Editorial Fuerza Nueva, nº 1449

Un año de Monarquía bis

No vamos a tener más remedio que dar plena credibilidad a la frase, que un día actuó como gancho turístico, de que “España es diferente”. Desde 1975, por derecho sucesorio emanado de la voluntad y de la votación en Cortes de los representantes del régimen de Franco, España se constituía en Monarquía católica, social, tradicional y representativa. Y apenas tres años después, esa misma Monarquía y monarca se postulaban, sin mediación de Cortes Constituyentes, en Monarquía constitucional. Hasta 2014, en que tras abdicación del que había sido Rey de Franco y después de la Constitución de 1978, llega al trono su sucesor, el príncipe de Asturias -su padre lo había sido de España-, Felipe VI. Una trayectoria de 40 años.

Ahora se acaba de cumplir un año -el pasado 19 de junio- de la entronización o proclamación del nuevo Rey, joven educado para ello pero de ninguna manera en la creencia o en la imaginación de que iba a serlo en fecha tan temprana. Su padre había estado delicado de salud, pero en ningún caso en circunstancias que aconsejasen su salida de la Jefatura del Estado, de no haber mediado otras razones de peso que al final se impusieron sobre cualquier otra consideración: la Monarquía del 18 de Julio, que se había convertido en la del 6 de Diciembre -Constitución- y después en la del 23- F -golpe de Estado fallido-, había agotado su periplo dejando una estela de reinado atraído por todos los productos prohibidos del Paraíso, aunque el monarca saliente gozase de simpatía personal y fuese postulado como campeón del periodo transitorio.

Pero la España diferente de la frase turística había concebido otra hábil maniobra. Se trataba de mantener una Monarquía bicéfala, con una cabeza renovada para tratar de limpiar lo mancillado y otra para establecer un recuerdo presuntamente positivo de lo actuado en la Transición. Es decir: una Monarquía bis. Así podemos ver cómo el Rey oficial ejerce como tal en actos solemnes y grandes representaciones propias de la Jefatura del Estado, pero el Rey del 23-F hace viajes igualmente oficiales pero con sesgo oficioso para representar a España en el extranjero, especialmente en Hispanoamérica. Mientras uno lava la cara de una Monarquía abatida y destrozada por la corrupción personal, otro intenta salir indemne de una situación heredada pero imposible de ocultar.

Luego queda el capítulo de las dos reinas, una que ya no asiste a las reuniones de los círculos Bilderberger -que jamás explicó-, y que se debate entre sus funciones de reina anterior -también con encargos oficiales- y la de esposa y madre, para tratar de recomponer, en la medida que esté a su alcance, la imagen de una familia real destrozada por infidelidades, procesos judiciales, desarraigo y apuntalamiento de una Corona de la que no le queda más que el nombre; y otra reina consorte joven, lista, acostumbrada a la dureza de la calle y fundida en mil batallas, a pesar de su juventud, que no está dispuesta a quedarse sin trono, ya se llame éste así o república coronada o Jefatura del Estado a secas.

Al final se desprende de todo ello una sensación de que, en 40 años, España ha perdido puestos en el escalafón económico y social del mundo, como potencia industrial y como nación puntera, y ha sido devorada por la corrupción de sus dirigentes, a todos los niveles, incluso los más elevados institucionalmente. Ha tenido a una Monarquía anterior, desde el 23-F, cautiva de una clase política que mientras con la boca grande llenaba de laudes y alabanzas al Rey como salvador de una situación que pretendía ser correctora de vicios, con otra le maniataba para que todos, unos y otros, emprendiesen una carrera imparable de muchos años hacia el desenfreno y la corrupción más perversa.

Ahora se intenta enmendar la plana cuando tal vez sea demasiado tarde y hayan aparecido, en primer plano, los fantasmas de siempre, que en la España diferente se traducen, a principio y a fin de trayecto, en un solo propósito: combatir al catolicismo -ojo, sólo al catolicismo, ni siquiera a otras religiones, aunque sean cristianas- y llevar a los españoles, mediante el sectarismo y la demagogia, a otro callejón de difícil salida. Y soportar, además, el presupuesto de dos cabezas en una sola Monarquía. Definitivo: España es diferente.

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