Editorial Fuerza Nueva, nº 1445

Pastel electoral

El efecto Syriza ha puesto a los partidos españoles en neuralgia electoral profunda. En un año en el que se anuncian cuatro citas con las urnas, tan importantes como unas municipales y autonómicas y otras generales, más dos autonómicas añadidas en distinta fecha, como son las andaluzas y catalanas, con la carga que llevan detrás, no resulta extraño que los partidos del arco constitucional se vuelvan locos a la hora de confeccionar listas, sobre todo cuando todas -todas- las formaciones políticas están tocadas del ala de la corrupción. Hasta los novatos de Podemos, antes de salir, ya acusan el golpe con las cuentas astronómicas y no justificadas de sus dirigentes con los bolivarianos de Venezuela. La lucha por el “y tú más” es el santo y seña de los comicios del presente año.

Por ello resulta significativo que la guerra de las encuestas se desate, y cada partido o medio de comunicación haga las suyas no como servicio a la comunidad sino como propaganda política. Y más cuando las que elaboraba el oficial CIS, que gozaban de cierta autoridad en el mundo de los pronósticos, se columpiaron de manera vergonzosa cuando a los penenes de Podemos ni siquiera los tuvo en cuenta mientras conseguían millón y medio de votos para el Parlamento europeo. Todo aparece transido por la urgencia desesperada de ajustar los cojinetes de la máquina electoral para llevarse la mejor parte de un pastel que tiene los votos contados.

Prueba de ello ha sido el estallido del PSOE, a cuyo actual secretario general no le ha temblado el pulso para mandar al infierno a su candidato histórico a la comunidad de Madrid, Tomás Gómez, quien fuera alcalde de Parla y el dirigente más mimado por el partido desde tiempos inmemoriales. Le sacó del pueblo madrileño porque había sido el regidor más votado de España, con vistas a convertirlo en el hombre que combatiese al PP de Esperanza Aguirre, pero ninguno de los dos, por una u otra razón, de momento aparecen en los carteles electorales. Los dos están siendo castigados a modo, uno por causa de un tranvía que ha costado un ojo de la cara y que ha dado con los huesos de alcaldes en la cárcel, y otra porque durante su mandato se llevaron a cabo los trapicheos de la Gürtel, aunque ella sostenga que la organización criminal se descubrió gracias a sus desvelos. El primero ha sido despojado de su despacho a golpe de cerradura cambiada, y la segunda sólo estará en política si Rajoy coteja que le puede servir para combatir la coleta de Podemos a base del lenguaje de la antigua y zarzuelera Corrala madrileña.

En los demás partidos las cosas son parecidas, aunque no trasciendan de la misma manera. La izquierda comunista se queda sola ante las diversas formas de entender el comunismo, que busca amplitud ideológica, pero siempre a base de restar votos al PSOE o a Izquierda Unida, partidos que siempre han contado con una base electoral más o menos segura. Ahora no lo es porque los votos son los que son y no pueden aumentarse si no tienen la habilidad de restárselos a la abstención, cada día más abultada.

En el otro lado sigue la eterna canción de una derecha que es puro mal menor desde el día que murió Francisco Franco. Y no acaba de surgir un entendimiento significativo para, aunque no sea con mayoría, inquiete a la mansa camada de Rajoy con proyectos firmes acerca de la unidad de España, la defensa de la vida y la Europa, sí, pero no así. Existen en España capacidades políticas e intelectuales para conseguir ese objetivo, que antes o después tendrá que cristalizar porque lo visto y sufrido hasta hoy empuja a pensar en una alternativa. Las perspectivas que se avizoran en el horizonte no son nuevas, frescas, naturales, sino el producto averiado de una Transición que ha generado sus propias criaturas, herederas de todos sus vicios.

A nosotros sólo nos cabe seguir por el sendero de unos ideales que, servidos con ilusión, bien amarrados a los nombres de Dios, de España y de la Justicia, nos conduzcan, mediante el “a Dios rogando pero con el mazo dando”, a un objetivo que antes o después dará sus frutos, siempre lejos de esta neuralgia abrasiva a la que nos ha sometido no la democracia, sino la democracia en su versión más liberal y disparatada. Cuando una nación cuenta, a tenor de lo que se ve en la calle, con dos banderas, una oficial y otra oficiosa, dos reyes, uno emérito y otro que cada día se va aproximando más a un presidente de República en periodo de constitución, sólo nos queda rezar y trabajar para que España vuelva a sus orígenes y no olvide ni la historia reciente ni la antigua, ni la responsabilidad que tenemos los españoles de recordarlas para que no se repitan sus devastadoras consecuencias.

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