Editorial Fuerza Nueva, nº 1448

Todos contra España

Todavía calientes los ecos de las recientes elecciones municipales y autonómicas, sobresalen los gritos -más que palabras- que producen las gargantas de algunos españoles o extranjeros muy bien acogidos por España. Sorprende no ya que no quieran sentirse miembros de la comunidad en donde viven, sino que se postulen como agentes hostiles al mínimo sentido de legalidad, gratitud, o, en su caso, de prudencia. Y en el mayor dislate que nos podamos imaginar salgan a la calle, en nombre del Corán, del hinduísmo o de cualquier otra confesión, incluida la católica, para abrazar -por puro oportunismo- la bandera de la secesión.

Éste es el caso de muchos manifestantes que pasean sus turbantes por las calles de Barcelona con pretensiones de adhesión a un separatismo independentista que en España se encuentra  no sólo fuera de la ley, sino que se opone al principio constitutivo primero y principal de su razón de ser. Y no sólo extranjeros, sino miembros de comunidades religiosas que, al amparo de una permisividad oficial que espanta, exhiben excentricidades y conductas hilarantes por radios, periódicos y pantallas de televisión, siempre protegidos, a su entender o parecer, en los nuevos vientos que ha traído a la Iglesia el Papa Francisco.

Éste es el caso de las religiosas Teresa Forcades y Lucía Caram, española y argentina de las comunidades benedictina y dominica respectivamente. Ambas han optado por lanzarse al ruedo mediático escudándose en los beneficios, la impunidad y el descaro que destila el palacio de la Generalidad, que ya lo hubiera querido para sí mismo su antiguo y delincuente inquilino Lluís Companys, autor de crímenes horrendos en la Cataluña de 1934 y 1936 y promotor de sucesos luctuosos e incalificables entre sus propios partidarios, como demuestra la Historia más estricta en las páginas de este mismo número de Fuerza Nueva. El actual Artur Mas no ha alcanzado aún su propia aureola criminal porque la mansedumbre y la pasividad judicial de gobernantes, fiscales y jueces se conjuran para que España continúe siendo despreciada, humillada e insultada por semejantes personajes.

Por otra parte ahí están, desafiantes y retadores -en la misma línea ideológica que el palacio de la Generalidad-, los partidarios tanto del islamismo más radical como del más moderado, buscando el acomodo que les sitúe en el “más allá de España”, es decir, en la otra orilla alcanzada cuando se produzca la travesía independentista. Se trata de una maniobra añadida que no tiene el resto de países europeos en su lucha no contra la inmigración -decir esto es un gran error-, sino contra la propia identidad de los pueblos de acogida, contra sus usos y costumbres, cultura, civilización y razón de ser. Y ese viento huracanado viene tanto del Islam como de la sedicente conducta de miembros de comunidades religiosas que quieren convertirse en artistas del papel couché o del nuevo vaticanismo publicitado insistentemente por los enemigos de la Iglesia.

Al final del camino sólo queda el clamor de una gran conjura contra España, alimentada por gobernantes de La Moncloa o de San Jaime, y ayudados por partidos, asociaciones o comunidades que en la apuesta mediática cifran todos sus esfuerzos, y que son recibidos con solícita actitud en medio de una desconcertante rendición incondicional de quienes más obligación tienen de cumplir, hacer cumplir y velar por los principios y leyes por los cuales se rigen los pueblos. Otra cosa es que contra la pretensión de pedir se ejercite la voluntad de no dar aquello que está fuera no ya del Derecho, que también y principal, sino de la dignidad y del sentido moral de que no se rían de uno desvergonzadamente.

El Vaticano por lo menos ya ha llamado al orden a las dos religiosas, a pesar de la consanguinidad y proximidad amistosa de una de ellas con Jorge Mario Bergoglio. Pero no queda clara -ni mucho menos, ni siquiera en tiempo electoral- la actitud de Rajoy con respecto a ese prototipo de Suárez  con barretina que pretende conducirnos, no ya al 23-F como aquél, sino a la Barcelona de 1937, con sus trágicos sucesos de Mayo, como el “noi de El Tarrós”.

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