De la muerte de Carrillo al proceso de independencia de Cataluña…

Termina la Transición, ¿comienza el Apocalipsis de España?

De esta especie de canonización laica que se ha producido a la muerte de Santiago Carrillo se deduce una sola cosa: sin su colaboración entregada, sin el concurso de su sublime sacrificio, hubiera sido imposible la Transición. Porque el coro ha sido unánime: desde la prensa, las radios y las televisiones de izquierdas y de derechas hasta el hombre-masa orteguiano que anda habitualmente por la calle infectado hasta el tuétano de ondas, redes sociales, tabletas, móviles y toda la inmensa caterva del linaje informático, han concluido que los españoles, sin su presencia entre nosotros, hubiésemos estado huérfanos de legitimidad, de principios democráticos, de honradez política, de vergüenza y de verdad histórica.

Ha dado la sensación de que aquella guerra horrorosamente cruda, en la que la persecución religiosa a cualquier nivel fue su principio inspirador, ha sido ganada por el que, con la derrota y la vida salvada, no tenía suficiente: había que darle el víctor de triunfador, la razón histórica y hasta la palma (laica, por supuesto) del martirio. ¿Se imagina alguien a cualquier Rey de las monarquías europeas actuales dándole el pésame a la familia del doctor Mengele, por ejemplo, o a los sionistas de hoy no sólo indultando a Eichmann sino glorificándole por su contribución a la paz y la concordia del género humano?

La verdad igualmente cruda

Carrillo siempre fue una losa para el Partido Comunista, al menos para el que conocemos desde 1977. Así me lo decía a mí el encargado para la Memoria Histórica de este grupo político, que ponía en boca de Paco Frutos, un catalán que fue secretario general del partido, este aserto: “No podremos hacer nada positivo mientras este hombre siga vivo”. Santiago Carrillo, ese gijonés sin oficio ni beneficio, dedicado desde su primera juventud a la lucha política revolucionaria más antidemocrática y criminal que podamos conocer, era hijo de un honrado socialista y buen español: Wenceslao Carrillo. Le traicionó a él, cambiándole por Stalin; traicionó al socialismo, entregándoselo atado de pies y manos al zar rojo; traicionó al general Miaja, echándole las culpas de Paracuellos, de lo que el militar ni se enteró; traicionó a Monzón, dejándole a los pies de Franco en el Valle de Arán con las incipientes incursiones del maquis, por una vez medianamente organizado; traicionó a Grimau por efecto o por defecto, pero lo hizo; traicionó a Moscú con la Primavera (crudo invierno) de Praga; traicionó al Partido Comunista, ya en España, aceptando monarquía, bandera e himno nacional (absolutamente ajenos a él en todo); traicionó a los comunistas que se habían partido el cobre en las primeras elecciones de 1977 y 1979, debilitando el partido y dejándolo en los huesos, y, por fin, como en los viejos tiempos, traicionó de nuevo al comunismo pidiendo el carné del PSOE y uniéndose a las filas de Felipe González, un presidente de Gobierno que había dicho de él que era un “saco de maldad”.

No se le conoció jamás nunca nada a favor de la clase trabajadora, más que palabras. No dejó escrito nada que sea de uso político, histórico, ético o social de cierta trascendencia para las generaciones venideras. No se le conoce más que el arte del embuste, la socarronería y el chascarrillo lleno de perversa ironía. Y no se movió del escaño el 23-F porque el terror invadía sus costuras, según me contaron los guardias civiles que entraron en el hemiciclo y subieron por esa escalera a cuyo extremo, en una de sus filas, se sentaba él. Yo estaba allí. A base de estos materiales sucios se ha hecho la Transición, cuando ésta no comenzó, como dicen los indocumentados o los vilmente interesados, con la Constitución del 78, sino con la España de 1939, que pretendía despojarse y quemar para siempre aquellos ropajes malolientes de la vieja política, cargados de vicios y empapados en sangre inocente. Para ello, para que continuara aquella tarea reparadora, nombraron en 1975, cuando España estaba hecha un bombón, a un Rey joven, limpio, de familia real pero sin los vicios heredados de la República ni de la Monarquía que abandonó su abuelo, dejando una España indefensa y a la intemperie del pistolerismo político. Pero ese monarca refundado para una monarquía con poder, aunque no le hiciese falta para nada la Corona, prestó sus oídos a la defección y a una supuesta aristocracia de la cultura que había bebido en aguas turbias, cargadas, por un lado, de mala conciencia y, por otro, de rencor vengativo. Y así nos va.

Comienza otra etapa

Ya no hay marcha atrás. Urkullu, Mas, o cualquier otro pueden pedir lo que quieran porque saben que enfrente no es que no haya autoridad: no queda nada de España. Del Rey hacia abajo es todo un hilo conductor de electricidad sólo con voltaje para defender un principio, al que llaman democracia, que es el menos democrático que puede existir: si hay referéndum (que lo habrá, aunque se salten a la torera las leyes aprobadas por ellos) no consultarán a todos los españoles, que sería lo lógico, sino sólo a los que han sido inoculados del sentimiento catalanista, que es el menos catalán y humano de todos los sentimientos. Es como si a un cuerpo que ha estado siempre unido le consultan acerca de si le quieren seccionar un brazo. No hay que preguntar sólo al brazo; hay que hacerlo a todo el cuerpo, a ver si está de acuerdo en la separación de éste, que cumple su función en un todo y no en una parte.

Y respecto a Europa no nos vayamos a creer -como nos machacan a diario- que no iban a aceptar a un territorio separado. Falso. Ya hay voces que se manifiestan a favor en el Parlamento y en el Consejo Europeo, y los secesionistas que viven en España lo saben. Juegan con una Europa que está tan políticamente sodomizada como la nuestra, preocupada de la moneda y al margen o por encima de segregaciones o fronteras. Le importa poco que sea matrimonio homo o hetero, con tal de que aporte euros y no se los quite. Rajoy a esta Transición va colgado del estribo, como en los antiguos tranvías. Y al jefe del Estado se le sale el trole. Y es que se han olvidado del primero de los principios (anterior al dios democracia): España es patria, y patria quiere decir tierra de padres. Incluida Cataluña, o Vasconia, o Canarias, o La Rioja. Y para defenderla hace falta un concepto moral que estos seres aparentan desconocer por completo. Esperemos al Apocalipsis, pero más en su segunda creación que en la primera, donde aparece sin la serpiente ni el pecado.

Luis Fernández-Villamea

Publicado en Piedras de toque. Revista Fuerza Nueva nº 1416.

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