Archive | septiembre 2014

Editorial Fuerza Nueva, nº 1440

Pujol “el corruptor” o el arquetipo de la casta

Hay quienes quieren conformarse o intentan conformarnos con la imagen, un tanto torrentiana, de un Pujol que manejaba desde su despacho el cobro de comisiones, del famoso 3% o más. Hay quienes se contentan con la imagen del mafioso al estilo siciliano para el que lo importante es la familia y los amigos. Hay quienes buscan convencernos de que estamos ante un “golfo” más de los muchos golfos que pueblan la política española, casi una anédota… En realidad Pujol no es más que una consecuencia lógica del actual sistema político español sin el que hubiera sido inviable.

La biografía política de Jordi Pujol, que como buen totalitario identifica el interés general con el suyo particular, un hombre que hace mucho debería haber estado entre rejas, no es una anomalía en la España actual. La biografía de Pujol estaba salpicada de sospecha de corrupción, de probable enriquecimiento ilegal, desde los lejanos tiempos de Banca Catalana en los que el sistema decidió que era mejor blindar a Pujol que sentarlo en el banquillo, porque el nacionalismo, y conviene recordarlo, forma parte del sistema político español, es consustancial a él como instrumento de desintegración del concepto de España y por ello se le ha mimado, se le ha protegido y se le ha tolerado el chantaje para poder mantener la estabilidad política del bipartidismo.

Vivimos en un régimen corrupto. Un sistema en el que la corrupción ilegal, alegal y paralegal impera. La corrupción millonaria y esa otra corrupción de baja intensidad que atraviesa España desde el pueblo más pequeño de Andalucía hasta la familia de Pujol. La corrupción alegal de la llamada de teléfono para poner macetas que convirtió en emprendedora de éxito a la altiva Ferrusola. Los dineros que “presuntamente” son destinados a los partidos y que se pierden en manos de los tesoreros. Y dentro del sistema el régimen nacionalista que soporta Cataluña desde hace prácticamente cuatro décadas creado por Pujol es ejemplo perfecto de la putrefacción del sistema.

Durante décadas, hoy ya parece que han optado por obviarlo, se ha intentado convencer a los españoles que donde había corrupción era en el régimen de Franco y que el enriquecimiento partía del propio Jefe del Estado. Probablemente para evitar que los españoles miraran hacia el régimen actual. Hoy a pocos importa lo que aconteciera en aquel tiempo pero no pocos han llegado a la conclusión que es el sistema, la casta, el que nos roba. Tiene su poso de justicia histórica el hecho de que Pujol fue arrestado durante el franquismo tras la heroicidad de lanzar unos panfletos. Acusaba a Franco de “corruptor”, quizás como venganza porque Franco, vía Boletín Oficial del Estado, ya había puesto a los Pujol en la lista de los evasores. Hoy nadie duda que Pujol es un político corrupto que ha esquilmado Cataluña y por tanto el verdadero retrato del “corruptor”.

El sistema ha dejado caer a Pujol, como está enjuiciando al yerno del anterior rey de España, aunque para ello haya utilizado los líos de faldas de uno de sus hijos. Pero lo que ahora quieren evitar es que sea el ejemplo arquetípico de la casta política española.

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Revista Fuerza Nueva, nº 1440

Número 1.440. Del 15 de agosto al 30 de septiembre de 2014.
Aunque esta publicación, casi desde su fundación, ya avisaba de los antecedentes personales y económicos de los Pujol, bueno es que haya sido el propio ex presidente de la Generalidad el que se haya confesado como evasor de capitales, aunque él se llenase la boca y la pluma de llamar “corruptor” a Franco. En próximos números y en nuestro editorial de hoy nos ocuparemos y ocupamos de ello.

SUMARIO
El espejo
Blas Piñar respondía:
“La Corona sigue ahí, pero, como los globos de los niños, se sostiene en el aire y se maneja con una cuerdecita…”
Por Blas Piñar López

Panorama
En la encrucijada del relato: coartada y catarsis sobre abrazos y besos…
A la memoria de los 1.000 asesinados
Por Pablo Gasco de la Rocha

Tema denuncia
En torno a la cuestión de la libertad religiosa en España:
Un olvido de la Comunión Tradicionalista
Por Miguel Menéndez Piñar

Historia
La memoria histórica recuperada:
“Don Blas” de Lezo
Por José Enrique Jarque Pérez

Documento
A 70 años de la “Operación Walkiria”:
Claus Von Stauffenberg, atentado contra Hitler
Por Eduardo Palomar Baró

Internacional
Amenazados por el Estado Islámico:
El problema de los “yézedis”
Por Arturo de Sienes

1440

Editorial Fuerza Nueva, nº 1439

Laicismo, pero sólo contra Cristo

Desde que se puso en marcha la Monarquía actual, no la de noviembre de 1975, que había jurado otros principios, sino la de 1978, que en teoría es la que tenemos, ésta ha dado muchos tumbos, aunque hay uno que ha seguido al pie de la letra un guión del que no se ha despegado ni siquiera mínimamente: su laicismo gradual y progresivo. Han surgido problemas de interpretación, de contradicciones flagrantes que incluso en algunos casos se han llegado a reconocer, pero en materia de fe, que es algo que tienen en cuenta todas las Coronas del orbe, porque es su principio constitutivo, ahí es donde la nuestra ha dado un paso más allá. Del rey por la gracia de Dios se ha pasado al monarca por imperativo popular, aunque al pueblo, en esta materia -ahora que estamos en tiempo de consultas- , no se le haya pedido su opinión jamás.
Así ha ocurrido con la proclamación -no coronación- de Felipe VI, cuya presencia en las instituciones se ha medido con escuadra y cartabón. Ni una iglesia, ni una mención a lo sobrenatural, ni una plegaria, ni una ligera y esquinada alusión al principio y al fin natural del hombre. Nada. Por otra parte ha sido mejor, porque, primero, así se le ha ahorrado al recién estrenado monarca el sufrimiento moral -en caso de que se produzca- a la hora de los juramentos incumplidos, como su padre y, segundo, los eclesiásticos se han beneficiado, en su ausencia, de ser considerados como cómplices de una destrucción aniquiladora de cualquier planteamiento religioso o de recta conducta.
Inmediatamente, eso sí, se ha acudido a Roma para ponerse a disposición del nuevo pontífice, en una especie de acto de desagravio no solicitado, ni siquiera por la propia Roma, pero efectuado en la vía de recordar a los españoles creyentes -más que al Papa gobernante- que la Monarquía se acuerda de su origen -aunque no de su ejercicio-, de sus antecedentes, de sus consagraciones de España en el Cerro de los Ángeles y del mismo principio de su legitimidad, que viene recibido, según Juan Carlos I -con la mano sobre los santos Evangelios- del régimen del 18 de Julio, surgido de algo a lo que los Papas, no Franco, llamaron Cruzada.
Pero la Monarquía de nuestros días, para que sea completamente aconfesional -como dice la Constitución- tiene que ganarse a pulso su laicismo, que no es un reconocimiento de todos los sectarismos, religiones, animismos, supersticiones y esoterismos, sino una predisposición sumisa e incluso cariñosa a toda clase de antiteísmos, es decir, del derecho a combatir a la Iglesia de Cristo. Entonces es cuando la Corona, en nuestros días y en el tempo político que vivimos, estará alcanzando su otra legitimidad, la que le otorgan los republicanos que la permiten seguir viviendo, aunque cubierta con el gorro frigio.
Por eso se producen actos como los de la Complutense, cuando un rector con antecedentes genéticos e ideológicos heredados, José Carrillo, no sólo permite, sino que hasta puede que haya sido inductor, del cierre de la primera capilla de la Universidad, que seguro entra en el proyecto de cerrar todas las demás. No ha tenido empacho en mantener cadáveres en sospechoso estado de legalidad forense, cuando no de salubridad, pero cambia la cerradura de las capillas porque entiende -sólo él y los que le siguen- que eso no le interesa a nadie.
Pero sí parece que interesaba mucho a los estudiantes levantar un monumento en el campus del Paraninfo a los brigadistas internacionales, en acto de homenaje a La Pasionaria y a unos combatientes reclutados en todos los lupanares de Europa a los que sus propios jefes tuvieron que “depurar” antes de tomar las armas en el frente. Y al que sólo asistió el padre del rector rodeado de algún superviviente con nacionalidad y pasaporte español.

Revista Fuerza Nueva, nº 1439

Nuestra cubierta recoge en esta ocasión el título de la conferencia que Luis Fernández-Villamea, miembro del Consejo Editorial de Fuerza Nueva, pronunció recientemente en la sede de La Falange de Madrid. Se trata de un recorrido histórico por los 39 años de monarquía de Juan Carlos I, desde su primer juramento de príncipe de España en 1969 hasta su abdicación en 2014, y que se resume bajo el enunciado “Del perjurio a la exaltación de la mentira”.

Opinión

A la memoria de Blas Piñar:

El sufrimiento político en perspectiva de Redención

Por Pablo Gasco de la Rocha

 

Tema denuncia

Escalofriante relato de un documento desclasificado:

¿Fue creado el SIDA en laboratorios militares de Estados Unidos?

Por Milton William Cooper

 

Documento

Desembarco en Alhucemas (y2):

Los preparativos del 7 de septiembre de 1925

Por Eduardo Palomar Baró

 

Aniversario

18 de Julio en Santander:

Recuerdo para todas las provincias de España que lo conmemoran

Por Redacción

 

Internacional

Israel y el Hamas:

Hacia una guerra total

Por Arturo de Sienes

 

Noticias

El rector de la Universidad Complutense de Madrid

cierra la capilla de Geografía e Historia

Por Redacción

Portada1439

Editorial Fuerza Nueva, nº 1438

Felipe VI y los retos del futuro

Estábamos mirando a la Luna -eran los tiempos del Apolo XI- cuando Francisco Franco anunció que designaba a Juan Carlos I como su sucesor a título de Rey, concluyendo así el proceso, único en la Europa de después de las guerras mundiales, de reinstauración de la monarquía en un país desarrollado. Ahora no estamos mirando a la Luna pero, entre dimisiones y miedos tan inenarrables como histéricos por un individuo con coleta, bien pudiera trazarse un cierto paralelismo. Cierto es que entonces los españoles veían crecer, año tras año, un salario medio que ahora, por vez primera desde 1964, desciende y que el entonces Príncipe se ganó el apoyo de una mayoría de los españoles de su generación, mientras que hoy los españoles de la generación de Felipe y, sobre todo, los de las generaciones posteriores, miran a la institución como una antigualla irracional, cara e inservible.
Hoy el anuncio de la abdicación nos ha pillado a todos con el paso cambiado. Después de tanta maniobra político-mediática en favor de la abdicación, después de varios años de “operaciones príncipe”, desde la impulsada por el ex director de El Mundo a la que por lo visto comenzó a diseñar La Zarzuela hace unos meses, sin una sola filtración, nadie esperaba la noticia sin el previo calentamiento de la opinión pública.
Bien es verdad que la monarquía, si aspira a perdurar en España, tiene que virtualizarse y demostrar su funcionalidad. El fin de la autocensura y del blindaje informativo que durante décadas mantuvo una imagen pública tan falsa como etérea de los habitantes de La Zarzuela, ya no existe. Se alegaba entonces que para que la operación sucesoria tuviera éxito era preciso popularizar a la próxima pareja “reinante”, someterla a un maratoniano recorrido por España, lograr que fueran los reyes de su generación. Si La Zarzuela estaba preparando la sucesión desde hace seis meses, no parece que hayan estado en esa línea. Por el contrario, hemos asistido a ataques más o menos directos al matrimonio de Felipe y Leticia, con acusaciones -hasta de conspiración-, cual si fuera digna émula de la Princesa de Éboli, de Letizia contra el Rey.
Al futuro Felipe VI le toca lidiar con la herencia de falta de popularidad -la pérdida del aprecio popular ha sido históricamente una de las causas de la caída de la monarquía en España- y la pervivencia de la institución depende más de la capacidad de atracción que se tenga sobre la opinión pública que de satisfacer los experimentos institucionales de la clase política para perdurar en el poder.
El Rey puede haber decidido abdicar ahora, una vez pasadas las elecciones -debió ser la cláusula que le impusieron Rubalcaba y Rajoy- por diversas razones. Hipótesis existen varias: su estado real de salud, pese a su anuncio de que ha esperado a estar en buena forma; la situación de su hija Cristina, que podría acabar imputada, y lo que se derive del juicio por el caso Urdangarín, que podría dañar gravemente su imagen; la imposibilidad, dada la crisis económica, política e institucional -el Rey ya sabe que también supone un desgaste para la Corona tal y como sucedió en 1981- de revertir unas encuestas que mes tras mes marcan el distanciamiento de los españoles con la institución. En definitiva, los mismos argumentos que desde hace dos o tres años se hacían llegar a La Zarzuela o salían desde La Zarzuela.
Escuchando la letra, la música y el interlineado de las razones del Rey en su discurso de abdicación existen motivos mucho más preocupantes, especialmente si tenemos en cuenta que las palabras del Jefe del Estado son visadas por el Gobierno. Podría tratarse de una mera reiteración retórica: “el rey de la generación actual” que hará frente “a los retos del futuro” toma el relevo. Ahora bien, cuando se habla de reformas que implican o condicionan a la institución nos tememos que se está refiriendo al orden constitucional. Algo, por otra parte, lógico, porque no pocos estiman que el régimen del 78, el modelo autonómico y, por derivación, el juancarlismo, están escribiendo los últimos capítulos de su historia. Por ello, dado que el duopolio que nos gobierna PP-PSOE había sido puesto en antecedentes, tanto de la operación como de la decisión final, lo que en estos momentos preocupa es que esos cambios, ese hacer frente a los retos del futuro, pasen por una reforma constitucional para que el PP y el PSOE nos lleven a un nuevo modelo de organización territorial de corte federal con “unidad” -por llamarla de algún modo- en la Corona de Felipe VI, Rey, al mismo tiempo, de un trocito llamado España y de los estados inventados.

Revista Fuerza Nueva, nº 1438

La aparición del Rey para comunicar su abdicación en favor de su hijo, Felipe VI, plantea algunas reflexiones y comentarios que Luis Fernández-Villamea expone en una carta a Juan Carlos I en ese preciso día, en que los derechos dinásticos que heredó de su padre -según sus palabras- son abiertamente contestados por el autor, quien expone que sólo la voluntad de Francisco Franco y de Las Cortes de entonces recogen el origen de su Corona, que nunca fue el remate de una monarquía cualquiera.

SUMARIO
Abdicación
39 años en la Jefatura del Estado:
Más tiempo que Franco. Por Francisco Torres García

Pluma ajena
A mi jefe Blas Piñar. Por Juan Blanco Honrado

Panorama
Seguimos con las “notas críticas” a la homilía en el funeral de Suárez (y 2): El binomio Pablo VI-cardenal Tarancón. Por Sigfredo Hillers de Luque

Opinión
Suárez, el monarca, o lo más brutal que se ha hecho con España: propiciar su desmembración. Por Pablo Gasco de la Rocha

Internacional
Frente Nacional: Seísmo en Francia. Por Arturo de Sienes

Noticias
Por sus posiciones abortistas: AES solicita el cese de un profesor de Comillas. Por Redacción

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