Editorial Fuerza Nueva, nº 1453

40 años sin vergüenza

Hace 40 años que murió Franco, pero parece que fue ayer mismo, porque todo el mundo -bien dicho, el mundo- habla de él. En España para denostarle, por dos razones: porque forma parte de la política oficial de un régimen nuevo que se elaboró con los perjurios del ayer, y porque cuatro décadas es tiempo más que suficiente para inyectar vacunas previsoras. Se dice que de franquismo no queda nada, cuando la realidad es bien distinta: queda aquello mismo que el Caudillo decía que le faltaba a la II República: la razón. Todo lo demás lo tenía: la flota de guerra, las grandes ciudades  y puertos, la industria, el Tesoro, los cultivos…

Eso precisamente es lo que dejó aquel Jefe del Estado el día que murió, pero transformado: la flota no fue nunca mejor desde antes de la guerra de Cuba; las grandes ciudades (Barcelona, Bilbao), nunca alcanzaron mayor progreso; la industria llegó a situarse, de no estar siquiera en la lista de países industrializados, en el noveno puesto mundial; el Tesoro, que desapareció de las arcas del Banco de España, llegó a incrementarse por el concurso de un 7% sostenido de crecimiento, y la agricultura conoció proyectos hechos realidad que convirtieron secarrales inmensos en campos donde se cultivó el arroz. Y, además, creó una Seguridad Social impresionante que es la estrella mediática de los Estados Unidos -todo el mundo pregunta por ella-; abrió las compuertas de cientos de presas de agua para el consumo y el riego -”vivimos de las rentas”, dijo el primer ministro de agricultura socialista en 1982-; consiguió la vuelta de la mayor parte del exilio; estableció -con muchos sinsabores y acechanzas de empresas sin escrúpulos- la red de autopistas; combatió el terrorismo con la ley, no con cal viva, y llevó a cabo una política exterior de lujo, en especial con los cuatro ejes que le incumben a España: Hispanidad, Mundo Árabe, Gibraltar y Portugal.

Decir por ello que de franquismo no queda nada en la España de hoy es, además de un concepto sesgado de la realidad, una torpeza infinita. Continuamente oímos todavía por la calle algo que, aunque lleva un punto de comentario jocoso, no deja de obedecer a la realidad comparativa: “Esto con Franco no pasaba”. Y no se dice porque entonces se ejercitase un abusivo empleo de  autoritarismo, sino como aserto de seriedad en la función pública. Aunque, eso sí: jamás se leerá, verá o escuchará en medios oficiales o privados de comunicación algo que haga alusión a ello: sólo surge en los comentarios de la calle, y generalmente por la clase media española que surgió durante el periodo, que no llegó a 40 años, de Francisco Franco al frente de la Jefatura del Estado.

En cambio hay que escuchar sin sonrojarse que Felipe González fue un gran estadista -sin conocerle un sólo mérito, más que el principio de la corrupción hecha gobierno-, que Suárez fue el gran gobernante católico de la Transición hecha ley -con el perjurio y el divorcio a sus espaldas-, que Aznar fue el gran artífice de la economía nacional, con una libertad mercantil desatada y suicida sin frenos correctores, más una obediencia canina a los Estados Unidos para colaborar en una barbaridad a escala universal, y que Rodríguez Zapatero fue el artífice de un socialismo de cara moderna, con un Estatuto de Cataluña a sus espaldas que produce vértigo y con una crisis que ha dejado a España en el nivel 21 de Desarrollo Económico, y que motivó la utilización de forceps para entrar en el G-20 de los países más importantes del mundo.

Sólo las personas con cierta capacidad de discernimiento e información pueden alcanzar, con el paso de los años y de las generaciones, el suficiente criterio para admitir una evidencia: España ha ido creciendo en población en estos 40 años sin Franco, y también en desarrollo, principalmente por los inmensos avances de la tecnología y por las ayudas de las grandes organizaciones globalizadas. Pero también es oportuno no comentar, sino afirmar, que de haberse llevado a cabo la reforma perfectiva de aquel régimen -que es lo que estaba jurado y no lo que se perjuró- hoy España tendría completada su red de Alta Velocidad, de autovías y carreteras regionales y comarcales, su Plan de Vivienda para todos y la agricultura más competitiva internacionalmente, aunque en este terreno se hayan sabido aprovechar mejor las rentas del pasado.

Y desde luego es impensable que un periodo que ha ocupado los últimos 40 años de España haya sido traspasado por el terror de mil tiros en la nuca de personas inocentes, de miles de heridos y mutilados por esta causa, de obispos cómplices con pistoleros arropados por hermanos en el episcopado, con una Iglesia pasto del secesionismo más virulento y desquiciado y con un Jefe del Estado enquistado en el hedonismo vividor y en el comisionismo compulsivo. Pujol le llamaba “corruptor” a Franco, y el Rey emérito ha puesto a quien le debe todo -sin quererlo, sino todo lo contrario-, en el lugar más alto de todos los pedestales que bajo su mirada y consentimiento se han desmantelado. En suma, 40 años sin vergüenza.

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