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A 79 años del acto fundacional de La Comedia… José Antonio

Basta decir su nombre para saber que se trata de José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia. No hacen falta los apellidos. Esto es así, sin duda, porque José Antonio identifica, con este nombre, a un personaje excepcional, a una figura clave de la historia española contemporánea.

De él hay que resaltar lo que en su biografía política es más importante, aquello que, por ejemplar, tiene magisterio para el día de hoy, tanto entre nosotros como más allá de nuestras fronteras.

El protagonista aparece en el escenario de un teatro madrileño. En “La Comedia” pronunció el discurso fundacional de la Falange. Fue el 29 de octubre de 1933.

Yo era un chaval de 13 años. Vivía en Toledo. En aquel entonces no eran muchas las familias con aparatos de radio en sus casas. Nosotros no lo teníamos, pero supe que podría escuchar ese discurso en la de un matrimonio amigo de mis padres. Vencí todo respeto humano y me fui a ver a esos amigos y a rogarles que conectaran con la emisora.

No he podido olvidarlo. Antes de que hablase  José Antonio, el ambiente en el local, lleno hasta desbordarse, contagiaba a través de las ondas. El locutor hablaba no sólo del lleno absoluto, sino del entusiasmo de quienes se habían congregado en el mismo, y hasta de unas octavillas de adhesión al acto, de jóvenes del Partido Nacionalista de Albiñana.

Oí el discurso con un silencio emotivo. Me impresionó; mejor dicho, me conmovió, y me convenció José Antonio. Interpretaba, daba a conocer, decía en público, lo que yo, un adolescente entonces, pensaba y sentía, y que era, en síntesis, aquello que, sin saber exponerlo con gallardía, aprendí de mis padres y me enseñaron en el colegio.

En el prólogo que tuve el honor de escribir para la sexta, séptima y octava edición del libro de Felipe Ximénez de Sandoval, José Antonio. Biografía apasionada, que editó Fuerza Nueva muchos años después de aquel acto, di una versión similar a la que acabo de exponer.

En Toledo, y en el Cine Moderno, hubo un acto-presentación de la Falange el 24 de enero de 1935. Asistí. Alguien, siendo ya Notario de Madrid, me envió una foto, en la que yo entraba en el patio de butacas, donde, por cierto, no encontré lugar y tuve que subir al “gallinero”.

Habló José Antonio, al que encontré triste, a la vez que brillante. Brillante porque había un público que le vitoreaba y aplaudía, y era lógico que lo agradeciese; y triste porque quien le había precedido en el uso de la palabra no estuvo muy acertado.

Por la tarde se celebró un partido de fútbol, que presencié, entre un grupo de falangistas madrileños y otro de falangistas toledanos.

No tuve ocasión -era un chiquillo- de conversar, ni siquiera de dar la mano a José Antonio.

Hay que situar a José Antonio en su tiempo, es decir en los años posteriores al término de la Primera Guerra Mundial, la de 1914 a 1918. Los cimientos de Europa se estremecían profundamente y la revolución rusa, con la implantación de un régimen comunista que proyectaba el marxismo a las naciones del continente, produjo, como lógica respuesta, el nacimiento y la llegada al poder de partidos políticos que se oponían con valor al desmantelamiento de las mismas.

Estos movimientos políticos se  acostumbra a denominarlos “fascistas”, con ánimo despectivo, y, en general, se entiende que así lo son por significarse políticamente usando las camisas de color (negras, pardas, verdes, azules, doradas).

Sobre ambas cosas quiero pronunciarme, para perfilar la figura de José Antonio y de su partido.

¿Fue José Antonio fascista?  Mi respuesta, “Sí y No”, puede sorprender, pero el que sorprenda no equivale a decir que sea desacertada.

Prescindiendo de lo que la palabra fascista tenga de despectivo, el “Sí” corresponde a una generalización gramatical del fascismo italiano, que abarca y comprende a los partidos políticos antimarxistas y no capitalistas, a que antes hicimos referencia.

Pues bien, lo que tenían en común el fascismo italiano y los grupos políticos a los que así se les califica no era su filosofía política esencial, que era distinta, sino el hecho de pretender y esforzarse en reencontrar las propias raíces nacionales, su identidad histórica; y en última instancia los valores básicos de la civilización occidental.

La calificación de fascismo y de fascista tiene su origen en la propaganda dirigida por Moscú, que arrojó con desprecio una y otra palabra a quienes no militan en la izquierda, e incluso a los que militando en ella, como ocurrió con el POUM, o la FAI, en nuestra guerra, no apoyaban al comunismo “ortodoxo” de la URSS.

La comparecencia, y al unísono, de los movimientos políticos nacionales, hizo que aquellos que alcanzaron el poder en sus países influyeran en los que trataban de conseguirlo. Pero una cosa es ser fascista y otra reconocer la influencia del fascismo. Una cosa es llevar una camisa de un color determinado y otra que el que la lleva sea un fascista. Probablemente es el color de la camisa el que pone de manifiesto su contextura política.

De aquí que la respuesta “Sí y No” no sea contradictoria. José Antonio y la Falange fueron fascistas, si con esta denominación se engloba a los movimientos políticos nacionales surgidos después de finalizar la guerra de 1914 a 1918. Pero ni José Antonio ni la Falange fueron una sucursal española del fascismo italiano.

Tampoco, ni mucho menos, fue José Antonio un discípulo aventajado de Adolfo Hitler.  Si el nacional-socialismo hizo de la raza el pedestal supremo del nacionalsocialismo; si el fascio nació y creció al servicio del lema “todo en el Estado”, si incluso -aunque desde un planteamiento diferente- el Partido Comunista lo hizo en la clase obrera, José Antonio, que fundó un movimiento nacional-sindicalista, reconoció la importancia de los cuerpos intermedios, y proclamó que, políticamente, el hombre ha de ser considerado ante todo como un ser portador de valores eternos.

Más cerca estuvo el fundador de la Falange del rexismo belga de León Degrèlle, y de la Guardia de Hierro o Legión de San Miguel Arcángel (pues con ambos nombres fue conocido), que fundó en Rumanía Cornelio Zelea Codreanu. En ellos, como en José Antonio, está vivo el propósito de aproximar en la medida de lo posible la Ciudad del hombre a la Civitas Dei.

Esta vinculación del hombre portador de valores eternos a la “polis” la puso de manifiesto José Antonio de un modo admirable al configurar al falangista, no como un militante de los partidos políticos de la democracia inorgánica, al que se entrega un carnet, que paga una cuota mensual, que participa en unas elecciones, como elector o elegible, sino como persona que se juega en esta vida su futuro eterno. José Antonio quería un militante sui generis; mitad monje y mitad soldado; no para dividirlo, como le han criticado algunos, sino para completarlo interiormente y fortalecerlo. Para José Antonio, ser monje es tanto como ser un soldado de Cristo, y ser soldado dispuesto a dar la existencia por la esencia.

Si a la imputación despectiva de fascismo se acompaña, de ordinario, la de extrema derecha, conviene que no olvidemos esta palabra, que se pronuncia o escribe como un insulto, porque José Antonio, como quienes comulgamos con  su doctrina, ni siquiera fue de derechas, que es una forma de ser liberal; José Antonio, que detestó el liberalismo -tal y como lo hicieron en repetidas ocasiones los romanos Pontífices- superó el binomio derecha-izquierda de la Revolución Francesa, invocando como valores fraternos lo nacional y lo social, bajo el signo religioso. La sociedad que contemplaba José Antonio no puede, ni debe, concebirse como una cuerda de cuyos extremos tiran dos grupos antagónicos, y que acaban rompiéndola, sino una sola cuerda de la que todos, a la vez, tiran en un solo sentido, sumando fuerzas. Esa es la razón del combate por la Patria, el Pan y la Justicia. Por eso, los Sindicatos verticales deben sustituir a los que no lo son, a los que estimulan la lucha de clases y el enfrentamiento de patronos y obreros, y producen el paro y el cierre de las empresas.

José Antonio pretendía -como asumió de Ramiro Ledesma Ramos- la “nacionalización de los trabajadores”.

Su definición de la Patria española como unidad de destino en lo universal revela el modelo de la unidad del hombre, y comprende dos cosas: de una parte, que la unidad de lo diverso se hace a imagen y semejanza del único Dios omnipotente y trinitario porque lo es en tres Personas consustanciales, distintas, y de otra, que el respeto y el amor a la unidad de lo diverso enriquece y fortalece a la Patria. Así lo ha demostrado nuestra historia.

Esta concepción de la Patria exige una política exterior determinada, que sólo existe cuando es resultado de una política interior. Aquélla es el fruto lógico de ésta, como el semblante lo es de la salud.

Por eso, la doctrina joseantoniana se pronunció contra el separatismo que mutila o fragmenta a la Patria, así como contra el propósito de deshacerla espiritualmente, al perder su identidad, ya que ella forma parte de la diversidad interna, que no la divide territorialmente, y no debilita el espíritu de la nación.

Otro tema sobre el que estimo que es necesario prestar atención, pues se presenta confuso, o prejuzgado, es el de Monarquía o República. ¿Era José Antonio monárquico? ¿Era republicano? Es cierto que estimaba que el 14 de abril de 1931 había fallecido la Monarquía, pero también es verdad que monarquía no es lo mismo que régimen monárquico. La prueba es que el yugo y las flechas, las de un régimen monárquico, fueron escudo e insignia de su movimiento político.

El tema a estudiar no es semántico, de dos palabras contrapuestas, sino del contenido político de las mismas, ni tampoco de llamar al jefe del Estado Rey o Presidente. Si es el contenido político lo que importa, hay que saber que hay monarquías absolutas, monarquías liberales, monarquías parlamentarias y monarquías que llamamos tradicionales. Igualmente hay repúblicas que se apellidan de manera similar. En uno y otro caso hay monarquías republicanas y repúblicas monárquicas.

Hay monarquías de nombre y que son “repúblicas coronadas” como dijo de la nuestra, y con acierto, Manuel Fraga, o coronas sin monarquía, y hay repúblicas monárquicas que se encubren con el gorro frigio. De aquéllas son ejemplo las monarquías de los países del norte de Europa y de las segundas las repúblicas presidencialistas.

En el caso de España, la Transición rupturista se hizo disfrazando de monarquía el régimen actual, y el disfraz tuvo tres piezas: la corona, el himno (la Marcha real) y la bandera roja y gualda, que aceptaron incluso los comunistas.

Para entenderlo hay que contemplar dos Sistemas, el de la unidad del poder o el de la separación e independencia de tres poderes. Con este último lo que se pretende es que el poder único no se convierta en absoluto, despótico y tiránico. La Revolución francesa quiso sustituir el “Estado soy yo” de Luis XIV, por el triunvirato de tres poderes, a saber: el legislativo, el ejecutivo y el judicial.

Esta independencia, para evitar el abuso, ha fracasado, y no pocas veces, una de ellas, en la España de hoy. El fracaso se debe a que esos poderes se enfrentan, y uno de ellos acaba adueñándose de los otros de tal forma que el judicial se politiza, o el ejecutivo se judicializa, o el legislativo se impone al ejecutivo y al judicial.

Quienes han luchado para evitar el abuso del poder, fragmentándolo, ignoran, o han rechazado sin ignorarlo, que hay otro modo de evitar sus abusos. Tales limitaciones del poder proceden de arriba y de abajo, considerando, por lógica, que los llamados poderes no son otra cosa que funciones del mismo, ordenados al bien común y al servicio de la nación.

La limitación de arriba procede de la ley natural y de la moral objetiva, y por tanto, de los valores innegociables. La limitación por abajo procede de la soberanía social, que respeta y acepta aquellos y no los quebranta.

Nadie, creo yo, como Santo Tomás de Aquino, nos da noticia del mejor régimen político, que no es otro que aquél en el que se dan cita tres principios, a saber, el monárquico, el aristocrático y el democrático.

El monárquico, es decir, como su nombre indica, la unidad del poder; el aristocrático, o sea del gobierno de los mejores; y el democrático, que se hace presente de forma participada en un referéndum o representado, a través de elecciones, para cubrir los escaños de las Cámaras o Cámaras legislativas.

Otro aspecto que conviene subrayar es el de la actitud de José Antonio con respecto a un entendimiento con otras fuerzas políticas, que podemos llamar nacionales. Si en principio el punto 27 de la Falange se pronunciaba de una forma aislacionista, la maduración de su pensamiento y la situación de la España de entonces le llevó a un cambio de postura, al pedir un Frente Nacional con los tradicionalistas, lo que era tanto como reconocer en el tradicionalismo parte de su doctrina política, así como una fuerza de profundas raíces nacionales, que muchos años antes de la guerra europea que concluyó en 1918 había luchado y combatido por una España fiel a sí misma.

No sé si estuvo o no a punto de llegar a un acuerdo, ni siquiera si hubo o no conversaciones para lograrlo, lo que sí sé es que con el nombre de “Tyre” comparecieron en diversos actos los tradicionalistas y militantes del partido monárquico Renovación Española.

Lo que sí tuvo importancia de cara al futuro es que la propuesta joseantoniana de un Frente Nacional dio más tarde su fruto. A mi parecer, puso de relieve que los términos tradición y revolución no eran incompatibles, si la tradición no es inmovilismo y si la revolución no es revuelta.

La revolución es un revolver -volver de nuevo- en busca del pasado que nos dio vida y prestigio, y tradición es inspirarse en ese pasado para construir el futuro. No hacer, como decía José Antonio, lo que ellos hicieron, sino lo que ellos harían en el tiempo presente. Hay pues una tradición revolucionaria, y una revolución tradicionalista, y, esta última, es la puesta al día, el aggiornamento justo y necesario de enfrentarse con una situación nueva y con los problemas graves de una época distinta. José María Codón, tradicionalista, escribió un libro que se publicó por Fuerza Nueva Editorial, en su segunda edición de 1978, que se tituló: La tradición en José Antonio y el sindicalismo en Mella. Con esta argumentación he sostenido que José Antonio convocó a una revolución nacional impregnada de tradicionalismo.

Claro es que esta opinión tiene su base en una distinción: que carlismo y tradicionalismo no se identifican y que uno y otro no se refieren a lo mismo. Yo entiendo que se puede ser tradicionalista sin ser carlista. Para darse cuenta de ello basta acogerse a la legitimidad de origen y a la de ejercicio. Aquella tampoco se identifica con ésta. Mas una  legitimidad de origen se invalida cuando falla la de ejercicio.

El carlismo no puede negarlo, porque, como en el caso del pretendiente a la corona, Carlos Hugo, que, perteneciendo a la dinastía legítima, era un admirador del comunista Tito, pedía la inserción de Navarra en Euskadi, y tuvo un grupo de seguidores que se integró en Izquierda Unida. Creo que esa conducta da cuenta de que se puede ser de la dinastía legítima y no estar de acuerdo con la legítima tradición. La Comunión tradicionalista que permanece fiel denuncia este tipo de carlismo.

El auténtico carlismo no es fiel a un monarca que no ocupa la corona y que está en el exilio, sino que lo es en tanto en cuanto mantiene su fidelidad a la tradición. Por eso ha habido y hay un tradicionalismo que no tiene que ser necesariamente carlista. El tradicionalismo de Balmes o de Menéndez y Pelayo no puede negarse, y lo eran tanto como Vázquez de Mella o Victor Pradera.

Esta bandera “alzada” por José Antonio se hizo visible en el trance doloroso de la guerra; trance en el que  estaba en juego la existencia de España.

En el tomo III de mi libro Escrito para la historia escribí que “Siempre entendí que el Movimiento Nacional era el Amazonas ideológico y beligerante que recogió, como afluentes, el caudal de las fuerzas políticas que contribuyeron con su doctrina y sus voluntarios al Alzamiento, a la Cruzada y a la construcción del nuevo Estado. En esta línea de pensamiento y acción se condujeron  Fuerza Nueva  y el Frente Nacional y, como es lógico, yo mismo. Recoger los caudales me pareció lógico y necesario. Retroceder hasta las fuentes de origen, para desviar el cauce, lo estimé suicida. La innata tendencia a la diáspora, que tanto mal nos ha hecho, había que contrarrestarla. Dada nuestra forma de ser y nuestro talante, se impone incrementar la fuerza centrípeta, evitando así la  connatural dispersión que la fuerza centrífuga conlleva; aunque reconociendo explícitamente que no es lo mismo unidad que uniformidad.

“Esta unidad sin uniformidad era exigida en este caso por la sangre  vertida en común, tanto en las trincheras, con su héroes, como en la zona roja, con sus mártires, como por el hecho bien significativo de aquel 20 de noviembre de 1936 en Alicante, es decir, junto al Mediterráneo, por donde llegaron a España la Fe y la Cultura. Aquel día fueron fusilados, junto a José Antonio, dos falangistas, Luis Segura Baus y Ezequiel Riva Iniesta, y dos tradicionalistas, Vicente Muñoz Navarro y Luis López López, que habían tratado, aunque sin éxito, liberar al fundador de la Falange, Conviene señalar que Luis López fue detenido por haber dado refugio en su casa al jefe de Falange de Orihuela, Antonio Piniés y Roca de Togores.”

Franco lo entendió así, aunque no lo entendieran todos; pero los enfrentamientos acaecidos en la zona roja no se produjeron en la nacional, y aquellos, en gran parte, contribuyeron a la victoria del 1 de Abril de 1939.

Es muy significativo que el Príncipe Javier de Borbón Parma, en carta que tengo en mi poder, fechada en París el 30 abril 1937, recién publicado el Decreto de Unificación de las fuerzas políticas, comunicaba a Franco su “empeño de cooperar eficazmente al anhelo de unidad política a que responden sus últimas disposiciones”. La carta fue entregada personalmente al Caudillo por don Rafael Olazábal.

Dos españoles muy representativos como Manuel Fal Conde y Manuel Hedilla, más tarde, reconocieron que Franco acertó, y no sólo porque requetés y falangistas, sus tercios y banderas, continuaron combatiendo unidos, sino porque puedo dar testimonio de cómo ambos vieron con verdadera simpatía a “Fuerza Nueva”, nacida en 1966, cuando el proceso dinamizador del régimen franquista estaba en ejercicio.

A Fal Conde le conocí en la concentración tradicionalista de Montejurra, de 5 mayo 1963. Terminado el Vía Crucis, hubo un almuerzo en el restaurante El Oasis. Me pidieron que hablara. Mi discurso se publicó íntegramente en las revistas Boina Roja y Montejurra.

José María Valiente, que era el Delegado Nacional de la Comunión Tradicionalista, clausuró el acto, y se expresó así: “Don Blas Piñar, invitado de honor, ha dicho que no es carlista. Pero se ha ganado las grandes ovaciones de los carlistas. Don Manuel Fal Conde, mientras hablaba don Blas Piñar, me ha escrito estas palabras en una servilleta del banquete: `Pensar así, sentir así, y expresarse así, es ser carlista´”.

Después, en abril de 1966, visité en Sevilla a Fal Conde. “Estaba operado de tráquea. Le era difícil hablar. Nos entendimos perfectamente a pesar de ello. Le expuse mi proyecto de fundar la revista Fuerza Nueva, y le expliqué lo que sería su ideario. Me brindó su apoyo. Más aún, me prometió, y cumplió su promesa, de hacerme llegar la dirección de mil tradicionalistas, a los que podía escribir en su nombre, a fin de darles cuenta del proyecto y pedirles que se suscribieran. Así lo hice”. (La pura verdad. Tomo III de la colección Escrito para la Historia. Págs. 75 y 76.)

Por su parte, Manuel Hedilla vino a verme a la sede de Fuerza Nueva, que entonces estaba en un piso de la casa nº 17 de la calle Velázquez de Madrid. “Estuvo muy amable. Fue explícito al exponerme su idea y sus proyectos sobre el Frente Nacional de Alianza Libre, que él patrocinaba. Me habló de sus contactos con los carlistas, que no puedo asegurar si ingresaron o no. Yo le agradecí su deferencia hacia nosotros, y le expuse mi punto de vista sobre el papel que podíamos desempeñar en la tarea -bien difícil por cierto- de aglutinar a las Fuerzas nacionales. Él lo entendió perfectamente. Y, por un lado, aquella no fue la única visita que nos hizo, y, por otro, mantuvimos contacto permanente con alguno de sus más íntimos colaboradores, como Patricio González de Canales, que suscribió la convocatoria para un homenaje que me ofrecieron el 15 de diciembre de 1971,             que dio una conferencia en nuestro local, el día 27 de enero de 1972, sobre La Casa de Toledo y que en nuestra Revista publicó un comentario al punto nº 10 del programa de Falange (nº 264, de 29 de enero de 1972”. (Obra citada, págs. 103 y 104).

La repercusión política a escala internacional de la obra de José Antonio, creo que nunca ha sido estudiada a fondo. Fue importante y me gustaría tener tiempo, y posibilidades de realizarlo. Como puede suponerse esa influencia la tuvo en Europa y especialmente en Hispanoamérica. En la doctrina de José Antonio se basaron movimientos políticos y personalidades muy destacadas, que manifestaron su admiración por ella.

El hecho es que, quienes podemos considerar herederos ideológicos de los que le condenaron a  muerte, destruyeron el monumento que tenía en Valencia, el 18 de febrero de 1971. Ante la nula reacción oficial por el atentado, que era además un desafío, Fuerza Nueva hizo una convocatoria para protestar por el ultraje, el 31 de marzo de 1971, ante la casa número 24 de la calle Génova, en la que nació José Antonio. “Hubo que improvisar, como escenario, un vehículo todo terreno. Era de noche y lloviznaba. La gente respondió a nuestro llamamiento. Dimos prueba de que éramos capaces de suplir omisiones graves de quienes por oficio, y,  en principio por vocación, debieron haber hecho lo que nosotros hicimos. La sede de la jefatura provincial del Movimiento, inmediata al lugar, estuvo cerrada a cal y canto. El que más tarde apoyaría la Reforma política, Tomás Garicano Goñi, ministro de Gobernación entonces, nos impuso, como premio, una multa de 50.000 pesetas.” (Obra citada, pág. 109).

Nuestra fidelidad a José Antonio la destacó su hermana Pilar, presidenta de la Sección Femenina, en varias cartas que conservo. Transcribo la última, que es de 1985: “Querido Blas: Quiero agradecerte con estas letras el recuerdo que siempre tenéis en vuestro centro y en vuestra revista para José Antonio. No todo el mundo mantiene esa fidelidad en recordar su memoria. Muchas gracias, con un abrazo de Pilar Primo de Rivera”.

Blas Piñar

Publicado en el nº 1416 de la revista “Fuerza Nueva”

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A 73 años del 1º de Abril: Confirmada la entrega de una Victoria.

 

De los paredones de La Almudena al Sábado Santo rojo

El que fuera vicepresidente del Gobierno con Adolfo Suárez, teniente general -luego nombrado Capitán General- Manuel Gutiérrez Mellado, cumpliría este mes de abril 100 años en caso de vivir. Murió en accidente de tráfico en 1995. Con este motivo un suplemento de El País, del pasado domingo 1 de abril, parece que eligió este día por tres motivos: por el aniversario del último parte de guerra del cuartel general de Franco, porque se cumplía el centenario del militar que hizo posible la ruptura  y porque se acercaba el Sábado Santo, fecha histórica donde las haya, en la que el Rey, con Suárez -que trabajaba para su partido, la UCD- y el malogrado príncipe de la milicia hicieron filigranas jurídico-políticas para legalizar el Partido Comunista.

La noticia -recuerda también El País- la dio aquel día, un 4 de abril de 1977, en Radio Nacional de España, entre balbuceos, sorpresa e incredulidad, el que fuera mi compañero y amigo Alejo Jesús García Ortega, ex seminarista malagueño, periodista extraordinario muerto en plena actividad profesional. Juntos habíamos cubierto la información, en tiempos de Franco, de las históricas Jornadas Sacerdotales de Cuenca y de Zaragoza, él para Pueblo y yo para esta revista. Leyó en auténtica primicia, porque se lo facilité, todavía sin haberse publicado, con avidez inusitada y sentado en la escalinata de la catedral conquense, el artículo Señor presidente, una bomba informativa que escribió en 1974 Blas Piñar, tras el atentado de la calle del Correo, contra la política de Carlos Arias Navarro, el presidente que había sustituido al almirante Carrero Blanco tras su magnicidio. Le faltó tiempo para coger el teléfono y contárselo a Emilio Romero, entonces director de su periódico, que tampoco salía de su asombro. Fueron dos joyas informativas, no una, de las que él fue protagonista.

Los viejos rockeros

El País reúne ahora a cuatro históricos más en un parque de Madrid para contarnos menudencias del Sábado Santo rojo, aquel que trajo la legalización del Partido Comunista. Se trata del coronel Fernando Puell y de los generales Javier Calderón, Ángel de Lossada y Andrés Cassinello, todos ellos especialistas en el espionaje militar y directísimos y próximos colaboradores del aún más histórico Guti. Son los viejos rockeros, que nunca desfallecen. El primero de ellos me afecta directamente a mí porque escribió un libro de 250 páginas para intentar desmontar -trabajo vano y malogrado, incluso para los suyos-, sin éxito, la tesis exhaustivamente documentada de mi libro, editado por esta casa, Gutiérrez Mellado: Así se entrega una Victoria.

Escribió otro titulado Gutiérrez Mellado, un militar del siglo XX (1912-1995) inmediatamente después de darse cuenta -y así lo hace constar- de que el primero era líder de ventas en toda España y de que su repercusión acerca del pasado del que fuera vicepresidente del Gobierno afirmaba la rigurosa confirmación de la entrega gratuita, por parte del Ejército, por él representado -cosa que no duda El País de ahora-, de una Victoria que había costado mucha sangre. El mismo hombre que ponía y quitaba en los paredones del cementerio de La Almudena a los asesinos del comandante Gabaldón en 1939, que interrogaba y fusilaba a los comunistas que pretendían reconstruir el partido desde el mismo puerto de Alicante, cuando se quedaron esperando a los barcos soviéticos que jamás llegaron para rescatarlos, como había prometido Stalin, era el que legalizaba, con el uniforme del ejército de la Victoria, a los mismos que tenían tantos crímenes en cárceles y checas sin justificar.

Es más, la tesis se baraja aún, tantos años después, por parte de los que colaboraron con Gutiérrez Mellado porque todavía sigue siendo un misterio sin parangón universal el hecho de que un régimen robusto, elaborado con tanto sacrificio durante años, con proyectos legislativos pioneros y encabezado y servido por un Ejército clamorosamente vencedor, en solitario, sobre el comunismo imparable y nunca vencido, entregase sin condiciones, pero con oprobio y escándalo, el fruto de su monumental sacrificio. Ciertos periódicos de hoy publican estos datos por dos razones: para tratar de justificar a sus protagonistas, a pesar del inexorable paso del tiempo, y para mostrar un agradecimiento sin límites a aquellos que hicieron posible lo aparentemente imposible: confundir, a la luz de la historia, traición por magnanimidad, exhibiendo el cuadro de La rendición de Breda con pinceles transplantados de El beso de Judas.

Mala conciencia

Y es que lo que más ha costado y cuesta digerir, a la luz serena de la Historia, cuando ya el músculo descansa, es explicar  la defección militar de los que hicieron la guerra y la ganaron limpiamente. Se entiende mejor, aunque sea también rechazable, la ruptura política, e incluso la de muchos hombres de Iglesia, cuando de sobra conocemos que la soberbia espiritual tal vez sea la más difícil de domeñar. A los militares se les contempla en el fragor del combate, con frente de guerra o sin él, y más con un Gutiérrez Mellado que realizó unos servicios no sólo comprometidos, sino temerarios, infiltrado en el Madrid rojo y permanentemente con el nombre de Franco en su boca.

Por eso llama más la atención que se proteja su figura para justificar una defección. Cuando aparecieron en esta revista, en 1981, los primeros capítulos sobre la actividad del entonces capitán en el frente rojo, nada se pudo desmentir, pero de manera eléctrica salió un libro, escrito por Jesús Picatoste, periodista que había sido director de Comunicación de la UCD, con el título Manuel Gutiérrez Mellado, un soldado de España, para tratar de contrarrestarlos. Lo que consiguió es añadir mayor confusión y una rabia infinita en un porcentaje altísimo de militares y en no menos civiles.

Y cuando por fin, en 1995, salió el libro publicado por esta editorial, Gutiérrez Mellado: Así se entrega una Victoria, el más vendido en esos meses en librerías y grandes almacenes, el coronel Puell de la Villa, catorce años al lado de Gutiérrez Mellado en el Ministerio de Defensa y ahora hombre elegido por El País para tratar de explicar lo inexplicable, escribe un libro de clarísima réplica al mío que no esconde sus intenciones desde la misma introducción, y con permanentes citas a esta revista y al autor de esta crónica a lo largo de sus 250 páginas. Ejemplares de este libro se repartían gratuitamente en Academias Militares, Centros de la Defensa, Organismos Oficiales y en seminarios y círculos castrenses. La verdad es que no sirvió de nada, porque el fallecido Javier Tusell, alma histórica, literaria y cultural de El País, que hizo una recensión con intento de ser laudatoria y propagandística, frustró la maniobra al comenzar su empeño afirmando categóricamente, de entrada y a bote pronto, que no se puede abordar una biografía de nadie sólo para intentar desmontar lo que ha escrito el enemigo, sobre todo cuando no se cuenta con materiales y argumentos que lo consigan.

Luís Fernández- Villamea.

Artículo publicado en la Revista Fuerza Nueva Nº 1409. 

“Hipócritas” Blas Piñar


  • Los que se amedrentan y atemorizan ante las explo­siones termonucleares por vía de ensayo, y no tu­vieron escrúpulos para lanzar la primera bomba atómica sobre los seres indefensos de Hiroshima;
  • los que condenaron al fuego hombres y ciudades y en Nüremberg se erigieron en jueces de los criminales de guerra;
  • los que hoy, pusilánimes y temblorosos, llaman la atención sobre el peligro comunista y se aliaron con el comunismo en­tregándole como botín patrias y culturas;
  • los que alardean, vocingleros, de anticomunistas y, en el fondo, buscan anhelantes una fórmula de coexistencia que les permita vivir tranquilos, aunque millones de hombres conti­núen gimiendo como esclavos;
  • los que firman alianzas y establecen bases estratégicas de carácter militar en países a los que llaman amigos, y luego los abandonan indiferentes y mudos cuando estos países se encuentran en el momento difícil;
  • los que incitan a la lucha por la libertad movilizando vo­luntades con espíritu de sacrificio, y después, iniciada la lu­cha, permanecen impasibles ante la represión brutal del enemigo;
  • los que hicieron su historia y su grandeza volando buques y atribuyendo culpas para justificar la intervención armada en beneficio propio, y ahora se escandalizan de sus mejores discípulos;
  • los que hablan de libertad de pensamiento y de libertad de prensa, y de un modo sistemático, y con arreglo a prejuicios irreformables, ahogan ciertas noticias, las desfiguran o las in­ventan, y en vez de una censura inspirada, aunque cometa errores, en el bien común, crean tantas censuras solapadas y clandestinas como intereses sectarios o grupos de presión eco­nómica y política;
  • los que presumen de anticolonialistas, y al exigir la inde­pendencia y la autodeterminación de los pueblos subdesarrollados, pretenden uncirlos al yugo de una total dependencia económica;
  • los que quisieron o toleraron la división de Berlín, de Ale­mania, de Corea y del Vietnam, y se rasgan las vestiduras y atropellan el derecho por la división del Congo;
  • los que facilitaron armas, brindaron aliento y proporcio­naron la mayor propagando gratuita a Fidel Castro, y se es­tremecen ante los horrores del sistema y, lo que es más gra­ve, ante su enorme fuerza de contagio;
  • los que mantienen relaciones diplomáticas con las nacio­nes ocultas tras el telón de acero o el telón de bambú, y pa­talean si otros gobiernos de la órbita occidental aspiran a se­guir su ejemplo;
  • los que juegan a mantener gobiernos liberales sin apoyo popular auténtico y sin obra social entre las manos a sa­biendas de su enorme debilidad para oponerse al mar­xismo;
  • los que ofrecen millones en concepto de ayuda generosa, y abonan precios de hambre por la riqueza obtenida en los paí­ses a los cuales la ayuda se ofrece;
  • los que predican los derechos del hombre y, sin embargo, le arrancan el derecho a la vida al impedir los movimientosmigratorios, condenar al hambre a millones de ciudadanos y estimular sin preocupaciones morales el control de los naci­mientos y el aborto;
  • los que hablan de democracia, de sufragio universal y de un hombre, un voto, y después condicionan el voto al pago de un impuesto, para evitar el voto de los negros pobres, o al conocimiento del inglés, para evitar el voto de los ciuda­danos de raíz cultural distinta;
  • los que exigen el respeto a las minorías, y ahogan con há­bil y paciente terquedad a las que existen dentro de las pro­pias fronteras;
  • los que mientras favorecen las llamadas reivindicaciones territoriales de otras naciones mantienen con orgullo colonias inútiles en países soberanos;
  • los que hacen del pacifismo y de la no violencia adagio y norma de conducta, y usan la fuerza cuando así lo conside­ran oportuno;
  • los que a un tiempo atropellan al débil y observan una ac­titud de cobarde respeto frente al vecino poderoso que los ofende;
  • los que se dicen defensores ardientes del mundo occiden­tal, y abren, negociando a espaldas de Occidente, un portillo por el cual un río de divisas occidentales contribuye a aumen­tar la fuerza del comunismo;
  • los que nos ofrecen su amistad y, a estas alturas y refirién­dose al descubrimiento de América se atreven a escribir con carácter oficial: «Itwas no accidentthatthevoyageswhichledtothediscovery of AmericawereledbyanItalian. Ita- lian seamanship was supreme. The cxploration of the Wes­tern Hemispherc was a dircct result of the inquiring mind of 15th century Italy», desconociendo y despreciandoasí la obra de España;
  • los que eluden el vocablo Hispanoamérica y no estarían dispuestos a consentir que se hablase de Africa latina;
  • los que lisonjean al llamado catolicismo liberal y progre­sista, y buscando su colaboración y ayuda bajo el tema de comprensión, diálogo y caridad acaban, cuando triunfan, per­siguiendo y aniquilando a la Iglesia de Cristo.
  • Pero nada es tan oculto que no se haya de manifestar, ni tan secreto que al fin no se sepa (San Lucas, XII, 2).
  • En estos años hemos aprendido muchas cosas, tantas y tan graves, que a nuestros hermanos podemos repetir aquello de Cristo: «Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.»

Blas PiñarABC, 19 de enero de 1962