Sin propaganda institucional, bajo la lluvia… Respuesta al catalanismo del “3%”

Artur Mas es un político marcado por el 3%. No sólo ese porcentaje le define por su actitud de entonces, sino por su trayectoria vital. Desde aquel infausto día en que en el Parlamento de Cataluña Pasqual Maragall le acusó a él y a su partido de cobrar esa  comisión por cada una de sus autorizaciones públicas cuando ejercían el poder, este nacionalista convergente se ha echado la manta a la cabeza. Perdió el sillón de conseller en cap por unos momentos en la etapa del tripartito porque su apuesta residía en dar estabilidad a Cataluña, y no lo consiguió. Perdida esa batalla no le quedaba más que otra: avivar la brasa independentista, que no la quiere ni Jordi Pujol, aunque siempre esté hablando de la nació catalana. “Contra España siempre iremos mejor”, pensaba el marido de Marta Ferrusola. Su epígono ha mirado a su alrededor y ha llegado a la conclusión de que o se inventaban otro proyecto o la Generalitat se quedaba sin faena, sin chicha y hasta sin razón de ser. Algo parecido le ocurrió en el 34 a Companys con los gobiernos derechistas de la República, y ya vimos cómo acabó la película.

Companys era el hombre elegido para sacar adelante el sueño de Macià, otro Villarroel de la Diada de 1714. Pero aquel malogrado president era izquierdista y secesionista, y Mas es un hombre de derechas, con socios democristianos que le prestan su apoyo separador a regañadientes y con una masa en la calle que es una mixtura de muchas especies. Son aquellos que imaginan que Cataluña es Laporta, el Barça, Els Segadors, el sedicente montserratino Casià Maria Just, algún estrambote de Salvador Espriu o los residuos del Òmnium Cultural. Lo malo de esto es que se han juntado tantas churras con tantas merinas que ahora se confunden los antiguos alumnos del abad Escarré, que eran todos los profesionales del “vivir contra Franco” -socialistas indígenas incluidos-, con los sucesores de Cambó -que en su día y desde el exilio le daba por carta gracias al Caudillo por haber librado a Cataluña de una tragedia-, con aportaciones de los románticos de Prat de la Riba. Con otra diferencia: a Companys le preocupaba más la revolución que la “pela”, y a Mas ésta le tiene sin dormir porque ni con el 3% ha tenido bastante para financiar tanta rapiña.

No se lo esperaba

El actual president no se lo esperaba pero algo se temía. Sabe de sobra que Cataluña tiene unas razones especiales para ser muy tenidas en cuenta, desde el idioma hasta la historia. Es algo inapelable que sólo pueden cuestionar los indocumentados o los tontos. Pero también sabe que El Quijote describe como nadie la hermosura de la ciudad de Barcelona, que Agustina de Aragón era catalana, que Los Sitios gerundenses fueron defensa generosa de la piel hispana, que los voluntarios de Prim ganaban para España una laureada en África, que Isabel y Fernando recibían a Colón en Barcelona tras aquel espectacular alba de América, que los requetés de los Tercios catalanes y la Sexta Columna falangista eran hijos de la Cataluña más profunda, que los mártires de Vic, cantando el Virolai y dando gritos de entrega a Cristo y a España, se dejaban la vida por no abjurar de su fe, que la Marca Hispánica se produjo allí y no en Asturias o León, que Francesc Macià fue un teniente coronel del ejército español y Villarroel un general del mismo ejército, que Cataluña fue un Principado y Barcelona un Condado del Reino de Aragón, eso sí, muy relevantes por sus características y por su talento; que Cataluña es un permanente somatén -som ematent- de España y el timbaler del Bruc un anuncio de permanente y prometedora juventud que ahuyenta a sus enemigos; que Cataluña, como decía una pancarta el pasado 12 de Octubre en la Plaza de Cataluña, “es el embrión de España”.

El error de cálculo de Artur Mas ha sido intelectualmente jaleado por el mapa actual de la Unión Europea, que mantiene -y nunca mejor dicho- en su seno a países como Eslovenia, Serbia, Croacia, Eslovaquia, u otros como Montenegro, Kosovo o Macedonia. ¿Por qué no podemos ser nosotros igual?, se preguntará. Las primeras fueron naciones con monarquías siempre, y las segundas territorios autónomos hoy reconocidos, y en algunos casos invadidos por extranjeros. En lo único que se parece Kosovo a Cataluña es en que ambas son “embrión” de Serbia y de España, la primera tomada militarmente por musulmanes albaneses y la segunda en periodo de conquista por similares ocupantes. Si Artur Mas no es capaz de distinguir entre la propia familia, de cuyo tronco se quiere desgajar, o entre los sarracenos que van conquistando su territorio hasta hacerlo irreconocible, es que su ceguera le impide distinguir entre la defensa de su identidad catalana -no catalanista- o la ruina económica y política de Cataluña. Incluso puede que esté cavando su propia sepultura como político en ejercicio. Y España sin Cataluña, además, ya no sería España.

Pero llegó el 12 de Octubre. Es la gran fiesta de España porque refleja, en una sola fecha, su gran logro. Ortega enumera con minuciosa descripción crítica los errores de nuestra constitución como pueblo, desde lo que él llamaba La teoría de las provincias a la España invertebrada, pasando por aquel acerado estudio sociopolítico de La rebelión de las masas. Se quejaba con amargura de que fuésemos conquistados, tras la obra civilizadora de Roma, por pueblos bárbaros viejos, incluso corrompidos, que más tarde, al españolizarse, tuvieron ansias de regeneración. Uno de estos impulsos fue América, donde España lava todos sus fallos, restaña sus heridas constitutivas y brilla ante el mundo porque allí -dice el filósofo- descubre, enseña, canta, conquista, llora, funda, se hace mestiza, muere y deja una estela de civilización que no necesita una sola palabra para bautizar una obra de semidioses. Ese día fue el elegido por muchos españoles de Cataluña para salir a la calle en Barcelona. Y Artur Mas, con la familia Maragall -hoy disidente del socialismo-, seguramente se lo temían pero no contaban con tanto entusiasmo no deportivo bajo la lluvia y a la intemperie.

Con España hemos topado

La respuesta al catalanismo del 3%, que es el de hoy, se produjo de manera espontánea y eléctrica. No debemos contar el número de asistentes a la que convocó la independencia y a la que congregó a los españoles de Cataluña para compararlos, porque esa operación es viciosa. La primera es consecuencia de una mixtura de romanticismo, oportunidad, crisis profunda y odio secular a España. Todo ello envuelto en el dichoso 3% y en cerca de 40 años de terreno abonado para la arremetida oficial contra todo lo español. La segunda es fruto de la razón vital por conservar el riego sanguíneo, la tradición, las costumbres, los idiomas de España, las banderas históricas que protegen a quienes los usan y no los utilizan para que se maten, y la hispanidad de Cataluña como alba de España. La primera cuenta con escamots -como Companys entonces- para tirar a la basura banderas españolas o pisotearlas, arrancar a niñas de los hombros de sus padres o rodear a éstos y amenazar a quien se oponga. La segunda muestra su alegría por ser catalán y español en el mismo paquete, por gritar “visca Espanya” o “viva Cataluña”, por vivir en una tierra bendecida desde Montserrat, que tanta sangre catalana costó para liberarla de los escamots de Companys y de los esbirros de Maragall -unidos siempre al final en la salud y en la enfermedad-, y de los sucesores de Cambó -como Artur Mas-, que después son los primeros en arrepentirse cuando el polvorín ha reventado.

El sucesor de Pujol es menos astuto y socarrón que éste. Entonces Jordi Pujol tenía de socio y consejero a Miguel Roca Junyent, bastante más prudente que Mas en el ejercicio de la mesura política. Llegó incluso a querer exportar su partido al resto de España, en un empeño frustrado de difundir los valores de la Constitución desde lo catalán -que él redactó, junto a seis diputados más-. Ahora está callado, tal vez sorprendido o avergonzado, barruntando las consecuencias del jaleo en que se ha metido su socio. Cuando coincidía conmigo en el ascensor del Congreso me preguntaba con interés por Blas Piñar, ausente unos días de los debates del Estatuto catalán por causa de unos viajes. “Está a punto de llegar”, le decía. “¡Ah, bien, es que le echamos mucho a faltar!”. Y es que el diputado de Unión Nacional les hacía distinguir entre ciudadanía y vecindad, les dirigía por la senda jurídica transitable y les recordaba su perfecto derecho a exhibir la bandera cuatribarrada porque es una de las que figuran en el escudo de España, no así la de eso que han dado en llamar Euskadi. Luego les explicaba, casi didácticamente, con paciencia de maestro rural, por qué una cosa es amar a Cataluña y otra hacer de ésta un imposible histórico, político y económico. Y le escuchaban con la boca abierta. ¿Le estará echando a faltar a día de hoy el socio de Artur Mas y uno de los padres de la Constitución del 78?

Al final parece que lo que le preocupa a Mas es la lealtad de los suyos. Ya se lo ha advertido a los Mozos de Escuadra, para que no se repitan aquellas imágenes de cadenas de presos uniformados y desarmados conducidos por la Guardia Civil. Lo que ocurre -y él también lo ha sopesado- es que ya no tiene en Capitanía a un general Batet, muy humanitario, amigo de Companys pero más amigo de seguir a rajatabla las órdenes de la República. El margen de error que le puede quedar es avizorar cuál sería la respuesta de La Zarzuela, que al final, le guste o no, será la que tendrá que decidir, comparada con la de aquella República que sacó a tiros del Palacio de San Jaime al president y a sus consejeros, algunos de ellos a través de las alcantarillas. Ese margen de duda es el que le asalta a Artur Mas, y a mí también.

Luís Fernández-Villamea

Publicado en la revista Fuerza Nueva. nº 1417

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