Editorial Fuerza Nueva, nº 1461

80 años de una fecha crucial

Acaban de cumplirse los 80 años del 18 de julio de 1936, fecha de un golpe de Estado que fue en realidad un alzamiento militar y civil al mismo tiempo. Y, como consecuencia de su fracaso, el comienzo de una guerra a la que los Papas le otorgaron el título de Cruzada. Cien días de fuego pusieron a España en la picota informativa y mediática del mundo de entonces, llegando a ser el suceso más estudiado, a día de hoy, después de la II guerra mundial. Recientemente se publicaba un estudio de destacadas universidades en el que se llegaba a la conclusión de que, de no haber existido esa conflagración universal, seguramente la guerra de España ocuparía el primer puesto entre los más destacados acontecimientos ocurridos en la Historia.

No es precisamente éste el caso que nos debe satisfacer, primero, por la dimensión de aquella tragedia, y, segundo, porque de un hecho sangriento para millones de seres que lo sufrieron nunca se puede extraer ninguna clase de beneficio. Pero tampoco estorba que, a la luz de la historia, se dejen algunas cosas muy claras para el devenir de los tiempos. Y más cuando a pesar de las décadas transcurridas, que se van acercando al siglo, los ánimos siguen enconados y el sectarismo y el fanatismo ofuscan las mentes que deberían estar mejor oxigenadas a la hora del análisis, la evaluación o el comentario.

España sufrió, en 1931, un golpe mortal: la fuga de una Monarquía a la que le cumplía la obligación de defenderse por el bien común. No lo hizo, a pesar de haber ganado democráticamente unas elecciones municipales en miles de ayuntamientos. Se llegó a la conclusión, y en ello participaron activamente ex ministros del Rey, de que los grandes núcleos de población habían apostado por la República, en una flagrante irregularidad que por esa misma conducta hubiera eliminado cientos y miles de comicios en el mundo, no sólo en la España de ayer y de hoy. Era como decir, traspasado a la actualidad, que los nueve millones de Madrid, por ser muchos sufragios, valen más que los nueve de Andalucía unidos a los conseguidos en Cantabria, La Rioja y Asturias, por poner un ejemplo comprensible. Es decir, premiar la calidad contra la cantidad, suponiendo que los primeros representasen la calidad suprema, que estaría por ver si hubiera un aparato capaz de medirlo.

Vino la II República, impulsada por intelectuales que después se arrepentirían al ver cómo los partidos obreros y sindicatos tomaban el poder en las fábricas y las armas en la calle, instigados por dirigentes que hablaban de manera patriótica y actuaban de forma revolucionaria, siempre con un ojo puesto en el soviet, ya bien instalado en la URSS y en buena parte del resto de Europa. De ahí vino la insurrección simultánea de Octubre en Asturias -encabezada por el PSOE- y en Cataluña -emprendida por el secesionismo de Esquerra Republicana con la colaboración impagable de los sindicatos marxistas, especialmente del anarquismo-. El Ejército se divide y de ahí viene la conjura contra un régimen republicano que comete la imprudencia de armar a las masas en Madrid para sofocar el levantamiento del cuartel de La Montaña.

Una junta militar nombra a Franco como el más indicado para dirigir el alzamiento, a lo que éste se resiste. No hay que olvidar que el futuro Jefe del Estado, de enorme prestigio ya entre los suyos y en el extranjero por las campañas de África, fue el que resolvió el golpe de Estado de Asturias al servicio de la República. Pero al final acepta, junto a soldados de la talla de Mola -republicano convencido- y otros generales que no mostraron nunca su aversión al nuevo régimen de 1931, sino a los acontecimientos desencadenados en el seno de éste, que a su juicio y al de gran parte de la población española arruinaron la legitimidad que le pudiera quedar.

Esta actitud produjo una guerra que se prolongó en el tiempo tras convertirse en campo de atracción universal, donde el mundo dirimió sus campañas ideológicas más violentas y la Unión Soviética, con la potencia de Stalin, y el futuro Eje con la presencia de Hitler y Mussolini, establecieron sus cuarteles, acusándose mutuamente, hasta el día de hoy, de intervencionismo desaforado. Dicha situación la definió mejor que nadie, ya en plena contienda, el doctor Marañón, uno de los impulsores y postuladores más destacados de la II República: “Aunque en el lado rojo no hubiera un solo soldado moscovita, sería igual: la España roja es espiritualmente comunista roja. En el lado nacional, aunque hubiera millones de italianos y alemanes, el espíritu de la gente sería infinitamente español, más español que nunca. De esta absoluta y terminante verdad depende la fuerza de uno de los dos bandos y la debilidad del otro”. Fue toda una definición.

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