Editorial Fuerza Nueva, nº 1460

Todo sigue igual

Otra vez se han celebrado elecciones, y otra vez todo sigue igual. El sistema no es capaz de solucionar sus carencias porque al cifrar toda su fuerza en un elector un voto -líbrenos Dios de decir “un hombre un voto”-, se hace muy difícil, casi imposible, aglutinar un estado de ánimo, y más cuando la confusión, unida a la ambigüedad y a la descomposición, se han adueñado de una sociedad sometida a tratamiento psiquiátrico desde hace 40 años. Todo queda en manos de la voluntad popular, y aquel famoso “moderador”, que era el Jefe del Estado de la Transición, se ha convertido en el mirón número uno del Estado, que seguramente se lamenta mucho de la situación cuando se levanta por la mañana pero que no ve posibilidades de actuación por ninguna parte, maniatado por una Constitución anticonstitucional de una nación y de un Estado.

Los partidos han realizado bien su función, que es partir, unos con su inepcia galopante, otros con su latrocinio en desarrollo, algunos con su soberbia rampante y todos con su sectarismo a flor de piel, habitados por analfabetos con dos carreras y varios máster y con un desconocimiento prodigioso de la res pública y de la rectitud de gobernar. Otra cosa sería que el Rey, que está para algo más que para encabezar el símbolo supremo del Estado, actúe pensando en el bien común y habilite la fórmula enérgica y sin tapujos para que quien sea se ponga de acuerdo y forme gobierno, con o sin consentimiento constitucional, porque los españoles están por encima del sistema y de la propia Carta Magna cuando ésta se declara por sí misma inhábil para ordenar la vida y la hacienda de sus gobernados.

Lo malo de todo este embrollo es que ya están en los ayuntamientos y en algunas comunidades autónomas los precedentes de los desastres históricos padecidos por España. No comienzan por corregir la corrupción, apartar a los indeseables o cuidar la gestión de las ciudades y pueblos. No. Su seña de identidad es apartar sin motivo a los militares, asaltar los templos -sólo los católicos-, ensalzar a los asesinos de inocentes, situar en las calles otros nombres -casi todos despreciables-, propagar y subvencionar el escándalo público, ahogar a los vecinos con radares para la circulación viaria que sancionan con multas de infarto el haber sobrepasado en 5 kilómetros por hora la velocidad permitida -ya de por sí menguada- y, por último, anunciar en los barrios de las grandes ciudades una especie de policía política que lleve como fin elaborar una ficha completa del vecindario, copiando al pie de la letra el plan puesto en marcha por Fidel Castro en La Habana con los denominados Comités de Defensa de la Revolución.

Ante este panorama no existe solución aparente porque el sistema electivo no puede corregir nada, cuando el tejido social se identifica en muchos casos con los actuales mandatarios de las instituciones. Se ha conseguido una España que por medio de la degradación moral de los maestros del espíritu y de la cosa pública ha devenido en un pensamiento liquidador de todo lo que hasta ahora era considerado como bueno, de tal modo que el situar en el poder lo contrario de lo anterior no sea la solución, ya que puede estar tan degradado o más que aquello que se intenta rectificar. Y así es imposible formar gobiernos, ni coaliciones, ni entendimientos, aunque sea de mínimos, para sacar adelante un país al que las instituciones internacionales, de las que formamos parte, le instan de manera apremiante a buscar salidas.

No existe, por todo lo expuesto, una línea de conducta eficaz para superar el problema planteado. Los dirigentes políticos al uso, bien aireados por las distintas televisiones y medios de comunicación, no hacen más que añadir hartazgo a los españoles mejor dotados, que engrosan las cifras de la abstención no sólo a la hora de votar sino a la de tomar una decisión sobre su propia vida personal, acuciados por el paro, la falta de futuro para los universitarios más brillantes o para la formación de una familia, a la que se persigue sin piedad mediante la disolución de los vínculos, la falta de oportunidades o una fiscalidad pavorosa que imposibilita su creación y, si ya está constituida, su mantenimiento con un mínimo de dignidad.

El grito desesperado del legendario alcalde de Móstoles -”¡España está en peligro, acudid a salvarla!”- es tan necesario hoy como entonces, cuando nos invadían los ejércitos de Napoleón, que teóricamente eran nuestros aliados. Y sólo es posible si aquellos que hemos tenido el privilegio de beber en las mejores fuentes del pensamiento nos empeñamos en buscar los caminos de la justicia, que llegan siempre que la honradez con el propio concepto de patria -tierra de padres- se hace consecuente con el mejor legado recibido desde la tradición y el culto a los mejores.  En esta casa, después de medio siglo de combate, por lo menos hemos dejado constancia de ello, aunque jamás haya sido reconocido por los partidarios del interés o por los de la traición a unos ideales.

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