Editorial Fuerza Nueva, nº 1452

Hace 36 años

Ajena por completo a la actividad de esta empresa Editorial -y de Fuerza Nueva como publicación- está apareciendo, tanto en internet como en teléfonos móviles, una página de ABC de 1979, con unos comentarios adheridos, que hemos llevado, por su oportunidad y acierto premonitorio de 36 años, a nuestra portada en el presente número de la revista. Se trata de la intervención del parlamentario Blas Piñar en la sesión del Congreso de los Diputados de noviembre de aquel año durante los debates que tuvieron lugar para la aprobación del Estatuto de Cataluña en la Comisión Constitucional, presidida por el diputado de UCD Emilio Attard.

En números anteriores, y también en páginas interiores del actual, se ha comentado el hecho de aquellas sesiones parlamentarias en las que la brillantez expositiva del fundador de Fuerza Nueva anunciaba, con toda clase de detalles jurídicos, políticos e históricos, lo que hoy está ocurriendo en España, quiera Dios que nunca de una manera irreversible. Pero esta página de impulsor y comentarista anónimos certifica, de forma palpable, el sentir de un pueblo que se ha sentido engañado, no sólo por los dirigentes secesionistas, sino por los “padres de la Constitución” y por los partidos y gobiernos “nacionales” que durante estas dos generaciones han dirigido oficialmente España.

Lo que estamos viendo hoy en la región catalana, y concretamente el pasado 15 de octubre en Barcelona, con todo el gobierno autónomo -con su presidente a la cabeza-, rodeado de cientos de alcaldes y cargos públicos que dependen y viven del presupuesto español, para apoyar una desobediencia generalizada, una prevaricación flagrante, una malversación de fondos públicos sangrante y una sedición sin paralelo en el mundo occidental de nuestros días, delante del Palacio de Justicia, a bastón de mando levantado, con toda la Europa comunitaria que nos acoge en contra, es algo que cualquier gobierno central no hubiera consentido nunca en buena práctica “democrática”, como gusta decir a las huestes que heredaron el lenguaje camuflado de la Transición. A nadie en un “Estado de Derecho”, como igualmente se hartan de repetir como un papagayo, se le hubiera ocurrido desafiar la ley que ellos mismos han constituido y votado, consultando a un pueblo mil veces engañado y vapuleado por el activismo agitador de delincuentes activos ordeñando las ubres de los españoles que se levantan todos los días a las seis de la mañana para sufragar con sus impuestos los latrocinios de estos depredadores.

Pero en La Moncloa habita algo parecido a un cadáver, y en La Zarzuela la corrección política y el no levantar demasiado la voz por si molesta es el pan cotidiano de su sustento. Obama, cuando tiene que invadir un país extranjero a sangre y fuego para atrapar a un terrorista, sin ambages ni derechos de gentes ni siquiera de vida, lo hace, sin importarle la mínima consideración jurídica ni moral. Las reclamaciones,  al maestro armero, pero después. Y Putin, cuando tiene que emplear su terrible artillería aérea para extirpar la simiente del diablo de unos degolladores de cristianos, lo hace igualmente, y le importa poco si los tiros van dirigidos a los enemigos de Al Assad con perfil “democrático” o a los que empuñan el cuchillo como matarifes de mártires.

Pues bien. Lo que está sucediendo en Cataluña ahora mismo es tan grave como lo que estamos comentando. O más. No existe ninguna razón, por mínima que fuere, para imaginar que unos señores que han recibido un mandato para administrar y engrandecer una región, y reciben para ello un caudal de fondos públicos que cuestan sudor y esfuerzo infinitos de un país en crisis, los distraen hacia otros menesteres, los emplean en vicios heredados y además los exhiben como trofeo mofándose del trabajo y del sacrificio de los que tienen y de los que no tienen, ya que todos participan en la prorrata. Y además mediante la sonrisa cínica  y la chulería rampante. Al general Riego le dieron fondos para sofocar la rebelión americana, pero los empleó en dar un golpe de Estado.  Le costó un consejo de guerra y el posterior fusilamiento.

La II República española tenía también muchos vicios heredados que salieron a flote en demasiadas ocasiones de su corta historia, pero al menos en una ocasión contó con la dignidad patriótica de sus gobernantes cuando de elegir entre la España unida o rota se trató. Y no lo pensó dos veces. Llamó a sus generales más prestigiosos, en nombre de España y de la República, para acabar con el problema. Acudieron prestos y sin dudar Franco y Batet, uno monárquico y otro republicano, que actuaban por mandato político y al servicio de la ley. Y España siguió viviendo. En la calle entonces había tiros, pero se sabía de dónde salían. Hoy se están riendo de nosotros y los tiros puede que se estén incubando a base de odio y rencor concentrados. Dios salve a España y la Virgen del Pilar nos proteja con su manto de Reina y de Madre.

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