Editorial Fuerza Nueva, nº 1454

Carrero en la memoria

Por estos días de hace 42 años -un 20 de diciembre- asesinaban en Madrid, al salir de Misa, a Luis Carrero Blanco, en ese momento presidente del Gobierno español. Muchos analistas políticos y algún historiador han fijado en aquella fecha el comienzo de la Transición política hacia un régimen distinto, que venía ya impuesto desde la Europa que entonces se denominaba del Mercado Común. Fue, qué duda cabe, un hito para nuestra historia contemporánea que aceleró cualquier proyecto preestablecido para España, que todavía en 1973 vivía ajena a los resultados políticos que había arrojado la victoria aliada en 1945. Hubo intentos incesantes para derribar aquel régimen, exclusivamente sostenido por el valor que representaba para esa Europa vencedora contar con un baluarte de toda confianza contra el comunismo y un valladar indiscutible para apoyar uno de los frentes de la guerra fría.

El almirante Carrero era hombre de sólida cultura, muy entendido en el mundo de la información, que apoyaba su valer en una carrera militar, en la guerra y en la paz, que le otorgaba una experiencia política indudable que él puso, con fidelidad berroqueña y entrega absoluta, al servicio de España a través del régimen del 18 de Julio, en el que creía fervorosamente y a través del cual estimaba que era posible otra democracia que no fuese la liberal al uso y abuso de Occidente. Todo esto lo explicaba magníficamente en sus Obras de Juan de la Cosa, pseudónimo con el que escribió una serie de crónicas compiladas en dicho libro y transmitidas en su día a través de Radio Nacional de España. Para ello utilizó el nombre del marino, armador y cartógrafo montañés que, como él, nació en Santoña y puso sus naves y sus mapas a disposición de la Corona para emprender la sublime aventura del Descubrimiento americano.

Se trataba de un hombre de vida ejemplar, dedicado exclusivamente a su trabajo y a su familia y dotado de una formación intelectual que iba mucho más allá, en perspectiva, de lo que cualquier otro político de su tiempo pudiera alcanzar. Había bebido en la cultura occidental, pero conocía muy bien los fallos que esa misma cultura proponía para el desarrollo de Europa y del mundo. De ahí sus críticas a la Inglaterra que históricamente había impedido el crecimiento de España con respecto a sus territorios en América, o a la defensa de Occidente que él plasmó en un libro primoroso y documentado al máximo que tituló Lepanto. Más que la obra literaria de un marino que escribe sobre un episodio naval de alcance universal, parece un tratado sobre cómo se articula la defensa de Occidente que muy bien puede ser trasplantado a la más ardiente actualidad.

Y es que el almirante Carrero parecía contar con un especial dominio de las premoniciones, hasta las más fatales, como fue el relato, que figura en sus Obras bajo el título Un sueño, y que anticipa, casi con rasgos exactos, el sacrificio de su vida. Lo pone en manos de un “hombrecillo escurridizo y viscoso, de risa metálica” al que intentas atrapar pero que siempre se escapa, y que él cifra en ese poder sin rostro que persigue inexorablemente todo lo que lleve un signo cristiano y sobrenatural. De ese episodio parece calcada su voladura en la calle Claudio Coello de la capital de España, cuando salía de otro Santo Sacrificio al que acababa de asistir en la parroquia de los jesuitas de San Francisco de Borja.

Qué duda cabe que, de haber vivido el almirante, la que llamaron Reforma se habría articulado de otra manera, y en ningún modo el oportunismo, que más tarde devino en transformismo, se hubiera apoderado de los conductos sanguíneos del régimen. Carrero tenía talento para dirigir una operación que contaba ya con muchos peones dispuestos al cambio de casaca, de personalidad y hasta de sexo político, y sólo la complicidad y el perjurio hicieron posible aquello que no parecía tan fácil. Fue precisamente el marino santoñés el que apostó más fuerte por la sucesión del Príncipe de España, Juan Carlos de Borbón, de cara al más allá de Franco, para convertirse inmediatamente en motor del cambio y en el principio del fin que ahora se proyecta con un pueblo español en serios apuros.

España estaría hoy en otra dimensión internacional sin perder nada de su idiosincrasia secular, sólo por el concurso de la virtud del gobernante y por su entrega a una verdad religiosa, en la que cree, y a una verdad política, que existe. Pero los agentes invisibles que manejan los hilos del “hombrecillo de voz metálica, escurridizo y viscoso”, hicieron lo posible para acabar con su vida, y también con la esperanza de una España que arrancaba, a la hora de su muerte, con prestigio ante el mundo y con un desarrollo industrial privilegiado. Dicen que con él comenzó la Transición, que ahora se esta acabando según los diputados emergentes que terminan de ser elegidos.

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