Entrevista a Blas Piñar…

Denostado o ensalzado, Blas Piñar tuvo siempre la rara virtud política de no dejar indiferente a nadie. Hasta sus enemigos políticos admiten que sus concepciones de la lealtad y de la honestidad inspiran un gran respeto. El fundador y presidente nacional de Fuerza Nueva es uno de los pocos políticos de la Transición que no se acomodó a las circunstancias en su propio beneficio. El notario toledano defiende hoy lo mismo que decía hace 46 años desde el Instituto de Cultura Hispánica. Alerta Digital le realizó la siguiente entrevista hace pocos días:

 

– Pregunta: Antes de nada, ¿cómo está viendo la situación de España?

– Respuesta: Su pregunta me trae a la memoria el libro precioso de Bernardo Gil Mugarza que lleva por título España en llamas, porque son los incendios provocados de este verano los que han reducido nuestros bosques a cenizas. El daño ecológico ha sido enorme, como lo ha sido el económico. El clima y el turismo se resentirán.

Para mí, el fuego devorador, y el humo espeso, manifiestan que se está quemando a España en su intimidad más profunda, conforme a un plan puesto en práctica, y hasta ahora con éxito. El fuego y el humo de este verano han sido como un voltear de campanas que nos piden con urgencia acudir a sofocar el incendio interior que quiere que España, despedazada, desaparezca, convertida en un desierto infecundo material y espiritualmente.

 

– P: Ya sabemos que usted no esperaba nada bueno del PP. Nosotros tampoco. Pero, ¿le está sorprendiendo que estén incluso superando al Gobierno de Zapatero en ineficiencia y en la aplicación de medidas contra los intereses generales?

– R: No creo que el PP supere en ineficacia al PSOE, porque no sólo la ineficacia, sino la crisis moral y económica que han producido sus gobiernos, han alcanzado niveles inimaginables. El PP, para superar la situación dramática y caótica en que nos encontrábamos, por fidelidad al Sistema que la Constitución respalda, dicta medidas que no afectan a la causa de la crisis, y aplica tan sólo a quienes no son responsables de la misma. No me extraña. No es lo mismo reparar los errores de un Sistema, cuando el Sistema es precisamente el error. En un artículo publicado por Alerta Digital, antes de las últimas elecciones, en las que el PP tuvo mayoría absoluta, escribí que el PP, como rueda de repuesto, estaba pinchada.

 

– P: ¿Qué puede suponer para España la desaparición de su clase media, la gran obra social y económica de Franco?

– R: La desaparición progresiva de la clase media, fruto del Sistema a que acabo de aludir, equivale a una división horizontal de la sociedad; y esta división, distanciando a quienes la integran, es muy peligrosa. La clase media equivale, para poner un ejemplo, a los muelles de un colchón, que permiten acostarse sobre blando. Por otra parte, una sociedad con clase media importante, se permeabiliza, facilitando el acceso a la misma del proletariado. Franco aludió, y creo que repetidas veces, al logro de esa clase media española como uno de los objetivos logrados por su Régimen. Por eso, no puede sorprendernos que la destrucción de la misma sea uno de los propósitos de la Transición. La clase media garantiza la estabilidad política, es decir, la convivencia que añoramos.

 

– P: ¿Cuál cree que debería ser el papel de nuestras Fuerzas Armadas ante la apertura de un proceso de ruptura de la unidad nacional?

– R: Esta pregunta tiene una respuesta fácil, ya que esas Fuerzas Armadas al servicio de la nación no existen en la actualidad. Aunque a disgusto, destacados jefes militares estuvieron al mando de la Transición castrense, que fue aceptada, aunque a regañadientes, por sus compañeros. Más tarde, con un gobierno del PP, se suprimió el servicio militar obligatorio sustituyéndolo por uno voluntario, mucho más costoso, que, en parte, integran mujeres y emigrantes. Algunas unidades del Ejército especialmente significativas se suprimieron.

Por otra parte, no conozco ninguna reacción del campo militar en activo, ante el monumento a las Brigadas Internacionales elevado en la Ciudad Universitaria, ni ante los abucheos al Himno Nacional y la quema de banderas de España; como tampoco ante el desafío independentista, que va desde las declaraciones oficiales de quienes gobiernan en las autonomías, a la legalización de partidos que no son tan sólo independentistas, sino que representan políticamente al terrorismo. Lo curioso es que constitucionalmente, es decir de acuerdo con el artículo octavo de la Constitución, podrían las  Fuerzas Armadas comportarse de otra manera.

El cuartel, antes de la Transición, era una segunda escuela para toda la juventud española. En el cuartel se enseñaba a manejar las armas, pero también a amar a la Patria. Lo que hoy se llaman Fuerzas Armadas está al servicio de intereses ajenos, que han perjudicado gravemente a España. Desde su participación en la guerra contra Irak, gobernando el PP, en la de Libia, gobernando el PSOE, y en la de Afganistán, gobernando los dos partidos, no ha hecho otra cosa que cosechar enemigos sin beneficiarnos en nada. Creo que la Unidad Militar de Emergencia, es decir, la de Bomberos militares, es lo mejor que tenemos. ¡Si pudiera acabar con los incendios de toda clase!

 

– P: Don Blas, el descontento crece, la contestación al sistema partitocrático empieza a ser clamorosa, pero las fuerzas patrióticas siguen divididas. ¿Qué hacer?

– R: Es cierto. La esperanza de que el PP acabaría con ese descontento se ha perdido, pero también es verdad que ese descontento se aprovecha, al menos en la calle, por una izquierda radicalizada, por unos sindicatos que subvenciona el propio Gobierno y por un separatismo desafiante. Este hecho es innegable.

Sin embargo, esas fuerzas patrióticas que se dividieron en los últimos años del régimen anterior, siguen divididas. Soy testigo excepcional de esa división, que tratamos de superar desde Fuerza Nueva. Su nombre demuestra que no queríamos ser un grupo más, sino una fuerza revitalizante de un Movimiento que no sólo se burocratizaba, sino que en sus cuadros dirigentes tenía partícipes de la Transición. Podría reforzar cuanto acabo de decir con hechos concretos, de los que doy cuenta en el segundo volumen de Escrito para la Historia, y que no voy a repetir. Sólo, y como síntesis, quiero dejar constancia de que en una conferencia que di en el Hotel Meliá, a lleno completo, titulada Lecciones de unas elecciones (me refiero a las de 1979, en las que fui elegido diputado por Madrid por Unión Nacional) dije que para hacer frente a las consecuencias de la Transición debieran disolverse los partidos conocidos como fuerzas nacionales, creando uno solo en el que yo me integraría como militante.

Por desgracia, la respuesta fue negativa. El ejemplo de la Cruzada no fue convincente. La Victoria fue posible, entre otras cosas por la unidad castrense en las trincheras y la unidad política en la retaguardia. Romper esa unidad fue un crimen y rehacerla una necesidad.

 

– P: De todos los acontecimientos que está viviendo España, ¿cuál es el más preocupante a su juicio?

– R: Casi al mismo nivel me preocupan al máximo y al mismo tiempo la descristianización del pueblo español y la desnacionalización de España. Aquí, una y otra se entrecruzan y contribuyen, si prosperan, a no identificarnos históricamente. Claro es que el blanco sobre el que se dispara comprende también la obra de España en el mundo, es decir, la Hispanidad o Cristiandad hispánica. En otros países, ya descristianizados en gran parte, se ha conservado íntegra la nación. El caso de Francia está ahí. Han pasado más de dos siglos de la Revolución Francesa, profundamente anticristiana, que han hecho posible que Francia sea tierra de misión. Pues bien, dos siglos más tarde un político francés, no cristiano, dijo: “soy socialista, pero antes que socialista soy francés”.

 

– P: No sólo España. Europa asiste imperturbable a la desaparición de la civilización que la alumbró hace 2000 años. ¿Hay esperanzas de que el hombre europeo salga de su actual letargo?

– R: A mi no me cabe duda de que el tiempo actual exige con urgencia, pero sin improvisación o frivolidad, la puesta en marcha de un entendimiento entre las naciones que han sido conformadas por lo que se viene llamando civilización occidental. Los enfrentamientos bélicos y los recelos recíprocos de las naciones de Europa han mermado considerablemente su prestigio y su influencia universal. Yo califico tales enfrentamientos de guerras civiles. El reencuentro de estas naciones con sus raíces comunes es imprescindible, y esas raíces se hallan esencialmente en la Cristiandad.

Desgraciadamente, la Unión Europea las ha despreciado y la crisis profunda es evidente. A mi juicio, la etapa inicial de la unión de Europa debió partir tanto de una conciencia europea de los europeos, como de una Europa de las Patrias hermanas. La Europa de los mercaderes y del euro, y los gobiernos al servicio de la Eurocracia no han fomentado aquella conciencia y ha provocado la hostilidad manifiesta entre las naciones, como demuestra la agitación social que rompe, por añadidura, la convivencia pacífica en cada una de ellas. El rechazo de la raíces que las dieron vida comenzó al hablar de las dos velocidades para el desarrollo de la Unión Europea; una, la de la zona Norte, y otra, la del Sur, o Mediterránea. Dos velocidades, como ocurre en las carreras, supone que alguien llega el primero.

Los responsables de esta Unión Europea no debían conocer que los enemigos de Europa, los que no quieren que Europa se recobre y fortalezca, se sabían aquello de “divide y vencerás”. La esperanza, para mí, está en la Iglesia católica, que ha sido el instrumento eficacísimo de esa civilización occidental. Ahora bien, la lucha, desde la expulsión del Paraíso hasta la Parusía, es permanente, y el Padre de la mentira, que es el Príncipe de este mundo, no sólo ha atacado a la Iglesia sino que ha entrado en ella (según palabras de Pablo VI), el humo de Satanás. Con la astucia y habilidad, propia de su naturaleza, ha entrado rompiendo las ventanas, a la vez que alguien desde dentro le abría las puertas.

En un Concilio pastoral, que no dogmático, junto a textos que recogen el dogma, y que se leen con fruición, hay otros que no están de acuerdo, o difícilmente pueden estarlo, con la doctrina tradicional de la Iglesia. El aggiornamento, o puesta al día, para estar en consonancia con los tiempos, ha evitado todo anatema, ha dividido a los católicos, ha hecho posible que, dentro de la propia Iglesia se hiera, y en ocasiones gravemente, el dogma, la disciplina de los sacramentos, la liturgia y la enseñanza en los seminarios, noviciados y universidades católicas. La apertura al mundo, el salir a predicar y cristianizar a los pueblos, ha sido apertura al espíritu del mundo (y no se olvide que del mundo tentación).

Hay tres problemas, a saber: el de la libertad religiosa, tal y como se describe en Dignitatis Humanae, el del ecumenismo, como unión de las Iglesias y no como unión de los cristianos en la Sponsa Christi (y Cristo no fue polígamo), y el de la aceptación de la democracia sui géneris de las Conferencias Episcopales. Son problemas que, sin duda, el actual pontífice trata de superar y resolver, aunque sean poderosos los que quieran impedirlo. El Espíritu Santo no deja de asistir al Pueblo de Dios, para que sea Corpus Christi.

Si a la pasión y muerte del Mesías sucede su resurrección y glorificación, no debe ni sorprendernos ni desanimarnos lo ocurrido en la Iglesia, que ha sufrido, y más duramente ahora, en el tiempo pasado. Hay acontecimientos positivos, como la integración en la Iglesia de gran número de anglicanos, la nueva generación sacerdotal, la doctrina reiterada del Pontífice, la mayoría de nombramientos episcopales de acuerdo con ella, la invitación constante a recibir la comunión de rodillas y en la boca, la autorización explícita de la Misa llamada de Trento o de San Pío V y que cambió, no el Concilio, sino la reforma litúrgica posterior al mismo, el retiro de la excomunión a monseñor Lefevre y a los obispos que consagró, y el diálogo con el superior de la Hermandad de San Pío X, para que los sacerdotes que pertenecen a la misma puedan unirse plenamente a los que, no perteneciendo a ella, combaten, en el interior de la Iglesia, por la Iglesia de siempre.

Está claro, al menos para mí, que una de las cosas que ha de ser sometida a revisión es la pastoral política de la Iglesia. A la que apela el Concilio Vaticano II es a la del liberalismo que impregna a la Democracia Cristiana y que, lógicamente, dio nacimiento a los Cristianos por el Socialismo, y a la colaboración de una parte de la Iglesia, tanto discente y docente, con los comunistas. El consenso histórico en Italia de democristianos y comunistas hizo posible que de mutuo acuerdo se aceptase e impusiera por ley, luego aprobada en referéndum, el aborto como derecho, y con él la cultura de la muerte. El apoyo eclesial implícito, a lo menos, a la Democracia Cristiana fue, sin duda, fruto de una mala, por no decir pésima, pastoral política. Lo malo es que esa pastoral política ha sido imitada en otras partes; y al decir en otras partes, entiendo que el lector sabe dónde.

Esta exposición, que me duele describir, es un antecedente necesario para afirmar que “el hombre europeo, para salir de su letargo”, precisa de una Iglesia, peregrina, desde luego, pero también militante en el tiempo. Como militante se la llamaba, como se la sigue llamando purgante y triunfante.

Esta revisión incluye que, para despertar de su letargo, el hombre europeo, y especialmente el católico, sepa -y para ello se le enseñe- que siendo peregrino, es militante; y militante es el soldado de Cristo, que para eso recibe el sacramente de la Confirmación. El magisterio eclesiástico debe, a mi juicio, insistir en esta definición que Jesucristo hace de Sí mismo: “Yo soy la Verdad”, (Jn. 14,6) de toda la Verdad, y, por tanto, de la verdad moral, de la científica, de la histórica y de la política; y Cristo se define así dirigiéndose, no sólo al hombre aislado, sino al hombre como ser social, y, por consiguiente, a la sociedad en la que el hombre vive.

Esa verdad política se halla en los valores innegociables, que son a modo de roca viva sobre la que se apoya el edificio, es decir, el Sistema. Dichos valores son básicos, inamovibles. Si el edificio se construye sobre la arena de las opiniones, el primer temblor de tierra, o un viento huracanado, derribará el edificio, convirtiéndolo en un montón de escombros.

El caso de España da testimonio de las consecuencias del rechazo de tales valores, es decir, de la Verdad política. La derogación de los Principios fundamentales del Movimiento, con la reforma rupturista y no perfectiva, y la Constitución que tenemos, han configurado un Sistema que se halla en franca descomposición, abatido por la crisis moral y económica, por el creciente desprestigio de las instituciones, por la agitación social y por la política exterior.

El despertar del letargo al hombre europeo exige que el patriotismo deportivo se eleve de patriotismo emocional a patriotismo intelectual, y de patriotismo intelectual a virtud cristiana. Así nos lo dice Santo Tomás de Aquino, y así lo explica León XIII en su encíclica Sapientiae Christianae, de 10 de enero de 1890: “Por ley natural se nos manda amar y defender la Patria, hasta el punto de que el buen ciudadano no dude en afrontar la muerte en defensa de su patria. El amor sobrenatural a la Iglesia y el afecto natural a la Patria son dos amores gemelos que nacen del mismo principio sempiterno, ya que Dios es autor y causa de ambos”.

Leí, no sé donde, algo que quiero subrayar aquí: “el patriotismo está en la naturaleza social de todos los hombres (y lleva consigo) fidelidad a la Tradición y a los carismas peculiares que por don de Dios han configurado históricamente la identidad nacional”.

 

– P: El legado de Fuerza Nueva, como el buen vino, adquiere cada día más valor a la luz de los trágicos acontecimientos que ya fueron predichos por usted hace más de 40 años. ¿Le consuela esta circunstancia para al menos poder vivir en paz ante Dios y ante su conciencia?

– R: Cuando medito sobre el pasado, con una perspectiva sobrenatural, agradezco a la Providencia que me hiciese ver con acierto esa lucha permanente en el tiempo entre el bien y el mal, y que un episodio de la misma fue la guerra del 1936 a 1939, y tanto, que con acierto se la calificó, por quien podía hacerlo, de Cruzada. Su descalificación hecha de modo expreso o el olvido voluntario de esta palabra fue para mi excepcionalmente significativo, sobre todo porque esa descalificación y olvido se hacían desde la Iglesia y desde el Régimen.

Esta es la razón por la cual, yo, que no estaba en el engranaje político, pero si en las obras de apostolado, y en concreto de la Acción Católica, de cuya junta Técnica fui vicepresidente, consideré, como católico y como español, que debía abandonar mi propia celda, a fin de que los españoles no cayesen en ese letargo que, usted lo ha dicho, sufren hoy los españoles.

El combate fue muy duro, y no tanto por la reacción de los que se consideraban enemigos, sino por los que en cargos e instituciones del Régimen estaban entre nosotros, pero no eran, o habían dejado de ser, de los nuestros. Dios quiso darme la fortaleza necesaria para perseverar en el combate, una larga vida para dar testimonio oral, escrito y filmado de la auténtica historia que hemos vivido y estamos viviendo.

Mi conciencia, sin duda, por eso, está tranquila. No así la paz. Sólo los pazguatos, por su indiferencia o por su tibieza, pueden tenerla. Yo no lo soy. Tampoco soy pacifista, que quiere la paz (que puede ser sólo aparente) a cualquier precio. Yo soy pacificador y el pacificador (Mt. 5,9) goza ciertamente de la paz interior al tener su conciencia tranquila, pero combate por la paz social que en la España de hoy no existe, y en la que como dijo Fraga Iribarne “está en juego todo”. La paz por la que yo combato no es la aparente que da el mundo, sino la que Cristo da (Jn. 14,27) y no olvido que son bienaventurados los que trabajan por esa paz  (Mt. 5,9)

 

– P: Don Blas, cada día somos más en AD gracias sobre todo a su impagable aportación, ¿qué podemos decir a nuestros lectores y amigos en este momento en el que nos jugamos tanto?

– R: Deseo decir dos cosas; la primera, un chiste del que soy autor, y la segunda hacer una cita en el catalán de Jacinto Verdaguer.

El chiste imagina una conversación de Josep Lluis Carod Rovira, de Esquerra Republicana de Cataluña, “charnego”, hijo de aragonés y catalana, con el presidente actual de la Generalitat. Aquél manifiesta: “sepa, señor presidente, que yo, a pesar de ser charnego, soy nacional-catalanista, y, por tanto, separatista e independentista”. El presidente, con voz muy airada, le contesta: “y yo MAS”. La cita, de mosén Cinto, catalán y españolísimo, es de alguna manera una convocatoria a quienes se sientan españoles en Cataluña y en el resto de España: “treballa, pensa, lluita; mes creu, espera i ora. Qui enfonse o alça els pobles, es Deu que els ha creat”

Y termino con un grito de esperanza: ¡Viva Cataluña española!

Entrevista a Blas Piñar por “Alerta Digital”. Publicada en la revista Fuerza Nueva. nº 1417.

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