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Sin propaganda institucional, bajo la lluvia… Respuesta al catalanismo del “3%”

Artur Mas es un político marcado por el 3%. No sólo ese porcentaje le define por su actitud de entonces, sino por su trayectoria vital. Desde aquel infausto día en que en el Parlamento de Cataluña Pasqual Maragall le acusó a él y a su partido de cobrar esa  comisión por cada una de sus autorizaciones públicas cuando ejercían el poder, este nacionalista convergente se ha echado la manta a la cabeza. Perdió el sillón de conseller en cap por unos momentos en la etapa del tripartito porque su apuesta residía en dar estabilidad a Cataluña, y no lo consiguió. Perdida esa batalla no le quedaba más que otra: avivar la brasa independentista, que no la quiere ni Jordi Pujol, aunque siempre esté hablando de la nació catalana. “Contra España siempre iremos mejor”, pensaba el marido de Marta Ferrusola. Su epígono ha mirado a su alrededor y ha llegado a la conclusión de que o se inventaban otro proyecto o la Generalitat se quedaba sin faena, sin chicha y hasta sin razón de ser. Algo parecido le ocurrió en el 34 a Companys con los gobiernos derechistas de la República, y ya vimos cómo acabó la película.

Companys era el hombre elegido para sacar adelante el sueño de Macià, otro Villarroel de la Diada de 1714. Pero aquel malogrado president era izquierdista y secesionista, y Mas es un hombre de derechas, con socios democristianos que le prestan su apoyo separador a regañadientes y con una masa en la calle que es una mixtura de muchas especies. Son aquellos que imaginan que Cataluña es Laporta, el Barça, Els Segadors, el sedicente montserratino Casià Maria Just, algún estrambote de Salvador Espriu o los residuos del Òmnium Cultural. Lo malo de esto es que se han juntado tantas churras con tantas merinas que ahora se confunden los antiguos alumnos del abad Escarré, que eran todos los profesionales del “vivir contra Franco” -socialistas indígenas incluidos-, con los sucesores de Cambó -que en su día y desde el exilio le daba por carta gracias al Caudillo por haber librado a Cataluña de una tragedia-, con aportaciones de los románticos de Prat de la Riba. Con otra diferencia: a Companys le preocupaba más la revolución que la “pela”, y a Mas ésta le tiene sin dormir porque ni con el 3% ha tenido bastante para financiar tanta rapiña.

No se lo esperaba

El actual president no se lo esperaba pero algo se temía. Sabe de sobra que Cataluña tiene unas razones especiales para ser muy tenidas en cuenta, desde el idioma hasta la historia. Es algo inapelable que sólo pueden cuestionar los indocumentados o los tontos. Pero también sabe que El Quijote describe como nadie la hermosura de la ciudad de Barcelona, que Agustina de Aragón era catalana, que Los Sitios gerundenses fueron defensa generosa de la piel hispana, que los voluntarios de Prim ganaban para España una laureada en África, que Isabel y Fernando recibían a Colón en Barcelona tras aquel espectacular alba de América, que los requetés de los Tercios catalanes y la Sexta Columna falangista eran hijos de la Cataluña más profunda, que los mártires de Vic, cantando el Virolai y dando gritos de entrega a Cristo y a España, se dejaban la vida por no abjurar de su fe, que la Marca Hispánica se produjo allí y no en Asturias o León, que Francesc Macià fue un teniente coronel del ejército español y Villarroel un general del mismo ejército, que Cataluña fue un Principado y Barcelona un Condado del Reino de Aragón, eso sí, muy relevantes por sus características y por su talento; que Cataluña es un permanente somatén -som ematent- de España y el timbaler del Bruc un anuncio de permanente y prometedora juventud que ahuyenta a sus enemigos; que Cataluña, como decía una pancarta el pasado 12 de Octubre en la Plaza de Cataluña, “es el embrión de España”.

El error de cálculo de Artur Mas ha sido intelectualmente jaleado por el mapa actual de la Unión Europea, que mantiene -y nunca mejor dicho- en su seno a países como Eslovenia, Serbia, Croacia, Eslovaquia, u otros como Montenegro, Kosovo o Macedonia. ¿Por qué no podemos ser nosotros igual?, se preguntará. Las primeras fueron naciones con monarquías siempre, y las segundas territorios autónomos hoy reconocidos, y en algunos casos invadidos por extranjeros. En lo único que se parece Kosovo a Cataluña es en que ambas son “embrión” de Serbia y de España, la primera tomada militarmente por musulmanes albaneses y la segunda en periodo de conquista por similares ocupantes. Si Artur Mas no es capaz de distinguir entre la propia familia, de cuyo tronco se quiere desgajar, o entre los sarracenos que van conquistando su territorio hasta hacerlo irreconocible, es que su ceguera le impide distinguir entre la defensa de su identidad catalana -no catalanista- o la ruina económica y política de Cataluña. Incluso puede que esté cavando su propia sepultura como político en ejercicio. Y España sin Cataluña, además, ya no sería España.

Pero llegó el 12 de Octubre. Es la gran fiesta de España porque refleja, en una sola fecha, su gran logro. Ortega enumera con minuciosa descripción crítica los errores de nuestra constitución como pueblo, desde lo que él llamaba La teoría de las provincias a la España invertebrada, pasando por aquel acerado estudio sociopolítico de La rebelión de las masas. Se quejaba con amargura de que fuésemos conquistados, tras la obra civilizadora de Roma, por pueblos bárbaros viejos, incluso corrompidos, que más tarde, al españolizarse, tuvieron ansias de regeneración. Uno de estos impulsos fue América, donde España lava todos sus fallos, restaña sus heridas constitutivas y brilla ante el mundo porque allí -dice el filósofo- descubre, enseña, canta, conquista, llora, funda, se hace mestiza, muere y deja una estela de civilización que no necesita una sola palabra para bautizar una obra de semidioses. Ese día fue el elegido por muchos españoles de Cataluña para salir a la calle en Barcelona. Y Artur Mas, con la familia Maragall -hoy disidente del socialismo-, seguramente se lo temían pero no contaban con tanto entusiasmo no deportivo bajo la lluvia y a la intemperie.

Con España hemos topado

La respuesta al catalanismo del 3%, que es el de hoy, se produjo de manera espontánea y eléctrica. No debemos contar el número de asistentes a la que convocó la independencia y a la que congregó a los españoles de Cataluña para compararlos, porque esa operación es viciosa. La primera es consecuencia de una mixtura de romanticismo, oportunidad, crisis profunda y odio secular a España. Todo ello envuelto en el dichoso 3% y en cerca de 40 años de terreno abonado para la arremetida oficial contra todo lo español. La segunda es fruto de la razón vital por conservar el riego sanguíneo, la tradición, las costumbres, los idiomas de España, las banderas históricas que protegen a quienes los usan y no los utilizan para que se maten, y la hispanidad de Cataluña como alba de España. La primera cuenta con escamots -como Companys entonces- para tirar a la basura banderas españolas o pisotearlas, arrancar a niñas de los hombros de sus padres o rodear a éstos y amenazar a quien se oponga. La segunda muestra su alegría por ser catalán y español en el mismo paquete, por gritar “visca Espanya” o “viva Cataluña”, por vivir en una tierra bendecida desde Montserrat, que tanta sangre catalana costó para liberarla de los escamots de Companys y de los esbirros de Maragall -unidos siempre al final en la salud y en la enfermedad-, y de los sucesores de Cambó -como Artur Mas-, que después son los primeros en arrepentirse cuando el polvorín ha reventado.

El sucesor de Pujol es menos astuto y socarrón que éste. Entonces Jordi Pujol tenía de socio y consejero a Miguel Roca Junyent, bastante más prudente que Mas en el ejercicio de la mesura política. Llegó incluso a querer exportar su partido al resto de España, en un empeño frustrado de difundir los valores de la Constitución desde lo catalán -que él redactó, junto a seis diputados más-. Ahora está callado, tal vez sorprendido o avergonzado, barruntando las consecuencias del jaleo en que se ha metido su socio. Cuando coincidía conmigo en el ascensor del Congreso me preguntaba con interés por Blas Piñar, ausente unos días de los debates del Estatuto catalán por causa de unos viajes. “Está a punto de llegar”, le decía. “¡Ah, bien, es que le echamos mucho a faltar!”. Y es que el diputado de Unión Nacional les hacía distinguir entre ciudadanía y vecindad, les dirigía por la senda jurídica transitable y les recordaba su perfecto derecho a exhibir la bandera cuatribarrada porque es una de las que figuran en el escudo de España, no así la de eso que han dado en llamar Euskadi. Luego les explicaba, casi didácticamente, con paciencia de maestro rural, por qué una cosa es amar a Cataluña y otra hacer de ésta un imposible histórico, político y económico. Y le escuchaban con la boca abierta. ¿Le estará echando a faltar a día de hoy el socio de Artur Mas y uno de los padres de la Constitución del 78?

Al final parece que lo que le preocupa a Mas es la lealtad de los suyos. Ya se lo ha advertido a los Mozos de Escuadra, para que no se repitan aquellas imágenes de cadenas de presos uniformados y desarmados conducidos por la Guardia Civil. Lo que ocurre -y él también lo ha sopesado- es que ya no tiene en Capitanía a un general Batet, muy humanitario, amigo de Companys pero más amigo de seguir a rajatabla las órdenes de la República. El margen de error que le puede quedar es avizorar cuál sería la respuesta de La Zarzuela, que al final, le guste o no, será la que tendrá que decidir, comparada con la de aquella República que sacó a tiros del Palacio de San Jaime al president y a sus consejeros, algunos de ellos a través de las alcantarillas. Ese margen de duda es el que le asalta a Artur Mas, y a mí también.

Luís Fernández-Villamea

Publicado en la revista Fuerza Nueva. nº 1417

Entrevista a Blas Piñar…

Denostado o ensalzado, Blas Piñar tuvo siempre la rara virtud política de no dejar indiferente a nadie. Hasta sus enemigos políticos admiten que sus concepciones de la lealtad y de la honestidad inspiran un gran respeto. El fundador y presidente nacional de Fuerza Nueva es uno de los pocos políticos de la Transición que no se acomodó a las circunstancias en su propio beneficio. El notario toledano defiende hoy lo mismo que decía hace 46 años desde el Instituto de Cultura Hispánica. Alerta Digital le realizó la siguiente entrevista hace pocos días:

 

– Pregunta: Antes de nada, ¿cómo está viendo la situación de España?

– Respuesta: Su pregunta me trae a la memoria el libro precioso de Bernardo Gil Mugarza que lleva por título España en llamas, porque son los incendios provocados de este verano los que han reducido nuestros bosques a cenizas. El daño ecológico ha sido enorme, como lo ha sido el económico. El clima y el turismo se resentirán.

Para mí, el fuego devorador, y el humo espeso, manifiestan que se está quemando a España en su intimidad más profunda, conforme a un plan puesto en práctica, y hasta ahora con éxito. El fuego y el humo de este verano han sido como un voltear de campanas que nos piden con urgencia acudir a sofocar el incendio interior que quiere que España, despedazada, desaparezca, convertida en un desierto infecundo material y espiritualmente.

 

– P: Ya sabemos que usted no esperaba nada bueno del PP. Nosotros tampoco. Pero, ¿le está sorprendiendo que estén incluso superando al Gobierno de Zapatero en ineficiencia y en la aplicación de medidas contra los intereses generales?

– R: No creo que el PP supere en ineficacia al PSOE, porque no sólo la ineficacia, sino la crisis moral y económica que han producido sus gobiernos, han alcanzado niveles inimaginables. El PP, para superar la situación dramática y caótica en que nos encontrábamos, por fidelidad al Sistema que la Constitución respalda, dicta medidas que no afectan a la causa de la crisis, y aplica tan sólo a quienes no son responsables de la misma. No me extraña. No es lo mismo reparar los errores de un Sistema, cuando el Sistema es precisamente el error. En un artículo publicado por Alerta Digital, antes de las últimas elecciones, en las que el PP tuvo mayoría absoluta, escribí que el PP, como rueda de repuesto, estaba pinchada.

 

– P: ¿Qué puede suponer para España la desaparición de su clase media, la gran obra social y económica de Franco?

– R: La desaparición progresiva de la clase media, fruto del Sistema a que acabo de aludir, equivale a una división horizontal de la sociedad; y esta división, distanciando a quienes la integran, es muy peligrosa. La clase media equivale, para poner un ejemplo, a los muelles de un colchón, que permiten acostarse sobre blando. Por otra parte, una sociedad con clase media importante, se permeabiliza, facilitando el acceso a la misma del proletariado. Franco aludió, y creo que repetidas veces, al logro de esa clase media española como uno de los objetivos logrados por su Régimen. Por eso, no puede sorprendernos que la destrucción de la misma sea uno de los propósitos de la Transición. La clase media garantiza la estabilidad política, es decir, la convivencia que añoramos.

 

– P: ¿Cuál cree que debería ser el papel de nuestras Fuerzas Armadas ante la apertura de un proceso de ruptura de la unidad nacional?

– R: Esta pregunta tiene una respuesta fácil, ya que esas Fuerzas Armadas al servicio de la nación no existen en la actualidad. Aunque a disgusto, destacados jefes militares estuvieron al mando de la Transición castrense, que fue aceptada, aunque a regañadientes, por sus compañeros. Más tarde, con un gobierno del PP, se suprimió el servicio militar obligatorio sustituyéndolo por uno voluntario, mucho más costoso, que, en parte, integran mujeres y emigrantes. Algunas unidades del Ejército especialmente significativas se suprimieron.

Por otra parte, no conozco ninguna reacción del campo militar en activo, ante el monumento a las Brigadas Internacionales elevado en la Ciudad Universitaria, ni ante los abucheos al Himno Nacional y la quema de banderas de España; como tampoco ante el desafío independentista, que va desde las declaraciones oficiales de quienes gobiernan en las autonomías, a la legalización de partidos que no son tan sólo independentistas, sino que representan políticamente al terrorismo. Lo curioso es que constitucionalmente, es decir de acuerdo con el artículo octavo de la Constitución, podrían las  Fuerzas Armadas comportarse de otra manera.

El cuartel, antes de la Transición, era una segunda escuela para toda la juventud española. En el cuartel se enseñaba a manejar las armas, pero también a amar a la Patria. Lo que hoy se llaman Fuerzas Armadas está al servicio de intereses ajenos, que han perjudicado gravemente a España. Desde su participación en la guerra contra Irak, gobernando el PP, en la de Libia, gobernando el PSOE, y en la de Afganistán, gobernando los dos partidos, no ha hecho otra cosa que cosechar enemigos sin beneficiarnos en nada. Creo que la Unidad Militar de Emergencia, es decir, la de Bomberos militares, es lo mejor que tenemos. ¡Si pudiera acabar con los incendios de toda clase!

 

– P: Don Blas, el descontento crece, la contestación al sistema partitocrático empieza a ser clamorosa, pero las fuerzas patrióticas siguen divididas. ¿Qué hacer?

– R: Es cierto. La esperanza de que el PP acabaría con ese descontento se ha perdido, pero también es verdad que ese descontento se aprovecha, al menos en la calle, por una izquierda radicalizada, por unos sindicatos que subvenciona el propio Gobierno y por un separatismo desafiante. Este hecho es innegable.

Sin embargo, esas fuerzas patrióticas que se dividieron en los últimos años del régimen anterior, siguen divididas. Soy testigo excepcional de esa división, que tratamos de superar desde Fuerza Nueva. Su nombre demuestra que no queríamos ser un grupo más, sino una fuerza revitalizante de un Movimiento que no sólo se burocratizaba, sino que en sus cuadros dirigentes tenía partícipes de la Transición. Podría reforzar cuanto acabo de decir con hechos concretos, de los que doy cuenta en el segundo volumen de Escrito para la Historia, y que no voy a repetir. Sólo, y como síntesis, quiero dejar constancia de que en una conferencia que di en el Hotel Meliá, a lleno completo, titulada Lecciones de unas elecciones (me refiero a las de 1979, en las que fui elegido diputado por Madrid por Unión Nacional) dije que para hacer frente a las consecuencias de la Transición debieran disolverse los partidos conocidos como fuerzas nacionales, creando uno solo en el que yo me integraría como militante.

Por desgracia, la respuesta fue negativa. El ejemplo de la Cruzada no fue convincente. La Victoria fue posible, entre otras cosas por la unidad castrense en las trincheras y la unidad política en la retaguardia. Romper esa unidad fue un crimen y rehacerla una necesidad.

 

– P: De todos los acontecimientos que está viviendo España, ¿cuál es el más preocupante a su juicio?

– R: Casi al mismo nivel me preocupan al máximo y al mismo tiempo la descristianización del pueblo español y la desnacionalización de España. Aquí, una y otra se entrecruzan y contribuyen, si prosperan, a no identificarnos históricamente. Claro es que el blanco sobre el que se dispara comprende también la obra de España en el mundo, es decir, la Hispanidad o Cristiandad hispánica. En otros países, ya descristianizados en gran parte, se ha conservado íntegra la nación. El caso de Francia está ahí. Han pasado más de dos siglos de la Revolución Francesa, profundamente anticristiana, que han hecho posible que Francia sea tierra de misión. Pues bien, dos siglos más tarde un político francés, no cristiano, dijo: “soy socialista, pero antes que socialista soy francés”.

 

– P: No sólo España. Europa asiste imperturbable a la desaparición de la civilización que la alumbró hace 2000 años. ¿Hay esperanzas de que el hombre europeo salga de su actual letargo?

– R: A mi no me cabe duda de que el tiempo actual exige con urgencia, pero sin improvisación o frivolidad, la puesta en marcha de un entendimiento entre las naciones que han sido conformadas por lo que se viene llamando civilización occidental. Los enfrentamientos bélicos y los recelos recíprocos de las naciones de Europa han mermado considerablemente su prestigio y su influencia universal. Yo califico tales enfrentamientos de guerras civiles. El reencuentro de estas naciones con sus raíces comunes es imprescindible, y esas raíces se hallan esencialmente en la Cristiandad.

Desgraciadamente, la Unión Europea las ha despreciado y la crisis profunda es evidente. A mi juicio, la etapa inicial de la unión de Europa debió partir tanto de una conciencia europea de los europeos, como de una Europa de las Patrias hermanas. La Europa de los mercaderes y del euro, y los gobiernos al servicio de la Eurocracia no han fomentado aquella conciencia y ha provocado la hostilidad manifiesta entre las naciones, como demuestra la agitación social que rompe, por añadidura, la convivencia pacífica en cada una de ellas. El rechazo de la raíces que las dieron vida comenzó al hablar de las dos velocidades para el desarrollo de la Unión Europea; una, la de la zona Norte, y otra, la del Sur, o Mediterránea. Dos velocidades, como ocurre en las carreras, supone que alguien llega el primero.

Los responsables de esta Unión Europea no debían conocer que los enemigos de Europa, los que no quieren que Europa se recobre y fortalezca, se sabían aquello de “divide y vencerás”. La esperanza, para mí, está en la Iglesia católica, que ha sido el instrumento eficacísimo de esa civilización occidental. Ahora bien, la lucha, desde la expulsión del Paraíso hasta la Parusía, es permanente, y el Padre de la mentira, que es el Príncipe de este mundo, no sólo ha atacado a la Iglesia sino que ha entrado en ella (según palabras de Pablo VI), el humo de Satanás. Con la astucia y habilidad, propia de su naturaleza, ha entrado rompiendo las ventanas, a la vez que alguien desde dentro le abría las puertas.

En un Concilio pastoral, que no dogmático, junto a textos que recogen el dogma, y que se leen con fruición, hay otros que no están de acuerdo, o difícilmente pueden estarlo, con la doctrina tradicional de la Iglesia. El aggiornamento, o puesta al día, para estar en consonancia con los tiempos, ha evitado todo anatema, ha dividido a los católicos, ha hecho posible que, dentro de la propia Iglesia se hiera, y en ocasiones gravemente, el dogma, la disciplina de los sacramentos, la liturgia y la enseñanza en los seminarios, noviciados y universidades católicas. La apertura al mundo, el salir a predicar y cristianizar a los pueblos, ha sido apertura al espíritu del mundo (y no se olvide que del mundo tentación).

Hay tres problemas, a saber: el de la libertad religiosa, tal y como se describe en Dignitatis Humanae, el del ecumenismo, como unión de las Iglesias y no como unión de los cristianos en la Sponsa Christi (y Cristo no fue polígamo), y el de la aceptación de la democracia sui géneris de las Conferencias Episcopales. Son problemas que, sin duda, el actual pontífice trata de superar y resolver, aunque sean poderosos los que quieran impedirlo. El Espíritu Santo no deja de asistir al Pueblo de Dios, para que sea Corpus Christi.

Si a la pasión y muerte del Mesías sucede su resurrección y glorificación, no debe ni sorprendernos ni desanimarnos lo ocurrido en la Iglesia, que ha sufrido, y más duramente ahora, en el tiempo pasado. Hay acontecimientos positivos, como la integración en la Iglesia de gran número de anglicanos, la nueva generación sacerdotal, la doctrina reiterada del Pontífice, la mayoría de nombramientos episcopales de acuerdo con ella, la invitación constante a recibir la comunión de rodillas y en la boca, la autorización explícita de la Misa llamada de Trento o de San Pío V y que cambió, no el Concilio, sino la reforma litúrgica posterior al mismo, el retiro de la excomunión a monseñor Lefevre y a los obispos que consagró, y el diálogo con el superior de la Hermandad de San Pío X, para que los sacerdotes que pertenecen a la misma puedan unirse plenamente a los que, no perteneciendo a ella, combaten, en el interior de la Iglesia, por la Iglesia de siempre.

Está claro, al menos para mí, que una de las cosas que ha de ser sometida a revisión es la pastoral política de la Iglesia. A la que apela el Concilio Vaticano II es a la del liberalismo que impregna a la Democracia Cristiana y que, lógicamente, dio nacimiento a los Cristianos por el Socialismo, y a la colaboración de una parte de la Iglesia, tanto discente y docente, con los comunistas. El consenso histórico en Italia de democristianos y comunistas hizo posible que de mutuo acuerdo se aceptase e impusiera por ley, luego aprobada en referéndum, el aborto como derecho, y con él la cultura de la muerte. El apoyo eclesial implícito, a lo menos, a la Democracia Cristiana fue, sin duda, fruto de una mala, por no decir pésima, pastoral política. Lo malo es que esa pastoral política ha sido imitada en otras partes; y al decir en otras partes, entiendo que el lector sabe dónde.

Esta exposición, que me duele describir, es un antecedente necesario para afirmar que “el hombre europeo, para salir de su letargo”, precisa de una Iglesia, peregrina, desde luego, pero también militante en el tiempo. Como militante se la llamaba, como se la sigue llamando purgante y triunfante.

Esta revisión incluye que, para despertar de su letargo, el hombre europeo, y especialmente el católico, sepa -y para ello se le enseñe- que siendo peregrino, es militante; y militante es el soldado de Cristo, que para eso recibe el sacramente de la Confirmación. El magisterio eclesiástico debe, a mi juicio, insistir en esta definición que Jesucristo hace de Sí mismo: “Yo soy la Verdad”, (Jn. 14,6) de toda la Verdad, y, por tanto, de la verdad moral, de la científica, de la histórica y de la política; y Cristo se define así dirigiéndose, no sólo al hombre aislado, sino al hombre como ser social, y, por consiguiente, a la sociedad en la que el hombre vive.

Esa verdad política se halla en los valores innegociables, que son a modo de roca viva sobre la que se apoya el edificio, es decir, el Sistema. Dichos valores son básicos, inamovibles. Si el edificio se construye sobre la arena de las opiniones, el primer temblor de tierra, o un viento huracanado, derribará el edificio, convirtiéndolo en un montón de escombros.

El caso de España da testimonio de las consecuencias del rechazo de tales valores, es decir, de la Verdad política. La derogación de los Principios fundamentales del Movimiento, con la reforma rupturista y no perfectiva, y la Constitución que tenemos, han configurado un Sistema que se halla en franca descomposición, abatido por la crisis moral y económica, por el creciente desprestigio de las instituciones, por la agitación social y por la política exterior.

El despertar del letargo al hombre europeo exige que el patriotismo deportivo se eleve de patriotismo emocional a patriotismo intelectual, y de patriotismo intelectual a virtud cristiana. Así nos lo dice Santo Tomás de Aquino, y así lo explica León XIII en su encíclica Sapientiae Christianae, de 10 de enero de 1890: “Por ley natural se nos manda amar y defender la Patria, hasta el punto de que el buen ciudadano no dude en afrontar la muerte en defensa de su patria. El amor sobrenatural a la Iglesia y el afecto natural a la Patria son dos amores gemelos que nacen del mismo principio sempiterno, ya que Dios es autor y causa de ambos”.

Leí, no sé donde, algo que quiero subrayar aquí: “el patriotismo está en la naturaleza social de todos los hombres (y lleva consigo) fidelidad a la Tradición y a los carismas peculiares que por don de Dios han configurado históricamente la identidad nacional”.

 

– P: El legado de Fuerza Nueva, como el buen vino, adquiere cada día más valor a la luz de los trágicos acontecimientos que ya fueron predichos por usted hace más de 40 años. ¿Le consuela esta circunstancia para al menos poder vivir en paz ante Dios y ante su conciencia?

– R: Cuando medito sobre el pasado, con una perspectiva sobrenatural, agradezco a la Providencia que me hiciese ver con acierto esa lucha permanente en el tiempo entre el bien y el mal, y que un episodio de la misma fue la guerra del 1936 a 1939, y tanto, que con acierto se la calificó, por quien podía hacerlo, de Cruzada. Su descalificación hecha de modo expreso o el olvido voluntario de esta palabra fue para mi excepcionalmente significativo, sobre todo porque esa descalificación y olvido se hacían desde la Iglesia y desde el Régimen.

Esta es la razón por la cual, yo, que no estaba en el engranaje político, pero si en las obras de apostolado, y en concreto de la Acción Católica, de cuya junta Técnica fui vicepresidente, consideré, como católico y como español, que debía abandonar mi propia celda, a fin de que los españoles no cayesen en ese letargo que, usted lo ha dicho, sufren hoy los españoles.

El combate fue muy duro, y no tanto por la reacción de los que se consideraban enemigos, sino por los que en cargos e instituciones del Régimen estaban entre nosotros, pero no eran, o habían dejado de ser, de los nuestros. Dios quiso darme la fortaleza necesaria para perseverar en el combate, una larga vida para dar testimonio oral, escrito y filmado de la auténtica historia que hemos vivido y estamos viviendo.

Mi conciencia, sin duda, por eso, está tranquila. No así la paz. Sólo los pazguatos, por su indiferencia o por su tibieza, pueden tenerla. Yo no lo soy. Tampoco soy pacifista, que quiere la paz (que puede ser sólo aparente) a cualquier precio. Yo soy pacificador y el pacificador (Mt. 5,9) goza ciertamente de la paz interior al tener su conciencia tranquila, pero combate por la paz social que en la España de hoy no existe, y en la que como dijo Fraga Iribarne “está en juego todo”. La paz por la que yo combato no es la aparente que da el mundo, sino la que Cristo da (Jn. 14,27) y no olvido que son bienaventurados los que trabajan por esa paz  (Mt. 5,9)

 

– P: Don Blas, cada día somos más en AD gracias sobre todo a su impagable aportación, ¿qué podemos decir a nuestros lectores y amigos en este momento en el que nos jugamos tanto?

– R: Deseo decir dos cosas; la primera, un chiste del que soy autor, y la segunda hacer una cita en el catalán de Jacinto Verdaguer.

El chiste imagina una conversación de Josep Lluis Carod Rovira, de Esquerra Republicana de Cataluña, “charnego”, hijo de aragonés y catalana, con el presidente actual de la Generalitat. Aquél manifiesta: “sepa, señor presidente, que yo, a pesar de ser charnego, soy nacional-catalanista, y, por tanto, separatista e independentista”. El presidente, con voz muy airada, le contesta: “y yo MAS”. La cita, de mosén Cinto, catalán y españolísimo, es de alguna manera una convocatoria a quienes se sientan españoles en Cataluña y en el resto de España: “treballa, pensa, lluita; mes creu, espera i ora. Qui enfonse o alça els pobles, es Deu que els ha creat”

Y termino con un grito de esperanza: ¡Viva Cataluña española!

Entrevista a Blas Piñar por “Alerta Digital”. Publicada en la revista Fuerza Nueva. nº 1417.

Máxima responsabilidad de la ruina moral y material de España… ¿Nos ha castigado Dios?

Este escrito, Señor: es un argumento en el que expongo las razones que sirven de fundamento para tal forma de proceder. Un escrito de conclusión a tenor de las probanzas que mantengo.

Por su condición de Jefe de Estado a título de Rey, representante de la Corona que como institución máxima ahorna todo el entramado jurídico-institucional de la nación, e impulsor y propiciador del actual sistema hasta el punto de haberse acuñado a su favor el término “motor del cambio”, empezaré diciéndole que me parece absolutamente sorprendente que nadie le impute la máxima responsabilidad de lo que hoy es España: una nación a la deriva, con gravísimas dificultades para seguir existiendo y casi sin posibilidades de rectificación.

Y digo que me parece sorprendente porque fue usted, Señor, bien es cierto que en compañía de otros, quien diseñó la llamada Transición, de la que ha tomado impulso está ruina que nos precipita al abismo. Que nos precipita al abismo, a no ser, naturalmente, que exista una rectificación y venga marcada por otros principios distintos a los que se han venido sosteniendo, y, además, sea dirigida por otra persona que ya no puede ser usted ni lo que representa. Una rectificación que destruya la obra creada a partir de la conculcación que se hizo del Régimen del 18 de Julio, que usted, Señor, juró solemnemente defender, a través de un delicado y complejo proceso de involución sustentado en el engaño.

Intervenidos económicamente por Europa; sin futuro económico porque toda la estructura productiva se ha destruido o vendido al mejor postor; con una ofensiva independentista casi imposible de parar tanto en Cataluña como en Vascongadas, en esta última región sustentada por un terrorismo al que durante muchos años se ha dejado actuar y que a punto está de conseguir su propósito, e invadidos por una inmigración desbordada que vive a costa del presupuesto social cada vez más mermado e insuficiente que será causa más pronto que tarde de gravísimos problemas de convivencia, todo lo que usted representa, Señor, es un fiasco de proporciones mayúsculas.

Un fiasco sostenido por una Constitución que es el punto de apoyo sobre el que descansa todo el ordenamiento jurídico que consagra un modelo de Estado ciertamente particular, el Estado de las Autonomías, a través de un complejísimo sistema de distribución competencial diseñado por el Título VIII. “Una excepción jurídica y política”, como reconoció en su día el propio Tribunal Constitucional, que ha arruinado a España, y que ha sido y es causa de todo tipo de disensos, imposibilitando en la actualidad una rectificación de rumbo sobre un proyecto común compartido por todas las regiones de España.

Estamos, Señor, ante el verdadero suicidio de España, un contrasentido que prefija el propio Tribunal Constitucional en Sentencia 32/1981:

“… Es obvio que el término Estado es objeto en el texto constitucional de una utilización claramente anfibológica. En ocasiones el término Estado designa la totalidad de la organización jurídico-política de la nación española, incluyendo las organizaciones propias de las nacionalidades y regiones que la integran y la de otros entes territoriales dotados de un grado inferior de autonomía; en otras, por el contrario (artículos 3.º.1,149, 150), por Estado se entiende sólo el conjunto de las instituciones generales o centrales y sus órganos periféricos, contraponiendo estas instituciones a las propias de las Comunidades Autónomas y otros entes territoriales autónomos.”.

Pero usted, Señor, como quienes le acompañaron en la conculcación de la legalidad que acató y juró defender, no vio ni oyó nada. Y no vio ni oyó nada porque en su osadía todo comenzaba con usted, despreciando y tirando por la borda lo que España había conseguido con gran esfuerzo y prudente constancia. De esta forma no escuchó a nadie. A nadie con un mínimo de crédito moral e intelectual que no actuase en función de sus particulares intereses o contra los intereses de España, que en el caso de muchos era palpable y notorio. Y así nos encontramos. Por ende, se alejó del cariño y del respeto que le profesábamos muchos españoles, y hasta tuvo suerte durante años, porque quienes de tal forma seguíamos comportándonos con usted, Señor, lo hacíamos por ser fieles a Franco y en beneficio de España.

Consecuencia de todo lo que venimos comentando es el resultado de lo que hoy padecemos. Que la “marca España” no hay quién la compre, salvo para el proyecto Eurovegas, que no lo quiere ninguna nación de Europa. Somos, y eso es lo que usted representa como Jefe de Estado a título de Rey, una nación corrupta, amoral y arruinada. Una nación cuyos casos de corrupción escandalizan hasta en África. Amoral, por cuanto cada vez estamos más alejados de todo compromiso ético y moral. Y arruinada, hasta el punto de tener que ser intervenidos para seguir existiendo. Con todo, Señor, estamos a la cabeza respecto de nuestros socios europeos en algo: somos el primer país europeo y a la cabeza del mundo en las peores lacras morales que nos están destruyendo, sobre todo en aquéllas que más afectan a nuestros jóvenes (alcoholismo, drogadicción, hedonismo, abortos…), jóvenes que son también los peores formados y preparados para el futuro, lo que nos sitúa aún más en el precipicio.

Señor, ¿cuántas veces nos dijo que íbamos bien? ¿Cuántas veces asoció la marcha de este sistema al logro de fines beneficiosos, aunque dichos fines estuvieran como hemos visto anclados en el derroche económico y el espíritu caciquil de sus políticos y especuladores en autonomías y diputaciones? ¿Cuántas palabras se han pronunciado a favor de estos mismos políticos que nos han llevado a la ruina total, a los que usted mismo ha condecorado con títulos nobiliarios?… Comprenda entonces y convenga conmigo, Señor, que para muchos españoles su comportamiento haya estado presidido por una enorme banalidad.

Por una enorme banalidad porque usted, Señor, como máxima autoridad de la nación ha asumido el plan que se le ha venido imponiendo desde la estrategia que han sustentado ininterrumpidamente esas otras fuentes de energía que junto al motor, que era usted, producía el movimiento de la nación. Una nación que hasta anteayer ha estado sometida al desmadre especulativo y al saqueo del erario público, consecuencia de las durísimas medidas de ajuste que hoy se tienen que tomar, no tanto como consecuencia de la crisis global que padecemos, como de lo dicho anteriormente, sumiendo a la población en una dinámica de angustia de consecuencias y resultados imprevisibles en el corto, medio y largo plazo. Una situación que ni siquiera puede sustentarse en la idea de un pacto que permita un consenso nacional, por cuanto la nación española como tal está política y socialmente fragmentada.

Con todo, no crea que su responsabilidad puede circunscribirse sólo a su condición de Jefe de Estado, aun siendo está responsabilidad más que suficiente. Y no lo es, porque también se debe hablar de su comportamiento más personal, que en aspectos fundamentales no es merecedor de ejemplo, todo lo contrario. Me refiero, Señor, al juramento solemne y libremente manifestado del que después se desdijo. A que con su firma se legalizó el aborto, que es a todas luces una infestación de la obra de Satanás sobre España. De ahí que la Historia pueda calificarle con adjetivos que ningún rey de España debiera ostentar.

Todo ello sin mencionar casos como el de su fortuna personal, tema suficientemente abordado. O las dudas que todavía planean sobre su verdadera actuación el 23-F, poco trasparente a juicio de muchos, incluso desde su círculo más íntimo: el de la propia Reina, su esposa, que le dice a la periodista Pilar Urbano que la actitud del Rey respecto a ciertos generales implicados en el 23-F, antes del suceso, fue “ambigua y poco clara”.

Ni siquiera, Señor, podemos estar orgullosos de su propia familia, de la Familia Real, a la que hoy vemos desestructurada por el divorcio de la Infanta Elena, la situación judicial de su yerno, Ignacio Urdangarín, incluso por el matrimonio del Príncipe Felipe. Razones todas ellas, y cada una en particular, que a más de uno, y a lo largo de la historia, dejó en la cuneta de sus pretensiones, convirtiéndoles en simples porteadores de una Corona que jamás se ceñirían sobre sus sienes, porque la Familia del Rey debía ser ejemplo y modelo para el resto de la nación.

Yo creo, Señor, que Dios nos ha castigado. Y lo ha hecho porque hemos vivido de espaldas a Él. En principio, y como ya he dicho, porque se conculcó un régimen legal de inspiración cristiana que tantos frutos de beneficios sociales, económicos y culturales había dado, y podía seguir dando a la nación. Y en segundo lugar, porque sobre esa conculcación se hizo y se ha venido haciendo todo lo contrario de lo que la recta razón ordena. De ahí que hoy sea meridianamente claro para muchos españoles que sobre el engaño que se ocultó, a fin de trasformar la realidad, se haya conformado una nación virtual y alejada de toda realidad objetiva a partir de un subjetivismo moral que ha dado paso a un relativismo en todos los órdenes de la vida de la nación. Una nave, España, cuyo “motor” hay que cambiar porque está gripado.

Por eso le decía, y le sigo diciendo, Señor, que si hubiese un mínimo de conciencia crítica y nivel moral, incluso si  hubiese patriotismo más allá de nuestros sentimientos por los éxitos deportivos, la población española, engañada, emprendería una campaña contra una presunta Monarquía que ha perdido su representación de la realidad en virtud de su inexplicable claudicación, para poder emprender una rectificación con el bagaje de lo que ya sabemos.

Señor, quienes a lo largo de todos estos años hemos venido sustentando los principios que nunca fallan de Dios, Patria y Justicia reconocemos que siempre hemos tenido razón, toda la razón:

La razón intelectual puesta de manifiesto por don Blas Piñar el 16 de septiembre de 1979 en Medina del Campo, que suscitó un debate dialéctico con don José María Ruíz Gallardón, de la Ejecutiva de Alianza Popular (AP), a través de varios artículos publicados en las páginas del desaparecido diario El Imparcial, posteriormente agrupados en el libro ¿Hacia la III República? (Editorial Fuerza Nueva, 1979), que aporta “una inestimable riqueza de conceptos aclaratorios” sobre la forma de Estado monárquica. Y la razón del sentido común puesta de manifiesto de modo ciertamente espontáneo un año antes en la calle, cuando usted, Señor, realizó su primer viaje a Méjico entre el 17 y 22 de noviembre de 1978… “¡Que se quede en Méjico, en Méjico, en Méjico; que se quede en Méjico y que no vuelva más!”

Pablo Gasco de la Rocha.

Publicado en la Revista Fuerza Nueva. nº 1416.

De la muerte de Carrillo al proceso de independencia de Cataluña…

Termina la Transición, ¿comienza el Apocalipsis de España?

De esta especie de canonización laica que se ha producido a la muerte de Santiago Carrillo se deduce una sola cosa: sin su colaboración entregada, sin el concurso de su sublime sacrificio, hubiera sido imposible la Transición. Porque el coro ha sido unánime: desde la prensa, las radios y las televisiones de izquierdas y de derechas hasta el hombre-masa orteguiano que anda habitualmente por la calle infectado hasta el tuétano de ondas, redes sociales, tabletas, móviles y toda la inmensa caterva del linaje informático, han concluido que los españoles, sin su presencia entre nosotros, hubiésemos estado huérfanos de legitimidad, de principios democráticos, de honradez política, de vergüenza y de verdad histórica.

Ha dado la sensación de que aquella guerra horrorosamente cruda, en la que la persecución religiosa a cualquier nivel fue su principio inspirador, ha sido ganada por el que, con la derrota y la vida salvada, no tenía suficiente: había que darle el víctor de triunfador, la razón histórica y hasta la palma (laica, por supuesto) del martirio. ¿Se imagina alguien a cualquier Rey de las monarquías europeas actuales dándole el pésame a la familia del doctor Mengele, por ejemplo, o a los sionistas de hoy no sólo indultando a Eichmann sino glorificándole por su contribución a la paz y la concordia del género humano?

La verdad igualmente cruda

Carrillo siempre fue una losa para el Partido Comunista, al menos para el que conocemos desde 1977. Así me lo decía a mí el encargado para la Memoria Histórica de este grupo político, que ponía en boca de Paco Frutos, un catalán que fue secretario general del partido, este aserto: “No podremos hacer nada positivo mientras este hombre siga vivo”. Santiago Carrillo, ese gijonés sin oficio ni beneficio, dedicado desde su primera juventud a la lucha política revolucionaria más antidemocrática y criminal que podamos conocer, era hijo de un honrado socialista y buen español: Wenceslao Carrillo. Le traicionó a él, cambiándole por Stalin; traicionó al socialismo, entregándoselo atado de pies y manos al zar rojo; traicionó al general Miaja, echándole las culpas de Paracuellos, de lo que el militar ni se enteró; traicionó a Monzón, dejándole a los pies de Franco en el Valle de Arán con las incipientes incursiones del maquis, por una vez medianamente organizado; traicionó a Grimau por efecto o por defecto, pero lo hizo; traicionó a Moscú con la Primavera (crudo invierno) de Praga; traicionó al Partido Comunista, ya en España, aceptando monarquía, bandera e himno nacional (absolutamente ajenos a él en todo); traicionó a los comunistas que se habían partido el cobre en las primeras elecciones de 1977 y 1979, debilitando el partido y dejándolo en los huesos, y, por fin, como en los viejos tiempos, traicionó de nuevo al comunismo pidiendo el carné del PSOE y uniéndose a las filas de Felipe González, un presidente de Gobierno que había dicho de él que era un “saco de maldad”.

No se le conoció jamás nunca nada a favor de la clase trabajadora, más que palabras. No dejó escrito nada que sea de uso político, histórico, ético o social de cierta trascendencia para las generaciones venideras. No se le conoce más que el arte del embuste, la socarronería y el chascarrillo lleno de perversa ironía. Y no se movió del escaño el 23-F porque el terror invadía sus costuras, según me contaron los guardias civiles que entraron en el hemiciclo y subieron por esa escalera a cuyo extremo, en una de sus filas, se sentaba él. Yo estaba allí. A base de estos materiales sucios se ha hecho la Transición, cuando ésta no comenzó, como dicen los indocumentados o los vilmente interesados, con la Constitución del 78, sino con la España de 1939, que pretendía despojarse y quemar para siempre aquellos ropajes malolientes de la vieja política, cargados de vicios y empapados en sangre inocente. Para ello, para que continuara aquella tarea reparadora, nombraron en 1975, cuando España estaba hecha un bombón, a un Rey joven, limpio, de familia real pero sin los vicios heredados de la República ni de la Monarquía que abandonó su abuelo, dejando una España indefensa y a la intemperie del pistolerismo político. Pero ese monarca refundado para una monarquía con poder, aunque no le hiciese falta para nada la Corona, prestó sus oídos a la defección y a una supuesta aristocracia de la cultura que había bebido en aguas turbias, cargadas, por un lado, de mala conciencia y, por otro, de rencor vengativo. Y así nos va.

Comienza otra etapa

Ya no hay marcha atrás. Urkullu, Mas, o cualquier otro pueden pedir lo que quieran porque saben que enfrente no es que no haya autoridad: no queda nada de España. Del Rey hacia abajo es todo un hilo conductor de electricidad sólo con voltaje para defender un principio, al que llaman democracia, que es el menos democrático que puede existir: si hay referéndum (que lo habrá, aunque se salten a la torera las leyes aprobadas por ellos) no consultarán a todos los españoles, que sería lo lógico, sino sólo a los que han sido inoculados del sentimiento catalanista, que es el menos catalán y humano de todos los sentimientos. Es como si a un cuerpo que ha estado siempre unido le consultan acerca de si le quieren seccionar un brazo. No hay que preguntar sólo al brazo; hay que hacerlo a todo el cuerpo, a ver si está de acuerdo en la separación de éste, que cumple su función en un todo y no en una parte.

Y respecto a Europa no nos vayamos a creer -como nos machacan a diario- que no iban a aceptar a un territorio separado. Falso. Ya hay voces que se manifiestan a favor en el Parlamento y en el Consejo Europeo, y los secesionistas que viven en España lo saben. Juegan con una Europa que está tan políticamente sodomizada como la nuestra, preocupada de la moneda y al margen o por encima de segregaciones o fronteras. Le importa poco que sea matrimonio homo o hetero, con tal de que aporte euros y no se los quite. Rajoy a esta Transición va colgado del estribo, como en los antiguos tranvías. Y al jefe del Estado se le sale el trole. Y es que se han olvidado del primero de los principios (anterior al dios democracia): España es patria, y patria quiere decir tierra de padres. Incluida Cataluña, o Vasconia, o Canarias, o La Rioja. Y para defenderla hace falta un concepto moral que estos seres aparentan desconocer por completo. Esperemos al Apocalipsis, pero más en su segunda creación que en la primera, donde aparece sin la serpiente ni el pecado.

Luis Fernández-Villamea

Publicado en Piedras de toque. Revista Fuerza Nueva nº 1416.

A 79 años del acto fundacional de La Comedia… José Antonio

Basta decir su nombre para saber que se trata de José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia. No hacen falta los apellidos. Esto es así, sin duda, porque José Antonio identifica, con este nombre, a un personaje excepcional, a una figura clave de la historia española contemporánea.

De él hay que resaltar lo que en su biografía política es más importante, aquello que, por ejemplar, tiene magisterio para el día de hoy, tanto entre nosotros como más allá de nuestras fronteras.

El protagonista aparece en el escenario de un teatro madrileño. En “La Comedia” pronunció el discurso fundacional de la Falange. Fue el 29 de octubre de 1933.

Yo era un chaval de 13 años. Vivía en Toledo. En aquel entonces no eran muchas las familias con aparatos de radio en sus casas. Nosotros no lo teníamos, pero supe que podría escuchar ese discurso en la de un matrimonio amigo de mis padres. Vencí todo respeto humano y me fui a ver a esos amigos y a rogarles que conectaran con la emisora.

No he podido olvidarlo. Antes de que hablase  José Antonio, el ambiente en el local, lleno hasta desbordarse, contagiaba a través de las ondas. El locutor hablaba no sólo del lleno absoluto, sino del entusiasmo de quienes se habían congregado en el mismo, y hasta de unas octavillas de adhesión al acto, de jóvenes del Partido Nacionalista de Albiñana.

Oí el discurso con un silencio emotivo. Me impresionó; mejor dicho, me conmovió, y me convenció José Antonio. Interpretaba, daba a conocer, decía en público, lo que yo, un adolescente entonces, pensaba y sentía, y que era, en síntesis, aquello que, sin saber exponerlo con gallardía, aprendí de mis padres y me enseñaron en el colegio.

En el prólogo que tuve el honor de escribir para la sexta, séptima y octava edición del libro de Felipe Ximénez de Sandoval, José Antonio. Biografía apasionada, que editó Fuerza Nueva muchos años después de aquel acto, di una versión similar a la que acabo de exponer.

En Toledo, y en el Cine Moderno, hubo un acto-presentación de la Falange el 24 de enero de 1935. Asistí. Alguien, siendo ya Notario de Madrid, me envió una foto, en la que yo entraba en el patio de butacas, donde, por cierto, no encontré lugar y tuve que subir al “gallinero”.

Habló José Antonio, al que encontré triste, a la vez que brillante. Brillante porque había un público que le vitoreaba y aplaudía, y era lógico que lo agradeciese; y triste porque quien le había precedido en el uso de la palabra no estuvo muy acertado.

Por la tarde se celebró un partido de fútbol, que presencié, entre un grupo de falangistas madrileños y otro de falangistas toledanos.

No tuve ocasión -era un chiquillo- de conversar, ni siquiera de dar la mano a José Antonio.

Hay que situar a José Antonio en su tiempo, es decir en los años posteriores al término de la Primera Guerra Mundial, la de 1914 a 1918. Los cimientos de Europa se estremecían profundamente y la revolución rusa, con la implantación de un régimen comunista que proyectaba el marxismo a las naciones del continente, produjo, como lógica respuesta, el nacimiento y la llegada al poder de partidos políticos que se oponían con valor al desmantelamiento de las mismas.

Estos movimientos políticos se  acostumbra a denominarlos “fascistas”, con ánimo despectivo, y, en general, se entiende que así lo son por significarse políticamente usando las camisas de color (negras, pardas, verdes, azules, doradas).

Sobre ambas cosas quiero pronunciarme, para perfilar la figura de José Antonio y de su partido.

¿Fue José Antonio fascista?  Mi respuesta, “Sí y No”, puede sorprender, pero el que sorprenda no equivale a decir que sea desacertada.

Prescindiendo de lo que la palabra fascista tenga de despectivo, el “Sí” corresponde a una generalización gramatical del fascismo italiano, que abarca y comprende a los partidos políticos antimarxistas y no capitalistas, a que antes hicimos referencia.

Pues bien, lo que tenían en común el fascismo italiano y los grupos políticos a los que así se les califica no era su filosofía política esencial, que era distinta, sino el hecho de pretender y esforzarse en reencontrar las propias raíces nacionales, su identidad histórica; y en última instancia los valores básicos de la civilización occidental.

La calificación de fascismo y de fascista tiene su origen en la propaganda dirigida por Moscú, que arrojó con desprecio una y otra palabra a quienes no militan en la izquierda, e incluso a los que militando en ella, como ocurrió con el POUM, o la FAI, en nuestra guerra, no apoyaban al comunismo “ortodoxo” de la URSS.

La comparecencia, y al unísono, de los movimientos políticos nacionales, hizo que aquellos que alcanzaron el poder en sus países influyeran en los que trataban de conseguirlo. Pero una cosa es ser fascista y otra reconocer la influencia del fascismo. Una cosa es llevar una camisa de un color determinado y otra que el que la lleva sea un fascista. Probablemente es el color de la camisa el que pone de manifiesto su contextura política.

De aquí que la respuesta “Sí y No” no sea contradictoria. José Antonio y la Falange fueron fascistas, si con esta denominación se engloba a los movimientos políticos nacionales surgidos después de finalizar la guerra de 1914 a 1918. Pero ni José Antonio ni la Falange fueron una sucursal española del fascismo italiano.

Tampoco, ni mucho menos, fue José Antonio un discípulo aventajado de Adolfo Hitler.  Si el nacional-socialismo hizo de la raza el pedestal supremo del nacionalsocialismo; si el fascio nació y creció al servicio del lema “todo en el Estado”, si incluso -aunque desde un planteamiento diferente- el Partido Comunista lo hizo en la clase obrera, José Antonio, que fundó un movimiento nacional-sindicalista, reconoció la importancia de los cuerpos intermedios, y proclamó que, políticamente, el hombre ha de ser considerado ante todo como un ser portador de valores eternos.

Más cerca estuvo el fundador de la Falange del rexismo belga de León Degrèlle, y de la Guardia de Hierro o Legión de San Miguel Arcángel (pues con ambos nombres fue conocido), que fundó en Rumanía Cornelio Zelea Codreanu. En ellos, como en José Antonio, está vivo el propósito de aproximar en la medida de lo posible la Ciudad del hombre a la Civitas Dei.

Esta vinculación del hombre portador de valores eternos a la “polis” la puso de manifiesto José Antonio de un modo admirable al configurar al falangista, no como un militante de los partidos políticos de la democracia inorgánica, al que se entrega un carnet, que paga una cuota mensual, que participa en unas elecciones, como elector o elegible, sino como persona que se juega en esta vida su futuro eterno. José Antonio quería un militante sui generis; mitad monje y mitad soldado; no para dividirlo, como le han criticado algunos, sino para completarlo interiormente y fortalecerlo. Para José Antonio, ser monje es tanto como ser un soldado de Cristo, y ser soldado dispuesto a dar la existencia por la esencia.

Si a la imputación despectiva de fascismo se acompaña, de ordinario, la de extrema derecha, conviene que no olvidemos esta palabra, que se pronuncia o escribe como un insulto, porque José Antonio, como quienes comulgamos con  su doctrina, ni siquiera fue de derechas, que es una forma de ser liberal; José Antonio, que detestó el liberalismo -tal y como lo hicieron en repetidas ocasiones los romanos Pontífices- superó el binomio derecha-izquierda de la Revolución Francesa, invocando como valores fraternos lo nacional y lo social, bajo el signo religioso. La sociedad que contemplaba José Antonio no puede, ni debe, concebirse como una cuerda de cuyos extremos tiran dos grupos antagónicos, y que acaban rompiéndola, sino una sola cuerda de la que todos, a la vez, tiran en un solo sentido, sumando fuerzas. Esa es la razón del combate por la Patria, el Pan y la Justicia. Por eso, los Sindicatos verticales deben sustituir a los que no lo son, a los que estimulan la lucha de clases y el enfrentamiento de patronos y obreros, y producen el paro y el cierre de las empresas.

José Antonio pretendía -como asumió de Ramiro Ledesma Ramos- la “nacionalización de los trabajadores”.

Su definición de la Patria española como unidad de destino en lo universal revela el modelo de la unidad del hombre, y comprende dos cosas: de una parte, que la unidad de lo diverso se hace a imagen y semejanza del único Dios omnipotente y trinitario porque lo es en tres Personas consustanciales, distintas, y de otra, que el respeto y el amor a la unidad de lo diverso enriquece y fortalece a la Patria. Así lo ha demostrado nuestra historia.

Esta concepción de la Patria exige una política exterior determinada, que sólo existe cuando es resultado de una política interior. Aquélla es el fruto lógico de ésta, como el semblante lo es de la salud.

Por eso, la doctrina joseantoniana se pronunció contra el separatismo que mutila o fragmenta a la Patria, así como contra el propósito de deshacerla espiritualmente, al perder su identidad, ya que ella forma parte de la diversidad interna, que no la divide territorialmente, y no debilita el espíritu de la nación.

Otro tema sobre el que estimo que es necesario prestar atención, pues se presenta confuso, o prejuzgado, es el de Monarquía o República. ¿Era José Antonio monárquico? ¿Era republicano? Es cierto que estimaba que el 14 de abril de 1931 había fallecido la Monarquía, pero también es verdad que monarquía no es lo mismo que régimen monárquico. La prueba es que el yugo y las flechas, las de un régimen monárquico, fueron escudo e insignia de su movimiento político.

El tema a estudiar no es semántico, de dos palabras contrapuestas, sino del contenido político de las mismas, ni tampoco de llamar al jefe del Estado Rey o Presidente. Si es el contenido político lo que importa, hay que saber que hay monarquías absolutas, monarquías liberales, monarquías parlamentarias y monarquías que llamamos tradicionales. Igualmente hay repúblicas que se apellidan de manera similar. En uno y otro caso hay monarquías republicanas y repúblicas monárquicas.

Hay monarquías de nombre y que son “repúblicas coronadas” como dijo de la nuestra, y con acierto, Manuel Fraga, o coronas sin monarquía, y hay repúblicas monárquicas que se encubren con el gorro frigio. De aquéllas son ejemplo las monarquías de los países del norte de Europa y de las segundas las repúblicas presidencialistas.

En el caso de España, la Transición rupturista se hizo disfrazando de monarquía el régimen actual, y el disfraz tuvo tres piezas: la corona, el himno (la Marcha real) y la bandera roja y gualda, que aceptaron incluso los comunistas.

Para entenderlo hay que contemplar dos Sistemas, el de la unidad del poder o el de la separación e independencia de tres poderes. Con este último lo que se pretende es que el poder único no se convierta en absoluto, despótico y tiránico. La Revolución francesa quiso sustituir el “Estado soy yo” de Luis XIV, por el triunvirato de tres poderes, a saber: el legislativo, el ejecutivo y el judicial.

Esta independencia, para evitar el abuso, ha fracasado, y no pocas veces, una de ellas, en la España de hoy. El fracaso se debe a que esos poderes se enfrentan, y uno de ellos acaba adueñándose de los otros de tal forma que el judicial se politiza, o el ejecutivo se judicializa, o el legislativo se impone al ejecutivo y al judicial.

Quienes han luchado para evitar el abuso del poder, fragmentándolo, ignoran, o han rechazado sin ignorarlo, que hay otro modo de evitar sus abusos. Tales limitaciones del poder proceden de arriba y de abajo, considerando, por lógica, que los llamados poderes no son otra cosa que funciones del mismo, ordenados al bien común y al servicio de la nación.

La limitación de arriba procede de la ley natural y de la moral objetiva, y por tanto, de los valores innegociables. La limitación por abajo procede de la soberanía social, que respeta y acepta aquellos y no los quebranta.

Nadie, creo yo, como Santo Tomás de Aquino, nos da noticia del mejor régimen político, que no es otro que aquél en el que se dan cita tres principios, a saber, el monárquico, el aristocrático y el democrático.

El monárquico, es decir, como su nombre indica, la unidad del poder; el aristocrático, o sea del gobierno de los mejores; y el democrático, que se hace presente de forma participada en un referéndum o representado, a través de elecciones, para cubrir los escaños de las Cámaras o Cámaras legislativas.

Otro aspecto que conviene subrayar es el de la actitud de José Antonio con respecto a un entendimiento con otras fuerzas políticas, que podemos llamar nacionales. Si en principio el punto 27 de la Falange se pronunciaba de una forma aislacionista, la maduración de su pensamiento y la situación de la España de entonces le llevó a un cambio de postura, al pedir un Frente Nacional con los tradicionalistas, lo que era tanto como reconocer en el tradicionalismo parte de su doctrina política, así como una fuerza de profundas raíces nacionales, que muchos años antes de la guerra europea que concluyó en 1918 había luchado y combatido por una España fiel a sí misma.

No sé si estuvo o no a punto de llegar a un acuerdo, ni siquiera si hubo o no conversaciones para lograrlo, lo que sí sé es que con el nombre de “Tyre” comparecieron en diversos actos los tradicionalistas y militantes del partido monárquico Renovación Española.

Lo que sí tuvo importancia de cara al futuro es que la propuesta joseantoniana de un Frente Nacional dio más tarde su fruto. A mi parecer, puso de relieve que los términos tradición y revolución no eran incompatibles, si la tradición no es inmovilismo y si la revolución no es revuelta.

La revolución es un revolver -volver de nuevo- en busca del pasado que nos dio vida y prestigio, y tradición es inspirarse en ese pasado para construir el futuro. No hacer, como decía José Antonio, lo que ellos hicieron, sino lo que ellos harían en el tiempo presente. Hay pues una tradición revolucionaria, y una revolución tradicionalista, y, esta última, es la puesta al día, el aggiornamento justo y necesario de enfrentarse con una situación nueva y con los problemas graves de una época distinta. José María Codón, tradicionalista, escribió un libro que se publicó por Fuerza Nueva Editorial, en su segunda edición de 1978, que se tituló: La tradición en José Antonio y el sindicalismo en Mella. Con esta argumentación he sostenido que José Antonio convocó a una revolución nacional impregnada de tradicionalismo.

Claro es que esta opinión tiene su base en una distinción: que carlismo y tradicionalismo no se identifican y que uno y otro no se refieren a lo mismo. Yo entiendo que se puede ser tradicionalista sin ser carlista. Para darse cuenta de ello basta acogerse a la legitimidad de origen y a la de ejercicio. Aquella tampoco se identifica con ésta. Mas una  legitimidad de origen se invalida cuando falla la de ejercicio.

El carlismo no puede negarlo, porque, como en el caso del pretendiente a la corona, Carlos Hugo, que, perteneciendo a la dinastía legítima, era un admirador del comunista Tito, pedía la inserción de Navarra en Euskadi, y tuvo un grupo de seguidores que se integró en Izquierda Unida. Creo que esa conducta da cuenta de que se puede ser de la dinastía legítima y no estar de acuerdo con la legítima tradición. La Comunión tradicionalista que permanece fiel denuncia este tipo de carlismo.

El auténtico carlismo no es fiel a un monarca que no ocupa la corona y que está en el exilio, sino que lo es en tanto en cuanto mantiene su fidelidad a la tradición. Por eso ha habido y hay un tradicionalismo que no tiene que ser necesariamente carlista. El tradicionalismo de Balmes o de Menéndez y Pelayo no puede negarse, y lo eran tanto como Vázquez de Mella o Victor Pradera.

Esta bandera “alzada” por José Antonio se hizo visible en el trance doloroso de la guerra; trance en el que  estaba en juego la existencia de España.

En el tomo III de mi libro Escrito para la historia escribí que “Siempre entendí que el Movimiento Nacional era el Amazonas ideológico y beligerante que recogió, como afluentes, el caudal de las fuerzas políticas que contribuyeron con su doctrina y sus voluntarios al Alzamiento, a la Cruzada y a la construcción del nuevo Estado. En esta línea de pensamiento y acción se condujeron  Fuerza Nueva  y el Frente Nacional y, como es lógico, yo mismo. Recoger los caudales me pareció lógico y necesario. Retroceder hasta las fuentes de origen, para desviar el cauce, lo estimé suicida. La innata tendencia a la diáspora, que tanto mal nos ha hecho, había que contrarrestarla. Dada nuestra forma de ser y nuestro talante, se impone incrementar la fuerza centrípeta, evitando así la  connatural dispersión que la fuerza centrífuga conlleva; aunque reconociendo explícitamente que no es lo mismo unidad que uniformidad.

“Esta unidad sin uniformidad era exigida en este caso por la sangre  vertida en común, tanto en las trincheras, con su héroes, como en la zona roja, con sus mártires, como por el hecho bien significativo de aquel 20 de noviembre de 1936 en Alicante, es decir, junto al Mediterráneo, por donde llegaron a España la Fe y la Cultura. Aquel día fueron fusilados, junto a José Antonio, dos falangistas, Luis Segura Baus y Ezequiel Riva Iniesta, y dos tradicionalistas, Vicente Muñoz Navarro y Luis López López, que habían tratado, aunque sin éxito, liberar al fundador de la Falange, Conviene señalar que Luis López fue detenido por haber dado refugio en su casa al jefe de Falange de Orihuela, Antonio Piniés y Roca de Togores.”

Franco lo entendió así, aunque no lo entendieran todos; pero los enfrentamientos acaecidos en la zona roja no se produjeron en la nacional, y aquellos, en gran parte, contribuyeron a la victoria del 1 de Abril de 1939.

Es muy significativo que el Príncipe Javier de Borbón Parma, en carta que tengo en mi poder, fechada en París el 30 abril 1937, recién publicado el Decreto de Unificación de las fuerzas políticas, comunicaba a Franco su “empeño de cooperar eficazmente al anhelo de unidad política a que responden sus últimas disposiciones”. La carta fue entregada personalmente al Caudillo por don Rafael Olazábal.

Dos españoles muy representativos como Manuel Fal Conde y Manuel Hedilla, más tarde, reconocieron que Franco acertó, y no sólo porque requetés y falangistas, sus tercios y banderas, continuaron combatiendo unidos, sino porque puedo dar testimonio de cómo ambos vieron con verdadera simpatía a “Fuerza Nueva”, nacida en 1966, cuando el proceso dinamizador del régimen franquista estaba en ejercicio.

A Fal Conde le conocí en la concentración tradicionalista de Montejurra, de 5 mayo 1963. Terminado el Vía Crucis, hubo un almuerzo en el restaurante El Oasis. Me pidieron que hablara. Mi discurso se publicó íntegramente en las revistas Boina Roja y Montejurra.

José María Valiente, que era el Delegado Nacional de la Comunión Tradicionalista, clausuró el acto, y se expresó así: “Don Blas Piñar, invitado de honor, ha dicho que no es carlista. Pero se ha ganado las grandes ovaciones de los carlistas. Don Manuel Fal Conde, mientras hablaba don Blas Piñar, me ha escrito estas palabras en una servilleta del banquete: `Pensar así, sentir así, y expresarse así, es ser carlista´”.

Después, en abril de 1966, visité en Sevilla a Fal Conde. “Estaba operado de tráquea. Le era difícil hablar. Nos entendimos perfectamente a pesar de ello. Le expuse mi proyecto de fundar la revista Fuerza Nueva, y le expliqué lo que sería su ideario. Me brindó su apoyo. Más aún, me prometió, y cumplió su promesa, de hacerme llegar la dirección de mil tradicionalistas, a los que podía escribir en su nombre, a fin de darles cuenta del proyecto y pedirles que se suscribieran. Así lo hice”. (La pura verdad. Tomo III de la colección Escrito para la Historia. Págs. 75 y 76.)

Por su parte, Manuel Hedilla vino a verme a la sede de Fuerza Nueva, que entonces estaba en un piso de la casa nº 17 de la calle Velázquez de Madrid. “Estuvo muy amable. Fue explícito al exponerme su idea y sus proyectos sobre el Frente Nacional de Alianza Libre, que él patrocinaba. Me habló de sus contactos con los carlistas, que no puedo asegurar si ingresaron o no. Yo le agradecí su deferencia hacia nosotros, y le expuse mi punto de vista sobre el papel que podíamos desempeñar en la tarea -bien difícil por cierto- de aglutinar a las Fuerzas nacionales. Él lo entendió perfectamente. Y, por un lado, aquella no fue la única visita que nos hizo, y, por otro, mantuvimos contacto permanente con alguno de sus más íntimos colaboradores, como Patricio González de Canales, que suscribió la convocatoria para un homenaje que me ofrecieron el 15 de diciembre de 1971,             que dio una conferencia en nuestro local, el día 27 de enero de 1972, sobre La Casa de Toledo y que en nuestra Revista publicó un comentario al punto nº 10 del programa de Falange (nº 264, de 29 de enero de 1972”. (Obra citada, págs. 103 y 104).

La repercusión política a escala internacional de la obra de José Antonio, creo que nunca ha sido estudiada a fondo. Fue importante y me gustaría tener tiempo, y posibilidades de realizarlo. Como puede suponerse esa influencia la tuvo en Europa y especialmente en Hispanoamérica. En la doctrina de José Antonio se basaron movimientos políticos y personalidades muy destacadas, que manifestaron su admiración por ella.

El hecho es que, quienes podemos considerar herederos ideológicos de los que le condenaron a  muerte, destruyeron el monumento que tenía en Valencia, el 18 de febrero de 1971. Ante la nula reacción oficial por el atentado, que era además un desafío, Fuerza Nueva hizo una convocatoria para protestar por el ultraje, el 31 de marzo de 1971, ante la casa número 24 de la calle Génova, en la que nació José Antonio. “Hubo que improvisar, como escenario, un vehículo todo terreno. Era de noche y lloviznaba. La gente respondió a nuestro llamamiento. Dimos prueba de que éramos capaces de suplir omisiones graves de quienes por oficio, y,  en principio por vocación, debieron haber hecho lo que nosotros hicimos. La sede de la jefatura provincial del Movimiento, inmediata al lugar, estuvo cerrada a cal y canto. El que más tarde apoyaría la Reforma política, Tomás Garicano Goñi, ministro de Gobernación entonces, nos impuso, como premio, una multa de 50.000 pesetas.” (Obra citada, pág. 109).

Nuestra fidelidad a José Antonio la destacó su hermana Pilar, presidenta de la Sección Femenina, en varias cartas que conservo. Transcribo la última, que es de 1985: “Querido Blas: Quiero agradecerte con estas letras el recuerdo que siempre tenéis en vuestro centro y en vuestra revista para José Antonio. No todo el mundo mantiene esa fidelidad en recordar su memoria. Muchas gracias, con un abrazo de Pilar Primo de Rivera”.

Blas Piñar

Publicado en el nº 1416 de la revista “Fuerza Nueva”

En torno a la dignidad. Blas Piñar

La polémica que ha suscitado el 15 M, y las concentraciones y manifestaciones a que ha dado origen, incitan a poner la atención sobre la dignidad y la indignidad, ya que, a mi modo de ver, hay indignados dignos e indignados que no lo son.

La primera pregunta que yo me he formulado a mí mismo es ésta: Si se habla, como lo hace la Declaración Conciliar Dignitatis Humanae, de la dignidad de la persona humana, dando la impresión de que esa dignidad, en todo caso, es inherente a ella, puede llegarse a la conclusión de que son igualmente dignos Francisco de Asís, el santo, y José Stalin, el genocida, pues ambos eran personas humanas, y hasta, incluso, que San Miguel, el arcángel, y Satanás, el rebelde, son igualmente dignos, pues son de la misma naturaleza.

Las cosas no son así y conviene, para evitar la confusión que se ha producido, distinguir entre naturaleza y persona; lo que se advierte en que, por ejemplo, hay muchos objetos que son de cristal, pero de tamaño y destino diferentes, y que, de igual modo, los naipes de una baraja son de cartulina, y los hay de oros, copas, espadas y bastos.

A nivel mucho más elevado, hay naturaleza angélica y ángeles, separados y distintos, por gracia y gloria, de coros diferentes, alcanzando el mayor rango los querubines y serafines. Pues bien, la naturaleza angélica, la de seres espirituales, la conservan los ángeles rebeldes, a pesar de haber sido expulsados de la Cívitas Dei y arrojados al infierno por toda la eternidad.

A nivel humano, el planteamiento conviene que lo hagamos a partir del texto de la citada Declaración Conciliar, que en su nº 2, dice: “el derecho a la libertad religiosa se funda realmente en la dignidad misma de la persona humana, (y por lo tanto) no en la disposición subjetiva de la persona, sino en su misma naturaleza”.

La utilización de las palabras naturaleza y dignidad da la impresión de que aquélla es siempre digna, y, por consiguiente, el fundamento de la más plena libertad religiosa, con la limitación del orden público, que se maneja como equivalente a la moral objetiva por el propio texto conciliar, que exige que la libertad religiosa debe ser reconocida como un derecho civil.

Es sorprendente y curioso que esta amplitud del derecho a la libertad religiosa, basado en la dignidad de la naturaleza humana, coincida prácticamente con el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos humanos, de 10 de diciembre de 1948, que dice:

“Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia, de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión y de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.

Señalada esta significativa coincidencia, parece lógico que, con respecto al binomio naturaleza y dignidad humanas, examinemos la cuestión a partir del Génesis. Este examen contempla la dignidad congénita, la dignidad de la naturaleza humana de Cristo y de María, y la dignidad del hombre después del pecado original. Dios -divino alfarero- “le modeló del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida”. Se trata de un Dios trinitario que se pronunció así: “hagamos -en plural- al hombre a nuestra imagen y semejanza… (y) varón y mujer los creo” (1; 26,27 y 2,7).

De estos versículos debemos partir para entender que la palabra hombre hace referencia a la naturaleza humana, y que ésta dió origen a dos seres diferentes, un varón y una mujer. La naturaleza humana se personifica en Adán y Eva. De ellos, y cumpliendo el mandato divino “sed fecundos y multiplicaos” (Gn.1, 28), procede la naturaleza de todo el género o linaje humano.

Ahora bien, siendo humana la naturaleza de cuantos nos integramos en dicho género humano, por ser distintos los genes de cada uno, la naturaleza no es igual en todos. De ahí, que haya varones y hembras, altos y bajos, blancos y negros, listos y tontos, etc.

En la civitas hominis, que fue el Paraíso terrenal, nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica que “nuestros padres fueron creados buenos, constituidos en amistad con su Creador, en armonía consigo mismo, en estado de santidad y participación de la vida divina” (nos. 374 y 375); y de este modo se expresa, luego de proclamar “que por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona (y que) no es solamente algo, sino alguien” (nº 357), pero alguien con una naturaleza ab initio sobrenaturalizada.

Creo con toda sinceridad que la alusión a “algo” y “alguien”, hace luz sobre la no identificación de la naturaleza con la dignidad.

La dignidad en la naturaleza y en la persona alcanza el supremo grado en dos supuestos, el de Jesucristo y el de la Virgen María.

En Jesucristo contemplamos una naturaleza humana, pero asumida hipostáticamente por una persona divina. La naturaleza humana de Jesús es única, excepcional y sui generis. Fue concebida en el seno de María, sin concurso de varón, por obra y gracia del Espíritu Santo, y María no podía transmitir el pecado original, porque fue inmaculada en su propia concepción. La muerte de Jesús como hombre no fue la consecuencia del pecado. Fue para hacer posible la redención de los hombres.

A la naturaleza humana de Cristo se refiere San Pablo cuando dice que en ella “habita la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col. 2.9). Nunca pudo llegar tan alta la dignidad de una naturaleza humana.

En María esta dignidad alcanza a todo su ser como criatura a redimir, pero de una criatura que, destinada a ser la Madre de Dios, fue concebida sin pecado original de un modo irrepetible, a saber, por la anticipación de los méritos redentores de Jesús. De una orilla del río se pasa a la otra nadando y, por consiguiente, mojándose, pero también puede pasarse andando sobre un puente. A esto hay que añadir que la concepción en María (es decir, que la naturaleza humana que albergó su seno) fue virginal, sin concurso de varón y que su naturaleza (la de María) no dañada por el pecado, la podía transmitir intacta asumida por su Hijo.

En la persona de María, y con la capacidad máxima de una criatura, pero cualitativa, la naturaleza humana merece, como nos recuerda San Lucas, que el ángel Gabriel la llame “llena de gracia” (1.28).

Entiendo que es de sentido común centrar nuestra atención sobre la naturaleza humana, la nuestra, en la etapa histórica de libertad in status naturae lapse, que comienza con la expulsión del Paraíso, ya en pecado, y concluirá en la jornada de la Parusía y del Juicio Universal. Estaremos de acuerdo en que algo muy grave había afectado y sigue afectando a esa naturaleza. El pecado de quienes fueron origen de la humanidad no sólo fue un pecado personal, sino original y originante, que se trasmite en el momento de la concepción.

La naturaleza humana, in status naturae integrae, individualizada en Adán (el varón) y en Eva (la mujer), en dos personas, vincula al cuerpo y al alma, y en el estado de gracia del Paraíso, la inmortalidad de ésta, como espíritu, era compartida por aquél, en virtud de un don preternatural.

Es Santo Tomás el que nos enseña que “Dios creó al hombre en estado de perfección, con una ciencia completa sin sombra de error en su inteligencia; con justicia original y todas las virtudes en su alma y en su corazón; con el imperio absoluto del alma sobre el cuerpo y sobre toda criatura inferior al hombre” (9: 94, 95 y 96)

¿Cabe mayor desbarajuste de la primitiva naturaleza humana que su escisión, que la separación del alma del cuerpo, que, perdida su inmortalidad, vuelve a la tierra, pues como dijo Dios a Adán: “de la tierra fuiste sacado; pues eres polvo y al polvo volverás”. (Gn. 3, 19)?

Adán y Eva eran, pues, dos personas de naturaleza humana (cuerpo y espíritu) de altísima dignidad, auténticos iconos Dei, hijos de Dios, y templos del Espíritu Santo. La dignidad se atribuía tanto a la naturaleza como a la persona de cada uno de ellos. Esta doble dignidad estimo que no puede seguir atribuyéndose sin más explicaciones a la naturaleza y a la persona después del pecado original.

El pecado original produjo, según leemos en los números 399 y 400 del mencionado Catecismo, “la pérdida de la santidad, el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo (y) la muerte que hace su entrada en la historia de la humanidad”.

Ante ese estado de desequilibrio interno, y de desarmonía exterior, hay tres respuestas contradictorias. Según una, el pecado de origen no se trasmite por generación, porque fue un pecado personal, y que si se peca es por imitación o contagio. Según otra, diametralmente opuesta, el pecado primero corrompió la naturaleza humana, de tal modo, que no puede borrarse, sino tan sólo cubrirse, con los méritos de Cristo. Según la tercera, basta con las obras buenas para borrar el pecado, sin necesidad de recurrir a ayudas sobrenaturales.

Pues bien; como se aclaró en el Concilio de Trento, la corrupción de la naturaleza humana no fue total. La naturaleza humana, como consecuencia del pecado, quedó maltrecha, debilitada, enferma por dentro y herida por fuera. Así sucede con el hombre, que estando en peligro de morir sigue siendo hombre y puede, con una terapia correcta, recobrar la salud. A las heridas del alma alude también Santo Tomás y enumera como tales “la ignorancia, la malicia, la flaqueza y la concupiscencia” (9:85, a 3)

En el mismo sentido se pronuncia la Constitución Gaudium et Spes, del Vaticano II, que en su número 22 dice que “la semejanza divina del hombre fue deformada por el pecado, que al producir un desequilibrio fundamental en el corazón hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo”.

Es cierto que, como señala la Declaración Dignitatis Humanae, los “principios del orden moral fluyen de la misma naturaleza humana (nº 14), y que “todos los hombres son impulsados por su propia naturaleza a buscar la verdad, teniendo la obligación moral de buscarla” (nº 2); pero también es cierto que la libertad humana herida por el pecado (Gaudium et Spes, nº 17) la esclaviza; y de tal modo, que el propio Concilio Vaticano II reconoce que “con mucha frecuencia los hombres engañados por el Maligno, se envilecieron con sus fantasmas y trocaron la verdad de Dios en mentira, (Lumen Gentium Nº 16).

Es San Pablo el que pone de manifiesto la situación actual de la naturaleza humana, cuando escribe refiriéndose a sí mismo: “según el hombre interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros” (Rom. 7.24).

Prácticamente, el texto paulino se reproduce por la ya citada Constitución Gaudium et Spes en su número 13, del siguiente modo. “El hombre cuando examina su corazón, comprende su inclinación al mal. Es esto lo que explica la decisión del hombre. Toda la vida humana… se presenta como lucha y por cierto entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas”, es decir, entre la civilización del amor y la cultura del odio, entre el misterio de la gracia y el misterio de la iniquidad.

No parece lógico, por todo ello, que el derecho a la libertad religiosa tenga como fundamento una naturaleza humana herida en desequilibrio íntimo y en combate permanente. No son lo mismo, como base, la arena movediza que la roca firme.

Quedaría incompleta la exposición que acabamos de hacer si no la completásemos con aquello que nos enseña la Revelación. La misma pone de relieve que Dios, justo y misericordioso, no podía comportarse de modo igual con los ángeles que con los hombres. Aquéllos (miríadas) son seres puramente espirituales, que estaban en la Cívitas Dei, mientras que los hombres, con otra naturaleza (cuerpo y alma), Adán y Eva, eran los únicos ciudadanos de la civitas hominis del Paraíso terrenal. Ellos fueron tentados y engañados por un ser de naturaleza superior a la suya.

Los ángeles no fueron víctimas de una tentación ajena, sino de una tentación de soberbia y rebeldía, procedente de ellos mismos.

El castigo que merecieron los ángeles rebeldes y los hombres, en justicia, no podía ser el mismo. A los primeros se les arrojó al infierno por toda la eternidad, mientras que los segundos (Adán y Eva, y con ellos su descendencia) se les expulsó al Valle de lágrimas, y aunque perdieron la inmortalidad del cuerpo, se les prometió que resucitarían, y la vuelta, no al Paraíso perdido, como lo califica John Milton, sino el ingreso en el Paraíso celestial.

El  hombre, después del pecado original, se ve acosado por tres enemigos del alma, que son el mundo, el demonio y la carne; y los tres tan poderosos que su naturaleza, debilitada por la inclinación al mal por las tres concupiscencias, de la carne, de los ojos y la soberbia de la vida (por el fomes peccati), consigue que el hombre peque y se haga indigno de la gracia.

Si a esto hay que añadir la rebelión del Cosmos contra los que habían sido rebeldes, se explica la situación dramática y angustiosa del hombre. Si Dios dijo a Adán y Eva “someter la tierra” (no destruirla) la tierra protestó y sigue protestando contra los que no se sometieron al mandato divino al comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Así lo demuestran las sequías y las inundaciones, las erupciones volcánicas y los terremotos.

¡Qué elocuentes las palabras de San Pablo, al hacer referencia a esta rebelación cósmica que produjo el pecado: “(la creación fue) sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, gimiendo y sufriendo los dolores del parto (aunque tenga) la esperanza de ser liberada de la corrupción” (Rom. 8.18)

Por otra parte, el pecado -el originante, y los personales-, inciden en la sociedad porque el hombre no puede suprimir su apellido social. La corrupción, detectada históricamente, y que hoy nos arrolla, acelerada y generalizada, hasta convertir la ciudad del hombre en una societas diaboli, tiene -con sus consecuencias catastróficas- los ejemplos de la que quiso construir la torre de Babel, la del tiempo que precedió al diluvio universal y los de Sodoma y Gomorra.

Ante esta realidad, el Dios justo y misericordioso aplicó la terapia que la justicia y la misericordia le pedían, y he aquí la terapia reparadora de la naturaleza humana ofrecida a cada persona; y que cada persona libremente acepta o rechaza.

Veamos:

Dice la Constitución Gaudium et Spes, que “el hombre se nota incapaz de domeñar con eficiencia, por sí solo, los ataques del mal, hasta el punto de sentirse aherrojado entre cadenas” (nº 13), y que “la semejanza divina del hombre fue deformada por el pecado” (nº 22).

Dios, que tiene constancia de que el hombre no puede, con su libertad debilitada por el pecado, mantener la dignidad original, “vino en persona”, la del Hijo, a liberar y vigorizar al hombre, renovando interiormente y expulsando al príncipe de este mundo que le retiene en la esclavitud del pecado impidiéndole alcanzar su plenitud” (Gaudium et Spes, nº 13). Esta plenitud se alcanza, cuando la naturaleza humana se dignifica en el hombre concreto, es decir en la persona que tiene un comportamiento digno, combatiendo victoriosamente “las inclinaciones depravadas de su cuerpo” (Gaudium et Spes, nº 13).

El Señor -además- ofrece al hombre los méritos de su Pasión y su Cruz, su Palabra, la Iglesia, los sacramentos, su presencia personal en la Eucaristía hasta el fin de los tiempos, los ángeles custodios y su Madre. Cada persona puede aceptar este múltiple y eficacísimo ofrecimiento, mantenerse en la dignidad de su naturaleza bautizada, o recuperarla por la Confesión o la Santa Unción, pero también puede rechazarlos, en cuyo supuesto no desaparece su indignidad. La dignidad no se recobra ontológicamente por la naturaleza humana, por sí misma, sino por la voluntaria asunción de la gracia. Para recobrar esa dignidad, que por sí solo no logra (porque es una naturaleza caída en íntimo debate), el Señor ofrece al hombre su gracia, por obra del Espíritu Santo y dador de la vida divina, en la concepción bautismal en el seno de la Madre Iglesia. Se trata de la concepción del “hombre nuevo”, de que habla San Pablo. No es, por lo tanto, la dignidad un antecedente de la libertad, sino el resultado concreto en cada persona de la oferta e invitación que Dios le hace. Son los actos dignos los que dignifican la naturaleza, y los indignos lo que mantienen la indignidad; y actos dignos son aquellos con los que se busca o sirve a la Verdad, así como aquellos otros con los que se hace el bien.

“Dios quiere que todos los hombres se salven y vengan en conocimiento de la verdad” (I, Tim. 2) y Cristo dijo: “Yo soy la verdad” y he derramado mi sangre para que podáis recobrar la imagen y semejanza divinas y seáis hijos de Dios. Esa sangre derramada y ofrecida a todos, pro omnibus, sólo aprovechará, sin embargo, a muchos, pro multis (Mat. 10.45), de igual modo que sólo apagan la sed los que beben el agua de un manantial que nunca se agota.

Cristo ha venido, dice San Pablo, a liberarnos de la ley del pecado y de la muerte (eterna), pero esta liberación exige actuar de acuerdo con el Espíritu (V. Rom. 7.14 y 8.2/4), llevando “una vida digna de Dios” (I Tes. 2.12) “tranquila y sosegada” (I. Tim. 2.2).

El hijo pródigo perdió su dignidad “dejando la casa del padre, marchándose a tierra extraña, derrochando su fortuna y viviendo perdidamente” (Lc. 15.13). Se hizo indigno; y así lo confiesa al arrepentirse y regresar a la casa del padre exclamando: “He pecado contra el Cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo; y al padre se le conmovieron las entrañas, y echando a correr, se le echó al cuello y le cubrió de besos. El hijo que le tenía por muerto ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado” (Lc. 15, 20:24).

La dignidad de hijo no la recobra hasta que reconoce su indignidad. La indignidad no da como fruto la dignidad, sino que la da el acto digno, el arrepentimiento, la vuelta a casa del Padre, y su humilde confesión.

La dignidad se tiene y se recobra por lo que podríamos llamar la Teología del “Si”, manifestado por el “hágase tu voluntad y no la mía”. La Teología del “No” es evidente cuando se rechaza con desprecio y soberbia el generoso ofrecimiento de Dios.

El problema suscitado por el texto de la declaración Dignitatis Humanae se debe, a mi parecer, al manejo, sin la claridad suficiente, de las palabras “naturaleza” y “dignidad”, por una parte, y en confundir “dignidad” con superioridad.

Yo entiendo que un arzobispo, un general, un ministro, un embajador son superiores, por su cargo, a quienes son sus subordinados; tienen una investidura de dignatarios, y ello a pesar de ser indignos en su comportamiento. De modo semejante, el genocida o el corruptor de menores, no obstante sus actos indignos, siguen siendo superiores, en cuanto a su naturaleza humana, a los animales.

En resumen, la naturaleza humana en la época histórica que nos ha tocado vivir no lleva consigo su dignidad. La naturaleza humana se hace digna por los actos dignos de la persona.

A esto hay que añadir que si el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios Trino, el hombre, en virtud de esta imagen y semejanza, es un ser social, un animal político, como dice Juan Antonio Widow. La civitas hominis del Paraíso lo fue a imagen y semejanza de la Civitas Dei. Por eso, la expulsión de este Paraíso temporal y terrenal al Valle de lágrimas después del pecado de origen, es comprensible como lo es la expulsión del Paraíso Celestial y eterno de los ángeles rebeldes.

Viene a cuento este recordatorio, porque comer del fruto prohibido, no sólo afectó gravemente a la naturaleza humana individualizada en cada persona, sino a la sociedad en la que los hombres vivimos.

Reflexionando sobre el tema, y repasando el Génesis, me detuve meditando sobre el primer homicidio  de la historia, sobre el pecado de Caín que mató a su hermano Abel, y que ahondó  la indignidad que había heredado de sus padres. A la pregunta del Señor “¿Dónde está tu hermano?”, respondió Caín: “No sé, ¿soy yo el guardián de mi hermano?” (4.8/9).

Claro que era el guardián, como debemos serlo nosotros, como debe serlo la sociedad a la que pertenecemos y deben serlo los Estados. Ya sé que profundizar en el tema nos llevaría muy lejos, pero sin pretenderlo no renuncio a declarar que de acuerdo con los versículos del Génesis se halla la doctrina tradicional católica sobre las relaciones Iglesia-Estado, y en concreto sobre el debatido problema de la libertad religiosa.

Según el magisterio tradicional, es preciso distinguir entre el error y el que yerra y entre  tolerancia y libertad.

Pío IX, en su Encíclica Quanta Cura, de 8 de diciembre de 1864 decía: “La libertad religiosa en el fuero externo es contraria a la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres y que el Estado (católico) tiene la obligación de reprimir con sanciones penales a los violadores de la religión católica”.

León XIII, en su Libertas, de 20 de junio de 1888, nos enseña que “El derecho es una facultad moral; y que es absurdo suponer haya sido concedido por la naturaleza de igual modo a la verdad y al error, a la honestidad y a la torpeza”.

Y Pío XII, en su Alocución a los juristas italianos, de 6 de diciembre de 1953, afirmó: “Lo que no corresponde a la verdad y a la norma moral, no tiene objetivamente derecho alguno, ni a la acción, ni a la existencia, ni a la propaganda. Sobre este punto no ha existido nunca y no existirá para la Iglesia ninguna vacilación, ningún pacto, ni en la teoría ni en la práctica. Su postura no ha cambiado en el curso de la Historia, ni puede cambiar”.

Conforme a esta doctrina no hay un derecho al error, sino tan sólo una tolerancia, fruto, no de la indiferencia o del mal menor, sino de la caridad con respecto al que estando obligado a la búsqueda de la verdad no la encuentra, con respecto al que no ha llegado la predicción del Evangelio, con respecto al que resulta poco menos que imposible salir de una sociedad en la que el error ha sido heredado y persiste a través de siglos.

A la tolerancia caritativa alude la Declaración Dignitatis Humanae en los siguientes términos: “La caridad de Cristo acucia (que) se trate con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el error o en la ignorancia de la fe” (nº 14).

Caritas in veritate, titula Benedicto XVI su Encíclica de 29 de junio de 2009. Pues bien, si hemos de vivir “la verdad en la caridad”, como dice San Pablo en la Epístola a los Efesios (4,15) y reitera la Constitución Lumen Gentium, en su nº 7, también la caridad exige que no se oculte la verdad o se falsee. Es la verdad la que nos hace libres (Jn. 8.32), por lo que es una contradicción que en nombre de la libertad, que ha sido concebida por Dios al hombre, se trate con igualdad a la comunidad religiosa católica, fiel a Cristo, que es la Verdad (Jn.14,5), que a aquellas que la rechazan.

Siguiendo esta línea, el cardenal Ottaviani, en una conferencia, el 2 de marzo de 1953, pidió al Estado no sólo “la inspiración cristiana de la legislación y la defensa del patrimonio religioso contra todo asalto de los que quieren arrancar al pueblo del tesoro de su fe”, sino que se opuso a que un Estado católico convirtiera este tipo de libertad religiosa en un derecho civil, como exige la Declaración Dignitatis Humanae, la cual, para mayor abundancia, luego de referirse a la inmunidad de coacción externa, reitera que “esa inmunidad permanece (con respecto a los) que no cumplen la obligación de buscar la verdad y adherirse a ella, y no puede impedírseles su ejercicio con tal de que se respete el orden público” (nº 2). Por ello, a la libertad para el culto privado, propio de la tolerancia, el documento conciliar añade que a las comunidades religiosas (y por tanto a las no católicas) “se les reconozca (lógicamente por los Estados confesionalmente católicos, que ya, por desgracia han desaparecido), el (mismo) derecho de inmunidad para regirse por sus propias normas, para honrar a la Divinidad con culto público, para ayudar a sus miembros en el ejercicio de la vida religiosa y sostenerla mediante la doctrina, así como para promover instituciones en las que sus seguidores colaboren con el fin de ordenar la propia vida según sus principios religiosos (no debiendo) ser impedida en la enseñanza y en la profesión pública, de palabra y por escrito, de su fe pudiéndose reunir libremente o establecer asociaciones educativas, culturales, caritativas (y) sociales” (nº4).

No hay que hacer ningún esfuerzo para darse cuenta de que esta pastoral política está en abierta contradicción con el Magisterio Pontificio precedente.

Así, San Pío X en su Encíclica Quas Primas, de 11 de diciembre de 1925, luego de calificar al laicismo como “peste de nuestro tiempo”, escribe que, bajo su influencia, la Religión Cristiana (ha sido) igualada a las demás religiones falsas, y rebajada indecorosamente al nivel de éstas”. (nº 23).

En síntesis, aunque sea doloroso recordarlo: “Según la doctrina tradicional la autoridad civil tiene la obligación de impedir que el error se difunda, pero según la doctrina conciliar la autoridad civil tiene la obligación de reconocer y permitir el ejercicio, como un derecho natural, de la difusión de ese mismo error”.

Lo cierto es que al amparo de esta pastoral política la unidad católica de España, tan elogiada por Juan XXIII, Pablo VI e incluso el cardenal Tarancón, se ha roto; porque en una nación, como la nuestra, sólo abriendo paso libre al error, podían captar sus fieles las comunidades religiosas no católicas. Esa misma pastoral, que ha renunciado al Estado católico, y abre sus puertas a organizaciones y manifestaciones ateas y antiteas, no creo que sea la más apropiada para que “todos se salven (llegando) al conocimiento de la Verdad” (I.Tim.nº4).

Concluyo este trabajo advirtiendo al lector que, sin duda, por la intervención en los debates conciliares de quienes mantuvieron la doctrina tradicional, se encuentran en los documentos definitivos expresiones a través de las cuales se pone de manifiesto que “el hombre no puede adherirse a Dios -a menos que atraído por el Padre rinda a Dios el obsequio racional y libre de su fe” (Dignitatis Humanae nº 14). Lo que es así, porque esa libertad primigenia no es un don que justifique la libertad moral de la conciencia, tanto para delinquir, como para pecar; sobre todo cuando, con independencia de la invitación divina, “el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad del hombre” (Gaudium et Spes nº 16) “Lo grandioso de esa dignidad se produce cuando, liberado totalmente de la cautividad de sus pasiones, tiende a su fin de libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse  necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuenta de su vida ante el tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya observado” (Gaudium et Spes, 16 y 17).

Aquí se halla, a mi juicio, el porqué la dignidad del hombre radica en esa obediencia, libremente aceptada por la persona que individualiza la naturaleza, ya que el ser humano tiene un código genético, un ADN singular y hasta una huella dactilar identificante. Por eso, las lesiones que por el pecado se produjeron en la naturaleza y que afectan al recto uso de su libertad, pueden superarse conjugando la gracia con ella, como lo define el Concilio de Trento: libertas cooperando cum gratia. Son los actos dignos los que permiten atribuir la dignidad a la persona que hace la voluntad de Dios, y no la rechaza.

La dignidad, pues, de la persona, en el largo capítulo de la historia humana que comenzó al cierre del Paraíso terrenal, y que finalizará con la Parusía, no es un antecedente natural que justifique la libertad religiosa que presenta la Declaración Dignitatis Humanae, sino el resultado de un comportamiento personal, que exige solamente la tolerancia.

La transformación del hombre en una nueva criatura, a la que hace referencia la conversación de Jesús con Nicodemo (Jn. 3; 4: y 9), en un hombre nuevo, dice San Pablo (Ef. 4.24), explica que la reconquista de la dignidad perdida sea un deseo, una aspiración, que los textos sagrados nos revelan, como éstos:

“Señor, no soy digno de que entres en mi pecho” (Mt. 8.8).

“El que no carga con su Cruz y me sigue, no es digno de mi” (Mt. 10.38).

“No me creo digno de venir a tí personalmente”(Luc. 7.6).

“Que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo” (así rezamos en la Salve).

“Viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias” (Luc. 3.16).

No cabe duda de que la Teología liberal, que tanto influyó en el Concilio Vaticano II, entendió que la amplia libertad religiosa tenía que justificarse con argumentos teológicos que encubrieran el deseo de que esa libertad permitiera a la Iglesia católica ser respetada de derecho y de hecho donde no lo era. A cambio, las comunidades no católicas gozarían de un derecho civil pleno en los países de tradición cristiana, incluso en aquellos, como España, cuyos Estados eran confesionalmente católicos.

Los resultados de esta pastoral política no han podido ser peores. Mientras las comunidades religiosas, especialmente las islámicas, se han instalado sin dificultad en lo que fue la Cristiandad, los cristianos, en los países de mayoría mahometana, e incluso con Estados laicos, es decir, no confesionales, son perseguidos, asesinados y empujados al exilio, a la vez que se destruyen o queman sus templos.

Publicado en el Nº 1413 de la Revista “Fuerza Nueva”

Del Vaticano al mundo árabe… Intrigas y volcanes

Han sido muy preocupantes las últimas informaciones que nos llegan procedentes del corazón de la Iglesia. Desde un mayordomo, persona de máxima confianza del Papa, que es detenido por filtrar documentos (presuntamente), hasta amenazas del catolicismo centroeuropeo de romper con Roma si ésta se decide por la Tradición. En medio aparece una figura desconcertante sometida a la máxima confusión, la del cardenal Bertone, segundo de Benedicto XVI y, muy al contrario de lo que ha sido común en el secretario de Estado, no procedente de la carrera diplomática vaticana. Y en medio, una feroz campaña del laicismo universal para tratar de dar con los huesos de la Iglesia en tierra. Pero eso, hasta por boca divina, resulta imposible.

Parece ser que hay quien se encarga de intrigar a conciencia. El ataque no sólo viene de fuera, sino que tiene cómplices en el interior. Se habla, incluso, de cardenales de la curia con nombres y apellidos. Se llegó a dar por hecho hasta un atentado contra el sumo pontífice, y es que nunca la avanzadilla ha sido tan violenta contra el Papa. No le perdonan que busque con ahínco una solución para el asunto Lefebvre, que no le deja vivir porque sabe que ahí radica una de las más caras ambiciones de la Iglesia, que es la de que todo lo que hace referencia a la vuelta al clasicismo del dogma y la moral y a las costumbres virtuosas regrese a donde nunca debió de salir. Fue una espina para Juan Pablo II, y Benedicto XVI lo quiere dejar solucionado, pero el valle es de lágrimas. Las consecuencias del Concilio Vaticano II, pastorales en teoría,  afectaron de tal modo a los comportamientos de los clérigos, y también de los seglares, que se convirtieron en problema de principios que entraron como un cañón en el dogma. De ello se lamenta hoy, con auténtico dolor, el que fue perito entonces y ahora es obispo de Roma y cabeza de la Iglesia.

De momento ya aparecen los cambios. El Vaticano se mueve a marchas forzadas, y se habla de sustituir a Bertone por un español, el actual nuncio en Canadá, que, entre algún otro, es uno de los llamados por la confianza del vicario de Cristo, que se encuentra cercada por una jauría que aprovecha cualquier movimiento en falso para atacar. Todo ello en unos momentos en los que se están produciendo ingentes martirios de cristianos, en especial en África y Asia, circunscritos al mundo musulmán, que arrasa sin piedad y que cada día se va instalando más en los palacios oficiales. Mientras el mundo occidental debate la prima de riesgo, éste no se da cuenta de que su auténtico riesgo pende del hilo de un Islam cada día más intransigente que va mostrando una faz a la que no nos tenía acostumbrados, pero que al parecer es la verdadera.

Hábil propaganda

Desde que Gamal Abdel Nasser se hizo cargo de la República Árabe Unida el mundo pareció que respiraba, porque acometía su conducción un militar con aires modernos y civilizadores, alejado de aquellas monarquías en las que la ostentación y el despilfarro conjugaban su única razón de ser. En Turquía resplandecía la figura de Kemal Ataturk, otro dirigente que sin dejar de situar a la religión en el lugar que le corresponde, quiso hacer del ámbito otomano otra república cargada de razones para convivir con Occidente. Y de aquella manera de gobernar pudo dar el primer paso la OTAN, otorgando a Turquía una confianza ilimitada que la convirtió en uno de sus socios de máxima confianza, que llega hasta nuestros días, pero de otra manera.

Con El Gaddafi en Libia nacía una esperanza, cuando otro militar joven y formado en Occidente empuñaba las riendas de una nación rica del norte de África, islámica también, en la que una política nacional y social pretendía, al menos en sus comienzos, acercar aquellos pagos a moldes y costumbres de convivencia con el resto del mundo. Lo mismo que ocurría con Hafef El Assad, padre del actual dirigente sirio, que con un partido instalado en la Internacional Socialista quiso -y lo consiguió- establecer una estabilidad política y social que en su momento admiró al mundo. De este segmento político se hizo amigo, y hasta colaborador efusivo, el régimen de Franco, que conocía como nadie ese singular factor humano por sus muchos años de tratarlo. ¡Y hasta en situaciones nada gratas!

¿Primavera árabe?

Con Sadam Hussein pasó algo parecido. Mimado por los Estados Unidos por haber puesto en marcha el Baaz, un partido con raíces occidentales y rasgos socialistas, cayó en desgracia cuando,  luego de ser utilizado para combatir a los ayatolah de Jomeini, le dijo a la embajadora norteamericana en Irak que estaba harto de que le robaran el petróleo por parte de Kuwait, un enclave harto artificial que forma parte histórica del territorio del Tigris y el Eúfrates. Y comenzaron las guerras del Golfo -varias-, la destrucción de Irak, el enconamiento salafita, las Torres Gemelas, Afganistán y sus señores de la guerra y la horca para el propio Sadam, el juguete de Kissinger. Y algo peor: la caza y captura del cristiano, desde el copto en Egipto al maronita en El Líbano, desde el greco-católico en Siria al griego ortodoxo en otras partes, desde los ministros cristianos de Sadam hasta los actuales de Bashar El Assad. La primavera árabe se ha enfriado de tal forma que sólo busca ya un objetivo: destruir lo que huela a Cristo y su presencia en el mundo actual, a tiros, a golpes, a decretos o a amenazas directas.

Creer por todo ello que defender los actuales movimientos en los países árabes del Próximo y Medio Oriente es actuar a favor de la modernidad -como dicen los cursis- es apostar por el suicidio -o el asesinato- de Occidente. En Siria Bashar El Assad aguanta una embestida universal que está concentrando en su país todas las fuerzas humanas y las armas de la yihad islámica, apoyada por los papanatas de Occidente embanderados, una vez más, por Obama y la señora Clinton, que bastante tiene con soportar la memoria histórica, cercana e íntima, de su marido, todo un dechado de virtuosismo político y personal. Y en el colmo de la sorpresa tan sólo defendido por Rusia y China, que parecen tener las pupilas más cristalinas al contemplar la situación general del mundo. Pretender que acabando con Ben Laden se han terminado los problemas, es imaginar que Morsi, el presidente electo de Egipto, es un Hermano Musulmán más parecido a un Hermano de San Juan de Dios que a un encarnizado soldado de Alá. La locura.

Luis Fernández-Villamea.

Publicado en la Revista “Fuerza NUeva” Nº 1413