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Volver a empezar.

El régimen pasado del 18 de Julio y el actual de Monarquía parlamentaria han alcanzado un periodo de vida parecido. El segundo fue consecuencia del primero, mediante aquel enjuague jurídico que Torcuato Fernández-Miranda bautizó con el famoso “de la ley a la ley”, que no era la continuación de lo que había por la vía política, sino la ruptura y el quebrantamiento absoluto con todo ello. De haber ocurrido este episodio en cualquier otro país de Europa, puede que no hubiera tenido más trascendencia que la propia que conlleva cualquier cambio. Pero en una nación vieja, que había conseguido y sellado su unidad territorial y política hacía siglos, superando una guerra contra la insurrección comunista, de horrorosa brutalidad, y también contra una secesión que aprovechó una República de notables para reivindicar proyectos de independencia, resaltaba más la apuesta inequívoca por la unidad territorial. Este principio es el que ha fallado de forma estrepitosa.

Así es como podemos comparar un periodo con otro, conseguido el primero con supremo esfuerzo en tiempo de guerra mundial, en el que la amenaza permanente de invasión tanto podía venir por el lado del Eje como por el de los Aliados, en el caso de que Franco no se plegase a sus proyectos. Consiguió mantenerse equidistante de ambos, en un juego de habilidad prodigiosa que rayaba en el milagro. Luego vino el crecimiento, que llegó a instalarse en porcentajes superiores a los de Japón. Por otro lado los demonios separatistas, que siempre estuvieron amenazadores, aunque muy débilmente, eran combatidos a base de una educación que promoviese el tesoro regional, pero sin confundirse con desviaciones inconvenientes para todos, que no podían hacer otra cosa que promover enfrentamientos entre hermanos y volver a la tragedia de la guerra.

Los casi 40 años de Monarquía parlamentaria comenzaron por elaborar una Constitución de corte liberal, contradictoria, peligrosa, y permisiva prácticamente en todo. Así fue posible apostar por el sistema autonómico, que superaba al federalismo que embanderaban los socialistas y que colmaba, de momento, los intereses de los más conspicuos separatistas. Para ello se puso en marcha un dispositivo económico monumental, que ha empobrecido progresivamente nuestra hacienda. A dicho dispositivo se prestó con entusiasmo la Corona, que aunque por mandato constitucional era y es irresponsable, mediante la indicación y la sugerencia llegó a implicar al Banco de España, a los Bancos privados y a las empresas, públicas y privadas, para financiarlo. Y también para otorgar a Suárez un poder vicario que superaba al ejecutivo de su propio Gobierno. De ahí salió un complejo contable de cantidades espectaculares que hizo posible poner en marcha dos vertientes: la financiación autonómica y la de los partidos políticos. Y también la condonación de las deudas cuando éstas se hicieron impagables.

Mientras, el acoso terrorista se hacía insufrible, porque el régimen del Rey no supo, o no pudo, o no quiso cortar la cabeza a la serpiente de inmediato: temía incomodar a los cómplices, ya instalados en los gobiernos autónomos. Al monarca le tenían como rehén, secuestrado en el redil constitucional. Y España no sólo iba perdiendo gradualmente soberanía, sino españoles asesinados por pistoleros, puestos de trabajo en fábricas y obradores, sueldos y vergüenza. Vivíamos de la subvención europea, en un sentido, y del Estado, en otro. El régimen llegó a creerse que era capaz de pagar el sistema de Salud puesto en marcha por el régimen anterior sin problemas, así como las pensiones, el incremento en funcionarios de varias administraciones, el Congreso, el Senado, 17 parlamentos regionales y un derroche generalizado en gobiernos autonómicos y sindicatos.

Han sido casi 75 años divididos en dos periodos que han arrojado un resultado dispar. Con el primero, España, tras un periodo convulso y un esfuerzo titánico, se quedó en puestos de privilegio mundial, con mucho todavía por hacer pero en situación preferente para abordar un futuro esperanzador, entre los países más industrializados del mundo, en concreto en el número nueve. Pero el liberalismo de Estado dejaba aumentar las presiones de todo tipo, desde partidos hasta colectivos, sin pararse en evaluar los rendimientos negativos que aportaban para la hacienda y la moral pública. Al final, tras el Gobierno de distintos partidos, todos ellos ceñidos al patrón constitucional, daba la sensación de que paso a paso caminábamos un poco más hacia el abismo.

Así hemos llegado hasta aquí, con el agravamiento de una crisis mundial que a España le ha afectado en mucha mayor medida que a los demás por el sectarismo, la sinrazón y la ineptitud de sus gobiernos, empecinados en mantener un Estado de bienestar que no podía acomodarse jamás a los medios con los que podía contar. De ahí que el segundo periodo de estos últimos 75 años nos haya hecho retrotraernos a economías de posguerra, a situaciones de hambre, a la pérdida del bien mejor logrado, la clase media, a un paro imposible de soportar de no mediar una economía sumergida y al puesto número 12 entre los países más industrializados del mundo. Y esto nos obliga, por nuestros errores, a volver a empezar, aunque alguien tendría que pagar por ello.

Publicado en la revista Fuerza Nueva. nº 1417

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EDITORIAL Lo que no se dice del flujo independentista

Existe un peligro en la deriva secesionista de cualquier territorio español que conduce a un terreno pantanoso, cuando no letal. Y es el sentimiento de rechazo que generan en los españoles que no comparten dicha dirección los habitantes de esas regiones. Algo muy peligroso porque de una parte se hace un todo, y eso no es así. Los nacionalismos catalán y vasco son fruto de comportamientos egoístas nacidos en el siglo XIX y, de una forma o de otra, hijos también de la decadencia española de aquellas fechas. Florecen cuando la debilidad de España, no como nación, sino como idea universal, fracasa. Y se hacen fuertes, desafiantes y altaneros cuando la debilidad y el incumplimiento de las leyes es habitual en sus distintos Gobiernos.

Pero se trata de un comportamiento equívoco, porque la irreflexión indignada y la pasión sin bridas pueden originar un movimiento en contra que pasa a veces  por encima de verdaderos sentimientos que son propios de las características de cada territorio español, y  que, por otra parte, son fuente de riqueza histórica y moral. Una de las grandes lacras de la educación de estos años de Monarquía parlamentaria y liberal ha sido, a través de las autonomías, crear autogobiernos que sólo han generado egoísmos y deseos de grandeza y han apartado al resto de los españoles de conocer y de amar las auténticas raíces y costumbres de cada región. Se han hecho egocéntricos, desconfiados, huraños, aldeanos, y además han creído que todo el mundo les robaba mientras ellos eran los primeros en desvalijar las propias arcas.

 

Ahora puede ocurrir algo parecido, que se manifiesta a través del deporte de masas, en los estadios, o mediante el boicot a productos propios de cada región. La situación es muy complicada, porque no habría peor cosa que los buenos catalanes y vascos, por poner un ejemplo, se dejasen influir por el flujo indignado del resto de los españoles y se llegaran a confundir o identificar con los móviles nacionalistas, que en cualquier caso representan absurdos movimientos que pretenden hacer de las glorias propias e indiscutibles -en ciencia, técnica, deporte, arte, empresa, historia- algo original cuando no es más que la expresión más española de un aliento universal que sólo puede ir adherido a la palabra España. Otra cosa es lo que decía Arturo Mas, y puede que con razón, que explicaría todo: “Hemos buscado un Estado en España pero no lo hemos encontrado, y por eso lo intentamos con Europa”.

Y es que el Estado actual, el de la Transición, el que ha discurrido por un periodo tan largo como el del 18 de Julio -no España-, ha convertido a éste en un padrastro, que parece que siente aversión por sus hijos, que les da de todo para que se callen la boca y que luego se revuelven contra él porque no ha sido capaz, como hace un padre de verdad, de darles un cachete a tiempo o castigarles cuando la altanería y el despropósito asoman sin medida. Se dirá que este símil infantil no vale para personas muy cuerdas, preparadas, con experiencia y sabiendo lo que hacen y lo que dicen. Pero también que almacenan una cantidad de soberbia espiritual y política que anega toda clase de inteligencia y anula toda capacidad de reflexión. Han entrado en el Parnaso de la utopía, que es el lugar donde queda proscrita la misión intelectual.

 

Estamos al borde de un precipicio al que nos han conducido los diosecillos que ha propuesto el Estado liberal, lujoso, mediático, incapaz de controlar sus esfínteres de satisfacción personal, engolado y prepotente. Tan pronto se inventaba “un café para todos” con el asunto de las regiones, distinguiendo, discriminatoria y perversamente, entre éstas y “nacionalidades”, como se adhería a una guerra injusta e ilegítima -la de Iraq-, como abordaba el problema terrorista mediante la complicidad con el enemigo a batir. Ha sido un continuo y permanente caminar hacia el entendimiento y la componenda con los que no quieren a España, ni a la de ayer ni a la de hoy. Y cuando ya las fuerzas se han rendido, y la economía se ha destrozado por el derroche del banquete, aparecen los acreedores, los del dinero por un lado y los de las amenazas y las pistolas por otro. Y a éstos no hay quien los pare.

Por eso, y porque está muy clara la responsabilidad a la hora de evaluar los resultados, surge la pregunta acerca de si Dios no nos ha tenido de su mano precisamente por nuestros pecados de lesa patria, que para alguien que no estuviese ciego o se dejase llevar por la sinfonía musical de este régimen, era algo que se veía venir y que al menos desde esta revista, por parte de su fundador, tanto en la calle como en el Congreso, y también desde estas páginas, ha sido anunciado con suficiente resonancia como para haber sido tenido en cuenta. ETA tuvo la clave cuando dijo: “Lo mismo da la España de Franco que la democrática; nuestro enemigo es España”. Pero esta sentencia jamás fue estudiada por una democracia liberal que ha situado a los pistoleros en los parlamentos y ahora anuncia situarlos en Europa segregados de su cuerpo natural.

Revista Fuerza Nueva nº 1416

Entre el rescate y la entrega

Después del patriotismo del fútbol, que bendito sea Dios si sirviera para unir a los españoles, viene la prosa diaria de ver a una España en sublime postración. La Unión Europea se deshace porque se construyó sobre ideales absolutamente opuestos a los que hoy rigen en Bruselas y Estrasburgo, centrados en la fécula del dinero y no en el ideal civilizador. Aquellos padres de la Europa del siglo XX aspiraban a situar al continente en la órbita del cristianismo. Pero la sucesión de poderes en los órganos directivos del proyecto fueron dando paso a una mezcla de sincretismo religioso y protagonismo financiero. La Cruz dio paso al Becerro.

Con estos mimbres hemos llegado a nuestros días, donde se ha conseguido que la congoja y el miedo al futuro aflijan a la sociedad española, más cerca de una economía de guerra que de la situación desahogada que debía haber proporcionado décadas de sacrificio y bien hacer mediante la aprobación de leyes que iban dirigidas a sectores vitales de la nación, como pudieron ser el trabajo, la sanidad y la educación. La prisa por estar en una determinada manera de entender Europa, el diletantismo político de sectores intelectuales fracasados y obtusos, el arrobamiento estúpido por formar parte de un Club de adelantados de la industria y el comercio sin tener la preparación y la oportunidad para alcanzar sus niveles, fue la causa primera de la situación que hoy padecemos. Europa sí, pero no así.

Pero la situación económica española, que el Premio Nobel de Economía Paul Krugman ha pronosticado como de futuro “corralito”, no sólo es desastrosa en lo económico, sino en otros factores tal vez más importantes y capitales para un  pueblo que aspira a vivir con dignidad. La pérdida de soberanía se establece desde el mismo instante en que el tesoro no es administrado por el propio Estado, sino por un Banco de ámbito general europeo. Pero la imposición económica conlleva también otras, que afectan a un modo de vida que secularmente ha caracterizado el comportamiento de una sociedad, y ahí inciden asuntos tan importantes como la soberanía sobre el propio territorio -caso de Gibraltar- o lo relacionado con la Cultura de la Muerte, caso del aborto o la eutanasia.

Es decir, el rescate se produce para dar solución al problema dinerario de los bancos en igual medida que en proveer a los españoles de medios para impedir la vida humana, para cercenarla en caso de agotamiento previsible, o en establecer conductos adecuados, legislativos o fiscales, a fin de conseguir ocio a costa de la salud física o moral de los habitantes de un país, caso de Eurovegas y de muchos otros que ensucian, por muy higiénico y colorista que lo pinten, el panorama nacional. Se trata de levantar un templo al liberalismo en todos sus órdenes: religioso, político y financiero. En una palabra, destruir el tejido social, y, bajo el paraguas de crear oportunidades de trabajo, incidir en el plano más pernicioso para la juventud española.

Después nos encontramos con otro asunto sin cerrar. Es lo relacionado con el terrorismo, que a pesar de encontrarse actualmente en fase de sordina, no deja de mantener el silenciador unido a la pistola. Las recientes legalizaciones de los partidos abertzales, que, si bien contaron en principio con la condena de Estrasburgo, hoy buscan razones, en esas mismas instancias, para que sean entendidos de otra manera, amenazan con entregar España por dentro, que no por fuera -volvemos a insistir en el caso de Gibraltar-, con el concurso de instituciones -diputaciones y ayuntamientos- que ya se encuentran en poder de los que odian a España y no cejarán hasta sacrificarla mediante cualquier técnica de matarife. No se pueden condenar las causas y exaltar las consecuencias, que es lo que se está haciendo actualmente en los gabinetes europeos, cautivos de ese liberalismo embriagador que pone a las naciones y a los inocentes a los pies de los caballos.

Por todo ello va siendo hora de cerrar filas en torno a quienes se están dejando la vida por unir a España, a sus seres y a sus tierras; están luchando por defender la vida desde el mismo instante de la concepción; quieren acabar con el imposible histórico, político y económico de las autonomías; reivindican la soberanía española sobre Gibraltar sin ambages, combaten el mamarracho artístico y la blasfemia, y luchan porque la economía esté al servicio del hombre y no al revés. Parece, con las perspectivas que conocemos, algo difícil de conseguir, pero, al menos en esta revista, creemos en el milagro, aunque para conseguirlo, también lo sabemos, hay que merecerlo. En ese empeño debemos y queremos continuar.

Publicada en la Revista Fuerza Nueva nº 1413 .

 

Los tres imposibles.

Resulta trágico que los seres humanos, y más concretamente las naciones, con los Estados a su servicio, se tengan que dar cuenta de sus yerros luego de pasar por las consecuencias nefastas que en su día se anunciaron. Uno de éstos fue la configuración y elaboración, jurídica y parlamentariamente muy costosa, de los Estatutos de autonomía, que desplegaron un trajín político que de cualquier forma nos podríamos haber ahorrado, sin que por ello se desprendiese de su base ningún pilar de nuestro ordenamiento jurídico.

Esta configuración novedosa en los modernos Estados europeos quiso compararse a la vuelta a su situación natural de naciones como Serbia o Croacia, o a los territorios bálticos de Letonia o Estonia, sin pararse a considerar, porque el sectarismo lo cegaba todo, que en estos casos, entre otros muchos, no se hacía otra cosa que recuperar una soberanía usurpada por  el yugo de Tito en el primer caso y por la Unión Soviética en el segundo, en ambos a sangre y fuego. Fue una vil manipulación para justificar el derecho a una posible autodeterminación de regiones españolas como Cataluña o Vasconia, en ningún sentido sometidas por nadie y nacidas y crecidas, con sus peculiaridades, como todas las demás, en el seno de algo muy sensible que desde hace muchos siglos hemos llamado España.

 

Por aquellas fechas de la Transición tan sólo hubo un parlamentario entre 350 que en sesiones interminables se opusiera al proyecto. Fue Blas Piñar, quien con una fuerza dialéctica incontenible, ahormada por una información política y jurídica espectacular, demostraba, tanto en Comisiones como en Plenos, que el Estado autonómico era un imposible en tres órdenes: histórico, político y económico. Y esto lo demostró con tales argumentos, que hasta los diputados que después serían los distintos dirigentes autonómicos se acercaban a él, si no para felicitarle sí para justificar su presencia en aquella aventura. Arzallus, Pujol y Roca Junyent fueron un ejemplo notable.

Pero lo más trágico es que de aquella que Fraga llegó a denominar “la derecha posible” nadie, es decir, ninguno de sus miembros, se propuso ayudar en esa tarea. El mismo Fraga, desde la Constitución -que él redactó, entre otros-, hasta Herrero y Rodríguez de Miñón, o Gabriel Cisneros, antiguo “flecha” de las Juventudes de Franco, no tuvieron la vergüenza torera -aunque imaginasen su yerro, porque no eran tontos- de exhalar la mínima queja en el sentido de que aquello, algún día, iba a representar un gran daño para España.

 

Y ahora, ya en el siglo XXI, nos encontramos con una economía maltrecha no tanto por los bancos y su “burbuja inmobiliaria” como por los gastos que durante 34 años, día a día, golpe a golpe, han producido 17 comunidades-estados, más dos ciudades-estados, más 50 diputaciones que en cualquier caso jamás habrían tenido que desaparecer para desarrollar la labor que, torticeramente, han suplantado las autonomías. Ni siquiera desaparecieron los cabildos insulares al establecerse la comunidad canaria, cuando aquéllos eran los únicos que tenían razón de ser, en una administración bien estructurada, por la lejanía, la geografía y la historia.

Así hemos llegado a una situación en que no se pueden pagar facturas porque algunas, antes, fueron abonadas en dos ocasiones por distintos organismos de la administración, llegándose a producir tal caos económico que hasta secretarios de ayuntamientos españoles confesaban no saber qué hacer con los fondos que llegaban de Europa y que tapaban la boca de concejales y diputados que seguían adelante repartiéndose democráticamente la bicoca: callados, dejándose querer y responsables de lo que hoy ocurre en España, sólo y exclusivamente fruto de los tres imposibles que denunciaba y anunciaba aquel hombre solo entre una selva de buitres.

Publicado en la revista Fuerza Nueva, nº 1412.

 

La verdadera prima de riesgo

Todos los días los periódicos nos ponen a los españoles al borde del infarto publicando titulares envueltos en el pánico económico. Hemos aprendido, incluso, un lenguaje desconocido para el vulgo en asuntos de dinero, finanzas, relaciones comerciales y mercados internacionales. Las agencias que fijan los niveles son las protagonistas -y casi las dueñas- de las economías de los países que hasta ahora habíamos considerado como soberanos, pero que, evidentemente, ya no lo son, porque no manejan absolutamente nada propio de un pueblo que hasta hace poco consideraba su patrimonio como un bien general, para lo cual se organizaba mediante un Estado, que era un instrumento jurídico al servicio de la nación.

Eso está desapareciendo a marchas desproporcionadas por la globalización del mundo, que se ha impuesto la meta de arrancar no sólo el beneficio de los pueblos sino el alma de cada uno. Y dichos pueblos, en vez de asociarse para defender sus respectivas patrias -que son sus auténticos patrimonios, tierra de padres-, no hacen otra cosa que echarse en brazos de un gigantesco pulpo sin entrañas que atrapa y paraliza no sólo sus bienes sino también sus mejores pensamientos. Todo por la aldea global, por un mundo sin fronteras, por una ONG gigantesca en la que no se pueda hablar de Dios, de espíritu, de hijos vinculados a una familia como factor esencial, de matrimonio. Y pronto asistiremos, si todo continúa así, a la desaparición de apellidos adquiridos al nacer y también a la inexistencia del bien o del mal como materia elegible: todo será impuesto por un marcador que recoja la prima de riesgo de cada caso en cuestión.

 

Porque resulta escalofriante, por poner un ejemplo palpable, el índice de familias agrupadas en varias ramas, en convivencia común, pero derivadas de uniones distintas y de diferentes procedencias, que ponen no sólo el factor moral en precario sino también -y esto se publica poco- el esfuerzo y el dispendio económico que significa la atención de los hijos y las necesidades de las distintas agrupaciones familiares, por llamarlas de alguna manera. Es algo trágico asistir a las oficinas de empleo o a los juzgados y comprobar los documentos y sentencias, a cientos de miles, que se manejan en sus distintos departamentos, a la hora de repartir sueldos en caso de divorcio, de abandono, de bienes establecidos en matrimonios anteriores, de subsidios o de rentas que hay que imponer para el mantenimiento de niños, y no digamos de ancianos también, y que en muchos casos no se cumplen.

Se trata de una brutal e incontenible descomposición de la sociedad que ha hecho posible la concentración de poderes de los grandes almacenes del pensamiento, que se han juramentado destruir el mundo clásico, creyente, que reconoce errores y los remedia y que tiene la idea suprema del bien y del mal como argumento válido para saber acogerse en caso de naufragio. ¿Pasaría algo si el mundo, un buen día, se despierta sin hacer caso a la prima de riesgo, al dinero que les falta a los bancos, a las reuniones de Obama con la señora Merkel o a las imposiciones de Bruselas o de Estrasburgo? ¿Ocurriría una hecatombe si los países económicamente más débiles se plantan para defender sus propias constituciones morales, históricas, políticas y sus raíces, asentadas sobre la piedra de un cimiento sólido y no sobre la arena movediza de los mercados?

 

Va siendo hora de que los países tengan derecho a vivir en paz, sin ser agobiados y amenazados continuamente por los medios de comunicación -que son también cómplices porque forman parte del mismo negocio global-, por las agencias de calificación o por los movimientos de la bolsa, que acabarán por crear tal estado de ánimo entre los miembros de la comunidad de los seres humanos, que harán posible una guerra universal que puede dejar muy pequeñas a las dos mundiales anteriores. Han conseguido entrar en el alma del hombre y éste no tiene por qué aceptar ese juego que destruye el fundamento de su presencia en el mundo y las razones para las cuales fue creado.

Y es que ese poder acaparador de las ganas de vivir de los seres humanos ha irrumpido en el planeta para dejar a éstos sin procedencia, sin historia, sin herencia, sin padres ni hermanos: todo por la inversión, el beneficio económico, el blindaje millonario, la usura, el despilfarro, la falsa apariencia y el llevarse, o el disponer -que casi es peor- libérimamente de lo que no es de uno. Ese proceder intencionado es el que nos ha  entregado, de manera  municipal y espesa, a la voracidad de los mercaderes sin escrúpulos que pretenden arruinar nuestra vida como españoles y como hijos de Dios. Y España, que ha sufrido hasta sublime y reciente martirio por defender a pelo los valores de verdad, sin beneficio de inventario, no puede dejarse llevar por semejantes y tenebrosos personajes.

 Editorial de la Revista Fuerza Nueva nº 1411.

La Argentina de los Kirchner

Existe una gran confusión en la opinión pública española, promovida por la actual dirección política argentina, al tratar de identificar el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner con el peronismo que todos conocemos, especialmente los españoles, que tuvimos 13 años al general Perón entre nosotros viviendo en Madrid y acogido al refugio político que le brindó Francisco Franco. Es una hábil maniobra que esconde la auténtica faz ideológica de la inquilina de la Casa Rosada, que por mucho que aparezca ante el retrato de Eva Perón, nada, absolutamente nada, la identifica con ella ni con el que fuera su esposo, entregados, en tiempos de guerra mundial y de grandes avatares internacionales, a una política de protección nacional y de antimarxismo militante.

Ella no. Cristina Kirchner es una militante montonera, unida a una tradición de violencia feroz que puso en marcha una escisión de un supuesto peronismo, y a cuyos integrantes los dirigentes de éste que vivían en España llamaban troskos, es decir, troskistas, en absoluto amigos de nuestro país y de las tradiciones hispánicas e imbuidos hasta el tuétano en la lucha revolucionaria, que no sólo hizo posible la represión que todos conocemos, sino los intentos de golpe de Estado de varios militares argentinos. Había dos facciones, una que la constituía el Ejército Revolucionario del Pueblo, de tendencia socialista y guerrillera, y los Montoneros, identificados igualmente con la lucha armada y a la que Isabel Martínez de Perón, siendo ésta presidenta de la República Argentina, declaró ilegal.

Esta señora, que hoy gobierna en el país austral, formaba y forma parte de una desviación supuestamente peronista, a la que el general fue alejando progresivamente de su lado, entre otras cosas porque el día que Juan Domingo Perón regresaba a la Argentina, un 20 de junio de 1973, para hacerse cargo nuevamente del poder, los montoneros organizaron una masacre de tiros, en el aeropuerto bonaerense de Eceiza, en el que murió una cantidad ingente de personas que, a día de hoy, todavía no se ha podido calcular. Cristina Kirchner pertenecía a este grupo, que más tarde se desenvolvería como pez en el agua en el proceso terrorista que hizo de este gran país una especie de referencia americana de la guerrilla, y que desembocó en la situación que todos conocemos, en la que eran hundidos buques de guerra y asesinados, a cientos, militares, peronistas auténticos -caso del prestigioso sindicalista José Ignacio Rucci, hombre con fama de honesto y destacado defensor de los trabajadores- e intelectuales católicos como los eminentes profesores universitarios Carlos Alberto Saccheri y Jordan Bruno Genta, este último tiroteado a la salida de Misa.

Cristina Kirchner, por todo ello, no puede ser considerada como una amiga que ha inferido a España, en el caso YPF, una afrenta para tener en cuenta, sino algo lógico en una persona con formación y educación marxista que nada tiene que ver con Argentina ni con la tradicional amistad entre países hermanos. Eva Perón también tenía su genio, y le plantaba cara al embajador de España, José María de Areilza, cuando hacía falta, pero todo ello desde la sintonía del vínculo entrañable y del idioma que nos une, que sirve, además de para entendernos, para expresar con sinceridad, no exenta de energía, todo aquello que nos afecta a ambos pueblos.

En la presente situación, por consiguiente, no merece la pena acusar a esta señora de usurpadora, que lo es, o de insigne demagoga al “estilo peronista”, con que la despachan periódicos españoles de la misma cuerda que ella. No. Cristina Kirchner está en su derecho de defender los intereses económicos argentinos, no faltaría más, pero hay modos de hacerlo, sobre todo cuando los más avispados analistas internacionales están completamente seguros de que la decisión de nacionalizar YPF ha venido inmediatamente después de haberse entrevistado con Obama en Cartagena de Indias. De ahí la respuesta “tibia” de Hilary Clinton, de la que se quejaba el ministro de Asuntos Exteriores español, García-Margallo. Pero nadie comenta que Perón no era precisamente amigo de seguir consignas norteamericanas, como queda sólidamente demostrado en sus libros, que nadie se molesta en leer antes de hablar y comparar.

Y otra prueba más de su militancia política es la confianza que ha depositado en su protegido Axel Kicillof, un joven economista de extracción marxista avanzada al que ha entregado la empresa YPF, aunque figure en segundo plano. Relacionado con su hijo Marcelo, que ha tomado la sucesión ideológica de su padre y la dirección política de su madre, se ha entregado en cuerpo y alma a defender los “intereses nacionales de Argentina” desde que se enteró de los yacimientos de Vaca Muerta, en la frontera con Chile, y hubo propuestas sustanciosas de otras potencias emergentes. Todo ello manu militari, siguiendo consignas de los poderosos, de las que dicen huir los de su extracción política, y admitiendo otras de prójimos -más próximos hoy que nunca- que anuncian alboradas rojas. Preguntaba un comentarista en televisión días pasados: ¿Andará lejos en este asunto asesor el ex juez Garzón?

Editorial Revista “Fuerza Nueva”. nº 1410.

Funcionarios

Estamos asistiendo a una crisis que extiende sus tentáculos no sólo a lo político y económico, sino a lo moral, al incidir este aspecto en todo movimiento que intente poner solución a algo que dura ya bastantes años. El destrozo del tejido industrial y de la construcción, unido a la brutal estructura administrativa creada por las autonomías, ha acabado con las reservas de nuestras arcas, que por no ser nuestras, sino del Banco Central Europeo, reclaman de éste solución urgente, inmediata y saneada. De no hacerlo, podemos provocar el rescate e incluso la expulsión.

Así hemos llegado a tener inspectores en La Moncloa, que han mirado con lupa nuestros números para tratar de situarlos al nivel exigido por la Unión Europea. Y también unas muy serias advertencias para que los más de cinco millones de desempleados -la mayor parte de ellos con subsidio- no desequilibren la balanza del resto de los países del continente, mucho más asustados que nosotros -véase el pavor del italiano Monti- por la deriva que toma nuestra economía, atacada del mal -heredado de la Transición- de pretender vivir con lujo cuando los recursos son muy limitados.

A Rajoy le ha tocado en este momento recurrir a la cirugía, que es, en cualquier caso, un riesgo, y más cuando se hace a corazón abierto. Otra cosa es que salga bien o mal, porque el paciente, de no recurrir a la intervención, seguro que perece. Y ese enfermo, ya desde tiempos de Aznar, que fue el primero en congelar retribuciones, ha sido el funcionario, que con un  patriotismo digno de figurar en los anales de la historia más reciente, ha soportado el envite con evidente sacrificio y notable elegancia. Se ha apartado de algaradas, ha publicado comunicados de no adhesión a huelgas convocadas por sindicatos desprestigiados que sólo buscan su propia supervivencia y ha seguido en su puesto dando a España un ejemplo que algún día tendría que reconocerse.

Hay que tener en cuenta que aparte de las congelaciones de Aznar en su momento, que duraron varios años y que fueron el soporte de la bonanza económica de su gobierno, ha sufrido no la congelación, sino la reducción de su sueldo por parte de Rodríguez Zapatero y otra nueva congelación sobre la ya establecida reducción, dispuesta por Rajoy días pasados en Consejo de Ministros. Ha sido una permanente sangría, recibida en silencio por unos trabajadores de alto nivel de preparación profesional, con oposiciones difíciles ganadas con esfuerzo y haciendo del mérito y de la dedicación a su oficio, en líneas generales, un ejemplo para el resto de los trabajadores de España.

La culpa de la inflación y el disloque en la Administración del Estado, por otra parte, no la tienen los funcionarios de carrera. Ha sido producida por los partidos gobernantes durante la Transición, que por asegurarse una clientela electoral y política crearon innumerables e innecesarias plazas de contratados laborales, con retribuciones superiores en la mayor parte de los casos a los que consiguieron su puesto por oposición, y con un talante personal e ideológico que desborda, incluso, el mínimo de compostura exigible a los empleados públicos. Han sido el auténtico caos de la Administración, hasta el punto de que en la puerta de algún despacho ministerial se ha podido leer el siguiente texto: “Prohibido el paso a este departamento a toda persona ajena al mismo, incluidos contratados laborales”.

Por último se ha establecido, con la creación de la Administración autonómica, una competencia perniciosa e inútil, que se manifiesta en que esta última tenga a sus funcionarios mejor retribuidos, con horario laboral más asequible y sujeta sólo a las disposiciones políticas de los parlamentos autonómicos, que se erigen en auténticos soberanos sin mirar para nada a la Administración central, que es la propia del Estado y que nada puede establecer a la hora de las decisiones importantes. Todo esto, en cualquier caso, se resume en que los funcionarios españoles han perdido en los últimos años, desde Aznar a esta parte, bastante más de un 20 por ciento de poder adquisitivo, lo que manifiesta, de forma clamorosa, que han sido los paganos de la crisis, porque los demás, de una manera u otra, han seguido disfrutando de sus festines.