Funcionarios

Estamos asistiendo a una crisis que extiende sus tentáculos no sólo a lo político y económico, sino a lo moral, al incidir este aspecto en todo movimiento que intente poner solución a algo que dura ya bastantes años. El destrozo del tejido industrial y de la construcción, unido a la brutal estructura administrativa creada por las autonomías, ha acabado con las reservas de nuestras arcas, que por no ser nuestras, sino del Banco Central Europeo, reclaman de éste solución urgente, inmediata y saneada. De no hacerlo, podemos provocar el rescate e incluso la expulsión.

Así hemos llegado a tener inspectores en La Moncloa, que han mirado con lupa nuestros números para tratar de situarlos al nivel exigido por la Unión Europea. Y también unas muy serias advertencias para que los más de cinco millones de desempleados -la mayor parte de ellos con subsidio- no desequilibren la balanza del resto de los países del continente, mucho más asustados que nosotros -véase el pavor del italiano Monti- por la deriva que toma nuestra economía, atacada del mal -heredado de la Transición- de pretender vivir con lujo cuando los recursos son muy limitados.

A Rajoy le ha tocado en este momento recurrir a la cirugía, que es, en cualquier caso, un riesgo, y más cuando se hace a corazón abierto. Otra cosa es que salga bien o mal, porque el paciente, de no recurrir a la intervención, seguro que perece. Y ese enfermo, ya desde tiempos de Aznar, que fue el primero en congelar retribuciones, ha sido el funcionario, que con un  patriotismo digno de figurar en los anales de la historia más reciente, ha soportado el envite con evidente sacrificio y notable elegancia. Se ha apartado de algaradas, ha publicado comunicados de no adhesión a huelgas convocadas por sindicatos desprestigiados que sólo buscan su propia supervivencia y ha seguido en su puesto dando a España un ejemplo que algún día tendría que reconocerse.

Hay que tener en cuenta que aparte de las congelaciones de Aznar en su momento, que duraron varios años y que fueron el soporte de la bonanza económica de su gobierno, ha sufrido no la congelación, sino la reducción de su sueldo por parte de Rodríguez Zapatero y otra nueva congelación sobre la ya establecida reducción, dispuesta por Rajoy días pasados en Consejo de Ministros. Ha sido una permanente sangría, recibida en silencio por unos trabajadores de alto nivel de preparación profesional, con oposiciones difíciles ganadas con esfuerzo y haciendo del mérito y de la dedicación a su oficio, en líneas generales, un ejemplo para el resto de los trabajadores de España.

La culpa de la inflación y el disloque en la Administración del Estado, por otra parte, no la tienen los funcionarios de carrera. Ha sido producida por los partidos gobernantes durante la Transición, que por asegurarse una clientela electoral y política crearon innumerables e innecesarias plazas de contratados laborales, con retribuciones superiores en la mayor parte de los casos a los que consiguieron su puesto por oposición, y con un talante personal e ideológico que desborda, incluso, el mínimo de compostura exigible a los empleados públicos. Han sido el auténtico caos de la Administración, hasta el punto de que en la puerta de algún despacho ministerial se ha podido leer el siguiente texto: “Prohibido el paso a este departamento a toda persona ajena al mismo, incluidos contratados laborales”.

Por último se ha establecido, con la creación de la Administración autonómica, una competencia perniciosa e inútil, que se manifiesta en que esta última tenga a sus funcionarios mejor retribuidos, con horario laboral más asequible y sujeta sólo a las disposiciones políticas de los parlamentos autonómicos, que se erigen en auténticos soberanos sin mirar para nada a la Administración central, que es la propia del Estado y que nada puede establecer a la hora de las decisiones importantes. Todo esto, en cualquier caso, se resume en que los funcionarios españoles han perdido en los últimos años, desde Aznar a esta parte, bastante más de un 20 por ciento de poder adquisitivo, lo que manifiesta, de forma clamorosa, que han sido los paganos de la crisis, porque los demás, de una manera u otra, han seguido disfrutando de sus festines.

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