Volver a empezar.

El régimen pasado del 18 de Julio y el actual de Monarquía parlamentaria han alcanzado un periodo de vida parecido. El segundo fue consecuencia del primero, mediante aquel enjuague jurídico que Torcuato Fernández-Miranda bautizó con el famoso “de la ley a la ley”, que no era la continuación de lo que había por la vía política, sino la ruptura y el quebrantamiento absoluto con todo ello. De haber ocurrido este episodio en cualquier otro país de Europa, puede que no hubiera tenido más trascendencia que la propia que conlleva cualquier cambio. Pero en una nación vieja, que había conseguido y sellado su unidad territorial y política hacía siglos, superando una guerra contra la insurrección comunista, de horrorosa brutalidad, y también contra una secesión que aprovechó una República de notables para reivindicar proyectos de independencia, resaltaba más la apuesta inequívoca por la unidad territorial. Este principio es el que ha fallado de forma estrepitosa.

Así es como podemos comparar un periodo con otro, conseguido el primero con supremo esfuerzo en tiempo de guerra mundial, en el que la amenaza permanente de invasión tanto podía venir por el lado del Eje como por el de los Aliados, en el caso de que Franco no se plegase a sus proyectos. Consiguió mantenerse equidistante de ambos, en un juego de habilidad prodigiosa que rayaba en el milagro. Luego vino el crecimiento, que llegó a instalarse en porcentajes superiores a los de Japón. Por otro lado los demonios separatistas, que siempre estuvieron amenazadores, aunque muy débilmente, eran combatidos a base de una educación que promoviese el tesoro regional, pero sin confundirse con desviaciones inconvenientes para todos, que no podían hacer otra cosa que promover enfrentamientos entre hermanos y volver a la tragedia de la guerra.

Los casi 40 años de Monarquía parlamentaria comenzaron por elaborar una Constitución de corte liberal, contradictoria, peligrosa, y permisiva prácticamente en todo. Así fue posible apostar por el sistema autonómico, que superaba al federalismo que embanderaban los socialistas y que colmaba, de momento, los intereses de los más conspicuos separatistas. Para ello se puso en marcha un dispositivo económico monumental, que ha empobrecido progresivamente nuestra hacienda. A dicho dispositivo se prestó con entusiasmo la Corona, que aunque por mandato constitucional era y es irresponsable, mediante la indicación y la sugerencia llegó a implicar al Banco de España, a los Bancos privados y a las empresas, públicas y privadas, para financiarlo. Y también para otorgar a Suárez un poder vicario que superaba al ejecutivo de su propio Gobierno. De ahí salió un complejo contable de cantidades espectaculares que hizo posible poner en marcha dos vertientes: la financiación autonómica y la de los partidos políticos. Y también la condonación de las deudas cuando éstas se hicieron impagables.

Mientras, el acoso terrorista se hacía insufrible, porque el régimen del Rey no supo, o no pudo, o no quiso cortar la cabeza a la serpiente de inmediato: temía incomodar a los cómplices, ya instalados en los gobiernos autónomos. Al monarca le tenían como rehén, secuestrado en el redil constitucional. Y España no sólo iba perdiendo gradualmente soberanía, sino españoles asesinados por pistoleros, puestos de trabajo en fábricas y obradores, sueldos y vergüenza. Vivíamos de la subvención europea, en un sentido, y del Estado, en otro. El régimen llegó a creerse que era capaz de pagar el sistema de Salud puesto en marcha por el régimen anterior sin problemas, así como las pensiones, el incremento en funcionarios de varias administraciones, el Congreso, el Senado, 17 parlamentos regionales y un derroche generalizado en gobiernos autonómicos y sindicatos.

Han sido casi 75 años divididos en dos periodos que han arrojado un resultado dispar. Con el primero, España, tras un periodo convulso y un esfuerzo titánico, se quedó en puestos de privilegio mundial, con mucho todavía por hacer pero en situación preferente para abordar un futuro esperanzador, entre los países más industrializados del mundo, en concreto en el número nueve. Pero el liberalismo de Estado dejaba aumentar las presiones de todo tipo, desde partidos hasta colectivos, sin pararse en evaluar los rendimientos negativos que aportaban para la hacienda y la moral pública. Al final, tras el Gobierno de distintos partidos, todos ellos ceñidos al patrón constitucional, daba la sensación de que paso a paso caminábamos un poco más hacia el abismo.

Así hemos llegado hasta aquí, con el agravamiento de una crisis mundial que a España le ha afectado en mucha mayor medida que a los demás por el sectarismo, la sinrazón y la ineptitud de sus gobiernos, empecinados en mantener un Estado de bienestar que no podía acomodarse jamás a los medios con los que podía contar. De ahí que el segundo periodo de estos últimos 75 años nos haya hecho retrotraernos a economías de posguerra, a situaciones de hambre, a la pérdida del bien mejor logrado, la clase media, a un paro imposible de soportar de no mediar una economía sumergida y al puesto número 12 entre los países más industrializados del mundo. Y esto nos obliga, por nuestros errores, a volver a empezar, aunque alguien tendría que pagar por ello.

Publicado en la revista Fuerza Nueva. nº 1417

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