Editorial Fuerza Nueva, nº 1456

Lo de siempre

La izquierda española es tozuda como pocas, mejor diríamos, como ninguna. Y esto no porque se refleje ahora con la presencia de los podemitas en las instituciones; lo ha sido siempre. ¿Acaso nos olvidamos de los primeros y de los últimos tiempos del socialismo en el poder, con la campaña antirreligiosa que hubo con la visita a Santiago de Compostela de Benedicto XVI, que le obligó a éste, en pleno vuelo, a manifestar que España estaba sufriendo una persecución parecida a la de los años 30 del siglo XX? Entonces estaba Rodríguez Zapatero en el Gobierno, y Pérez Rubalcaba de lugarteniente, pero antes ya había habido cambio de calles, miradas sesgadas, incluso hostiles, a las cosas que tuviesen relación con la Iglesia o con Roma, arremetidas contra las beatificaciones masivas, artículos vitriólicos contra éstas, bofetadas en las calles de la Ciudad Eterna cuando se beatificó a los mártires de la Cruzada que le obligaron al Papa Ratzinger a presenciar la espectacular ceremonia casi clandestinamente desde una ventana, banderas españolas arrojadas al suelo y verjas bloqueadas y cerradas en el Valle de los Caídos, y no sabemos cuántas profanaciones, blasfemias, provocaciones, insultos y procesiones laicas más, con desnudos en las catedrales y ataques a la fe sencilla y secular de los creyentes.

Lo que ocurre es que cuando consiguen una cota mayor de poder, aunque sea pequeña, aumenta la resonancia de sus actos, se envalentonan y dan rienda suelta a sus sentimientos más enconados, no contra el clero -eso lo tienen superado-, sino contra la naturaleza divina de Cristo y de su Iglesia, la Santísima Trinidad, el sagrario, la cruz, el martirio o lo que representa España como nación de raíz católica que basa su origen y nacimiento en la fe cristiana.

Pero ahora están en las alcaldías, y en las comunidades autónomas -e importantes, como Cataluña-, y han dejado pequeños a los socialistas de antaño en sus reivindicaciones cristofóbicas y blasfemas, con concejalas y alcaldesas enjuiciadas por asalto a templos católicos o consentidoras y premiantes de alegatos contra la virginidad de María o lo más sagrado de lo que el ser humano considera patrimonio del alma, que estos polichinelas promueven como ofensa, o burla, o escarnio y que, en definitiva, les conduce -o eso intentan- a ganar la guerra que perdieron en su día -gracias a Dios- precisamente por obstinarse, de manera sanguinaria, en los mismos móviles que hoy activan y publicitan.

Y a ello han contribuido unas derechas mansas, melifluas, que no creen en nada -los de enfrente creen por lo menos en el Antidiós-, vividoras, corrompidas hasta el tuétano, ausentes de todo sentido social o moral, temerosas de enfrentarse con la realidad del marxismo y el secesionismo galopantes, ignorantes de la historia más reciente y también de la más alejada, prepotentes y sólo activas y preocupadas cuando alguien insinúa o proclama que son un atajo de fascistas. En ese instante no hay nadie con voz responsable y audible que conteste: ¿y qué?

Esa izquierda tan reivindicadora y reivindicante todavía no ha dado un paso en la gestión municipal o autonómica allí donde gobierna. Y no lo hace no porque no sepa, o no quiera. No. Es su ideología la que le ofusca y cauteriza, le maniata y desactiva para cualquier otra causa que no sea la de organizar la contraofensiva que no pudo superar, ni con Marx, Engels o Stalin colgando de la Puerta de Alcalá, ni con su propia fiebre anarco-marxista en el Jarama, Brunete, Belchite o el Ebro. Ésta es la única Memoria Histórica que conoce, y contra la que no sabe qué leyes inventar, qué órdenes dar, o qué actitudes tomar para quitarse de la cabeza esa obsesión delirante.

Aunque también es verdad que siempre queda un hálito de vida que sin duda volverá a encontrar el camino de su fe de vida y el derecho y la obligación de defenderlos. Puede que todavía se esté esperando que las instituciones creadas por la Reforma política y el Estado de las autonomías den respuesta a la disyuntiva, cada día más evidente, del ser o no ser de España y de su auténtica Memoria. Pero ya estamos viendo que por ahí es angustioso, y más que angustioso, imposible.

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