Máxima responsabilidad de la ruina moral y material de España… ¿Nos ha castigado Dios?

Este escrito, Señor: es un argumento en el que expongo las razones que sirven de fundamento para tal forma de proceder. Un escrito de conclusión a tenor de las probanzas que mantengo.

Por su condición de Jefe de Estado a título de Rey, representante de la Corona que como institución máxima ahorna todo el entramado jurídico-institucional de la nación, e impulsor y propiciador del actual sistema hasta el punto de haberse acuñado a su favor el término “motor del cambio”, empezaré diciéndole que me parece absolutamente sorprendente que nadie le impute la máxima responsabilidad de lo que hoy es España: una nación a la deriva, con gravísimas dificultades para seguir existiendo y casi sin posibilidades de rectificación.

Y digo que me parece sorprendente porque fue usted, Señor, bien es cierto que en compañía de otros, quien diseñó la llamada Transición, de la que ha tomado impulso está ruina que nos precipita al abismo. Que nos precipita al abismo, a no ser, naturalmente, que exista una rectificación y venga marcada por otros principios distintos a los que se han venido sosteniendo, y, además, sea dirigida por otra persona que ya no puede ser usted ni lo que representa. Una rectificación que destruya la obra creada a partir de la conculcación que se hizo del Régimen del 18 de Julio, que usted, Señor, juró solemnemente defender, a través de un delicado y complejo proceso de involución sustentado en el engaño.

Intervenidos económicamente por Europa; sin futuro económico porque toda la estructura productiva se ha destruido o vendido al mejor postor; con una ofensiva independentista casi imposible de parar tanto en Cataluña como en Vascongadas, en esta última región sustentada por un terrorismo al que durante muchos años se ha dejado actuar y que a punto está de conseguir su propósito, e invadidos por una inmigración desbordada que vive a costa del presupuesto social cada vez más mermado e insuficiente que será causa más pronto que tarde de gravísimos problemas de convivencia, todo lo que usted representa, Señor, es un fiasco de proporciones mayúsculas.

Un fiasco sostenido por una Constitución que es el punto de apoyo sobre el que descansa todo el ordenamiento jurídico que consagra un modelo de Estado ciertamente particular, el Estado de las Autonomías, a través de un complejísimo sistema de distribución competencial diseñado por el Título VIII. “Una excepción jurídica y política”, como reconoció en su día el propio Tribunal Constitucional, que ha arruinado a España, y que ha sido y es causa de todo tipo de disensos, imposibilitando en la actualidad una rectificación de rumbo sobre un proyecto común compartido por todas las regiones de España.

Estamos, Señor, ante el verdadero suicidio de España, un contrasentido que prefija el propio Tribunal Constitucional en Sentencia 32/1981:

“… Es obvio que el término Estado es objeto en el texto constitucional de una utilización claramente anfibológica. En ocasiones el término Estado designa la totalidad de la organización jurídico-política de la nación española, incluyendo las organizaciones propias de las nacionalidades y regiones que la integran y la de otros entes territoriales dotados de un grado inferior de autonomía; en otras, por el contrario (artículos 3.º.1,149, 150), por Estado se entiende sólo el conjunto de las instituciones generales o centrales y sus órganos periféricos, contraponiendo estas instituciones a las propias de las Comunidades Autónomas y otros entes territoriales autónomos.”.

Pero usted, Señor, como quienes le acompañaron en la conculcación de la legalidad que acató y juró defender, no vio ni oyó nada. Y no vio ni oyó nada porque en su osadía todo comenzaba con usted, despreciando y tirando por la borda lo que España había conseguido con gran esfuerzo y prudente constancia. De esta forma no escuchó a nadie. A nadie con un mínimo de crédito moral e intelectual que no actuase en función de sus particulares intereses o contra los intereses de España, que en el caso de muchos era palpable y notorio. Y así nos encontramos. Por ende, se alejó del cariño y del respeto que le profesábamos muchos españoles, y hasta tuvo suerte durante años, porque quienes de tal forma seguíamos comportándonos con usted, Señor, lo hacíamos por ser fieles a Franco y en beneficio de España.

Consecuencia de todo lo que venimos comentando es el resultado de lo que hoy padecemos. Que la “marca España” no hay quién la compre, salvo para el proyecto Eurovegas, que no lo quiere ninguna nación de Europa. Somos, y eso es lo que usted representa como Jefe de Estado a título de Rey, una nación corrupta, amoral y arruinada. Una nación cuyos casos de corrupción escandalizan hasta en África. Amoral, por cuanto cada vez estamos más alejados de todo compromiso ético y moral. Y arruinada, hasta el punto de tener que ser intervenidos para seguir existiendo. Con todo, Señor, estamos a la cabeza respecto de nuestros socios europeos en algo: somos el primer país europeo y a la cabeza del mundo en las peores lacras morales que nos están destruyendo, sobre todo en aquéllas que más afectan a nuestros jóvenes (alcoholismo, drogadicción, hedonismo, abortos…), jóvenes que son también los peores formados y preparados para el futuro, lo que nos sitúa aún más en el precipicio.

Señor, ¿cuántas veces nos dijo que íbamos bien? ¿Cuántas veces asoció la marcha de este sistema al logro de fines beneficiosos, aunque dichos fines estuvieran como hemos visto anclados en el derroche económico y el espíritu caciquil de sus políticos y especuladores en autonomías y diputaciones? ¿Cuántas palabras se han pronunciado a favor de estos mismos políticos que nos han llevado a la ruina total, a los que usted mismo ha condecorado con títulos nobiliarios?… Comprenda entonces y convenga conmigo, Señor, que para muchos españoles su comportamiento haya estado presidido por una enorme banalidad.

Por una enorme banalidad porque usted, Señor, como máxima autoridad de la nación ha asumido el plan que se le ha venido imponiendo desde la estrategia que han sustentado ininterrumpidamente esas otras fuentes de energía que junto al motor, que era usted, producía el movimiento de la nación. Una nación que hasta anteayer ha estado sometida al desmadre especulativo y al saqueo del erario público, consecuencia de las durísimas medidas de ajuste que hoy se tienen que tomar, no tanto como consecuencia de la crisis global que padecemos, como de lo dicho anteriormente, sumiendo a la población en una dinámica de angustia de consecuencias y resultados imprevisibles en el corto, medio y largo plazo. Una situación que ni siquiera puede sustentarse en la idea de un pacto que permita un consenso nacional, por cuanto la nación española como tal está política y socialmente fragmentada.

Con todo, no crea que su responsabilidad puede circunscribirse sólo a su condición de Jefe de Estado, aun siendo está responsabilidad más que suficiente. Y no lo es, porque también se debe hablar de su comportamiento más personal, que en aspectos fundamentales no es merecedor de ejemplo, todo lo contrario. Me refiero, Señor, al juramento solemne y libremente manifestado del que después se desdijo. A que con su firma se legalizó el aborto, que es a todas luces una infestación de la obra de Satanás sobre España. De ahí que la Historia pueda calificarle con adjetivos que ningún rey de España debiera ostentar.

Todo ello sin mencionar casos como el de su fortuna personal, tema suficientemente abordado. O las dudas que todavía planean sobre su verdadera actuación el 23-F, poco trasparente a juicio de muchos, incluso desde su círculo más íntimo: el de la propia Reina, su esposa, que le dice a la periodista Pilar Urbano que la actitud del Rey respecto a ciertos generales implicados en el 23-F, antes del suceso, fue “ambigua y poco clara”.

Ni siquiera, Señor, podemos estar orgullosos de su propia familia, de la Familia Real, a la que hoy vemos desestructurada por el divorcio de la Infanta Elena, la situación judicial de su yerno, Ignacio Urdangarín, incluso por el matrimonio del Príncipe Felipe. Razones todas ellas, y cada una en particular, que a más de uno, y a lo largo de la historia, dejó en la cuneta de sus pretensiones, convirtiéndoles en simples porteadores de una Corona que jamás se ceñirían sobre sus sienes, porque la Familia del Rey debía ser ejemplo y modelo para el resto de la nación.

Yo creo, Señor, que Dios nos ha castigado. Y lo ha hecho porque hemos vivido de espaldas a Él. En principio, y como ya he dicho, porque se conculcó un régimen legal de inspiración cristiana que tantos frutos de beneficios sociales, económicos y culturales había dado, y podía seguir dando a la nación. Y en segundo lugar, porque sobre esa conculcación se hizo y se ha venido haciendo todo lo contrario de lo que la recta razón ordena. De ahí que hoy sea meridianamente claro para muchos españoles que sobre el engaño que se ocultó, a fin de trasformar la realidad, se haya conformado una nación virtual y alejada de toda realidad objetiva a partir de un subjetivismo moral que ha dado paso a un relativismo en todos los órdenes de la vida de la nación. Una nave, España, cuyo “motor” hay que cambiar porque está gripado.

Por eso le decía, y le sigo diciendo, Señor, que si hubiese un mínimo de conciencia crítica y nivel moral, incluso si  hubiese patriotismo más allá de nuestros sentimientos por los éxitos deportivos, la población española, engañada, emprendería una campaña contra una presunta Monarquía que ha perdido su representación de la realidad en virtud de su inexplicable claudicación, para poder emprender una rectificación con el bagaje de lo que ya sabemos.

Señor, quienes a lo largo de todos estos años hemos venido sustentando los principios que nunca fallan de Dios, Patria y Justicia reconocemos que siempre hemos tenido razón, toda la razón:

La razón intelectual puesta de manifiesto por don Blas Piñar el 16 de septiembre de 1979 en Medina del Campo, que suscitó un debate dialéctico con don José María Ruíz Gallardón, de la Ejecutiva de Alianza Popular (AP), a través de varios artículos publicados en las páginas del desaparecido diario El Imparcial, posteriormente agrupados en el libro ¿Hacia la III República? (Editorial Fuerza Nueva, 1979), que aporta “una inestimable riqueza de conceptos aclaratorios” sobre la forma de Estado monárquica. Y la razón del sentido común puesta de manifiesto de modo ciertamente espontáneo un año antes en la calle, cuando usted, Señor, realizó su primer viaje a Méjico entre el 17 y 22 de noviembre de 1978… “¡Que se quede en Méjico, en Méjico, en Méjico; que se quede en Méjico y que no vuelva más!”

Pablo Gasco de la Rocha.

Publicado en la Revista Fuerza Nueva. nº 1416.

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