Archive | mayo 2012

El mal menor y el bien posible. Blas Piñar

He aquí otro tema apasionante, y que con más o menos insistencia todos nos planteamos. Bondad y maldad son términos contrapuestos y realidades que se perciben a simple vista. Su enfrentamiento pervive, e incluso se hace más duro con el transcurrir de la historia humana.

¿Cómo explicarnos el mal en todas sus manifestaciones?

En el diccionario, que es algo así como el océano de las palabras, puede bucear la memoria y encontrar y extraer muchas que revelan, no sólo la existencia del mal, sino su abundancia, desde Estado de malestar hasta hijo de mala madre, desde malicia hasta maldito. Hay un etcétera muy largo y que no voy a enumerar. Sólo subrayo, que son males y gravísimos, las catástrofes naturales y los genocidios.

Este interrogante, esta coexistencia recíprocamente combativa entre el bien y el mal, ha tenido y tiene respuestas distintas que, lógicamente, hay que examinar cuando es preciso  decidir al comportarnos políticamente.

Una mirada a las respuestas no sólo lo pide la curiosidad, sino la contemplación, tantas veces dolorosa, de las consecuencias de no haber dado la contestación de la forma debida.

El mal endémico del hombre y la sociedad se ha atribuido a lo que se llama dualidad divina. En la eternidad -se dice- había dos dioses; uno, el Príncipe de la luz”, que creó el Bien, y otro, el “Príncipe de la  tiniebla”, que creó el Mal.  Desde el instante de la Creación, el combate se puso en marcha; combate en el que militan los seguidores de sus Príncipes respectivos. Aunque de momento el Mal triunfa sobre el Bien, éste, al fin, vencerá al primero.

Tal es la doctrina de Zoroastro, que al Señor de la Luz llama Ormuz, y al Señor de las Tinieblas le denomina Ahriman; y muy semejante a la misma la que mantuvo Maniqueo.

También, atribuyendo el mal a  causa exterior al hombre, se pronuncia Juan Jacobo Rousseau, el autor del Contrato Social, en el que filosóficamente se apoya el liberalismo. Rousseau afirma que el hombre, por naturaleza, es bueno, y que el mal que hace o padece proviene del contagio, al vivir en sociedad. En la sociedad, y no en el hombre, está el origen del mal.

Estas dos imputaciones del mal a causas ajenas al hombre son fácilmente refutables, al menos para un cristiano, porque la verdad revelada nos dice que todo aquello que Dios hizo “es muy bueno”. (Gn. 1,31).

“Muy buenos” eran, por tanto, el hombre y la mujer (Gn. 1,27). Esta fue creada porque Dios se dijo: “no es bueno que el hombre esté solo” (Gn. 2,18). La criatura humana y el primer matrimonio, (él y ella), eran “muy buenos”, y lo fue, sin duda, el jardín en que vivieron, el Edén, al que llamaron Paraíso Terrenal.

El mal, en el hombre, en la sociedad y en el Cosmos, fue la consecuencia del pecado de Adán y Eva, no sólo personal, sino original y originante y que, por ello, afectó a su propio ser, a su naturaleza, trasmitiéndose por generación. El Génesis, en su capítulo 4,  nos dice en cita detallada de cómo sucedió. Quiero destacar, pues fácilmente se olvida,  que el mal, como es la perturbación del “Cosmos”, es también una consecuencia del pecado original.

Las catástrofes que asolan al planeta tienen aquí su causa. Cometido el pecado, Dios expulsó del Paraíso, lleno de “árboles hermosos para la vista” (Gn. 2,9), a Adan y Eva. Estaban llamados a “guardar y  cultivar el jardín” (Gn. 2, 15) y a “someter la tierra” (no a destruirla), y ahora, la tierra, con esas catástrofes, le somete a él y al suelo, que  ha de “trabajar con fatiga” para comer y que produce “cardos y espinas” (Gn. 1,25 y 3, 17 y 18)

San Pablo, como nadie, nos da cuenta de la rebelión cósmica contra el hombre,  cuando nos habla de “una creación expectante (que ha sido) sometida a la frustración, no por su voluntad, sino porque  aquel que la sometía,  (aunque) con la esperanza de que … será liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los Hijos de Dios”. “Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto”. (Rom. 8, 19 a 22).

Partiendo de esta verdad revelada, habrá que decidir de qué forma hay que comportarse ante el mal llamado menor y el bien posible.  Se trata de situaciones en las que ese comportamiento puede tener, y de hecho tiene,  una enorme trascendencia, y que exige un examen y una reflexión desde el punto de vista moral. Me refiero, concretamente, (aunque su alcance traspasa sus fronteras) al comportamiento personal ante unas elecciones; y por decirlo con absoluta claridad, a la hora de depositar el voto en las urnas.

Dejo al margen el supuesto de que no haya ninguna posibilidad de elegir el bien y que sólo se pueda escoger entre un mal menor o un mal mayor. Así ocurre en los casos a que alude el evangelista San Mateo (5, 29/30).

Me centro ahora en una reflexión que he madurado sobre esta frase que leí y leo en la Nota de la Conferencia Episcopal Española ante las pasadas elecciones del 20 de noviembre de 2011: “Cada uno debe sopesar en conciencia a quién debe de votar para obtener, en conjunto, el mayor bien posible en este momento”.

Esta alusión al “bien posible” quiere decir que en aquel momento (el electoral) había una posibilidad de conseguir el bien. Admitiendo esto, y  confrontando con el mal menor, me permito, con todo el respeto, pero no ocultando ni escamoteando la verdad, hacer las siguientes consideraciones, que encabezo así: “El mal”; “En conciencia”; “El bien posible” y “En este momento”, que parten de un principio Bonum est fecundum, et malum vitandum.

 

El Mal

– El mal, de suyo, no puede producir el bien, de igual modo que el jersey que se confecciona con lana negra tiene ese color. “Plantad un árbol malo y el fruto será malo; porque el árbol se conoce por su fruto” (Mt. 12,33). El mal no es otra cosa que la privación de un bien.

– El mal menor, reiterado una y otra vez, conduce al mal mayor e, incluso, al mal absoluto.

– El mal absoluto es, moralmente, el que no se perdona, a diferencia del pecado grave (o mortal), que se perdona en el sacramento de la confesión. Y no se perdona el mal absoluto por ser un pecado contra el Espíritu Santo, que consiste en algo peor que el pecado mortal: no querer ser perdonado y alistarse, con soberbia, en el ejército de los ángeles rebeldes. “Quien hable contra el espíritu Santo no será perdonado” (Mt. 12,32).

– El mal, aunque sea menor, abre el paso no a una coexistencia inevitable del Bien y del Mal, sino a una convivencia homologante y equilibradora de los mismos.

– El mal menor, así homologado, de algún modo justifica, o al menos explica, que se abandone el combate por el bien, al estimar que no puede lograrse la victoria. La deserción, el pacto, o la entrega, de este modo sustituyen al testimonio ejemplarizante del heroísmo, defendiendo una causa por la que vale la pena morir.

– El mal que sufrió España durante la guerra de 1936 a 1939, allí donde con el martirio de personas y de cosas se impuso de una manera brutal e inmisericorde, debió tenerse a la vista, para actuar con prudencia en la llamada reforma, y no facilitar una transición rupturista como la que se ha producido con el pretexto falso y fraudulento de una reconciliación nacional, que no existe.

– El mal menor, que no se quiere, y que exige en conciencia votar a favor del bien, es para el que, de acuerdo con ella, así se comporta, una desgracia, algo que con dolor se aguanta.

 

En conciencia

– “Cada uno deberá sopesar en conciencia a quien debe votar”, dice la Nota de la Conferencia  Episcopal Española, que venimos comentando.

Por su parte, en la Nota de los Obispos de la Provincia eclesiástica de Madrid, dada con motivo de las elecciones autonómicas y  municipales,  del 22 de mayo de 2011, se decía,  con mayor claridad que “los católicos han de actuar y seguir los imperativos de una conciencia bien formada en los principios de la recta razón y del Magisterio de la Iglesia, en particular, de su Doctrina Social, de modo que (de acuerdo con la  “Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos, en la vida pública”, de 24 de noviembre de 2002), puedan elegir, entre las opciones políticas compatibles con la fe y la ley natural, aquellas que, según su propio criterio, se acomoden mejor a las exigencias del bien común”.

Esta segunda Nota creemos que orienta con claridad a los lectores, en tanto  que la de la Conferencia Episcopal confunde, porque “sopesar en conciencia” se presta a interpretaciones muy distintas y hasta contradictorias, porque, a mi modo de ver, a la conciencia hay que ponerle apellidos.

– En conciencia; pero de conciencia libre de coacción y no con libertad de conciencia, que es la que subjetivamente establece lo que es bueno y lo que es malo y niega una norma moral objetiva a la que hay que remitirse para dictaminarlo. ¿Qué ocurre si el criterio que decide no es otro que la ambición, el poder, la utilidad o el beneficio?

– En conciencia; no sólo liberada de coacción concreta, sino de la presión ambiental y generalizada de que, en este momento, conseguir que triunfe el bien no es posible, y que,  por lo tanto, para evitar males mayores, e incluso para que algunos desaparezcan (como la crisis económica, el paro, el terrorismo y la inseguridad), debe apoyarse con el voto al mal menor.

– En conciencia; evidentemente, pero teniendo en cuenta que al lado de una conciencia recta y bien formada (que exige la coherencia de la conducta  con la doctrina, y la proclamación de valores innegociables, con la táctica subsiguiente) hay una conciencia perpleja y dubitativa. Este tipo de conciencia demanda explícita o implícitamente a quienes por razón de su ministerio están obligados a despejar con claridad esas dudas, a fin de que no se abstenga o se decida por el mal menor.

Bien saben nuestros pastores la lucha,  en cada hombre y en la sociedad, entre el bien y el mal, y que están obligados, para alcanzar que triunfe el primero, que se sepa de forma meridiana lo que es bueno y lo que es malo.

 

El bien posible

– El bien posible, que se ha utilizado para reforzar los argumentos que respaldan al mal menor, pone de manifiesto que la propaganda utiliza todos los métodos, y sin escrúpulos, para lograrlo. La táctica de abrir paso al mal es una tentación derivada (aunque haya notables diferencias) del “seréis como Dios” en el Paraíso.

– En este caso, al bien posible, sobre todo cuando se le invoca, por quienes gozan por su ministerio de autoridad  para invocarlo, no es otra cosa que un disfraz atractivo del mal menor, una tentación en la que se cae, y de la que hacen culpable los que cayeron en ella a los que no trataron de impedirlo, como tampoco se sintió culpable Adán, echando la culpa a Eva, y ésta echando la culpa al Maligno.

– El bien posible lo es cuando hay grupos políticos que hacen suyos los valores innegociables, que conocen a través de una conciencia bien formada, pero a los que se niega, por los medios de comunicación -incluidos los que están en manos que todos conocemos- todo tipo de propaganda, silenciándolos por completo y dando la impresión de que no existen.

– El bien posible, si es de verdad lo que se quiere, necesita que el voto sea a favor de quienes están en la política para defender esos valores innegociables, y no a favor de quienes, amparados en el mal menor, los entregan, sumándose a la cultura de la muerte.

– El bien posible, aunque no sea más que como luz puesta sobre el celemín, para que pueda iluminar y convencer a los que votan el mal menor, merece la pena que se le estimule de cara al futuro.

– El “mayor bien posible en este momento” -frase con la que termina el párrafo segundo de la Nota de la Conferencia Episcopal- con la atención que se pide en el párrafo quinto a las opciones legislativas que violan los valores innegables, contrasta de forma desorientadora, tanto con el silencio, incluso en sus medios de comunicación, con respeto a quienes combaten por tales valores,  como por el consejo, y aún la intervención personal de obispos y sacerdotes, pidiendo que los católicos voten a lo que ellos estiman como el mayor bien posible, o sea, el mal menor. Las pruebas que tengo, y que he hecho públicas en alguno de mis libros, lo demuestran (desgraciadamente para la Iglesia y para España).

– El mayor bien posible en este momento insinúa que en otro podrá conseguirse con  mayor amplitud, lo que es muy discutible, porque si se entiende que en este momento votar el mal menor se identifica con el bien posible, se olvida, como ya hemos dicho, que el mal no produce el bien, y que, por otra parte, el mal menor, reiteradamente  votado, generaliza el mal, corrompiendo ideas y conciencias, y, como es lógico, disminuyendo el voto a favor del bien.

– El bien posible, leo en un libro de ética, sin autor, se debe votar por el bien mismo, tal y como lo exigen las leyes morales en todo tiempo, lugar y circunstancias.

 

No quiero concluir este trabajo sin aplicar, como acostumbro a hacerlo, a la Verdad revelada, que no es algo, sino mucho lo que nos dice con relación al comportamiento político. En este caso, quiero recordar que nada menos que en  el Padre nuestro, la oración enseñada personalmente por Jesucristo, se  pide que “no nos deje caer en la tentación” y que “nos libre del mal”.

Quiere decir esto que rogamos a Dios, en primer lugar, que no caigamos en la tentación  de estimar como bien posible lo que es malo, sin excluir al menor, y en segundo, que si hemos caído en la tentación nos libre de ese mal, y arrepentidos, no volvamos a hacerlo.

Esta doble petición se relaciona con uno de nuestros refranes: “no hay mal que por bien no venga”. Entiendo que, a la letra, no es cierto. El árbol que da fruto malo se corta, y en su lugar se planta otro que lo da bueno.

Es cierto que la parábola del trigo y la cizaña, que narra San Mateo (13,24 y s.), parece decir lo contrario. Pero yo creo que sólo explica, según la situación que se contempla, que el mal nunca produce el bien. Lo prueban dos cosas; la primera, que la cizaña se siembra cuando los que han sembrado el trigo se retiran a dormir; y la segunda, que el dueño de la finca prohíbe que se arranque la cizaña por temor a que se arranquen también las espigas de trigo. Todo ello quiere decir que los sembradores de la buena semilla deben estar alerta y no dormidos, y que si se ha sembrado cizaña, ésta no se siega por respeto al trigo. La espiga que ofrecerá su fruto bueno debe mantenerse hasta que llegue el momento de la cosecha. Entonces la cizaña será quemada y el trigo se convertirá en harina y luego en pan.

Me parece que no se halla fuera de lugar que copie de ese libro, sin que conste el autor, a que antes me refería, lo que sigue:

“La decadencia ha coincidido siempre con la época en la que los individuos han buscado, ante todo, la satisfacción de sus necesidades materiales, descuidando las morales. El progreso material sin el moral lleva como consecuencia inmediata la corrupción de las costumbres, produciéndose como consecuencia una rápida decadencia al atravesar cualquier crisis grave”

En todo caso, sabemos que Dios es omnipotente, y que sabe escribir sobre renglones torcidos. Dios puede, y nosotros, por la oración, hemos de pedirle que quiera. Nuestros santos y mártires se unirán a nuestra petición. Confiemos en este trance difícil de la Iglesia y de España, en las palabras de Jesús: “Lo que pidáis en mi nombre yo lo haré” (Jn. 14.12 y 14).

Cuando, como ahora sucede, las causas segundas no intervienen, porque han sido desguazadas (por acción y omisión) hemos de acudir a la Causa primera.

Artículo publicado en la revistas Fuerza Nueva. Nº 1411. 

La verdadera prima de riesgo

Todos los días los periódicos nos ponen a los españoles al borde del infarto publicando titulares envueltos en el pánico económico. Hemos aprendido, incluso, un lenguaje desconocido para el vulgo en asuntos de dinero, finanzas, relaciones comerciales y mercados internacionales. Las agencias que fijan los niveles son las protagonistas -y casi las dueñas- de las economías de los países que hasta ahora habíamos considerado como soberanos, pero que, evidentemente, ya no lo son, porque no manejan absolutamente nada propio de un pueblo que hasta hace poco consideraba su patrimonio como un bien general, para lo cual se organizaba mediante un Estado, que era un instrumento jurídico al servicio de la nación.

Eso está desapareciendo a marchas desproporcionadas por la globalización del mundo, que se ha impuesto la meta de arrancar no sólo el beneficio de los pueblos sino el alma de cada uno. Y dichos pueblos, en vez de asociarse para defender sus respectivas patrias -que son sus auténticos patrimonios, tierra de padres-, no hacen otra cosa que echarse en brazos de un gigantesco pulpo sin entrañas que atrapa y paraliza no sólo sus bienes sino también sus mejores pensamientos. Todo por la aldea global, por un mundo sin fronteras, por una ONG gigantesca en la que no se pueda hablar de Dios, de espíritu, de hijos vinculados a una familia como factor esencial, de matrimonio. Y pronto asistiremos, si todo continúa así, a la desaparición de apellidos adquiridos al nacer y también a la inexistencia del bien o del mal como materia elegible: todo será impuesto por un marcador que recoja la prima de riesgo de cada caso en cuestión.

 

Porque resulta escalofriante, por poner un ejemplo palpable, el índice de familias agrupadas en varias ramas, en convivencia común, pero derivadas de uniones distintas y de diferentes procedencias, que ponen no sólo el factor moral en precario sino también -y esto se publica poco- el esfuerzo y el dispendio económico que significa la atención de los hijos y las necesidades de las distintas agrupaciones familiares, por llamarlas de alguna manera. Es algo trágico asistir a las oficinas de empleo o a los juzgados y comprobar los documentos y sentencias, a cientos de miles, que se manejan en sus distintos departamentos, a la hora de repartir sueldos en caso de divorcio, de abandono, de bienes establecidos en matrimonios anteriores, de subsidios o de rentas que hay que imponer para el mantenimiento de niños, y no digamos de ancianos también, y que en muchos casos no se cumplen.

Se trata de una brutal e incontenible descomposición de la sociedad que ha hecho posible la concentración de poderes de los grandes almacenes del pensamiento, que se han juramentado destruir el mundo clásico, creyente, que reconoce errores y los remedia y que tiene la idea suprema del bien y del mal como argumento válido para saber acogerse en caso de naufragio. ¿Pasaría algo si el mundo, un buen día, se despierta sin hacer caso a la prima de riesgo, al dinero que les falta a los bancos, a las reuniones de Obama con la señora Merkel o a las imposiciones de Bruselas o de Estrasburgo? ¿Ocurriría una hecatombe si los países económicamente más débiles se plantan para defender sus propias constituciones morales, históricas, políticas y sus raíces, asentadas sobre la piedra de un cimiento sólido y no sobre la arena movediza de los mercados?

 

Va siendo hora de que los países tengan derecho a vivir en paz, sin ser agobiados y amenazados continuamente por los medios de comunicación -que son también cómplices porque forman parte del mismo negocio global-, por las agencias de calificación o por los movimientos de la bolsa, que acabarán por crear tal estado de ánimo entre los miembros de la comunidad de los seres humanos, que harán posible una guerra universal que puede dejar muy pequeñas a las dos mundiales anteriores. Han conseguido entrar en el alma del hombre y éste no tiene por qué aceptar ese juego que destruye el fundamento de su presencia en el mundo y las razones para las cuales fue creado.

Y es que ese poder acaparador de las ganas de vivir de los seres humanos ha irrumpido en el planeta para dejar a éstos sin procedencia, sin historia, sin herencia, sin padres ni hermanos: todo por la inversión, el beneficio económico, el blindaje millonario, la usura, el despilfarro, la falsa apariencia y el llevarse, o el disponer -que casi es peor- libérimamente de lo que no es de uno. Ese proceder intencionado es el que nos ha  entregado, de manera  municipal y espesa, a la voracidad de los mercaderes sin escrúpulos que pretenden arruinar nuestra vida como españoles y como hijos de Dios. Y España, que ha sufrido hasta sublime y reciente martirio por defender a pelo los valores de verdad, sin beneficio de inventario, no puede dejarse llevar por semejantes y tenebrosos personajes.

 Editorial de la Revista Fuerza Nueva nº 1411.

Portada Revista Fuerza Nueva Nº 1411. Del 5 al 28 de Mayo 2012.

En este número concluye la serie que nuestro colaborador Eduardo Palomar Baró ha venido publicando sobre la historia del PSOE. Se titula PSOE: Del 36 al exilio republicano, y la portada muestra la imagen de Indalecio Prieto en Méjico con un grupo de exiliados socialistas españoles y mejicanos. También se anuncia el artículo que escribe Blas Piñar bajo el enunciado El mal menor y el bien posible, que aparece en página 6 y sucesivas

Editorial

La verdadera prima de riesgo.

El espejo por Blas Piñar.

El mal menor y el bien posible.

Piedras de toque por Luís F-Villamea.

Otra vez en candelero:.El “problema sexual” y los obispos.

Tema denuncia.

Carta abierta por  F. Ballón de Vallugera.

A la prensa libre y no subvencionada, a la que no duda en buscar la verdad y publicarla.

Opinión por María del Carmen López.

Aunque no nos reconozcan:  Aún nos queda una posibilidad.

Libros. por Francisco Torres García.

La otra faz del debate en torno a un libro de Blas Piñar: ¿Cruzada o simple guerra civil?

Internacional. Arturo de Sienes.

Elecciones en Grecia:

Caos en las urnas

Gutiérrez Mellado: Así se entrega una victoria

La figura de Manuel Gutiérrez Mellado resulta de capital importancia para estudiar lo que se ha venido en llamar la Transición. Su pasado -vidrioso para el estamento castrense- se ha compensado con otras grandes aportaciones al servicio del actual Rey de España, quién ha contado con la incondicional disposición de quien fuera vicepresidente del Gobierno y ministro de Defensa con Adolfo Suárez.

Esta es una obra de investigación, costosa, minuciosa y desagradable- por sus dificultades- en algunos momentos. No hay que olvidar que Gutiérrez Mellado fue siempre hombre de los servicios secretos militares, operando en todos los frentes informativos, y no solo en la guerra (1936-39), sino en toda la postguerra. Llegó a convertirse en campeón  de la Inteligencia y estuvo en posesión  de todas las claves sobre personas y cosas en España. Su personalidad-siempre- fué blanco de discordias, y su vida estuvo impregnada de una doble configuración que, estitamos, queda notablemente reflejada en este libro.

“La historia le juzgará y nada más” , dijo de él el que fuera duirector del servicio de Documentación de la Presidencia del Gobierno, coronel San Martín.

Esta obra es un buen vehículo para conocer a este fundamental personaje de la España mas reciente

Editorial Fuerza Nueva

Colección Denuncia

Primera edición abril 1966

229 páginas.

Fotos e ilustraciones.

P.V.P 17€

Pedidos a fuerzanuevaeditorial@gmail.com

Teléf. 91 576 68 97   –   91 576 69 64

A 73 años del 1º de Abril: Confirmada la entrega de una Victoria.

 

De los paredones de La Almudena al Sábado Santo rojo

El que fuera vicepresidente del Gobierno con Adolfo Suárez, teniente general -luego nombrado Capitán General- Manuel Gutiérrez Mellado, cumpliría este mes de abril 100 años en caso de vivir. Murió en accidente de tráfico en 1995. Con este motivo un suplemento de El País, del pasado domingo 1 de abril, parece que eligió este día por tres motivos: por el aniversario del último parte de guerra del cuartel general de Franco, porque se cumplía el centenario del militar que hizo posible la ruptura  y porque se acercaba el Sábado Santo, fecha histórica donde las haya, en la que el Rey, con Suárez -que trabajaba para su partido, la UCD- y el malogrado príncipe de la milicia hicieron filigranas jurídico-políticas para legalizar el Partido Comunista.

La noticia -recuerda también El País- la dio aquel día, un 4 de abril de 1977, en Radio Nacional de España, entre balbuceos, sorpresa e incredulidad, el que fuera mi compañero y amigo Alejo Jesús García Ortega, ex seminarista malagueño, periodista extraordinario muerto en plena actividad profesional. Juntos habíamos cubierto la información, en tiempos de Franco, de las históricas Jornadas Sacerdotales de Cuenca y de Zaragoza, él para Pueblo y yo para esta revista. Leyó en auténtica primicia, porque se lo facilité, todavía sin haberse publicado, con avidez inusitada y sentado en la escalinata de la catedral conquense, el artículo Señor presidente, una bomba informativa que escribió en 1974 Blas Piñar, tras el atentado de la calle del Correo, contra la política de Carlos Arias Navarro, el presidente que había sustituido al almirante Carrero Blanco tras su magnicidio. Le faltó tiempo para coger el teléfono y contárselo a Emilio Romero, entonces director de su periódico, que tampoco salía de su asombro. Fueron dos joyas informativas, no una, de las que él fue protagonista.

Los viejos rockeros

El País reúne ahora a cuatro históricos más en un parque de Madrid para contarnos menudencias del Sábado Santo rojo, aquel que trajo la legalización del Partido Comunista. Se trata del coronel Fernando Puell y de los generales Javier Calderón, Ángel de Lossada y Andrés Cassinello, todos ellos especialistas en el espionaje militar y directísimos y próximos colaboradores del aún más histórico Guti. Son los viejos rockeros, que nunca desfallecen. El primero de ellos me afecta directamente a mí porque escribió un libro de 250 páginas para intentar desmontar -trabajo vano y malogrado, incluso para los suyos-, sin éxito, la tesis exhaustivamente documentada de mi libro, editado por esta casa, Gutiérrez Mellado: Así se entrega una Victoria.

Escribió otro titulado Gutiérrez Mellado, un militar del siglo XX (1912-1995) inmediatamente después de darse cuenta -y así lo hace constar- de que el primero era líder de ventas en toda España y de que su repercusión acerca del pasado del que fuera vicepresidente del Gobierno afirmaba la rigurosa confirmación de la entrega gratuita, por parte del Ejército, por él representado -cosa que no duda El País de ahora-, de una Victoria que había costado mucha sangre. El mismo hombre que ponía y quitaba en los paredones del cementerio de La Almudena a los asesinos del comandante Gabaldón en 1939, que interrogaba y fusilaba a los comunistas que pretendían reconstruir el partido desde el mismo puerto de Alicante, cuando se quedaron esperando a los barcos soviéticos que jamás llegaron para rescatarlos, como había prometido Stalin, era el que legalizaba, con el uniforme del ejército de la Victoria, a los mismos que tenían tantos crímenes en cárceles y checas sin justificar.

Es más, la tesis se baraja aún, tantos años después, por parte de los que colaboraron con Gutiérrez Mellado porque todavía sigue siendo un misterio sin parangón universal el hecho de que un régimen robusto, elaborado con tanto sacrificio durante años, con proyectos legislativos pioneros y encabezado y servido por un Ejército clamorosamente vencedor, en solitario, sobre el comunismo imparable y nunca vencido, entregase sin condiciones, pero con oprobio y escándalo, el fruto de su monumental sacrificio. Ciertos periódicos de hoy publican estos datos por dos razones: para tratar de justificar a sus protagonistas, a pesar del inexorable paso del tiempo, y para mostrar un agradecimiento sin límites a aquellos que hicieron posible lo aparentemente imposible: confundir, a la luz de la historia, traición por magnanimidad, exhibiendo el cuadro de La rendición de Breda con pinceles transplantados de El beso de Judas.

Mala conciencia

Y es que lo que más ha costado y cuesta digerir, a la luz serena de la Historia, cuando ya el músculo descansa, es explicar  la defección militar de los que hicieron la guerra y la ganaron limpiamente. Se entiende mejor, aunque sea también rechazable, la ruptura política, e incluso la de muchos hombres de Iglesia, cuando de sobra conocemos que la soberbia espiritual tal vez sea la más difícil de domeñar. A los militares se les contempla en el fragor del combate, con frente de guerra o sin él, y más con un Gutiérrez Mellado que realizó unos servicios no sólo comprometidos, sino temerarios, infiltrado en el Madrid rojo y permanentemente con el nombre de Franco en su boca.

Por eso llama más la atención que se proteja su figura para justificar una defección. Cuando aparecieron en esta revista, en 1981, los primeros capítulos sobre la actividad del entonces capitán en el frente rojo, nada se pudo desmentir, pero de manera eléctrica salió un libro, escrito por Jesús Picatoste, periodista que había sido director de Comunicación de la UCD, con el título Manuel Gutiérrez Mellado, un soldado de España, para tratar de contrarrestarlos. Lo que consiguió es añadir mayor confusión y una rabia infinita en un porcentaje altísimo de militares y en no menos civiles.

Y cuando por fin, en 1995, salió el libro publicado por esta editorial, Gutiérrez Mellado: Así se entrega una Victoria, el más vendido en esos meses en librerías y grandes almacenes, el coronel Puell de la Villa, catorce años al lado de Gutiérrez Mellado en el Ministerio de Defensa y ahora hombre elegido por El País para tratar de explicar lo inexplicable, escribe un libro de clarísima réplica al mío que no esconde sus intenciones desde la misma introducción, y con permanentes citas a esta revista y al autor de esta crónica a lo largo de sus 250 páginas. Ejemplares de este libro se repartían gratuitamente en Academias Militares, Centros de la Defensa, Organismos Oficiales y en seminarios y círculos castrenses. La verdad es que no sirvió de nada, porque el fallecido Javier Tusell, alma histórica, literaria y cultural de El País, que hizo una recensión con intento de ser laudatoria y propagandística, frustró la maniobra al comenzar su empeño afirmando categóricamente, de entrada y a bote pronto, que no se puede abordar una biografía de nadie sólo para intentar desmontar lo que ha escrito el enemigo, sobre todo cuando no se cuenta con materiales y argumentos que lo consigan.

Luís Fernández- Villamea.

Artículo publicado en la Revista Fuerza Nueva Nº 1409. 

!Sacadme de aquí!

Este es el grito que nos llega, no obstante la distancia, desde un país que está muy lejos de España, de Paquistán. Allí, una mujer analfabeta, casada, con cinco hijos, y cristiana, lleva, sentenciada a muerte, y muerte en la horca, acusada de “blasfemia”, dos años en la cárcel. La “blasfemia”, según la imputación, consistía en ofrecer agua en una vasija, a sus compañeras, con las que, en un día de mucho calor, trabajaba en el campo. Beber agua ofrecida por un cristiano les hubiera hecho impuras y el ofrecimiento era una tentación que no se podía tolerar.

En un libro, cuya lectura es apasionante, puede leerse lo que dijo, Asia Bibi a Anne-Isabelle Tullet: “He sido juzgada por ser cristiana. Creo en Dios y en su enorme amor. Si el juez me ha condenado a muerte por amar a Dios, estaré orgullosa de sacrificar mi vida por El”

Conmueven estas palabras, como estas otras: “nadie me escucha aquí, así que espero que mi débil voz sea escuchada más allá del Paquistán”

Yo soy, precisamente, uno al que ha llegado esa voz, y no quiero dejarla sin respuesta. No le llegará ciertamente, pero espero que la tenga una oración que haga efectivo su “Sacadme de aquí”, como con letras rojas grita Asia Bibi.

El que respondió a ese grito, fue el Papa Benedicto XVI, que dijo: “Pienso en Asia Bibi y en su familia, y pido que le sea devuelta la libertad” Que yo sepa, Asia Bibi, para la cual también se ha solicitado el indulto, sigue en su celda, de poquísimo espacio, oscura, húmeda y fría.

No se trata de un hecho aislado, porque en el tiempo en que vivimos se persigue y se denigra a la Iglesia Católica en los países islámicos. El paso de la tolerancia a la libertad religiosa del Concilio Vaticano II ha sido poco útil, hasta el punto de incendiarse los templos y asesinar a católicos, y a cristianos no católicos, sin que se produzca una protesta y se reaccione con energía en los naciones donde esa libertad religiosa se respeta.

Así lo hacía constar, y como desgracia, Benedicto XVI en su último discurso al Cuerpo diplomático: “En muchos países los cristianos son privados de sus derechos fundamentales y marginados de la vida pública, y en otros sufren ataques violentos contra sus iglesias y sus casas”

A la condena a muerte de Asia Bibi, han seguido en Paquistán dos asesinatos: el del gobernador Salman Tasser, musulmán, que la visitaba en la cárcel y la protegía, y la del ministro de las minorías religiosas, Shahbaz Bhatti, católico, que también fue a verla y que también protegía a su familia.

El sobresalto y la pena de Asia Bibi por este doble asesinato, y por defender, en el fondo, la libertad religiosa de quien se confiesa católica, es comprensible. Al gobernador le llama “hombre bueno”, y al ministro católico lo considera un mártir.

Estamos en presencia de un nuevo intento de islamización de Europa, que actualiza otros que la historia nos muestra: la invasión de España para penetrar en Europa, que se detuvo con la Reconquista, y los que se intentaron, desde el Este, por mar y por tierra, fracasadas, por la victoria de Lepanto, o por la retirada de las cercanías de Viena.

La situación presente, es más grave, y el proyecto actualizado aventaja a los otros; y ello por las siguientes razones, a saber:
Porque hoy, a través de inmigraciones masivas, los mahometanos fundamentalistas tienen en Europa verdaderos caballos de Troya, es decir, colaboradores internos en las naciones del continente, que facilitarían la invasión armada.

Porque Europa, al renunciar a sus raíces cristianas, ha perdido la virtud de la fortaleza que precisa, tanto para oponerse y rechazar con energía a la invasión armada, como al apoyo interior a la misma.

Porque la política exterior de las grandes potencias occidentales, después de la segunda guerra mundial, ha estimulado el proyecto invasor, que parecía olvidado por la convivencia pacífica en la mayoría de los Estados confesionalmente mahometanos. En países, como Paquistán o Irak, había ministros católicos en sus gobiernos, y estos se mostraban proocidentales. Ello no obstante, la presión exterior hizo posible y viable cambios de régimen y de gobierno, que han llevado al poder a los fundamentalistas, y han hecho fuerte el terrorismo.

Porque, en vez de prevenir y alertar a los europeos para que reaccionasen ante la amenaza de invasión, se ha calificado y disfrazado de primavera árabe lo que no es otra cosa que un movimiento bien coordinado, para lograr un frente común dirigido por los fundamentalistas para islamizar Europa.

Porque la tremenda debilidad de las economías europeas, fruto de la crisis moral evidente del capitalismo de especulación, afecta a lo que se llama “moral del soldado”, al mismo tiempo, que lleva consigo un recorte de las presupuestos de defensa.

Me parece oportuno recordar lo que el arzobispo de Esmirna Giuseppe Bernardini, dijo en el Sínodo de Obispos para Europa, hizo llegar al público la Agencia EFE, y puede leerse en “La Razón” , de 14 de octubre de 1.999: “Durante un encuentro oficial sobre diálogo islámico cristiano, un destacado dirigente musulmán se dirigió a los cristianos presentes y ´sin inmutarse les dijo`: `Gracias a vuestras leyes democráticas os invadiremos y gracias a vuestras leyes religiosas os dominaremos´. Contó también el caso de un empleado musulmán en un monasterio católico de Jerusalén que dijo a los religiosos: ‘nuestros jefes han decidido que todos los infieles deben ser asesinados, pero ustedes no tengan miedo, porque les mataré yo sin hacerlos sufrir’.

Hay que distinguir entre la minoría fanática y violenta y la mayoría tranquila y honesta, pero ´esta última, ante una orden dada en nombre de Alá o del Corán, marchará siempre compacta y sin vacilaciones. Por lo demás, la historia nos enseña que las minorías decididas siempre logran imponerse a las mayorías silenciosas”.

Al “!Sacadme de aquí!”, grito lacerante que nos conmueve: nosotros podríamos agregar, inspirados en una súplica de Santa Teresa de Jesús, ante las calamidades de su tiempo: “No permitas, Señor, mas daños al cristianismo”.

Naturaleza y substancia. Blas Piñar

Al tema de la sexualidad invertida hizo referencia en la catedral de Alcalá de Henares, el pasado Viernes Santo, el obispo de la Diócesis Juan Antonio Reig Pla. Fue durante su preciosa homilía, que tuve la fortuna de escuchar.

La campaña, utilizando un lenguaje gravísimamente ofensivo contra el prelado, merece una réplica, no con el insulto, pero sí exigiendo un examen del texto magisterial por parte de quienes han atacado a monseñor Reig  Pla, sacando de su contexto ciertas frases, a las que dan una significación que no tienen.

La reacción, que me parece necesaria, en apoyo del señor obispo, creo que hubiera merecido una nota de protesta enérgica de la Conferencia Episcopal, como esperábamos otra, que no se ha producido, por dos exposiciones, en Madrid, terriblemente blasfemas.

Ello no obstante, en sus declaraciones a Religión en libertad, que se han publicado en Internet, el señor obispo, con satisfacción, nos dice que ha recibido muchas adhesiones, y termina diciendo, con manifiesta humildad, que perdona a quienes le han ofendido. ¡He aquí un pastor que da ejemplo!

Estimo que se precisa aclarar la problemática de la sexualidad invertida. Lo haré, o trataré de hacerlo, desde una perspectiva cristiana, de acuerdo con la homilía del obispo y la documentación que él cita.

A mi modo de ver, en el marco de esta perspectiva cristiana hay que tener a la vista la diferencia que existe, y en general se confunde, entre naturaleza y substancia, confusión que entre los católicos ha surgido cuando en el texto castellano del Novus Ordo Missae, el “consubstancial” del Padre con el Hijo, que se decía en el Credo, se ha sustituido por “de la misma naturaleza…”.

Lo cierto es que, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 252, “la Iglesia ha utilizado el término substancia para designar el ser divino en su unidad, (reconociendo, tan sólo que se ha) “traducido a veces por naturaleza”.

La prueba de que “naturaleza” no puede confundirse, y menos identificarse con “substancia”, es que las tres personas de la Santísima Trinidad son de la misma substancia. Así se mantiene en la Misa de rito mozárabe Omoú-sion Patri y así se mantiene también en el “Credo del Pueblo de Dios”, de 30 de junio de 1968, en el que Pablo VI dice que “Nuestro Señor Jesucristo, nacido del Padre antes de todos los siglos, consustancial al Padre, en homoosius to Patri, igual al Padre según la divinidad, y completamente uno por unidad de las Personas” (11).

Esta consubstancialidad, por lo tanto, no quiere decir que haya una substancia divina, de la que deriva la divinidad de las tres personas, sino que es la substancia divina del Padre en el siempre de la eternidad la que transmite sin detrimento al Hijo, e igualmente, por el amor recíproco del Padre y del Hijo, al Espíritu Santo, que de Ellos procede. Por eso, Dios es, al mismo tiempo, uno y trino.

Dicho esto, se entiende, como nos dice San Pablo, que, en Cristo, el Dios encarnado “habita la plenitud de la divinidad corporalmente” (Cor. 2.9).

Algo semejante no puede decirse de la naturaleza humana. Con respecto a la misma no hay connaturalidad. Ningún hombre tiene la plenitud de ella, ya que la totalidad del género humano no está en él. Cada hombre, al individualizarse la naturaleza en el momento de la concepción y convertirse, como nasciturus, en persona, tiene un código genético propio que le identifica, una naturaleza propia, como la tiene cada uno de sus congéneres.

Si el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, las tres personas son un solo Dios, los hombres, cada uno de los hombres, son humanos, pero no son un solo hombre. Es decir, que el hombre concreto no es un seudópodo de la humanidad.

Si la connaturalidad se homologase con la consubstancialidad, la pasión y muerte de Cristo no eran necesarios. Bastaría su encarnación, porque al hacerse hombre y unir a su persona divina una naturaleza humana, con la encarnación ya habría redimido objetivamentea toda la humanidad. Por esta vía puede llegarse a un panteísmo cristiano.

La  naturaleza humana individualizada varía. Ya en el Paraíso, y antes del pecado original, hubo seres humanos tan sexualmente distintos como Adán y Eva, cuyas anatomías, en cuanto a la sexualidad, eran somáticamente distintas.

¿Por qué? He aquí la pregunta clave, a la que hay que dar una respuesta precisa para explicarnos el anverso y el reverso del tema, a saber, la anatomía o envoltura corporal del hombre y de la mujer y la sexualidad desviada.

Desde una perspectiva cristiana es evidente que ese anverso-reverso no existe en el reino animal porque en el mismo no se ha dado, y no podía darse, el pecado. El animal carece de razón y de conciencia moral, se mueve tan sólo por el instinto, y su instinto sexual se corresponde con su anatomía.

Adán y Eva fueron creados por Dios, que, al “hagamos al hombre (refiriéndose a la naturaleza humana), los creó varón y mujer” (Gen. 1,26), -dos criaturas sexualmente distintas- a las que, después de bendecirlas dijo: “Sed fecundos; multiplicaos” (Gen. 1,28).

Dotados nuestros primeros padres de razón, libertad y conciencia, perdieron la gracia del Paraíso al comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, que Dios les había prohibido.

Ese pecado, que fue originante, afectó, por ello, no sólo a los que personalmente lo cometieron, sino a la naturaleza humana, y, por tanto, a cada uno de los hombres y mujeres, en los que, en el curso de los siglos, dicha naturaleza se individualiza y personifica en el momento de su concepción.

La pérdida de la gracia del Paraíso desfiguró, sin suprimirla, la “imagen y semejanza” de Dios, con la que el hombre fue creado, y cuyas consecuencias relata el Génesis en su capítulo III. Tales consecuencias incidieron, e inciden, en la naturaleza individual de cada hombre y de cada mujer, ya que dicha naturaleza se lo trasmite por generación.

El desorden, y el desbarajuste que en los humanos produjo el pecado original, explica muchas cosas, y especialmente el hecho de la sexualidad invertida, que al ponerla en ejercicio se opone al “sed fecundos”.

Ese trastorno del orden natural-sobrenatural en que fue creado el hombre del Paraíso, es la causa de las desviaciones congénitas de la naturaleza en los seres humanos. Los hay que en su código genético tienen, ab initio, una carencia o un defecto. Hay hombres que, conforme a ese código, son coléricos o pacientes, soberbios o humildes, avariciosos o tacaños, generosos o pródigos, como los hay ciegos (a los que se llama ciegos de nacimiento) o con la enfermedad de Down, o con una inclinación sexual invertida, y, por consiguiente, desviada por el fomes peccati de su fin. Por la misma razón hay pirómanos, que tienen una inclinación por quemar bosques, o que quisieran robar, porque les gusta apoderarse de lo ajeno.

Hay que enfrentarse con esta realidad evidente, que nos muestra la historia de la humanidad, y que requiere una receta y una terapia que sean eficaces.

Monseñor Reig hace referencia a las teorías que “desconocen la naturaleza humana (y que) no orientan bien el verdadero sentido y significado de la sexualidad”. Hay que distinguir, y sirve de punto de partida para pronunciarse con acierto, entre “la inclinación sexual propiamente dicha y los actos homosexuales”. Una cosa es la homofobia, “como aversión a los homosexuales”, que por serlo no pueden ser discriminados, sino “acogidos con respeto, comprensión y delicadeza, y otro, los actos homosexuales”, es decir, la puesta en ejercicio de la homosexualidad, a veces realizada en la calle (como ocurrió en Barcelona, cuando la visita del Papa) y por muchas parejas, que hacían gestos desafiantes.

En el primer caso, el de la inclinación, la Iglesia nos dice, y en especial dirigiéndose a los cristianos, que “vivir según la voluntad de Dios implica batallar contra las propias concupiscencias hasta el mismo día de la muerte”, y una de ellas es la de una inclinación desviada de la sexualidad. Con la ayuda de la gracia, “las personas (que tienen dicha inclinación) pueden vivir en castidad”. Si dominamos la envidia, la cólera, la soberbia o el orgullo, y no hay duda de que ese dominio puede conseguirse y se consigue, ¿por qué no puede lograrse el no ceder ante una inclinación sexual invertida?

Pasar de la inclinación al ejercicio, y hacer de este ejercicio un derecho (como se ha hecho en relación al aborto) y justificarlo en que así lo exige la naturaleza específica del que tiene esa inclinación, es algo insostenible, porque, con idéntica razón, podría ser un derecho incendiar bosques o apoderarse de lo ajeno, ya que el que incendia o roba lo hace porque así lo pide la suya.

Lo que sorprende es que el ejercicio de la homosexualidad se exalte con las manifestaciones del “día del orgullo gay”, que dan la impresión de ser manifestaciones oficialmente protegidas. Si éstas se consienten, y hasta se estimulan de varias maneras, uno se pregunta: ¿Cómo pueden no autorizarse las de los pirómanos o las de los ladrones?

Como recuerda monseñor Reig, el Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 2357, dice que “los actos sexuales entre personas del mismo sexo son intrínsecamente perversos (y) contrarios a la ley natural, (pues) cierran el acto sexual al don de la vida”.

El ejercicio de la homosexualidad afecta no sólo a las personas, sino a la sociedad. En las personas, nos dice el señor obispo, produce “sufrimiento y destrucción, coloquialmente un infierno en sus vidas”; y en la sociedad, porque moralmente la degrada y la pone en trance de un castigo divino, como el que sufrieron Sodoma y Gomorra.

¿De dónde viene la palabra sodomita? ¿Y por qué confundir, como se ha escrito, que se manda al infierno por toda la eternidad al que sufre en esta vida un infierno por ese desviado ejercicio de la sexualidad, cuando se tiene la posibilidad de liberarse del mismo?

Publicado en la revista Fuerza Nueva. nº 1410