Archive | abril 2012

Libros destacados de la semana

El Alcázar no se rinde.

La historia gráfica del asedio más simbólico de la guerra civil

Blas Piñar Gutiérrez y Jorge Fernández-Coppel

Libro único que nos transporta, con toda su viveza y su crudeza, a uno de los episodios más dramáticos de la guerra civil española gracias a más de 250 fotografía, esquemas y mapas. Muchos de ellos inéditos hasta la fecha, setenta y cinco años después de  la liberación, en septiembre de 1936, del Alcázar de Toledo.

P.V.P 30€

Setenta días en el infierno. La gesta del Alcázar de Toledo

Carlos F. Crespo y Luis F. Crespo

Comic de 48 páginas sobre la gesta del Alcázar.

Un libro especial para adultos y niños, que narra uno de los más bellos actos heróicos de la historia de nuestra España.

P.V.P 9€

La leyenda negra del Alcázar de Toledo. Las mil y una mentiras del miliciano Quintanilla.

Lorenzo Morata Rodríguez

Este libro ha sido escrito en respuesta al libro “Los rehenes del Alcázar de Toledo”,  de Luis Quintanilla, que participó en el cerco del Alcázar, junto a las fuerzas sitiadoras, por lo que sus relatos han gozado de la máxima relevancia entre las personas de su ideología.

El autor, desde su condición privilegiada de superviviente del asedio  deja constancia directa de lo ocurrido, basándose en su vivencia y en declaraciones y documentos de otras personas de la política que vivieron los hechos y que contradicen tajantemente lo que Luís Quintanilla afirma .

P.V.P 28€

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En torno a la eutanasia. Blas Piñar

No es un tema fácil el de la eutanasia. En primer lugar, por la imprecisión con que se habla de ella, hasta el punto de que cuando se hace referencia a la misma no acaba de entenderse de qué se trata, y en segundo lugar, porque la eutanasia, pues las hay muy distintas y de calificación moral diversa, dan origen a problemas muy complejos y de índole diferente.

Es preciso, por lo tanto, deslindar los conceptos antes de entrar en materia, y proceder a una explicación clarificadora, comenzando por la cuestión básica de si correlativamente al derecho a vivir, que conlleva un deber de conservar la vida, existe, junto al deber de morir, un derecho a morir, o sea, un derecho a quitarse la vida, bien por sí mismo o pidiendo, con la ayuda de otro, que se la quite.

Ya Juan Pablo II reconocía la complejidad del tema de la eutanasia, por razón de la diversidad de conceptos y significados que se le atribuyen. De aquí que lo primero que el Papa  exige para “tratar de manera adecuada el problema de la eutanasia (es) ante todo precisar el vocabulario” (1)

De aquí que comencemos por preguntarnos si el deber de morir hay que matizarlo, diciendo que es un deber de morir con dignidad.

Pero ¿en qué consiste morir con dignidad?: ¿en morir naturalmente?; ¿en morir sin dolor,  siendo despojados dulcemente de la vida?; ¿ hay, en nombre de un llamado derecho sobre la vida, un derecho a matarse (suicidio) o, como señalábamos en otro lugar (2) un “derecho a matar, tanto en el supuesto de vida declinante y sufriente, como la de los moribundos, para suprimir un dolor insoportable (eutanasia), como en los de vida depauperada y sin sentido, de los muertos espirituales o de vidas inútiles y sin valor (simple técnica de la muerte sin sufrimiento), con independencia de que tenga o no dolores espantosos aquel al que se mata?

Dejando a un lado las dos manifestaciones del llamado derecho sobre la vida, el suicidio y la pura instrumentación para privar de la vida sin dolor, nos vamos a fijar de modo exclusivo en la eutanasia. En ella esa instrumentación -como hemos dicho- tiene como finalidad, y por motivos piadosos, la muerte de alguien para evitarle dolores que se consideran insufribles por el que los padece, estimando “que la existencia carece ya de sentido por estar sumergida en el dolor e inexorablemente condenada a un sufrimiento posterior más agudo” (3).

A tal fin, conviene contemplar la eutanasia occisiva, que va encaminada -por compasión- a matar adrede, y la eutanasia lenitiva, en la que ni por la naturaleza del instrumento, ni por la intención del que la practica, se pretende matar.

A su vez, la eutanasia occisiva puede llevarse a cabo por acción o por omisión. En ambos casos, y desde el punto de vista del Derecho penal, puede decirse que estamos -ya que se exige la petición del paciente que sufre- ante un suicidio con asistencia y colaboración de otro, o ante un homicidio con el consentimiento del que quiere morir.

La eutanasia occisiva es activa cuando para lograr una muerte indolora se utilizan narcóticos, drogas o analgésicos que han de ocasionarla. La eutanasia occisiva de carácter pasivo tiene lugar cuando al paciente se le retiran los medios (aparatos o medicinas) que manteniendo de ordinario sus constantes vitales, aseguran o garantizan la recuperación del que sufre.

En ambos casos la práctica de la eutanasia es tanto como adueñarse de la muerte, produciéndola de modo anticipado  al “disponer directamente de la vida” (4).

La eutanasia lenitiva se diferencia profundamente de la occisiva. Y así como ésta es inadmisible moralmente, aquella es lícita, en virtud del principio que se conoce como causabilidad de doble efecto. En la eutanasia lenitiva no hay intención de producir la muerte, sino de mitigar los sufrimientos, aunque como efecto secundario de esa mitigación la muerte se produzca.

A este tipo de eutanasia se refirió Pío XII al señalar que “si la administración de narcóticos produjere por sí misma dos efectos diferentes: por una parte el alivio de los dolores, y, por otra, la abreviación de la vida, entonces (la eutanasia) es lícita” (5). Prolongar la agonía no es moralmente admisible. (6)

Para aclarar mejor, si es posible, cuanto en principio se considera como eutanasia, conviene señalar que no estamos en presencia de la misma cuando se omiten, o, ya aplicados, se retiran medios extraordinarios o desproporcionados que sólo sirven para prolongar la vida vegetativa de un paciente incurable, con un proceso patológico irreversible prolongándole la agonía, con un ensañamiento terapeútico.

Como escribía Rafael C. Estremera: “nadie está obligado a vegetar conectado a unos artilugios que mantienen las funciones vitales que el cuerpo se niega a desarrollar (y) cuando los daños del organismo son tales que hacen imposible una recuperación (de tal modo) que por sí mismo no podrá sobrevivir.(7) En este caso, repito, no se da una eutanasia sino una paraeutanasia u ortotanasia, que no sólo es lícita, sino que pudiendo convertirse en un ensañamiento terapeútico, puede ser una obligación moral.

En este sentido, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, en su Declaración de 5 de mayo de 1980, se pronunció así: “es lícito en conciencia tomar una decisión de renunciar a unos tratamientos que producirían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia (máxime cuando a veces) las técnicas empleadas imponen al paciente sufrimientos y molestias mayores que los beneficios que se puedan obtener de los mismos”.

Por su parte, Juan Pablo II , en Evangelium vitae de 25 de marzo de 1995 (nº 65) alude a “ciertas intervenciones médicas ya no adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podían esperar, o bien por ser demasiado gravosas para él o su familia. En estas situaciones, cuando la muerte se prevé inminente e inevitable, se puede en conciencia renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares”.

Sentado esto, y sabiendo que la muerte clínica se produce cuando cesa la actividad bioeléctrica del cerebro, revelándolo así el encefalograma, y sabiendo también que subsiste o puede subsistir por medios artificiales la vida independiente de algunos órganos, como el corazón, el hígado o los riñones, es lícito mantener estos órganos con vida para los trasplantes, hoy tan en boga. La subsistencia artificial de estos órganos no plantea ninguna cuestión moral, toda vez que aquel a quien pertenecían y ha muerto, ha dejado de ser un hombre, sujeto de actividad y receptividad.

Conviene transcribir, cuando se legaliza, se pretende legalizar, y de hecho ya se practica entre nosotros, lo que han de tener presente los electores y legisladores católicos, lo que podemos leer en los números 72 y 73 de la encíclica Evangelium vitae: “las leyes que autorizan el aborto y la eutanasia están privadas totalmente de auténtica validez jurídica, dejando de ser moralmente vinculantes (y) no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia (no siendo lícito) nunca someterse a ellas, ni participar (como ya se dijo por la Congregación de la Doctrina de la Fe, el 18-11-1974 con respecto al aborto), ni participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del propio voto”.

“Se podría objetar,  y este no es el caso de la eutanasia, cuando es pedida por el sujeto interesado con plena conciencia. Pero un Estado que legitimase una petición de este tipo y autorizase a llevarla a cabo, estaría legalizando un caso de suicidio-homicidio”.

Notas

1- Juan Pablo II: Iura et bona. Declaración de la Doctrina de la Fe, de 5-5-1980 nº 11

2- El Derecho a vivir. Edt. Fuerza Nueva. Madrid 1987 pgs. 87 y s

3- Juan Pablo II: Evangelium vitae, de 25-3-1995 nº 64

4- Alocución de 24-2-1957 al IX Congreso Internacional de la Sociedad italiana de Anestesiología nº 45

5- Id. Nº 46

6- Karl Hörmann: Diccionario de moral cristiana. Herder Barcelona 1975 pg. 416

7- La Nación, nº 430 de 1/21-12-2005

CARTA DE BLAS PIÑAR AL OBISPO DE ALCALÁ DE HENARES CON MOTIVO DE LA SEMANA SANTA

Madrid, 12 de abril de 2012

Mi respetado y admirado señor Obispo:

Estas líneas quieren hacerle llegar mi felicitación por los Oficios de esta Semana Santa. Todo magnífico en la catedral, y sus homilías me emocionaron profundamente por su fondo y su forma.

Me explico la reacción de los cristófobos, pero no la de quien ha matizado lo que se ha dicho en esas homilías. Creo que en el Evangelio se dice, por caridad, cómo se hacen las correcciones. En todo caso, sepa que muchos católicos españoles le encomendamos para que no vacile su fortaleza, y nos sirva de ejemplo.

Con el mayor afecto, le saluda y besa su anillo verdaderamente pastoral

Blas Piñar

“Hipócritas” Blas Piñar


  • Los que se amedrentan y atemorizan ante las explo­siones termonucleares por vía de ensayo, y no tu­vieron escrúpulos para lanzar la primera bomba atómica sobre los seres indefensos de Hiroshima;
  • los que condenaron al fuego hombres y ciudades y en Nüremberg se erigieron en jueces de los criminales de guerra;
  • los que hoy, pusilánimes y temblorosos, llaman la atención sobre el peligro comunista y se aliaron con el comunismo en­tregándole como botín patrias y culturas;
  • los que alardean, vocingleros, de anticomunistas y, en el fondo, buscan anhelantes una fórmula de coexistencia que les permita vivir tranquilos, aunque millones de hombres conti­núen gimiendo como esclavos;
  • los que firman alianzas y establecen bases estratégicas de carácter militar en países a los que llaman amigos, y luego los abandonan indiferentes y mudos cuando estos países se encuentran en el momento difícil;
  • los que incitan a la lucha por la libertad movilizando vo­luntades con espíritu de sacrificio, y después, iniciada la lu­cha, permanecen impasibles ante la represión brutal del enemigo;
  • los que hicieron su historia y su grandeza volando buques y atribuyendo culpas para justificar la intervención armada en beneficio propio, y ahora se escandalizan de sus mejores discípulos;
  • los que hablan de libertad de pensamiento y de libertad de prensa, y de un modo sistemático, y con arreglo a prejuicios irreformables, ahogan ciertas noticias, las desfiguran o las in­ventan, y en vez de una censura inspirada, aunque cometa errores, en el bien común, crean tantas censuras solapadas y clandestinas como intereses sectarios o grupos de presión eco­nómica y política;
  • los que presumen de anticolonialistas, y al exigir la inde­pendencia y la autodeterminación de los pueblos subdesarrollados, pretenden uncirlos al yugo de una total dependencia económica;
  • los que quisieron o toleraron la división de Berlín, de Ale­mania, de Corea y del Vietnam, y se rasgan las vestiduras y atropellan el derecho por la división del Congo;
  • los que facilitaron armas, brindaron aliento y proporcio­naron la mayor propagando gratuita a Fidel Castro, y se es­tremecen ante los horrores del sistema y, lo que es más gra­ve, ante su enorme fuerza de contagio;
  • los que mantienen relaciones diplomáticas con las nacio­nes ocultas tras el telón de acero o el telón de bambú, y pa­talean si otros gobiernos de la órbita occidental aspiran a se­guir su ejemplo;
  • los que juegan a mantener gobiernos liberales sin apoyo popular auténtico y sin obra social entre las manos a sa­biendas de su enorme debilidad para oponerse al mar­xismo;
  • los que ofrecen millones en concepto de ayuda generosa, y abonan precios de hambre por la riqueza obtenida en los paí­ses a los cuales la ayuda se ofrece;
  • los que predican los derechos del hombre y, sin embargo, le arrancan el derecho a la vida al impedir los movimientosmigratorios, condenar al hambre a millones de ciudadanos y estimular sin preocupaciones morales el control de los naci­mientos y el aborto;
  • los que hablan de democracia, de sufragio universal y de un hombre, un voto, y después condicionan el voto al pago de un impuesto, para evitar el voto de los negros pobres, o al conocimiento del inglés, para evitar el voto de los ciuda­danos de raíz cultural distinta;
  • los que exigen el respeto a las minorías, y ahogan con há­bil y paciente terquedad a las que existen dentro de las pro­pias fronteras;
  • los que mientras favorecen las llamadas reivindicaciones territoriales de otras naciones mantienen con orgullo colonias inútiles en países soberanos;
  • los que hacen del pacifismo y de la no violencia adagio y norma de conducta, y usan la fuerza cuando así lo conside­ran oportuno;
  • los que a un tiempo atropellan al débil y observan una ac­titud de cobarde respeto frente al vecino poderoso que los ofende;
  • los que se dicen defensores ardientes del mundo occiden­tal, y abren, negociando a espaldas de Occidente, un portillo por el cual un río de divisas occidentales contribuye a aumen­tar la fuerza del comunismo;
  • los que nos ofrecen su amistad y, a estas alturas y refirién­dose al descubrimiento de América se atreven a escribir con carácter oficial: «Itwas no accidentthatthevoyageswhichledtothediscovery of AmericawereledbyanItalian. Ita- lian seamanship was supreme. The cxploration of the Wes­tern Hemispherc was a dircct result of the inquiring mind of 15th century Italy», desconociendo y despreciandoasí la obra de España;
  • los que eluden el vocablo Hispanoamérica y no estarían dispuestos a consentir que se hablase de Africa latina;
  • los que lisonjean al llamado catolicismo liberal y progre­sista, y buscando su colaboración y ayuda bajo el tema de comprensión, diálogo y caridad acaban, cuando triunfan, per­siguiendo y aniquilando a la Iglesia de Cristo.
  • Pero nada es tan oculto que no se haya de manifestar, ni tan secreto que al fin no se sepa (San Lucas, XII, 2).
  • En estos años hemos aprendido muchas cosas, tantas y tan graves, que a nuestros hermanos podemos repetir aquello de Cristo: «Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.»

Blas PiñarABC, 19 de enero de 1962

Funcionarios

Estamos asistiendo a una crisis que extiende sus tentáculos no sólo a lo político y económico, sino a lo moral, al incidir este aspecto en todo movimiento que intente poner solución a algo que dura ya bastantes años. El destrozo del tejido industrial y de la construcción, unido a la brutal estructura administrativa creada por las autonomías, ha acabado con las reservas de nuestras arcas, que por no ser nuestras, sino del Banco Central Europeo, reclaman de éste solución urgente, inmediata y saneada. De no hacerlo, podemos provocar el rescate e incluso la expulsión.

Así hemos llegado a tener inspectores en La Moncloa, que han mirado con lupa nuestros números para tratar de situarlos al nivel exigido por la Unión Europea. Y también unas muy serias advertencias para que los más de cinco millones de desempleados -la mayor parte de ellos con subsidio- no desequilibren la balanza del resto de los países del continente, mucho más asustados que nosotros -véase el pavor del italiano Monti- por la deriva que toma nuestra economía, atacada del mal -heredado de la Transición- de pretender vivir con lujo cuando los recursos son muy limitados.

A Rajoy le ha tocado en este momento recurrir a la cirugía, que es, en cualquier caso, un riesgo, y más cuando se hace a corazón abierto. Otra cosa es que salga bien o mal, porque el paciente, de no recurrir a la intervención, seguro que perece. Y ese enfermo, ya desde tiempos de Aznar, que fue el primero en congelar retribuciones, ha sido el funcionario, que con un  patriotismo digno de figurar en los anales de la historia más reciente, ha soportado el envite con evidente sacrificio y notable elegancia. Se ha apartado de algaradas, ha publicado comunicados de no adhesión a huelgas convocadas por sindicatos desprestigiados que sólo buscan su propia supervivencia y ha seguido en su puesto dando a España un ejemplo que algún día tendría que reconocerse.

Hay que tener en cuenta que aparte de las congelaciones de Aznar en su momento, que duraron varios años y que fueron el soporte de la bonanza económica de su gobierno, ha sufrido no la congelación, sino la reducción de su sueldo por parte de Rodríguez Zapatero y otra nueva congelación sobre la ya establecida reducción, dispuesta por Rajoy días pasados en Consejo de Ministros. Ha sido una permanente sangría, recibida en silencio por unos trabajadores de alto nivel de preparación profesional, con oposiciones difíciles ganadas con esfuerzo y haciendo del mérito y de la dedicación a su oficio, en líneas generales, un ejemplo para el resto de los trabajadores de España.

La culpa de la inflación y el disloque en la Administración del Estado, por otra parte, no la tienen los funcionarios de carrera. Ha sido producida por los partidos gobernantes durante la Transición, que por asegurarse una clientela electoral y política crearon innumerables e innecesarias plazas de contratados laborales, con retribuciones superiores en la mayor parte de los casos a los que consiguieron su puesto por oposición, y con un talante personal e ideológico que desborda, incluso, el mínimo de compostura exigible a los empleados públicos. Han sido el auténtico caos de la Administración, hasta el punto de que en la puerta de algún despacho ministerial se ha podido leer el siguiente texto: “Prohibido el paso a este departamento a toda persona ajena al mismo, incluidos contratados laborales”.

Por último se ha establecido, con la creación de la Administración autonómica, una competencia perniciosa e inútil, que se manifiesta en que esta última tenga a sus funcionarios mejor retribuidos, con horario laboral más asequible y sujeta sólo a las disposiciones políticas de los parlamentos autonómicos, que se erigen en auténticos soberanos sin mirar para nada a la Administración central, que es la propia del Estado y que nada puede establecer a la hora de las decisiones importantes. Todo esto, en cualquier caso, se resume en que los funcionarios españoles han perdido en los últimos años, desde Aznar a esta parte, bastante más de un 20 por ciento de poder adquisitivo, lo que manifiesta, de forma clamorosa, que han sido los paganos de la crisis, porque los demás, de una manera u otra, han seguido disfrutando de sus festines.

A 30 años de la guerra de Las Malvinas… La fregona de Buckingham.

Con motivo del 30 aniversario de la Guerra de las Malvinas, el director de Cabildo, de Buenos Aires, Antonio Caponnetto, ha escrito un artículo, en su número 94, de marzo de 2012, que por reflejar el pensamiento de los gobernantes argentinos de hoy respecto a aquel hecho heroico, publicamos a continuación.

No sabemos a ciencia cierta si las actuales controversias sobre Malvinas responden al calculado montaje político del Gobierno para desviar la atención de una ciudadanía cada vez más castigada por los desaciertos cometidos, principalmente en los ámbitos de la seguridad pública y del bienestar económico. Sabemos sí, que no gobiernan políticos que delinquen, sino delincuentes dedicados a la política. Crápulas dispuestos a las peores acciones con tal de conservar e incrementar el poder. En tal sentido, nada podría sorprendernos que se manipulara una gran causa nacional con fines facciosos. Específicamente, que el kirchnerismo quisiera fraguar un 2 de abril democrático y pacifista, para eclipsar toda memoria del originario, cuyo perfil bélico y épico le repugna, según declara la presidenta, con insistente y apátrida frecuencia.

Sean cuales fueren las motivaciones reales u oscuras de esta trama, algunas aclaraciones se imponen, y no debemos callarlas.

Por lo pronto, la versión oficial del 2 de abril de 1982 -cuya principal exponente es la misma Cristina Fernández de Kirchner- es una mentira escandalosa, funcional en todas sus partes a los intereses británicos. Si nuestra guerra justa no fue tal sino una prolongación del supuesto genocidio castrense; si no debe llamarse al hecho gloriosa reconquista sino invasión bajo los efectos de una borrachera; si el gesto recuperador careció de todo apoyo popular y sólo mediante el engaño de los medios se logró la masiva adhesión social; si nuestra patria es tan poca cosa como para confundir la realidad de su soberanía con la ficción mediática; si nuestro honor recuperado con sangre sólo fue un espejismo de las corporaciones periodísticas; si el único saldo de la honrosa contienda fueron más de cuatrocientos suicidios y una larga tanda de locos para los cuales el Estado dispone la creación de un hospital de salud mental, y si gracias a la rendición del 14 de junio tenemos plenitud democrática, no se necesita de Inglaterra para hundirnos en el oprobio. El enemigo ya tiene aquí su fregona y su fámula. Ya tiene quien le elabore la pieza del relato nativo que se acople exactamente al discurso de la Corona. Sirvienta tan dócil y atenta que aprendió a incorporar modismos ingleses a su verba tilinga, cada vez más reñida con la sintaxis y concorde con la histeria.

Cabe decir, en segundo lugar, que esta argumentación funcional al aparato británico, desplegada públicamente el pasado 7 de febrero desde la Casa de Gobierno, en el acto de firma del Decreto de Desclasificación del Informe Rattenbach, se completa con un razonamiento vil, cuya nocividad ya quedó probada en la historia argentina. Según el mismo, una guerra librada contra el extranjero bajo una dictadura carece de legitimidad y de justicia. Sin la soberanía popular y la democracia -dice textualmente Cristina- no puede haber ningún otro gesto de soberanía. Amparados en esta turbia ficción liberal, los unitarios cometieron la felonía de desacreditar las contiendas internacionales de Rosas, y la traición de aliarse activamente con la extranjería. Para aquellos descastados ideólogos iluministas, como para la presidenta, “ningún acto de la dictadura podía ser revalorizado ni relegitimado”.

Agravia, pues, la lógica y la recta inteligencia del pasado nacional, que la viuda de Kirchner se haya permitido citar en abono de su postura a los reconquistadores de 1806 y 1807, al gaucho Antonio Rivero y al mismísimo don Juan Manuel de Rosas. Ninguno de estos tres protagonismos soberanos sucedió bajo regímenes democráticos. Como tampoco tenían el amparo de la impostura rusoniana ninguno de los grandes caudillos que libraron nuestras batallas decisivas por la soberanía política. La posición del gobierno no es ideológicamente solidaria con ninguno de estos actos heroicos del pasado. Su antecedente luctuoso hay que buscarlo en la traición del partido unitario. Cristina más la partidocracia -con sus obras tanto como con sus ideas- cumplieron en 1982, y cumplen ahora, el mismo y trágico y siniestro papel que cumplieron “los auxiliares”, como eufemísticamente llamaba el Imperialismo a los traidores locales, cuando quiso llevarse por delante a la Confederación Argentina.

Lo tercero por decir es que el general Benjamín Rattenbach, tenido ahora por “orgullo de los argentinos y un verdadero hijo del ejército sanmartiniano”, según cristínicas palabras, fue el prototipo del militar liberal y masón, la encarnadura de la línea Mayo-Caseros, y un protagónico cuadro antiperonista desde antes de 1955 y en adelante, lo que se supone que debería inhibir a la presidenta de prodigarle tamaño elogio. Quedará para el repertorio de incompetencias de esta mujer obtusa, ignorante y pretenciosa, la ridícula incoherencia de haber ponderado a quien en 1963 firmó el Decreto 2712 que proscribió al peronismo, a quien en el 5 de noviembre de 1975 pidió la renuncia presidencial de Isabel Martínez, “primero por su sexo, segundo por su sistema nervioso delicado, y tercero, por su limitada capacidad para desempeñarse con eficiencia en dicho cargo en momentos tan difíciles”. Pero hay algo mucho más grave aún.

Ya en el año 1966, desde las páginas de Combate (Buenos Aires, n. 137, p.3), Jordán Bruno Genta protestaba la peligrosidad ideológica de Rattenbach, con ocasión de la salida de su obra El sector militar de la sociedad (Buenos Aires, Círculo Militar, 1955,156 ps). Libro imbuido del positivismo más craso y de materialismo alberdiano, de haberse guiado por sus enseñanzas -según las cuales, actos castrenses como matar y morir están reñidos con la ética- nuestros hombres de armas no deberían siquiera haberse planteado la licitud de la reconquista militar del territorio malvinero. Con anterioridad había publicado otro libelo, Sociología Militar (Buenos Aires, Librería Perlado, 1958, 158 ps), en el que propone la superación del nacionalismo, que “hoy suele ser rotulado de fascismo y de nazismo”, sustituyéndolo por un “sentimiento supranacional”, en nombre del cual, “si el propio pueblo lo admite”, deberá “admitir el comando de jefes de otras naciones, luchar en lejanos continentes, defender objetivos aparentemente extraños a los intereses del propio país[..]. La Sociología Militar tendrá que evolucionar en el mismo sentido, teniendo en cuenta estas modernas concepciones internacionales” (p.140-141).

Este es el caballero sanmartiniano tomado como emblema de malvinización por el kirchnerismo: alguien para quien se inventó el despreciativo neologismo de gorila, y que con mayor precisión terminológica podríamos llamar simplemente un cipayo.

En cuanto al Informe que lleva su nombre -y que hoy se reflota, bajo la triple necedad de creerlo una novedad, de convocar al hijo del autor para que integre la Comisión Desclasificatoria, y de entregárselo en bandeja al enemigo para que compruebe nuestra presunta ineptitud militar y el merecido castigo del 14 de junio- también supimos expedirnos oportunamente. En el nº 71, de la segunda época de Cabildo, del 9 de diciembre de 1983, páginas 9 y 10, decíamos lo siguiente: “Este Informe recorta la realidad, minimiza los objetivos, cuestiona las intenciones y enloda a todos”. Se trata de “un alegato contra la empresa misma de recuperación de las Malvinas, una velada condena de la guerra, un verdadero escrito acusatorio[…]. Es el triunfo de la clase política que nunca se solidarizó con la causa de las Malvinas[…], y aún hace algo peor: confunde la legitimidad de la guerra con su conducción, y la inspiración histórica con la intencionalidad del momento[…].Toda esa hermosa página [de heroísmo, de dignidad, de efervescencia nacionalista, de sentido religioso de la existencia] que se escribió entonces [durante la guerra], se la ensucia ahora, se la oculta o se la disimula, se pretende que se la olvide”.

Pero esto, lo reiteramos subrayándolo, es exactamente lo que necesita Inglaterra. Lo que necesita, exige y reclama. Una agente del Imperio que, treinta años después de la honrosísima Gesta de Abril, declame combatir por las Malvinas, con el Informe Rattenbach, con la mentalidad de los unitarios, con citas de John Lennon, con los militares del Cemida, con el ejemplo de un general repugnantemente liberal, con un hebreo errante de canciller, con jóvenes camporistas dispuestos a morir en acto de servicio a Onán, con obispos como Arancedo que la felicitan por la sensatez y la moderación.

Esto es, en efecto, lo que el usurpador necesita. Una mujeruca que confiese expresamente como un orgullo no haber ido “a la plaza de su pueblo, en Río Gallegos, el 2 de mayo, cuando sí fueron muchos habitantes de mi ciudad”. Que mientras el adversario despliega su potencia insolente, declare que “no nos atraen los juegos de las armas ni las guerras” (excepto los de los guerrilleros marxistas que ahora la secundan en el poder), que abomine de “los uniformes y de los trofeos de guerra”, que ordene retirar el cuadro del Capitán Giachino por represor, que mantenga ignominiosamente en cautiverio a muchos héroes de la epopeya del Atlántico Sur, y que permita los pingües negociados de la piratería financiera, actuando siempre impunemente a lo largo y a lo ancho de la geografía patria.

Una fregona de Buckingham. Eso precisa Londres. Eso es Elizabet Wilhelm (Cristina Kirchner).

La Argentina, entretanto, y lo decimos quienes desde hace treinta años denunciamos el inicuo plan de desmalvinización que empezara con el mismo Proceso, necesita que cada día de su calendario sea un perpetuo y luminoso 2 de abril, y cada rincón de su espacio un inexpugnable y amurallado Puerto Argentino.

Blas Piñar en La Línea de La Concepción (Cádiz) en 1982

“Ni distante ni distinto”, señor Calvo Sotelo, presidente de la UCD y del poder ejecutivo de la Monarquía parlamentaria.

El tema de las Malvinas no es ni distante ni distinto.

Hay distancias físicas y morales.

El hecho de que su esposa pueda morirse en el Japón y no en España, sería, sin duda, un hecho distante, pero su dolor, me imagino, sería tan próximo, tan fuerte y tan agudo como si hubiera tenido lugar en su casa del Palacio de la Moncloa. De igual modo, su alegría por el nacimiento de un hijo no creo que disminuyera porque viese la luz a miles de kilómetros de distancia, y no en un sanatorio en Ribadeo, durante sus vacaciones de verano.

Entiendo que la absurda civilización materialista en que nos hallamos inmersos no ha podido apagar la alegría y el dolor a los kilómetros que nos separan de los hechos que dan origen al dolor o a la alegría, y ello porque uno y otro miden su intensidad, no por la distancia, sino por el grado de amor con que contemplemos a los sujetos de los mismos.

Quizá por esta falta de amor, para usted, y para la UCD, y para los partidos del arco constitucional, y para el Gobierno, y para la Monarquía parlamentaria, lo que ocurre en las Malvinas sea un hecho distante, mientras que para nosotros, que nos sabemos y nos sentimos parte viva del mundo hispánico, camaradas fraternos de la nación argentina, el gozo y el sufrimiento de la nación hermana son los nuestros; y cuando Hispanoargentina, de que habla el arquitecto Ignacio de Anzoategui, a empellones de proas y espadas, en la punta extrema de un imperio austral, recupera lo que fue nuestro y es por herencia suyo, lo que alguien arrebató entre gallos y a media noche, e impone la Justicia frente al robo y alza la bandera blanca y azul sobre el antiguo archipiélago de Magallanes, nosotros nos sumamos al júbilo de la nación hermana y nos ponemos a su lado en línea moral de combate, ya que, como dijera Miguel de Unamuno:

“La sangre del espíritu es mi lengua

y mi Patria está allí donde resuene”.

Pero si la recuperación de las Malvinas por el pueblo argentino no es para nosotros un hecho distante, tampoco es un hecho distinto; al contrario, es idéntico al caso de Gibraltar.

España, decía José Antonio, linda al Sur con una vergüenza, y esa vergüenza se llama Gibraltar.

Revista Fuerza Nueva nº. 1409 de 21 de marzo de 2012

En portada

La violentísima y punitiva huelga general del pasado
29 de marzo ha promovido en el sentimiento
popular una sensación de hastío y de confrontación,
en medio de la postración social y de la crisis, que
se manifiesta en la calle y en las redes sociales de
Internet mediante le rememoración y la búsqueda
de las soluciones de tiempos de Franco. Una prueba
de ello es el dibujo que ha aparecido por todas partes
y que, aprovechando la convocatoria de “Huelga
general”, ha transformado, ante la magnitud de lo
acaecido, en “Vuelva General”. Esto mismo también
se trata en páginas interiores.

 

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