Revista Fuerza Nueva, nº 1461

1461

AÑO L. Número 1.461. Del 1 al 30 de septiembre de 2016.

No parece que la situación política se aclare, y menos con los mimbres que tenemos en el Congreso de los Diputados, fruto de una Constitución que no permite otra salida que no sea elecciones contínuas y permanentes, que muchos ya ven como inevitables entre “Málaga” y “Malagón”.

SUMARIO

Aniversario

A 80 años del incidente de Salamanca:

Millán-Astray, Unamuno y la inteligencia

Por Fernando Paz

Opinión

Lo que resta por venir:

Lo que está viniendo

Por Pablo Gasco de la Rocha

Documento

Ahora hace 71 años…

Dos holocaustos liberales: Hiroshima y Nagasaki

Por Manuel Morillo

Tema denuncia

A vueltas de nuevo con la Ley de Memoria Histórica:

Carta abierta al alcalde de Soria

Por Jesús Pastor Fernández

Internacional

Entre una mujer de armas tomar y un botarate:

Un pasado que Hillary quisiera olvidar

Por Nemesio Rodríguez Lois

Noticias

18 de Julio en Santander:

80 aniversario

Por Redacción

Editorial Fuerza Nueva, nº 1460

Todo sigue igual

Otra vez se han celebrado elecciones, y otra vez todo sigue igual. El sistema no es capaz de solucionar sus carencias porque al cifrar toda su fuerza en un elector un voto -líbrenos Dios de decir “un hombre un voto”-, se hace muy difícil, casi imposible, aglutinar un estado de ánimo, y más cuando la confusión, unida a la ambigüedad y a la descomposición, se han adueñado de una sociedad sometida a tratamiento psiquiátrico desde hace 40 años. Todo queda en manos de la voluntad popular, y aquel famoso “moderador”, que era el Jefe del Estado de la Transición, se ha convertido en el mirón número uno del Estado, que seguramente se lamenta mucho de la situación cuando se levanta por la mañana pero que no ve posibilidades de actuación por ninguna parte, maniatado por una Constitución anticonstitucional de una nación y de un Estado.

Los partidos han realizado bien su función, que es partir, unos con su inepcia galopante, otros con su latrocinio en desarrollo, algunos con su soberbia rampante y todos con su sectarismo a flor de piel, habitados por analfabetos con dos carreras y varios máster y con un desconocimiento prodigioso de la res pública y de la rectitud de gobernar. Otra cosa sería que el Rey, que está para algo más que para encabezar el símbolo supremo del Estado, actúe pensando en el bien común y habilite la fórmula enérgica y sin tapujos para que quien sea se ponga de acuerdo y forme gobierno, con o sin consentimiento constitucional, porque los españoles están por encima del sistema y de la propia Carta Magna cuando ésta se declara por sí misma inhábil para ordenar la vida y la hacienda de sus gobernados.

Lo malo de todo este embrollo es que ya están en los ayuntamientos y en algunas comunidades autónomas los precedentes de los desastres históricos padecidos por España. No comienzan por corregir la corrupción, apartar a los indeseables o cuidar la gestión de las ciudades y pueblos. No. Su seña de identidad es apartar sin motivo a los militares, asaltar los templos -sólo los católicos-, ensalzar a los asesinos de inocentes, situar en las calles otros nombres -casi todos despreciables-, propagar y subvencionar el escándalo público, ahogar a los vecinos con radares para la circulación viaria que sancionan con multas de infarto el haber sobrepasado en 5 kilómetros por hora la velocidad permitida -ya de por sí menguada- y, por último, anunciar en los barrios de las grandes ciudades una especie de policía política que lleve como fin elaborar una ficha completa del vecindario, copiando al pie de la letra el plan puesto en marcha por Fidel Castro en La Habana con los denominados Comités de Defensa de la Revolución.

Ante este panorama no existe solución aparente porque el sistema electivo no puede corregir nada, cuando el tejido social se identifica en muchos casos con los actuales mandatarios de las instituciones. Se ha conseguido una España que por medio de la degradación moral de los maestros del espíritu y de la cosa pública ha devenido en un pensamiento liquidador de todo lo que hasta ahora era considerado como bueno, de tal modo que el situar en el poder lo contrario de lo anterior no sea la solución, ya que puede estar tan degradado o más que aquello que se intenta rectificar. Y así es imposible formar gobiernos, ni coaliciones, ni entendimientos, aunque sea de mínimos, para sacar adelante un país al que las instituciones internacionales, de las que formamos parte, le instan de manera apremiante a buscar salidas.

No existe, por todo lo expuesto, una línea de conducta eficaz para superar el problema planteado. Los dirigentes políticos al uso, bien aireados por las distintas televisiones y medios de comunicación, no hacen más que añadir hartazgo a los españoles mejor dotados, que engrosan las cifras de la abstención no sólo a la hora de votar sino a la de tomar una decisión sobre su propia vida personal, acuciados por el paro, la falta de futuro para los universitarios más brillantes o para la formación de una familia, a la que se persigue sin piedad mediante la disolución de los vínculos, la falta de oportunidades o una fiscalidad pavorosa que imposibilita su creación y, si ya está constituida, su mantenimiento con un mínimo de dignidad.

El grito desesperado del legendario alcalde de Móstoles -”¡España está en peligro, acudid a salvarla!”- es tan necesario hoy como entonces, cuando nos invadían los ejércitos de Napoleón, que teóricamente eran nuestros aliados. Y sólo es posible si aquellos que hemos tenido el privilegio de beber en las mejores fuentes del pensamiento nos empeñamos en buscar los caminos de la justicia, que llegan siempre que la honradez con el propio concepto de patria -tierra de padres- se hace consecuente con el mejor legado recibido desde la tradición y el culto a los mejores.  En esta casa, después de medio siglo de combate, por lo menos hemos dejado constancia de ello, aunque jamás haya sido reconocido por los partidarios del interés o por los de la traición a unos ideales.

Revista Fuerza Nueva, nº 1460

AÑO L. Número 1.460. Del 1 al 30 de junio de 2016.

El pasado 2 de julio tuvo lugar la celebración del 50 aniversario de la fundación de Fuerza Nueva Editorial y también un homenaje a su fundador, Blas Piñar, fallecido hace dos años y medio. Ante un salón abarrotado y con representación extranjera y de las distintas provincias españolas, se rindió tributo a un movimiento político que ha significado mucho en la Transición española y que hoy es absolutamente silenciado, incluso para condenarlo.

SUMARIO

Editorial

Todo sigue igual

Piedras de toque

Su recuerdo era de suma justicia:

En medio de un silencio plomizo

Por Luis F. Villamea

Panorama

Análisis disidente de los resultados del 26-J:

¡Que vienen los rojos!

Por Francisco Torres García

Tema denuncia

Internacional

Sin signos de agotamiento para la segunda vuelta:

Marine Le Pen

Por Arturo de Sienes

Noticias

Málaga celebró el 50 aniversario de Fuerza Nueva

Por Redacción

 revista1460

Editorial Fuerza Nueva, nº 1459

Europa se defiende

El continente europeo ha alcanzado su punto álgido de paciencia colectiva. Han sido muchos años de invasión en todos los terrenos que no han aportado ningún criterio integrador. Europa siempre se ha movido entre los pueblos y naciones que la componen. Marie Curie era polaca, pero, como una francesa más -sin renegar para nada de su nacionalidad de origen-, aportó a la ciencia unos avances indescriptibles para el desarrollo de la humanidad. Y como ella cientos de casos sin tanta resonancia pero todos formando parte de un conjunto civilizador agrupado en torno a los valores de Occidente.

Después ha venido una oleada de seres víctimas de una descolonización precipitada, suicida en algunos casos, que ha invadido ciudades y barrios de las principales capitales europeas, y que, en líneas generales, no ha aportado ningún beneficio laboral -éste fue ofrecido en su día por españoles e italianos principalmente-, que en algunos casos volvieron a sus lugares de origen pero que en muchos otros formaron familias mixtas y felizmente integradas en la vida de distintos países continentales. Fenómeno que se ha revuelto contra sí mismo en la mayor parte de los casos presuntamente  invasores, cuando algún extranjero, con ánimo de ser uno más en esos países, respetando sus formas de conducirse, ha sido tomado por el todo cuando su inocencia personal resultaba absoluta.

Por eso las naciones de la Europa más civilizada se resienten. Y lo hacen en dos vertientes: en la puramente económico-política, y en la moral, con legiones de jóvenes envenenados por teóricos maestros del espíritu islámico que, incluso con un apreciable nivel cultural, adquirido en el continente, se convierten en malhechores y dejan regueros de sangre en cualquier ocasión, buscada con dosis respetables de inteligencia dirigidas por la maldad. Europa, ante este reto, ha aguantado mucho -sus pruebas han sido clamorosas-, siempre alanceadas por gemidos y lamentos de presuntos ecologistas, demócratas liberales crónicos y, desde luego, por toda clase de marxismo residual y fracasado que inunda las universidades europeas en no menor medida que esa otra invasión de la que hablamos.

Tiene que llegar, en pura lógica, lo que Ramiro de Maeztu decía en sus escritos: “Ser es defenderse”. Y comenzar a articular unas fórmulas que gustarán más o menos, según sus definiciones concretas, pero que representan el derecho y el deber a combatir de los pueblos por su propio bienestar y con arreglo a sus tradiciones. No se trata en este caso de un egoísmo interpretado como pieza de escándalo, sino como fórmula lícita, legal, institucional y humanitaria de  proteger la vida de los pobladores históricos de esos pueblos, con tanto derecho o más a vivir sin alteraciones que los que llegan con ansias incluso de hacerla desaparecer.

Austria ha sido el último toque de atención, que tras un recuento final sospechoso ha superado el listón, salvándola del gol el palo de la portería. Se trata del primer país de la Unión Europea, con un nivel económico y político apreciable y con instituciones que desde hace mucho tiempo son pioneras en el aviso del temporal que arrecia sobre el continente. Esto se aprovecha muy bien para establecer las comparaciones facilonas con Hitler, quien era austriaco, y con el III Reich, que siempre fue bien recibido en este país centroeuropeo. Pero aquello fue el pasado, y el presente es otro bien distinto y con peculiaridades propias de una política desordenada, cuando no cómplice con  un proyecto de convivencia que, después de muchos ensayos, se ve que resulta imposible.

Sin ninguna clase de duda la tormenta arrecia sobre Europa, y las consecuentes y próximas citas electorales no harán otra cosa más que certificar el acrecentamiento del proceso defensivo en toda Europa, que no necesita más beneficios sociales de los que disfruta, ni más seguridad para los que trabajan, ni tampoco mejor sanidad de la que tiene, ni mayores prestaciones de las que dispone. Pero este beneficio hay que ganárselo con la conducta de los que llegan, y nunca con la metralleta de los que pretenden aniquilar a los que lo consiguieron con su esfuerzo.

Revista Fuerza Nueva, nº 1459

AÑO L. Número 1.459. Del 1 al 31 de mayo de 2016.

El próximo 2 de julio tendrá lugar en Madrid la conmemoración del 50 aniversario de la fundación de Fuerza Nueva. Éste tuvo lugar un 2 de mayo de 1966, pero razones que tienen que ver con los inmediatos comicios electorales, han hecho aplazarlo hasta dicha fecha. Se intentará, a través de un documental, reflejar con la mayor exactitud estas cinco décadas de la vida de España.

SUMARIO

Piedras de toque

A punto de conmemorarse el 50 aniversario de Fuerza Nueva:

Medio siglo de combate

Por Luis F. Villamea

Panorama

Desafección política por todas partes:

La abstención se acrecienta

Por Francisco Torres García

Opinión

Sobre el Valle de los Caídos:

El impulso cainita de los malvados

Por Pablo Gasco de la Rocha

Documento

II República:

Estúpida y cobarde falsedad (y 2)…

Cronología

Por Eduardo Palomar Baró

La Iglesia y su tiempo

5 mártires de la Cruzada:

Beatificación en Burgos

Por Redacción

Internacional

Elecciones en Perú:

En la primera vuelta ganó Keiko Fujimori

Por Arturo de Sienes

revista1459

Editorial Fuerza Nueva, nº 1458

Un régimen que se agota

Con la incertidumbre de si habrá o no elecciones el próximo 26 de junio abordamos la etapa seguramente más complicada del régimen que surgió de la mal llamada Reforma Política. Y decimos mal llamada porque aquel trasunto resultó una ruptura en toda regla con el ordenamiento jurídico-político establecido no después de una guerra, como dicen los interesados, sino a través de cerca de 40 años de elaborar leyes que pusieron a España en el puesto número 9 entre los países más desarrollados del mundo. Hoy estamos bastante más abajo, y en desarrollo económico alcanzamos el puesto número 21.

Pero con ser malo este dato no tiene parangón con el deterioro social, político y moral alcanzado por España en estas últimas cuatro décadas. Si escudriñamos en estadísticas fiables -cosa que ya están  haciendo los organismos internacionales dedicados a este menester- nuestra nación ha llegado al límite de la corrupción, del deterioro moral y del latrocinio, en algún caso de forma institucionalizada. Y cuando sale algún juez con ánimo de cumplir y hacer cumplir la ley -caso de los Eres de Andalucía-, se demora tanto la instrucción, se ponen tantas trabas en el proceso, que acaba todo por quedar en nada. Es una auténtica maniobra, bien pensada y estructurada, para que cada día que pasa nos adentremos en un laberinto emponzoñado.

Ahora lo estamos comprobando en el caso del presunto chantaje a los abogados de la infanta Cristina en el juicio de Palma, en el que la inmensa molestia política que significaba la acusación, en toda regla, de un miembro de la Casa del Rey, con defensores elegidos por el propio monarca, que previamente ha hecho posible la abdicación -no querida- del hoy Rey emérito, ha puesto en marcha un entramado de locura para tratar de paliar el brutal escándalo. Y para ello se han movilizado todos los elementos al alcance de un Estado -no sólo de un Gobierno- para contrarrestar el inmenso perjuicio que el proceso está promoviendo a escala universal.

Han sido varios meses de imaginar bien la maniobra, cuando mientras se alababa sin miramientos a la acusación particular que había tenido la audacia y el atrevimiento de promover la inculpación de la infanta, se muta de repente y, de igual manera, sin miramientos, se procede a satanizar la acción jurídica de quienes se habían impuesto la tarea de seguir adelante. Y se establece, de forma que a la opinión pública pueda serle creíble, una serie de datos que se conocían con años de anterioridad y que hasta este preciso momento no habían despertado la mínima sospecha delictiva, es más, se les había bendecido y elogiado incluso hasta la naúsea.

Todo esto no hace más que levantar la liebre de la capacidad de maniobra de un Estado, no siempre dirigida al bienestar de los que viven y trabajan en y para el mismo. Por ello los jueces han levantado su voz, con todo derecho, cuando por medio de este presunto caso de chantaje se les ha puesto en tela de juicio por haber cobrado conferencias y cursos, y por asistir a encuentros profesionales para los que se les ha requerido y que llevaban prendidos unos legítimos honorarios que dependían de su especialidad en la materia o de su magisterio inapelable. Han conseguido poner en pie de guerra a todo un estamento nacional de primer orden para tratar de defender lo que, para bien o para mal, sólo pueden y deben hacer los tribunales de justicia.

No tiene que extrañarnos por todo ello que España esté viviendo la época más infeliz de su historia más reciente, que sólo la voluntad de superarse de los españoles es la que salva la ineptitud de su clase política, carente en absoluto, en izquierdas y en derechas, de sentido nacional y entregadas por entero a los programas de televisión o a lo que se ha bautizado con el repetido apelativo de “postureo mediático”. Lo malo de todo esto es que ya no se trata de la clase política solamente: es el propio Estado, con la gran fuerza y medios de que dispone y mantiene, el que toma parte por él mismo y no por el bienestar de lo que ahora con tanto engolamiento dialéctico de gorro frigio llama “ciudadanía”.