Archive | julio 2012

En torno a la dignidad. Blas Piñar

La polémica que ha suscitado el 15 M, y las concentraciones y manifestaciones a que ha dado origen, incitan a poner la atención sobre la dignidad y la indignidad, ya que, a mi modo de ver, hay indignados dignos e indignados que no lo son.

La primera pregunta que yo me he formulado a mí mismo es ésta: Si se habla, como lo hace la Declaración Conciliar Dignitatis Humanae, de la dignidad de la persona humana, dando la impresión de que esa dignidad, en todo caso, es inherente a ella, puede llegarse a la conclusión de que son igualmente dignos Francisco de Asís, el santo, y José Stalin, el genocida, pues ambos eran personas humanas, y hasta, incluso, que San Miguel, el arcángel, y Satanás, el rebelde, son igualmente dignos, pues son de la misma naturaleza.

Las cosas no son así y conviene, para evitar la confusión que se ha producido, distinguir entre naturaleza y persona; lo que se advierte en que, por ejemplo, hay muchos objetos que son de cristal, pero de tamaño y destino diferentes, y que, de igual modo, los naipes de una baraja son de cartulina, y los hay de oros, copas, espadas y bastos.

A nivel mucho más elevado, hay naturaleza angélica y ángeles, separados y distintos, por gracia y gloria, de coros diferentes, alcanzando el mayor rango los querubines y serafines. Pues bien, la naturaleza angélica, la de seres espirituales, la conservan los ángeles rebeldes, a pesar de haber sido expulsados de la Cívitas Dei y arrojados al infierno por toda la eternidad.

A nivel humano, el planteamiento conviene que lo hagamos a partir del texto de la citada Declaración Conciliar, que en su nº 2, dice: “el derecho a la libertad religiosa se funda realmente en la dignidad misma de la persona humana, (y por lo tanto) no en la disposición subjetiva de la persona, sino en su misma naturaleza”.

La utilización de las palabras naturaleza y dignidad da la impresión de que aquélla es siempre digna, y, por consiguiente, el fundamento de la más plena libertad religiosa, con la limitación del orden público, que se maneja como equivalente a la moral objetiva por el propio texto conciliar, que exige que la libertad religiosa debe ser reconocida como un derecho civil.

Es sorprendente y curioso que esta amplitud del derecho a la libertad religiosa, basado en la dignidad de la naturaleza humana, coincida prácticamente con el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos humanos, de 10 de diciembre de 1948, que dice:

“Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia, de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión y de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.

Señalada esta significativa coincidencia, parece lógico que, con respecto al binomio naturaleza y dignidad humanas, examinemos la cuestión a partir del Génesis. Este examen contempla la dignidad congénita, la dignidad de la naturaleza humana de Cristo y de María, y la dignidad del hombre después del pecado original. Dios -divino alfarero- “le modeló del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida”. Se trata de un Dios trinitario que se pronunció así: “hagamos -en plural- al hombre a nuestra imagen y semejanza… (y) varón y mujer los creo” (1; 26,27 y 2,7).

De estos versículos debemos partir para entender que la palabra hombre hace referencia a la naturaleza humana, y que ésta dió origen a dos seres diferentes, un varón y una mujer. La naturaleza humana se personifica en Adán y Eva. De ellos, y cumpliendo el mandato divino “sed fecundos y multiplicaos” (Gn.1, 28), procede la naturaleza de todo el género o linaje humano.

Ahora bien, siendo humana la naturaleza de cuantos nos integramos en dicho género humano, por ser distintos los genes de cada uno, la naturaleza no es igual en todos. De ahí, que haya varones y hembras, altos y bajos, blancos y negros, listos y tontos, etc.

En la civitas hominis, que fue el Paraíso terrenal, nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica que “nuestros padres fueron creados buenos, constituidos en amistad con su Creador, en armonía consigo mismo, en estado de santidad y participación de la vida divina” (nos. 374 y 375); y de este modo se expresa, luego de proclamar “que por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona (y que) no es solamente algo, sino alguien” (nº 357), pero alguien con una naturaleza ab initio sobrenaturalizada.

Creo con toda sinceridad que la alusión a “algo” y “alguien”, hace luz sobre la no identificación de la naturaleza con la dignidad.

La dignidad en la naturaleza y en la persona alcanza el supremo grado en dos supuestos, el de Jesucristo y el de la Virgen María.

En Jesucristo contemplamos una naturaleza humana, pero asumida hipostáticamente por una persona divina. La naturaleza humana de Jesús es única, excepcional y sui generis. Fue concebida en el seno de María, sin concurso de varón, por obra y gracia del Espíritu Santo, y María no podía transmitir el pecado original, porque fue inmaculada en su propia concepción. La muerte de Jesús como hombre no fue la consecuencia del pecado. Fue para hacer posible la redención de los hombres.

A la naturaleza humana de Cristo se refiere San Pablo cuando dice que en ella “habita la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col. 2.9). Nunca pudo llegar tan alta la dignidad de una naturaleza humana.

En María esta dignidad alcanza a todo su ser como criatura a redimir, pero de una criatura que, destinada a ser la Madre de Dios, fue concebida sin pecado original de un modo irrepetible, a saber, por la anticipación de los méritos redentores de Jesús. De una orilla del río se pasa a la otra nadando y, por consiguiente, mojándose, pero también puede pasarse andando sobre un puente. A esto hay que añadir que la concepción en María (es decir, que la naturaleza humana que albergó su seno) fue virginal, sin concurso de varón y que su naturaleza (la de María) no dañada por el pecado, la podía transmitir intacta asumida por su Hijo.

En la persona de María, y con la capacidad máxima de una criatura, pero cualitativa, la naturaleza humana merece, como nos recuerda San Lucas, que el ángel Gabriel la llame “llena de gracia” (1.28).

Entiendo que es de sentido común centrar nuestra atención sobre la naturaleza humana, la nuestra, en la etapa histórica de libertad in status naturae lapse, que comienza con la expulsión del Paraíso, ya en pecado, y concluirá en la jornada de la Parusía y del Juicio Universal. Estaremos de acuerdo en que algo muy grave había afectado y sigue afectando a esa naturaleza. El pecado de quienes fueron origen de la humanidad no sólo fue un pecado personal, sino original y originante, que se trasmite en el momento de la concepción.

La naturaleza humana, in status naturae integrae, individualizada en Adán (el varón) y en Eva (la mujer), en dos personas, vincula al cuerpo y al alma, y en el estado de gracia del Paraíso, la inmortalidad de ésta, como espíritu, era compartida por aquél, en virtud de un don preternatural.

Es Santo Tomás el que nos enseña que “Dios creó al hombre en estado de perfección, con una ciencia completa sin sombra de error en su inteligencia; con justicia original y todas las virtudes en su alma y en su corazón; con el imperio absoluto del alma sobre el cuerpo y sobre toda criatura inferior al hombre” (9: 94, 95 y 96)

¿Cabe mayor desbarajuste de la primitiva naturaleza humana que su escisión, que la separación del alma del cuerpo, que, perdida su inmortalidad, vuelve a la tierra, pues como dijo Dios a Adán: “de la tierra fuiste sacado; pues eres polvo y al polvo volverás”. (Gn. 3, 19)?

Adán y Eva eran, pues, dos personas de naturaleza humana (cuerpo y espíritu) de altísima dignidad, auténticos iconos Dei, hijos de Dios, y templos del Espíritu Santo. La dignidad se atribuía tanto a la naturaleza como a la persona de cada uno de ellos. Esta doble dignidad estimo que no puede seguir atribuyéndose sin más explicaciones a la naturaleza y a la persona después del pecado original.

El pecado original produjo, según leemos en los números 399 y 400 del mencionado Catecismo, “la pérdida de la santidad, el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo (y) la muerte que hace su entrada en la historia de la humanidad”.

Ante ese estado de desequilibrio interno, y de desarmonía exterior, hay tres respuestas contradictorias. Según una, el pecado de origen no se trasmite por generación, porque fue un pecado personal, y que si se peca es por imitación o contagio. Según otra, diametralmente opuesta, el pecado primero corrompió la naturaleza humana, de tal modo, que no puede borrarse, sino tan sólo cubrirse, con los méritos de Cristo. Según la tercera, basta con las obras buenas para borrar el pecado, sin necesidad de recurrir a ayudas sobrenaturales.

Pues bien; como se aclaró en el Concilio de Trento, la corrupción de la naturaleza humana no fue total. La naturaleza humana, como consecuencia del pecado, quedó maltrecha, debilitada, enferma por dentro y herida por fuera. Así sucede con el hombre, que estando en peligro de morir sigue siendo hombre y puede, con una terapia correcta, recobrar la salud. A las heridas del alma alude también Santo Tomás y enumera como tales “la ignorancia, la malicia, la flaqueza y la concupiscencia” (9:85, a 3)

En el mismo sentido se pronuncia la Constitución Gaudium et Spes, del Vaticano II, que en su número 22 dice que “la semejanza divina del hombre fue deformada por el pecado, que al producir un desequilibrio fundamental en el corazón hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo”.

Es cierto que, como señala la Declaración Dignitatis Humanae, los “principios del orden moral fluyen de la misma naturaleza humana (nº 14), y que “todos los hombres son impulsados por su propia naturaleza a buscar la verdad, teniendo la obligación moral de buscarla” (nº 2); pero también es cierto que la libertad humana herida por el pecado (Gaudium et Spes, nº 17) la esclaviza; y de tal modo, que el propio Concilio Vaticano II reconoce que “con mucha frecuencia los hombres engañados por el Maligno, se envilecieron con sus fantasmas y trocaron la verdad de Dios en mentira, (Lumen Gentium Nº 16).

Es San Pablo el que pone de manifiesto la situación actual de la naturaleza humana, cuando escribe refiriéndose a sí mismo: “según el hombre interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros” (Rom. 7.24).

Prácticamente, el texto paulino se reproduce por la ya citada Constitución Gaudium et Spes en su número 13, del siguiente modo. “El hombre cuando examina su corazón, comprende su inclinación al mal. Es esto lo que explica la decisión del hombre. Toda la vida humana… se presenta como lucha y por cierto entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas”, es decir, entre la civilización del amor y la cultura del odio, entre el misterio de la gracia y el misterio de la iniquidad.

No parece lógico, por todo ello, que el derecho a la libertad religiosa tenga como fundamento una naturaleza humana herida en desequilibrio íntimo y en combate permanente. No son lo mismo, como base, la arena movediza que la roca firme.

Quedaría incompleta la exposición que acabamos de hacer si no la completásemos con aquello que nos enseña la Revelación. La misma pone de relieve que Dios, justo y misericordioso, no podía comportarse de modo igual con los ángeles que con los hombres. Aquéllos (miríadas) son seres puramente espirituales, que estaban en la Cívitas Dei, mientras que los hombres, con otra naturaleza (cuerpo y alma), Adán y Eva, eran los únicos ciudadanos de la civitas hominis del Paraíso terrenal. Ellos fueron tentados y engañados por un ser de naturaleza superior a la suya.

Los ángeles no fueron víctimas de una tentación ajena, sino de una tentación de soberbia y rebeldía, procedente de ellos mismos.

El castigo que merecieron los ángeles rebeldes y los hombres, en justicia, no podía ser el mismo. A los primeros se les arrojó al infierno por toda la eternidad, mientras que los segundos (Adán y Eva, y con ellos su descendencia) se les expulsó al Valle de lágrimas, y aunque perdieron la inmortalidad del cuerpo, se les prometió que resucitarían, y la vuelta, no al Paraíso perdido, como lo califica John Milton, sino el ingreso en el Paraíso celestial.

El  hombre, después del pecado original, se ve acosado por tres enemigos del alma, que son el mundo, el demonio y la carne; y los tres tan poderosos que su naturaleza, debilitada por la inclinación al mal por las tres concupiscencias, de la carne, de los ojos y la soberbia de la vida (por el fomes peccati), consigue que el hombre peque y se haga indigno de la gracia.

Si a esto hay que añadir la rebelión del Cosmos contra los que habían sido rebeldes, se explica la situación dramática y angustiosa del hombre. Si Dios dijo a Adán y Eva “someter la tierra” (no destruirla) la tierra protestó y sigue protestando contra los que no se sometieron al mandato divino al comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Así lo demuestran las sequías y las inundaciones, las erupciones volcánicas y los terremotos.

¡Qué elocuentes las palabras de San Pablo, al hacer referencia a esta rebelación cósmica que produjo el pecado: “(la creación fue) sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, gimiendo y sufriendo los dolores del parto (aunque tenga) la esperanza de ser liberada de la corrupción” (Rom. 8.18)

Por otra parte, el pecado -el originante, y los personales-, inciden en la sociedad porque el hombre no puede suprimir su apellido social. La corrupción, detectada históricamente, y que hoy nos arrolla, acelerada y generalizada, hasta convertir la ciudad del hombre en una societas diaboli, tiene -con sus consecuencias catastróficas- los ejemplos de la que quiso construir la torre de Babel, la del tiempo que precedió al diluvio universal y los de Sodoma y Gomorra.

Ante esta realidad, el Dios justo y misericordioso aplicó la terapia que la justicia y la misericordia le pedían, y he aquí la terapia reparadora de la naturaleza humana ofrecida a cada persona; y que cada persona libremente acepta o rechaza.

Veamos:

Dice la Constitución Gaudium et Spes, que “el hombre se nota incapaz de domeñar con eficiencia, por sí solo, los ataques del mal, hasta el punto de sentirse aherrojado entre cadenas” (nº 13), y que “la semejanza divina del hombre fue deformada por el pecado” (nº 22).

Dios, que tiene constancia de que el hombre no puede, con su libertad debilitada por el pecado, mantener la dignidad original, “vino en persona”, la del Hijo, a liberar y vigorizar al hombre, renovando interiormente y expulsando al príncipe de este mundo que le retiene en la esclavitud del pecado impidiéndole alcanzar su plenitud” (Gaudium et Spes, nº 13). Esta plenitud se alcanza, cuando la naturaleza humana se dignifica en el hombre concreto, es decir en la persona que tiene un comportamiento digno, combatiendo victoriosamente “las inclinaciones depravadas de su cuerpo” (Gaudium et Spes, nº 13).

El Señor -además- ofrece al hombre los méritos de su Pasión y su Cruz, su Palabra, la Iglesia, los sacramentos, su presencia personal en la Eucaristía hasta el fin de los tiempos, los ángeles custodios y su Madre. Cada persona puede aceptar este múltiple y eficacísimo ofrecimiento, mantenerse en la dignidad de su naturaleza bautizada, o recuperarla por la Confesión o la Santa Unción, pero también puede rechazarlos, en cuyo supuesto no desaparece su indignidad. La dignidad no se recobra ontológicamente por la naturaleza humana, por sí misma, sino por la voluntaria asunción de la gracia. Para recobrar esa dignidad, que por sí solo no logra (porque es una naturaleza caída en íntimo debate), el Señor ofrece al hombre su gracia, por obra del Espíritu Santo y dador de la vida divina, en la concepción bautismal en el seno de la Madre Iglesia. Se trata de la concepción del “hombre nuevo”, de que habla San Pablo. No es, por lo tanto, la dignidad un antecedente de la libertad, sino el resultado concreto en cada persona de la oferta e invitación que Dios le hace. Son los actos dignos los que dignifican la naturaleza, y los indignos lo que mantienen la indignidad; y actos dignos son aquellos con los que se busca o sirve a la Verdad, así como aquellos otros con los que se hace el bien.

“Dios quiere que todos los hombres se salven y vengan en conocimiento de la verdad” (I, Tim. 2) y Cristo dijo: “Yo soy la verdad” y he derramado mi sangre para que podáis recobrar la imagen y semejanza divinas y seáis hijos de Dios. Esa sangre derramada y ofrecida a todos, pro omnibus, sólo aprovechará, sin embargo, a muchos, pro multis (Mat. 10.45), de igual modo que sólo apagan la sed los que beben el agua de un manantial que nunca se agota.

Cristo ha venido, dice San Pablo, a liberarnos de la ley del pecado y de la muerte (eterna), pero esta liberación exige actuar de acuerdo con el Espíritu (V. Rom. 7.14 y 8.2/4), llevando “una vida digna de Dios” (I Tes. 2.12) “tranquila y sosegada” (I. Tim. 2.2).

El hijo pródigo perdió su dignidad “dejando la casa del padre, marchándose a tierra extraña, derrochando su fortuna y viviendo perdidamente” (Lc. 15.13). Se hizo indigno; y así lo confiesa al arrepentirse y regresar a la casa del padre exclamando: “He pecado contra el Cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo; y al padre se le conmovieron las entrañas, y echando a correr, se le echó al cuello y le cubrió de besos. El hijo que le tenía por muerto ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado” (Lc. 15, 20:24).

La dignidad de hijo no la recobra hasta que reconoce su indignidad. La indignidad no da como fruto la dignidad, sino que la da el acto digno, el arrepentimiento, la vuelta a casa del Padre, y su humilde confesión.

La dignidad se tiene y se recobra por lo que podríamos llamar la Teología del “Si”, manifestado por el “hágase tu voluntad y no la mía”. La Teología del “No” es evidente cuando se rechaza con desprecio y soberbia el generoso ofrecimiento de Dios.

El problema suscitado por el texto de la declaración Dignitatis Humanae se debe, a mi parecer, al manejo, sin la claridad suficiente, de las palabras “naturaleza” y “dignidad”, por una parte, y en confundir “dignidad” con superioridad.

Yo entiendo que un arzobispo, un general, un ministro, un embajador son superiores, por su cargo, a quienes son sus subordinados; tienen una investidura de dignatarios, y ello a pesar de ser indignos en su comportamiento. De modo semejante, el genocida o el corruptor de menores, no obstante sus actos indignos, siguen siendo superiores, en cuanto a su naturaleza humana, a los animales.

En resumen, la naturaleza humana en la época histórica que nos ha tocado vivir no lleva consigo su dignidad. La naturaleza humana se hace digna por los actos dignos de la persona.

A esto hay que añadir que si el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios Trino, el hombre, en virtud de esta imagen y semejanza, es un ser social, un animal político, como dice Juan Antonio Widow. La civitas hominis del Paraíso lo fue a imagen y semejanza de la Civitas Dei. Por eso, la expulsión de este Paraíso temporal y terrenal al Valle de lágrimas después del pecado de origen, es comprensible como lo es la expulsión del Paraíso Celestial y eterno de los ángeles rebeldes.

Viene a cuento este recordatorio, porque comer del fruto prohibido, no sólo afectó gravemente a la naturaleza humana individualizada en cada persona, sino a la sociedad en la que los hombres vivimos.

Reflexionando sobre el tema, y repasando el Génesis, me detuve meditando sobre el primer homicidio  de la historia, sobre el pecado de Caín que mató a su hermano Abel, y que ahondó  la indignidad que había heredado de sus padres. A la pregunta del Señor “¿Dónde está tu hermano?”, respondió Caín: “No sé, ¿soy yo el guardián de mi hermano?” (4.8/9).

Claro que era el guardián, como debemos serlo nosotros, como debe serlo la sociedad a la que pertenecemos y deben serlo los Estados. Ya sé que profundizar en el tema nos llevaría muy lejos, pero sin pretenderlo no renuncio a declarar que de acuerdo con los versículos del Génesis se halla la doctrina tradicional católica sobre las relaciones Iglesia-Estado, y en concreto sobre el debatido problema de la libertad religiosa.

Según el magisterio tradicional, es preciso distinguir entre el error y el que yerra y entre  tolerancia y libertad.

Pío IX, en su Encíclica Quanta Cura, de 8 de diciembre de 1864 decía: “La libertad religiosa en el fuero externo es contraria a la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres y que el Estado (católico) tiene la obligación de reprimir con sanciones penales a los violadores de la religión católica”.

León XIII, en su Libertas, de 20 de junio de 1888, nos enseña que “El derecho es una facultad moral; y que es absurdo suponer haya sido concedido por la naturaleza de igual modo a la verdad y al error, a la honestidad y a la torpeza”.

Y Pío XII, en su Alocución a los juristas italianos, de 6 de diciembre de 1953, afirmó: “Lo que no corresponde a la verdad y a la norma moral, no tiene objetivamente derecho alguno, ni a la acción, ni a la existencia, ni a la propaganda. Sobre este punto no ha existido nunca y no existirá para la Iglesia ninguna vacilación, ningún pacto, ni en la teoría ni en la práctica. Su postura no ha cambiado en el curso de la Historia, ni puede cambiar”.

Conforme a esta doctrina no hay un derecho al error, sino tan sólo una tolerancia, fruto, no de la indiferencia o del mal menor, sino de la caridad con respecto al que estando obligado a la búsqueda de la verdad no la encuentra, con respecto al que no ha llegado la predicción del Evangelio, con respecto al que resulta poco menos que imposible salir de una sociedad en la que el error ha sido heredado y persiste a través de siglos.

A la tolerancia caritativa alude la Declaración Dignitatis Humanae en los siguientes términos: “La caridad de Cristo acucia (que) se trate con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el error o en la ignorancia de la fe” (nº 14).

Caritas in veritate, titula Benedicto XVI su Encíclica de 29 de junio de 2009. Pues bien, si hemos de vivir “la verdad en la caridad”, como dice San Pablo en la Epístola a los Efesios (4,15) y reitera la Constitución Lumen Gentium, en su nº 7, también la caridad exige que no se oculte la verdad o se falsee. Es la verdad la que nos hace libres (Jn. 8.32), por lo que es una contradicción que en nombre de la libertad, que ha sido concebida por Dios al hombre, se trate con igualdad a la comunidad religiosa católica, fiel a Cristo, que es la Verdad (Jn.14,5), que a aquellas que la rechazan.

Siguiendo esta línea, el cardenal Ottaviani, en una conferencia, el 2 de marzo de 1953, pidió al Estado no sólo “la inspiración cristiana de la legislación y la defensa del patrimonio religioso contra todo asalto de los que quieren arrancar al pueblo del tesoro de su fe”, sino que se opuso a que un Estado católico convirtiera este tipo de libertad religiosa en un derecho civil, como exige la Declaración Dignitatis Humanae, la cual, para mayor abundancia, luego de referirse a la inmunidad de coacción externa, reitera que “esa inmunidad permanece (con respecto a los) que no cumplen la obligación de buscar la verdad y adherirse a ella, y no puede impedírseles su ejercicio con tal de que se respete el orden público” (nº 2). Por ello, a la libertad para el culto privado, propio de la tolerancia, el documento conciliar añade que a las comunidades religiosas (y por tanto a las no católicas) “se les reconozca (lógicamente por los Estados confesionalmente católicos, que ya, por desgracia han desaparecido), el (mismo) derecho de inmunidad para regirse por sus propias normas, para honrar a la Divinidad con culto público, para ayudar a sus miembros en el ejercicio de la vida religiosa y sostenerla mediante la doctrina, así como para promover instituciones en las que sus seguidores colaboren con el fin de ordenar la propia vida según sus principios religiosos (no debiendo) ser impedida en la enseñanza y en la profesión pública, de palabra y por escrito, de su fe pudiéndose reunir libremente o establecer asociaciones educativas, culturales, caritativas (y) sociales” (nº4).

No hay que hacer ningún esfuerzo para darse cuenta de que esta pastoral política está en abierta contradicción con el Magisterio Pontificio precedente.

Así, San Pío X en su Encíclica Quas Primas, de 11 de diciembre de 1925, luego de calificar al laicismo como “peste de nuestro tiempo”, escribe que, bajo su influencia, la Religión Cristiana (ha sido) igualada a las demás religiones falsas, y rebajada indecorosamente al nivel de éstas”. (nº 23).

En síntesis, aunque sea doloroso recordarlo: “Según la doctrina tradicional la autoridad civil tiene la obligación de impedir que el error se difunda, pero según la doctrina conciliar la autoridad civil tiene la obligación de reconocer y permitir el ejercicio, como un derecho natural, de la difusión de ese mismo error”.

Lo cierto es que al amparo de esta pastoral política la unidad católica de España, tan elogiada por Juan XXIII, Pablo VI e incluso el cardenal Tarancón, se ha roto; porque en una nación, como la nuestra, sólo abriendo paso libre al error, podían captar sus fieles las comunidades religiosas no católicas. Esa misma pastoral, que ha renunciado al Estado católico, y abre sus puertas a organizaciones y manifestaciones ateas y antiteas, no creo que sea la más apropiada para que “todos se salven (llegando) al conocimiento de la Verdad” (I.Tim.nº4).

Concluyo este trabajo advirtiendo al lector que, sin duda, por la intervención en los debates conciliares de quienes mantuvieron la doctrina tradicional, se encuentran en los documentos definitivos expresiones a través de las cuales se pone de manifiesto que “el hombre no puede adherirse a Dios -a menos que atraído por el Padre rinda a Dios el obsequio racional y libre de su fe” (Dignitatis Humanae nº 14). Lo que es así, porque esa libertad primigenia no es un don que justifique la libertad moral de la conciencia, tanto para delinquir, como para pecar; sobre todo cuando, con independencia de la invitación divina, “el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad del hombre” (Gaudium et Spes nº 16) “Lo grandioso de esa dignidad se produce cuando, liberado totalmente de la cautividad de sus pasiones, tiende a su fin de libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse  necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuenta de su vida ante el tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya observado” (Gaudium et Spes, 16 y 17).

Aquí se halla, a mi juicio, el porqué la dignidad del hombre radica en esa obediencia, libremente aceptada por la persona que individualiza la naturaleza, ya que el ser humano tiene un código genético, un ADN singular y hasta una huella dactilar identificante. Por eso, las lesiones que por el pecado se produjeron en la naturaleza y que afectan al recto uso de su libertad, pueden superarse conjugando la gracia con ella, como lo define el Concilio de Trento: libertas cooperando cum gratia. Son los actos dignos los que permiten atribuir la dignidad a la persona que hace la voluntad de Dios, y no la rechaza.

La dignidad, pues, de la persona, en el largo capítulo de la historia humana que comenzó al cierre del Paraíso terrenal, y que finalizará con la Parusía, no es un antecedente natural que justifique la libertad religiosa que presenta la Declaración Dignitatis Humanae, sino el resultado de un comportamiento personal, que exige solamente la tolerancia.

La transformación del hombre en una nueva criatura, a la que hace referencia la conversación de Jesús con Nicodemo (Jn. 3; 4: y 9), en un hombre nuevo, dice San Pablo (Ef. 4.24), explica que la reconquista de la dignidad perdida sea un deseo, una aspiración, que los textos sagrados nos revelan, como éstos:

“Señor, no soy digno de que entres en mi pecho” (Mt. 8.8).

“El que no carga con su Cruz y me sigue, no es digno de mi” (Mt. 10.38).

“No me creo digno de venir a tí personalmente”(Luc. 7.6).

“Que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo” (así rezamos en la Salve).

“Viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias” (Luc. 3.16).

No cabe duda de que la Teología liberal, que tanto influyó en el Concilio Vaticano II, entendió que la amplia libertad religiosa tenía que justificarse con argumentos teológicos que encubrieran el deseo de que esa libertad permitiera a la Iglesia católica ser respetada de derecho y de hecho donde no lo era. A cambio, las comunidades no católicas gozarían de un derecho civil pleno en los países de tradición cristiana, incluso en aquellos, como España, cuyos Estados eran confesionalmente católicos.

Los resultados de esta pastoral política no han podido ser peores. Mientras las comunidades religiosas, especialmente las islámicas, se han instalado sin dificultad en lo que fue la Cristiandad, los cristianos, en los países de mayoría mahometana, e incluso con Estados laicos, es decir, no confesionales, son perseguidos, asesinados y empujados al exilio, a la vez que se destruyen o queman sus templos.

Publicado en el Nº 1413 de la Revista “Fuerza Nueva”

Del Vaticano al mundo árabe… Intrigas y volcanes

Han sido muy preocupantes las últimas informaciones que nos llegan procedentes del corazón de la Iglesia. Desde un mayordomo, persona de máxima confianza del Papa, que es detenido por filtrar documentos (presuntamente), hasta amenazas del catolicismo centroeuropeo de romper con Roma si ésta se decide por la Tradición. En medio aparece una figura desconcertante sometida a la máxima confusión, la del cardenal Bertone, segundo de Benedicto XVI y, muy al contrario de lo que ha sido común en el secretario de Estado, no procedente de la carrera diplomática vaticana. Y en medio, una feroz campaña del laicismo universal para tratar de dar con los huesos de la Iglesia en tierra. Pero eso, hasta por boca divina, resulta imposible.

Parece ser que hay quien se encarga de intrigar a conciencia. El ataque no sólo viene de fuera, sino que tiene cómplices en el interior. Se habla, incluso, de cardenales de la curia con nombres y apellidos. Se llegó a dar por hecho hasta un atentado contra el sumo pontífice, y es que nunca la avanzadilla ha sido tan violenta contra el Papa. No le perdonan que busque con ahínco una solución para el asunto Lefebvre, que no le deja vivir porque sabe que ahí radica una de las más caras ambiciones de la Iglesia, que es la de que todo lo que hace referencia a la vuelta al clasicismo del dogma y la moral y a las costumbres virtuosas regrese a donde nunca debió de salir. Fue una espina para Juan Pablo II, y Benedicto XVI lo quiere dejar solucionado, pero el valle es de lágrimas. Las consecuencias del Concilio Vaticano II, pastorales en teoría,  afectaron de tal modo a los comportamientos de los clérigos, y también de los seglares, que se convirtieron en problema de principios que entraron como un cañón en el dogma. De ello se lamenta hoy, con auténtico dolor, el que fue perito entonces y ahora es obispo de Roma y cabeza de la Iglesia.

De momento ya aparecen los cambios. El Vaticano se mueve a marchas forzadas, y se habla de sustituir a Bertone por un español, el actual nuncio en Canadá, que, entre algún otro, es uno de los llamados por la confianza del vicario de Cristo, que se encuentra cercada por una jauría que aprovecha cualquier movimiento en falso para atacar. Todo ello en unos momentos en los que se están produciendo ingentes martirios de cristianos, en especial en África y Asia, circunscritos al mundo musulmán, que arrasa sin piedad y que cada día se va instalando más en los palacios oficiales. Mientras el mundo occidental debate la prima de riesgo, éste no se da cuenta de que su auténtico riesgo pende del hilo de un Islam cada día más intransigente que va mostrando una faz a la que no nos tenía acostumbrados, pero que al parecer es la verdadera.

Hábil propaganda

Desde que Gamal Abdel Nasser se hizo cargo de la República Árabe Unida el mundo pareció que respiraba, porque acometía su conducción un militar con aires modernos y civilizadores, alejado de aquellas monarquías en las que la ostentación y el despilfarro conjugaban su única razón de ser. En Turquía resplandecía la figura de Kemal Ataturk, otro dirigente que sin dejar de situar a la religión en el lugar que le corresponde, quiso hacer del ámbito otomano otra república cargada de razones para convivir con Occidente. Y de aquella manera de gobernar pudo dar el primer paso la OTAN, otorgando a Turquía una confianza ilimitada que la convirtió en uno de sus socios de máxima confianza, que llega hasta nuestros días, pero de otra manera.

Con El Gaddafi en Libia nacía una esperanza, cuando otro militar joven y formado en Occidente empuñaba las riendas de una nación rica del norte de África, islámica también, en la que una política nacional y social pretendía, al menos en sus comienzos, acercar aquellos pagos a moldes y costumbres de convivencia con el resto del mundo. Lo mismo que ocurría con Hafef El Assad, padre del actual dirigente sirio, que con un partido instalado en la Internacional Socialista quiso -y lo consiguió- establecer una estabilidad política y social que en su momento admiró al mundo. De este segmento político se hizo amigo, y hasta colaborador efusivo, el régimen de Franco, que conocía como nadie ese singular factor humano por sus muchos años de tratarlo. ¡Y hasta en situaciones nada gratas!

¿Primavera árabe?

Con Sadam Hussein pasó algo parecido. Mimado por los Estados Unidos por haber puesto en marcha el Baaz, un partido con raíces occidentales y rasgos socialistas, cayó en desgracia cuando,  luego de ser utilizado para combatir a los ayatolah de Jomeini, le dijo a la embajadora norteamericana en Irak que estaba harto de que le robaran el petróleo por parte de Kuwait, un enclave harto artificial que forma parte histórica del territorio del Tigris y el Eúfrates. Y comenzaron las guerras del Golfo -varias-, la destrucción de Irak, el enconamiento salafita, las Torres Gemelas, Afganistán y sus señores de la guerra y la horca para el propio Sadam, el juguete de Kissinger. Y algo peor: la caza y captura del cristiano, desde el copto en Egipto al maronita en El Líbano, desde el greco-católico en Siria al griego ortodoxo en otras partes, desde los ministros cristianos de Sadam hasta los actuales de Bashar El Assad. La primavera árabe se ha enfriado de tal forma que sólo busca ya un objetivo: destruir lo que huela a Cristo y su presencia en el mundo actual, a tiros, a golpes, a decretos o a amenazas directas.

Creer por todo ello que defender los actuales movimientos en los países árabes del Próximo y Medio Oriente es actuar a favor de la modernidad -como dicen los cursis- es apostar por el suicidio -o el asesinato- de Occidente. En Siria Bashar El Assad aguanta una embestida universal que está concentrando en su país todas las fuerzas humanas y las armas de la yihad islámica, apoyada por los papanatas de Occidente embanderados, una vez más, por Obama y la señora Clinton, que bastante tiene con soportar la memoria histórica, cercana e íntima, de su marido, todo un dechado de virtuosismo político y personal. Y en el colmo de la sorpresa tan sólo defendido por Rusia y China, que parecen tener las pupilas más cristalinas al contemplar la situación general del mundo. Pretender que acabando con Ben Laden se han terminado los problemas, es imaginar que Morsi, el presidente electo de Egipto, es un Hermano Musulmán más parecido a un Hermano de San Juan de Dios que a un encarnizado soldado de Alá. La locura.

Luis Fernández-Villamea.

Publicado en la Revista “Fuerza NUeva” Nº 1413

Entre el rescate y la entrega

Después del patriotismo del fútbol, que bendito sea Dios si sirviera para unir a los españoles, viene la prosa diaria de ver a una España en sublime postración. La Unión Europea se deshace porque se construyó sobre ideales absolutamente opuestos a los que hoy rigen en Bruselas y Estrasburgo, centrados en la fécula del dinero y no en el ideal civilizador. Aquellos padres de la Europa del siglo XX aspiraban a situar al continente en la órbita del cristianismo. Pero la sucesión de poderes en los órganos directivos del proyecto fueron dando paso a una mezcla de sincretismo religioso y protagonismo financiero. La Cruz dio paso al Becerro.

Con estos mimbres hemos llegado a nuestros días, donde se ha conseguido que la congoja y el miedo al futuro aflijan a la sociedad española, más cerca de una economía de guerra que de la situación desahogada que debía haber proporcionado décadas de sacrificio y bien hacer mediante la aprobación de leyes que iban dirigidas a sectores vitales de la nación, como pudieron ser el trabajo, la sanidad y la educación. La prisa por estar en una determinada manera de entender Europa, el diletantismo político de sectores intelectuales fracasados y obtusos, el arrobamiento estúpido por formar parte de un Club de adelantados de la industria y el comercio sin tener la preparación y la oportunidad para alcanzar sus niveles, fue la causa primera de la situación que hoy padecemos. Europa sí, pero no así.

Pero la situación económica española, que el Premio Nobel de Economía Paul Krugman ha pronosticado como de futuro “corralito”, no sólo es desastrosa en lo económico, sino en otros factores tal vez más importantes y capitales para un  pueblo que aspira a vivir con dignidad. La pérdida de soberanía se establece desde el mismo instante en que el tesoro no es administrado por el propio Estado, sino por un Banco de ámbito general europeo. Pero la imposición económica conlleva también otras, que afectan a un modo de vida que secularmente ha caracterizado el comportamiento de una sociedad, y ahí inciden asuntos tan importantes como la soberanía sobre el propio territorio -caso de Gibraltar- o lo relacionado con la Cultura de la Muerte, caso del aborto o la eutanasia.

Es decir, el rescate se produce para dar solución al problema dinerario de los bancos en igual medida que en proveer a los españoles de medios para impedir la vida humana, para cercenarla en caso de agotamiento previsible, o en establecer conductos adecuados, legislativos o fiscales, a fin de conseguir ocio a costa de la salud física o moral de los habitantes de un país, caso de Eurovegas y de muchos otros que ensucian, por muy higiénico y colorista que lo pinten, el panorama nacional. Se trata de levantar un templo al liberalismo en todos sus órdenes: religioso, político y financiero. En una palabra, destruir el tejido social, y, bajo el paraguas de crear oportunidades de trabajo, incidir en el plano más pernicioso para la juventud española.

Después nos encontramos con otro asunto sin cerrar. Es lo relacionado con el terrorismo, que a pesar de encontrarse actualmente en fase de sordina, no deja de mantener el silenciador unido a la pistola. Las recientes legalizaciones de los partidos abertzales, que, si bien contaron en principio con la condena de Estrasburgo, hoy buscan razones, en esas mismas instancias, para que sean entendidos de otra manera, amenazan con entregar España por dentro, que no por fuera -volvemos a insistir en el caso de Gibraltar-, con el concurso de instituciones -diputaciones y ayuntamientos- que ya se encuentran en poder de los que odian a España y no cejarán hasta sacrificarla mediante cualquier técnica de matarife. No se pueden condenar las causas y exaltar las consecuencias, que es lo que se está haciendo actualmente en los gabinetes europeos, cautivos de ese liberalismo embriagador que pone a las naciones y a los inocentes a los pies de los caballos.

Por todo ello va siendo hora de cerrar filas en torno a quienes se están dejando la vida por unir a España, a sus seres y a sus tierras; están luchando por defender la vida desde el mismo instante de la concepción; quieren acabar con el imposible histórico, político y económico de las autonomías; reivindican la soberanía española sobre Gibraltar sin ambages, combaten el mamarracho artístico y la blasfemia, y luchan porque la economía esté al servicio del hombre y no al revés. Parece, con las perspectivas que conocemos, algo difícil de conseguir, pero, al menos en esta revista, creemos en el milagro, aunque para conseguirlo, también lo sabemos, hay que merecerlo. En ese empeño debemos y queremos continuar.

Publicada en la Revista Fuerza Nueva nº 1413 .

 

Revista Fuerza Nueva nº1413.

La evidente sumisión que España padece con respecto a la Unión Europea, no sólo se traduce en pérdida de soberanía sino en adaptarse a otras circunstancias que igualmente se imponen, y que afectan a la historia y a la moral. Tendremos que pasar por horcas caudinas que nos van a situar en un lugar en el mundo que no es el nuestro por tradición secular y por méritos adquiridos ante la comunidad internacional. Comenzamos una nueva etapa, y de eso habla nuestro editorial.

El espejo. Blas Piñar

En torno a la dignidad.

Piedras de toque. Luis F. Villamea

Del Vaticano al mundo árabe:

Intrigas y volcanes.

Hispanoamérica. Redacción

Santiago de Chile: Presentación del documental de homenaje a Pinochet…

La batalla del Caupolicán

Documento.  Eduardo Palomar Baró

El paso del Estrecho por los nacionales (y II):

Los anarquistas ni conquistaban ni morían

Pluma ajena. Francisco Torres García

Mejor no decimos la verdad:

¿Rescate?

Internacional. Arturo de Sienes

En las legislativas griegas:

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