permisiva prácticamente en todo. Así fue posible apostar por el sistema autonómico, que superaba al federalismo que embanderaban los socialistas y que colmaba, de momento, los intereses de los más conspicuos separatistas. Para ello se puso en marcha un dispositivo económico monumental, que ha empobrecido progresivamente nuestra hacienda. A dicho dispositivo se prestó con entusiasmo la Corona, que aunque por mandato constitucional era y es irresponsable, mediante la indicación y la sugerencia llegó a implicar al Banco de España, a los Bancos privados y a las empresas, públicas y privadas, para financiarlo. Y también para otorgar a Suárez un poder vicario que superaba al ejecutivo de su propio Gobierno. De ahí salió un complejo contable de cantidades espectaculares que hizo posible poner en marcha dos vertientes: la financiación autonómica y la de los partidos políticos. Y también la condonación de las deudas cuando éstas se hicieron impagables.

Mientras, el acoso terrorista se hacía insufrible, porque el régimen del Rey no supo, o no pudo, o no quiso cortar la cabeza a la serpiente de inmediato: temía incomodar a los cómplices, ya instalados en los gobiernos autónomos. Al monarca le tenían como rehén, secuestrado en el redil constitucional. Y España no sólo iba perdiendo gradualmente soberanía, sino españoles asesinados por pistoleros, puestos de trabajo en fábricas y obradores, sueldos y vergüenza. Vivíamos de la subvención europea, en un sentido, y del Estado, en otro. El régimen llegó a creerse que era capaz de pagar el sistema de Salud puesto en marcha por el régimen anterior sin problemas, así como las pensiones, el incremento en funcionarios de varias administraciones, el Congreso, el Senado, 17 parlamentos regionales y un derroche generalizado en gobiernos autonómicos y sindicatos.

Han sido casi 75 años divididos en dos periodos que han arrojado un resultado dispar. Con el primero, España, tras un periodo convulso y un esfuerzo titánico, se quedó en puestos de privilegio mundial, con mucho todavía por hacer pero en situación preferente para abordar un futuro esperanzador, entre los países más industrializados del mundo, en concreto en el número nueve. Pero el liberalismo de Estado dejaba aumentar las presiones de todo tipo, desde partidos hasta colectivos, sin pararse en evaluar los rendimientos negativos que aportaban para la hacienda y la moral pública. Al final, tras el Gobierno de distintos partidos, todos ellos ceñidos al patrón constitucional, daba la sensación de que paso a paso caminábamos un poco más hacia el abismo.

Así hemos llegado hasta aquí, con el agravamiento de una crisis mundial que a España le ha afectado en mucha mayor medida que a los demás por el sectarismo, la sinrazón y la ineptitud de sus gobiernos, empecinados en mantener un Estado de bienestar que no podía acomodarse jamás a los medios con los que podía contar. De ahí que el segundo periodo de estos últimos 75 años nos haya hecho retrotraernos a economías de posguerra, a situaciones de hambre, a la pérdida del bien mejor logrado, la clase media, a un paro imposible de soportar de no mediar una economía sumergida y al puesto número 12 entre los países más industrializados del mundo. Y esto nos obliga, por nuestros errores, a volver a empezar, aunque alguien tendría que pagar por ello.

Publicado en la revista Fuerza Nueva. nº 1417

Revista Fuerza Nueva nº 1417

 

La manifestación espontánea del 12 de Octubre en Barcelona ha sido una respuesta, rápida e inesperada, a los aires de independencia que los políticos catalanistas han puesto en marcha últimamente con renovado entusiasmo, y que explica, sin necesidad de palabras, la identidad española de Cataluña, que está harta de confundir amor regional con intereses económicos y frustrados intentos de estabilidad política.

 

El espejo

Entrevista a Blas Piñar

Por Alerta Digital

Panorama. Por P. Manuel Martínez Cano (mCR)

Ese es el camino:

¡Viva Cataluña española!

Documento. Por Eduardo Palomar Baró

Companys proclama el “Estat Català”: 6 de octubre de 1934, revolución en Cataluña

Hispanoamérica. Por Nemesio Rodríguez Lois (México).

¡Por fin!:

La Cristiada en España

Internacional . Por Arturo de Sienes

Una Unión Europea en crisis obtiene el Nóbel de la Paz

Tema denuncia. Por Redacción

Argentina: La catedral de La Plata, defendida por jóvenes católicos

Máxima responsabilidad de la ruina moral y material de España… ¿Nos ha castigado Dios?

Este escrito, Señor: es un argumento en el que expongo las razones que sirven de fundamento para tal forma de proceder. Un escrito de conclusión a tenor de las probanzas que mantengo.

Por su condición de Jefe de Estado a título de Rey, representante de la Corona que como institución máxima ahorna todo el entramado jurídico-institucional de la nación, e impulsor y propiciador del actual sistema hasta el punto de haberse acuñado a su favor el término “motor del cambio”, empezaré diciéndole que me parece absolutamente sorprendente que nadie le impute la máxima responsabilidad de lo que hoy es España: una nación a la deriva, con gravísimas dificultades para seguir existiendo y casi sin posibilidades de rectificación.

Y digo que me parece sorprendente porque fue usted, Señor, bien es cierto que en compañía de otros, quien diseñó la llamada Transición, de la que ha tomado impulso está ruina que nos precipita al abismo. Que nos precipita al abismo, a no ser, naturalmente, que exista una rectificación y venga marcada por otros principios distintos a los que se han venido sosteniendo, y, además, sea dirigida por otra persona que ya no puede ser usted ni lo que representa. Una rectificación que destruya la obra creada a partir de la conculcación que se hizo del Régimen del 18 de Julio, que usted, Señor, juró solemnemente defender, a través de un delicado y complejo proceso de involución sustentado en el engaño.

Intervenidos económicamente por Europa; sin futuro económico porque toda la estructura productiva se ha destruido o vendido al mejor postor; con una ofensiva independentista casi imposible de parar tanto en Cataluña como en Vascongadas, en esta última región sustentada por un terrorismo al que durante muchos años se ha dejado actuar y que a punto está de conseguir su propósito, e invadidos por una inmigración desbordada que vive a costa del presupuesto social cada vez más mermado e insuficiente que será causa más pronto que tarde de gravísimos problemas de convivencia, todo lo que usted representa, Señor, es un fiasco de proporciones mayúsculas.

Un fiasco sostenido por una Constitución que es el punto de apoyo sobre el que descansa todo el ordenamiento jurídico que consagra un modelo de Estado ciertamente particular, el Estado de las Autonomías, a través de un complejísimo sistema de distribución competencial diseñado por el Título VIII. “Una excepción jurídica y política”, como reconoció en su día el propio Tribunal Constitucional, que ha arruinado a España, y que ha sido y es causa de todo tipo de disensos, imposibilitando en la actualidad una rectificación de rumbo sobre un proyecto común compartido por todas las regiones de España.

Estamos, Señor, ante el verdadero suicidio de España, un contrasentido que prefija el propio Tribunal Constitucional en Sentencia 32/1981:

“… Es obvio que el término Estado es objeto en el texto constitucional de una utilización claramente anfibológica. En ocasiones el término Estado designa la totalidad de la organización jurídico-política de la nación española, incluyendo las organizaciones propias de las nacionalidades y regiones que la integran y la de otros entes territoriales dotados de un grado inferior de autonomía; en otras, por el contrario (artículos 3.º.1,149, 150), por Estado se entiende sólo el conjunto de las instituciones generales o centrales y sus órganos periféricos, contraponiendo estas instituciones a las propias de las Comunidades Autónomas y otros entes territoriales autónomos.”.

Pero usted, Señor, como quienes le acompañaron en la conculcación de la legalidad que acató y juró defender, no vio ni oyó nada. Y no vio ni oyó nada porque en su osadía todo comenzaba con usted, despreciando y tirando por la borda lo que España había conseguido con gran esfuerzo y prudente constancia. De esta forma no escuchó a nadie. A nadie con un mínimo de crédito moral e intelectual que no actuase en función de sus particulares intereses o contra los intereses de España, que en el caso de muchos era palpable y notorio. Y así nos encontramos. Por ende, se alejó del cariño y del respeto que le profesábamos muchos españoles, y hasta tuvo suerte durante años, porque quienes de tal forma seguíamos comportándonos con usted, Señor, lo hacíamos por ser fieles a Franco y en beneficio de España.

Consecuencia de todo lo que venimos comentando es el resultado de lo que hoy padecemos. Que la “marca España” no hay quién la compre, salvo para el proyecto Eurovegas, que no lo quiere ninguna nación de Europa. Somos, y eso es lo que usted representa como Jefe de Estado a título de Rey, una nación corrupta, amoral y arruinada. Una nación cuyos casos de corrupción escandalizan hasta en África. Amoral, por cuanto cada vez estamos más alejados de todo compromiso ético y moral. Y arruinada, hasta el punto de tener que ser intervenidos para seguir existiendo. Con todo, Señor, estamos a la cabeza respecto de nuestros socios europeos en algo: somos el primer país europeo y a la cabeza del mundo en las peores lacras morales que nos están destruyendo, sobre todo en aquéllas que más afectan a nuestros jóvenes (alcoholismo, drogadicción, hedonismo, abortos…), jóvenes que son también los peores formados y preparados para el futuro, lo que nos sitúa aún más en el precipicio.

Señor, ¿cuántas veces nos dijo que íbamos bien? ¿Cuántas veces asoció la marcha de este sistema al logro de fines beneficiosos, aunque dichos fines estuvieran como hemos visto anclados en el derroche económico y el espíritu caciquil de sus políticos y especuladores en autonomías y diputaciones? ¿Cuántas palabras se han pronunciado a favor de estos mismos políticos que nos han llevado a la ruina total, a los que usted mismo ha condecorado con títulos nobiliarios?… Comprenda entonces y convenga conmigo, Señor, que para muchos españoles su comportamiento haya estado presidido por una enorme banalidad.

Por una enorme banalidad porque usted, Señor, como máxima autoridad de la nación ha asumido el plan que se le ha venido imponiendo desde la estrategia que han sustentado ininterrumpidamente esas otras fuentes de energía que junto al motor, que era usted, producía el movimiento de la nación. Una nación que hasta anteayer ha estado sometida al desmadre especulativo y al saqueo del erario público, consecuencia de las durísimas medidas de ajuste que hoy se tienen que tomar, no tanto como consecuencia de la crisis global que padecemos, como de lo dicho anteriormente, sumiendo a la población en una dinámica de angustia de consecuencias y resultados imprevisibles en el corto, medio y largo plazo. Una situación que ni siquiera puede sustentarse en la idea de un pacto que permita un consenso nacional, por cuanto la nación española como tal está política y socialmente fragmentada.

Con todo, no crea que su responsabilidad puede circunscribirse sólo a su condición de Jefe de Estado, aun siendo está responsabilidad más que suficiente. Y no lo es, porque también se debe hablar de su comportamiento más personal, que en aspectos fundamentales no es merecedor de ejemplo, todo lo contrario. Me refiero, Señor, al juramento solemne y libremente manifestado del que después se desdijo. A que con su firma se legalizó el aborto, que es a todas luces una infestación de la obra de Satanás sobre España. De ahí que la Historia pueda calificarle con adjetivos que ningún rey de España debiera ostentar.

Todo ello sin mencionar casos como el de su fortuna personal, tema suficientemente abordado. O las dudas que todavía planean sobre su verdadera actuación el 23-F, poco trasparente a juicio de muchos, incluso desde su círculo más íntimo: el de la propia Reina, su esposa, que le dice a la periodista Pilar Urbano que la actitud del Rey respecto a ciertos generales implicados en el 23-F, antes del suceso, fue “ambigua y poco clara”.

Ni siquiera, Señor, podemos estar orgullosos de su propia familia, de la Familia Real, a la que hoy vemos desestructurada por el divorcio de la Infanta Elena, la situación judicial de su yerno, Ignacio Urdangarín, incluso por el matrimonio del Príncipe Felipe. Razones todas ellas, y cada una en particular, que a más de uno, y a lo largo de la historia, dejó en la cuneta de sus pretensiones, convirtiéndoles en simples porteadores de una Corona que jamás se ceñirían sobre sus sienes, porque la Familia del Rey debía ser ejemplo y modelo para el resto de la nación.

Yo creo, Señor, que Dios nos ha castigado. Y lo ha hecho porque hemos vivido de espaldas a Él. En principio, y como ya he dicho, porque se conculcó un régimen legal de inspiración cristiana que tantos frutos de beneficios sociales, económicos y culturales había dado, y podía seguir dando a la nación. Y en segundo lugar, porque sobre esa conculcación se hizo y se ha venido haciendo todo lo contrario de lo que la recta razón ordena. De ahí que hoy sea meridianamente claro para muchos españoles que sobre el engaño que se ocultó, a fin de trasformar la realidad, se haya conformado una nación virtual y alejada de toda realidad objetiva a partir de un subjetivismo moral que ha dado paso a un relativismo en todos los órdenes de la vida de la nación. Una nave, España, cuyo “motor” hay que cambiar porque está gripado.

Por eso le decía, y le sigo diciendo, Señor, que si hubiese un mínimo de conciencia crítica y nivel moral, incluso si  hubiese patriotismo más allá de nuestros sentimientos por los éxitos deportivos, la población española, engañada, emprendería una campaña contra una presunta Monarquía que ha perdido su representación de la realidad en virtud de su inexplicable claudicación, para poder emprender una rectificación con el bagaje de lo que ya sabemos.

Señor, quienes a lo largo de todos estos años hemos venido sustentando los principios que nunca fallan de Dios, Patria y Justicia reconocemos que siempre hemos tenido razón, toda la razón:

La razón intelectual puesta de manifiesto por don Blas Piñar el 16 de septiembre de 1979 en Medina del Campo, que suscitó un debate dialéctico con don José María Ruíz Gallardón, de la Ejecutiva de Alianza Popular (AP), a través de varios artículos publicados en las páginas del desaparecido diario El Imparcial, posteriormente agrupados en el libro ¿Hacia la III República? (Editorial Fuerza Nueva, 1979), que aporta “una inestimable riqueza de conceptos aclaratorios” sobre la forma de Estado monárquica. Y la razón del sentido común puesta de manifiesto de modo ciertamente espontáneo un año antes en la calle, cuando usted, Señor, realizó su primer viaje a Méjico entre el 17 y 22 de noviembre de 1978… “¡Que se quede en Méjico, en Méjico, en Méjico; que se quede en Méjico y que no vuelva más!”

Pablo Gasco de la Rocha.

Publicado en la Revista Fuerza Nueva. nº 1416.