Editorial Fuerza Nueva, nº 1464

50 años

El 14 de enero de 1967 salió a la calle el número 1 de Fuerza Nueva. Y con éste que tenemos en la mano cumplimos el 1464. Han sido exactamente 50 años de publicación ininterrumpida de estas páginas. Nacimos como semanario, después quincenario y ahora aparecemos cada mes, ni que decir tiene que por razones económicas. Seguir saliendo en papel con varios pliegos en época digital no es tarea sencilla, ni mucho menos está al alcance de una empresa como la nuestra, acostumbrada a sobrevivir en el interior de una trinchera que no está de moda. De aquel legendario “18 de Julio, ni se pisa ni se rompe” al actual “3 años de ausencia (Blas Piñar) y 50 de revista (Fuerza Nueva)” transcurre un periodo de la vida de España que hemos tenido el orgullo de representar.

Entonces fue el fundador de la editorial y la revista quien puso en marcha el empeño descomunal de hacer frente al intento de los que establecieron el Estado del 18 de Julio de abandonar sus principios y leyes. Fue una vida dedicada, en sus últimos 48 años, a combatir, en pelea desigual, contra los que más tarde llevaron a cabo la ruptura de aquellos ideales mediante la imposición de una trampa legal -que era absolutamente ilegal- a la que llamaron con eufemismo dialéctico y fraude moral Reforma política. Él mismo lo manifestó con brillantez en las Cortes de aquel Estado, mientras cerca de 500 procuradores y consejeros se hacían un harakiri suicida: la derrota caprichosa sustituía a la victoria clamorosa y lo que había dado prestigio a España en materia social, hasta alcanzar puestos de privilegio en el mundo, mutaba en presencia de políticas y personajes impresentables que habían sumido a nuestra Patria en la incivilidad de sus conductas. Y a los que nadie reclamaba.

Ahora se cumplen, por otra parte, tres años de ausencia física de Blas Piñar, quien se entregó a una empresa ideológica que ha forjado un carácter propio. Rodeado de cientos de miles de españoles que le apoyaron con fervor con su presencia, aunque no tanto con sus votos, escaló unas almenas ocupadas por impostores que habían traicionado toda clase de juramentos. Y así se consiguió hacer la política que querían los que habían exiliado su corazón y su talento en beneficio de los que aborrecían a nuestra Patria, y que llega hasta nuestros días. Los votos, aún así, le dieron suficiente renta para romper el cerco de hierro y entrar en el Congreso de los Diputados del nuevo régimen, pero con su manera de ser y pensar intactas y sin haber cometido ningún pecado capital contra España.

No así podían decir lo mismo antiguos ministros y consejeros de Franco que también rompieron juramentos, y que no eran jamás los indicados para llevar a puerto aquel barco cargado de traiciones. Ya lo dijo el propio Blas Piñar en las todavía Cortes de Franco, pero con éste ya bajo la losa de Cuelgamuros, cuando afirmaba que si alguien podía haber cambiado el régimen tenían que ser aquellos que no tuvieran sobre sus conciencias el peso de un juramento anterior, que para los hombres que habían servido a aquel Estado del 18 de Julio era un deber de conciencia y un timbre de honor. Aldabonazos que sirvieron para poco en medio de un clima de entreguismo voluntario con sabor -como diría José Antonio- a “noche crapulosa de taberna”.

Y  al final del camino queda la postura de la Iglesia española, pionera en el martirio del siglo XX. De su seno surgieron los primeros síntomas de despegue, no político, como dicen las crónicas más interesadas y menos apreciables, sino moral. Encabezaban este episodio obispos y cardenales -excepto nueve, de más de setenta-. Decidieron que lo que había sido sacrificio y ofrenda de la vida por amor a Dios, era una culpa que necesitaba solicitar el perdón a los verdugos que mataban por odio a la fe, con saña de animales salvajes y hambrientos. Y acto seguido los seminarios daban cobijo a los comunistas rabiosos y debajo de los altares se escondían las armas de los terroristas.

Fue el gran pecado que ha cometido una Iglesia que hoy ha perdido su rumbo, ocultando su mensaje de salvación y entregándoselo a quienes esperan el momento de saltar otra vez sobre los mismos objetivos. Con una diferencia notable: aquellos bárbaros de entonces eran en su mayor parte analfabetos inconscientes, pero éstos de ahora cuentan con grado universitario y algún máster de esos que otorgan como churros las universidades de la España de hoy.

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