Editorial Fuerza Nueva, nº 1443

Le faltó el final de John Ford

Es generalmente sabido que Eduardo Torres-Dulce es un gran conocedor del mundo del cine, y tanto en prensa como en televisión ha dado pruebas de su dominio en el séptimo arte. Uno de sus ídolos cinematográficos ha sido el norteamericano John Ford, un director, seguramente el más laureado de todos los tiempos, que en la historia del cine se ha distinguido por llevar a la pantalla las películas del oeste más conseguidas. Pero ahora la película la ha tenido que dirigir el que hasta hace unos días ha sido Fiscal General del Estado, aunque, por desgracia, la ha dejado sin terminar.

Y es que el Gobierno que preside Mariano Rajoy ha situado los asuntos más escabrosos tan en un segundo plano que cuando ha llegado la hora de abordarlos no ha sido su propio gabinete el encargado de desmenuzarlos y darles solución, sino que ha pretendido que fuesen otros los valientes que rechazaran el abordaje. El presidente estaba en Bruselas, o en Australia, o en cualquier reunión internacional, mientras dejaba a sus ministros que dijeran en los periódicos y televisiones aquello que no hay que decir, sino hacer. “Las bofetadas no se anuncian, se dan”,  decía José Antonio refiriéndose al fragor de la vida política.

Así hemos llegado, entre otros muchos, al caso de la infanta Cristina, al Gurtel, al chivatazo del Faisán, que el hasta ahora fiscal general los ha tratado con ciencia jurídica  e independencia, a pesar de que pudieran afectar al gabinete o al PP, y, sobre todo, con arrojo, sin ceder a presiones internas que pudieran venir del Gobierno o del partido que lo conforma. Iba a lo suyo, parapetado en la ley y en el procedimiento de un fiscal que tiene a su cargo el ministerio público más comprometido, porque es el que representa al Estado. Su trayectoria fue intachable, y, a pesar de sus modales respetuosos y su porte caballeroso, no se casaba con nadie, y menos con aquellos que pretendían endosarle una función que es suya, de acuerdo, pero que lleva sus pautas y que antes ha tenido que ser prevenida por otra del Ejecutivo de la nación, que es el poder de verdad.

Esto lo explicó con brillantez, el pasado 18 de diciembre en televisión, el secretario general de Alternativa Española, Rafael López Diéguez, quien manifestó, con ciencia jurídica y sentido común político, que el fiscal general tiene su cometido, pero antes debe existir una función previsora del Gobierno que impida que se pueda cometer el delito, como ha ocurrido, con escarnio, el 9 de Noviembre en Cataluña. No resulta moralmente aceptable, ni menos políticamente aprovechable, que mientras La Moncloa despotrica de sus fiscales porque no siguen sus consignas, ésta abandone sus obligaciones dejando a los secesionistas que se rían, hasta con chulería, del propio Gobierno de España, de la misma España y de todos los españoles que desean y quieren ejercer de tales. Y luego echarle la culpa al Fiscal General, que ha hecho lo que debía y ha dejado a Artur Mas en el camino de la inhabilitación, aunque lo que hagan los jueces, a partir de ahora, es otro cantar.

Por eso el paso de Eduardo Torres-Dulce por la Fiscalía General del Estado ha llegado al límite con el caso de Cataluña y de sus sátrapas, los más sobresalientes inculpados y sometidos a procedimiento, y los que hasta ahora no lo están levantando su reto contra el Estado de forma amenazadora y violenta. Él actuó, pero cuando correspondía, enfrentándose incluso a la postura subversiva  de sus subordinados en aquella comunidad autónoma, a los que primero tuvo que reducir a su justo lugar en el tablero y después advertirles acerca de sus obligaciones, y más en materia tan grave, cuando la Generalidad, que es un poder del Estado español, tuvo a éste en sedición encadenada y permanente durante varios días.

Sólo le ha faltado a este brillante jurista e historiador del cine haberse acogido al guión de alguna de las memorables cintas de John Ford y recurrir al final de cualquiera de ellas con los inquilinos de La Moncloa, aunque hubiera tenido que soportar, como le ocurrió al propio Ford, el sambenito de “fascista” para toda su vida. Pero fue el mejor, y eso no hay quien lo mueva.

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