Editorial Fuerza Nueva, nº 1442

Manso

Desde que se hizo cargo del poder, al final de 2011, Mariano Rajoy sólo ha tenido una obsesión: la brutal crisis económica. En ella ha centrado toda su actividad de gobierno, descuidando, desocupándose o no preocupándose de asuntos que también forman parte sustantiva de la nación española. Su presencia en el mundo ha sido permanente, obsesiva, porque su persona ha estado en todos los corrillos internacionales sufriendo la vergüenza de miradas furtivas o cuchicheos permanentes, algunos con toda la mala intención que todavía anida en múltiples recintos extranjeros contra España. Tenemos algunos amigos pero en líneas generales quedan muchas secuelas del sectarismo marxista de los hijos del 68 y del ya crónico y enfermizo latiguillo de que en el fondo entre nosotros sigue gobernando Franco.

Esta obsesión ha hecho que se le escapen asuntos capitales, como es el de la unidad indisoluble del territorio español, del que habla en muy primer término la actual Constitución. Se trata de algo a lo que el actual presidente no concede la importancia que merece porque, en el fondo y en la forma, y aunque sea a la gallega, él siente un profundo desprecio por las políticas secesionistas, pero con un factor en contra: les presta muy poca o ninguna importancia. Imagina que todo se va a quedar en humo, y, aunque puede que esto sea cierto, no hay que dejar de seguir el hilo de la propia actitud, que, cuando se ancla en lo melifluo o en lo manso, impulsa y acelera el paso del catalanismo, y más cuando éste se encuentra aherrojado por la suspensión de pagos, el gasto delictivo o la consumación de los sectarismos más añejos.

Así estamos viendo cómo se le ha ido de las manos el 9-N en Cataluña. No consiste en decir que no es posible un referéndum -que todos lo sabemos, y más los secesionistas-; se trata de enfrentarse al problema -si no quiere sacar, por talante y carácter,  los tanques a la calle- al menos con semblante físico y jurídico propio de un presidente de Gobierno que ejerce de tal, no como un gobernante despistado, blando, inhibido, con el pensamiento en los G-20 y en los cenáculos de Bruselas mientras los discípulos de Jordi Pujol no sólo quieren separar Cataluña de su tronco fundacional, sino que la quieren dejar arruinada, sin recursos, sometida a una mentalidad aldeana y con un plus delictivo de muchos quilates.

También se le ha ido de las manos el tema del aborto. La verdad es que el proyecto Gallardón no solucionaba nada, porque los crímenes se iban a seguir cometiendo a través de la vía del tercer supuesto, pero ha demostrado que lo verdaderamente importante queda relegado, sustituido o definitivamente suspendido ante la perspectiva de las encuestas, del voto útil, de un liberalismo que, como decía recientemente el obispo Reig Pla, ha entrado en la aldea global de la gobernanza sin reconocer principios ni valores. Y además está llevando a lo que pueda quedar del Partido Popular a un cierre de filas en torno a un futuro tan incierto como peligroso para nuestra convivencia.

Mariano Rajoy vive al día y del día, delega en asuntos indelegables y aborda con entusiasmo empresas que deben ocupar, es cierto, nuestro tiempo, pero no con tanto ardor cuando están ardiendo los cimientos de España, cuando los concebidos y no nacidos son tratados como estorbos en la estrategia de los partidos que se dicen de derechas y cuando el reto que nos lanzan a los españoles otros españoles que no quieren serlo ponen en peligro y al borde del ataque de nervios a quienes no estamos dispuestos a que se haga política desde la encuesta y la oportunidad. Con España no se juega, y el señor Mas es menos responsable, porque está en lo suyo, que el señor Rajoy, que cree que es más importante una décima en el PIB que la vida de los que vivimos en esta nación con Historia y de nuestra convivencia en paz, que se encuentra al borde del precipicio.

Pero es  necesario, para ejercer la virtud política, huir de los tibios, y mucho más de los mansos, que nunca se sabe por dónde van a salir, se convierten en reservones, impredecibles y al final causan las tragedias más sonadas. Porque una cosa es la prudencia y la virtud de los mansos del Sermón de la Montaña y otra los que sitúan a éstos en la inhibición o la cobardía.

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