EDITORIAL Lo que no se dice del flujo independentista

Existe un peligro en la deriva secesionista de cualquier territorio español que conduce a un terreno pantanoso, cuando no letal. Y es el sentimiento de rechazo que generan en los españoles que no comparten dicha dirección los habitantes de esas regiones. Algo muy peligroso porque de una parte se hace un todo, y eso no es así. Los nacionalismos catalán y vasco son fruto de comportamientos egoístas nacidos en el siglo XIX y, de una forma o de otra, hijos también de la decadencia española de aquellas fechas. Florecen cuando la debilidad de España, no como nación, sino como idea universal, fracasa. Y se hacen fuertes, desafiantes y altaneros cuando la debilidad y el incumplimiento de las leyes es habitual en sus distintos Gobiernos.

Pero se trata de un comportamiento equívoco, porque la irreflexión indignada y la pasión sin bridas pueden originar un movimiento en contra que pasa a veces  por encima de verdaderos sentimientos que son propios de las características de cada territorio español, y  que, por otra parte, son fuente de riqueza histórica y moral. Una de las grandes lacras de la educación de estos años de Monarquía parlamentaria y liberal ha sido, a través de las autonomías, crear autogobiernos que sólo han generado egoísmos y deseos de grandeza y han apartado al resto de los españoles de conocer y de amar las auténticas raíces y costumbres de cada región. Se han hecho egocéntricos, desconfiados, huraños, aldeanos, y además han creído que todo el mundo les robaba mientras ellos eran los primeros en desvalijar las propias arcas.

 

Ahora puede ocurrir algo parecido, que se manifiesta a través del deporte de masas, en los estadios, o mediante el boicot a productos propios de cada región. La situación es muy complicada, porque no habría peor cosa que los buenos catalanes y vascos, por poner un ejemplo, se dejasen influir por el flujo indignado del resto de los españoles y se llegaran a confundir o identificar con los móviles nacionalistas, que en cualquier caso representan absurdos movimientos que pretenden hacer de las glorias propias e indiscutibles -en ciencia, técnica, deporte, arte, empresa, historia- algo original cuando no es más que la expresión más española de un aliento universal que sólo puede ir adherido a la palabra España. Otra cosa es lo que decía Arturo Mas, y puede que con razón, que explicaría todo: “Hemos buscado un Estado en España pero no lo hemos encontrado, y por eso lo intentamos con Europa”.

Y es que el Estado actual, el de la Transición, el que ha discurrido por un periodo tan largo como el del 18 de Julio -no España-, ha convertido a éste en un padrastro, que parece que siente aversión por sus hijos, que les da de todo para que se callen la boca y que luego se revuelven contra él porque no ha sido capaz, como hace un padre de verdad, de darles un cachete a tiempo o castigarles cuando la altanería y el despropósito asoman sin medida. Se dirá que este símil infantil no vale para personas muy cuerdas, preparadas, con experiencia y sabiendo lo que hacen y lo que dicen. Pero también que almacenan una cantidad de soberbia espiritual y política que anega toda clase de inteligencia y anula toda capacidad de reflexión. Han entrado en el Parnaso de la utopía, que es el lugar donde queda proscrita la misión intelectual.

 

Estamos al borde de un precipicio al que nos han conducido los diosecillos que ha propuesto el Estado liberal, lujoso, mediático, incapaz de controlar sus esfínteres de satisfacción personal, engolado y prepotente. Tan pronto se inventaba “un café para todos” con el asunto de las regiones, distinguiendo, discriminatoria y perversamente, entre éstas y “nacionalidades”, como se adhería a una guerra injusta e ilegítima -la de Iraq-, como abordaba el problema terrorista mediante la complicidad con el enemigo a batir. Ha sido un continuo y permanente caminar hacia el entendimiento y la componenda con los que no quieren a España, ni a la de ayer ni a la de hoy. Y cuando ya las fuerzas se han rendido, y la economía se ha destrozado por el derroche del banquete, aparecen los acreedores, los del dinero por un lado y los de las amenazas y las pistolas por otro. Y a éstos no hay quien los pare.

Por eso, y porque está muy clara la responsabilidad a la hora de evaluar los resultados, surge la pregunta acerca de si Dios no nos ha tenido de su mano precisamente por nuestros pecados de lesa patria, que para alguien que no estuviese ciego o se dejase llevar por la sinfonía musical de este régimen, era algo que se veía venir y que al menos desde esta revista, por parte de su fundador, tanto en la calle como en el Congreso, y también desde estas páginas, ha sido anunciado con suficiente resonancia como para haber sido tenido en cuenta. ETA tuvo la clave cuando dijo: “Lo mismo da la España de Franco que la democrática; nuestro enemigo es España”. Pero esta sentencia jamás fue estudiada por una democracia liberal que ha situado a los pistoleros en los parlamentos y ahora anuncia situarlos en Europa segregados de su cuerpo natural.

Revista Fuerza Nueva nº 1416

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