Editorial Fuerza Nueva, nº 1463

Revancha compulsiva

Todo huele a revancha histórica en la vida española. Y ésta no tanto viene de la misma clase política como de los medios de comunicación, que en la mayor parte de los casos dirigen la actuación de los políticos. Parece como si éstos recibiesen consignas, incluso órdenes, de los grupos que mandan en el tablero nacional, allí donde se deciden los pasos a seguir en los asuntos que interesan a la sociedad española. Estos días lo hemos visto en el caso de las elecciones en los Estados Unidos y también con motivo del 80 aniversario del 18 de Julio y el 40 de la aprobación de la Reforma política de 1976.

En el primero de los apartados se ha elaborado previamente una imagen del candidato ganador, Trump, que no intentaba en mayor medida hundir al personaje como ensalzar la figura de su oponente. A los españoles, según el sentido común extendido, ni nos iba ni nos venía el empeño mediático, porque en apariencia contendían un desconocido que decía insensateces electorales y una conocida que arrastraba un curriculum impresentable, propio en un caso y adquirido en otro, que hacían de su presencia algo tan impresentable como rechazable. Es decir, a los españoles nos debía importar algo menos que nada lo que pudiera ocurrir allí.

Pero no. La revancha habría que traducirse en que no ganase el contrario a la que había sido secretaria de Estado norteamericana, partidaria del aborto y autora material del descalabro trágico de su embajador en Bengasi y, por otro lado, sufrida esposa del que fuera su marido y presidente de los Estados Unidos de América, Clinton. Ahí radicaba toda la jugada, que definió, con una claridad meridiana, un hombre de fuerte complexión que caminaba por una calle de Los Ángeles con  aspecto de trabajador, de origen hispano y hablando español, cuando fue sorprendido y preguntado por un reportero: “Entre una persona, Trump, que tendrá sus defectos pero que dice lo que siente y otra con doble moral, me quedo con el primero”. No se puede expresar con más profunda filosofía y en menos palabras lo que siente un pueblo con la sabiduría propia de matizar lo que ve.

Y ante el disgusto del resultado final, una especie de funeral mediático ha invadido las ondas  -todas- sin pensar ni un sólo instante en si dicho final de elecciones beneficia o perjudica a España en sus relaciones exteriores, o económicas, o en sus tratados militares. Tan sólo primaba la propaganda contra la vida, el rumor de anticatolicismo permanente, el temor congénito al voto hispano y el pasar página sobre las actividades delictivas, en su día, de la candidata y de su marido. Pelillos a la mar.

En otra vertiente se acercaba el 20-N y bueno era recordar esa derrota convertida en victoria que pesa como una losa sobre los medios de comunicación casi más que sobre los políticos. Los ayuntamientos euskaldunes se han vuelto reivindicativos también, envueltos en memoria histórica, que nunca ha parado desde la muerte de Franco, primero con algaradas, después con metralletas y, ya que ahora están mandando en los consistorios, con palizas a los agentes de la seguridad nacional, que al parecer son los causantes de todos sus males.

Y para cerrar el ciclo ahí está el recuerdo de la Ley de Reforma política que fue una auténtica traición al propio Caudillo de sus hombres de mayor confianza, y que se había pretendido sacar adelante con un proyecto perfectivo, pero no rupturista y aniquilador como dijo el general Blas Piñar, con contundencia y brillantez expositiva, en una de las televisiones más interesadas en destruir todo lo que huela a español. Todo forma parte de una especie de revancha compulsiva.

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