Editorial Fuerza Nueva, nº 1446

Recinto blindado

Las últimas elecciones andaluzas han demostrado algo que no por sabido es menos evidente: Andalucía, desde que se lapidó el Estado del 18 de Julio, es un recinto blindado por el poder político que gobierna desde hace 37 años en esa comunidad autónoma. El dato fijo, estremecedor en una sociedad que se dice a sí misma democrática, es que salen prácticamente los mismos porcentajes de votantes al partido que mueve los hilos en la región, como si se tratase de un territorio inexpugnable al que no es posible acceder por diversas razones, pero por una fundamental: la nómina pactada, el subsidio, la ayuda estatal, el beneficio partidista y el clientelismo hacen posible que aquellas provincias se encuentren preservadas para que nadie pueda penetrar en sus almenas.

No sirve de nada que los jueces aporten documentación exhaustiva de fraudes y cambalaches. Ni que existan pruebas palpables de conductas repugnantes cuando se está disponiendo de caudales públicos. Ni que las cáceles estén llenas de delincuentes con cargos políticos que, a centenares, están siendo encausados en una cadena interminable de crímenes económicos o sociales. Ni que sus dos dirigentes de mayor responsabilidad durante años estén siendo investigados por el Tribunal Supremo por su condición de aforados, que se apresuraron a conseguir para operar con mayor impunidad frente al rigor de la Justicia. No.

El pasado 22 de marzo, por enésima vez, se ha verificado que es muy difícil vencer la inercia del crimen cuando éste se hace crónico. Se cambia de caras, de sonrisas, de gestos adustos o de genero, pero se sigue defendiendo y propagando la mala praxis, que se llega a convertir en costumbre. Desde el día siguiente de la cita electoral se continuará por el mismo camino, pero corregido y aumentado por el laurel del triunfo y la gloria, aunque no sea plena, de las urnas. La prestación cómoda, los PER, los ERE fraudulentos, los cursos furtivos o inexistentes, los favores familiares o partidarios seguirán inundando los campos y las ciudades andaluzas como jamás lo llegaron a hacer aquellos denostados terratenientes que tanto detestan.

Andalucía es el cortijo monumental y hermoso del PSOE, de los Guerra y sus hermanos, del notario Blas Infante, un escritor sin lectores con ideas tan peregrinas como contradictorias; de un Al Andalus que pretende llevarnos otra vez a las lágrimas de Boabdil el Chico y a los sultanatos y califatos ahora tan en boga, al paraíso de la mezquita y a las ruinas del templo cristiano, al altar para la raza de los Abderramanes y al cadalso para los reyes cristianos y santos de Sevilla. Al encumbramiento bobalicón de los Hixem y a la sepultura definitiva para San Isidoro o San Fernando.

Tiene mucha razón uno de los dirigentes de Podemos, cuya irrupción parlamentaria -acaba de manifestar- no sirve para nada a pesar de sus 15 escaños, a la hora de acabar con los vicios políticos, ya ancestrales, en esa comunidad. Ni tampoco el nuevo panorama electoral que se le abre a Ciudadanos. Todo esto no significa más que el fracaso del Partido Popular, único voto que ha sido castigado ideológicamente más por los errores de Rajoy que por la política que haya podido llevar a cabo en una región donde no ha pintado nunca nada. Su cobardía y estulticia respecto al derecho a la vida, su mansedumbre ante los riesgos de ruptura en la unidad de España, su contradicción interna, a veces insultante, en algunos de sus dirigentes políticos, ha hecho el resto.

Andalucía corre el riesgo, en lo institucional, de enquistarse en el sur de España como la Camorra lo hizo en el sur de Italia. Es más, llega a formar parte del paisaje habitual, unos implorando a San Genaro y otros encomendándose, en versos de Machado, al Cristo del Madero como truenos vestidos de nazarenos. Menos mal que Andalucía es tierra de María Santísima y ésta velará y pedirá por sus hijos a la hora de la verdad.

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