Editorial Fuerza Nueva, nº 1438

Felipe VI y los retos del futuro

Estábamos mirando a la Luna -eran los tiempos del Apolo XI- cuando Francisco Franco anunció que designaba a Juan Carlos I como su sucesor a título de Rey, concluyendo así el proceso, único en la Europa de después de las guerras mundiales, de reinstauración de la monarquía en un país desarrollado. Ahora no estamos mirando a la Luna pero, entre dimisiones y miedos tan inenarrables como histéricos por un individuo con coleta, bien pudiera trazarse un cierto paralelismo. Cierto es que entonces los españoles veían crecer, año tras año, un salario medio que ahora, por vez primera desde 1964, desciende y que el entonces Príncipe se ganó el apoyo de una mayoría de los españoles de su generación, mientras que hoy los españoles de la generación de Felipe y, sobre todo, los de las generaciones posteriores, miran a la institución como una antigualla irracional, cara e inservible.
Hoy el anuncio de la abdicación nos ha pillado a todos con el paso cambiado. Después de tanta maniobra político-mediática en favor de la abdicación, después de varios años de “operaciones príncipe”, desde la impulsada por el ex director de El Mundo a la que por lo visto comenzó a diseñar La Zarzuela hace unos meses, sin una sola filtración, nadie esperaba la noticia sin el previo calentamiento de la opinión pública.
Bien es verdad que la monarquía, si aspira a perdurar en España, tiene que virtualizarse y demostrar su funcionalidad. El fin de la autocensura y del blindaje informativo que durante décadas mantuvo una imagen pública tan falsa como etérea de los habitantes de La Zarzuela, ya no existe. Se alegaba entonces que para que la operación sucesoria tuviera éxito era preciso popularizar a la próxima pareja “reinante”, someterla a un maratoniano recorrido por España, lograr que fueran los reyes de su generación. Si La Zarzuela estaba preparando la sucesión desde hace seis meses, no parece que hayan estado en esa línea. Por el contrario, hemos asistido a ataques más o menos directos al matrimonio de Felipe y Leticia, con acusaciones -hasta de conspiración-, cual si fuera digna émula de la Princesa de Éboli, de Letizia contra el Rey.
Al futuro Felipe VI le toca lidiar con la herencia de falta de popularidad -la pérdida del aprecio popular ha sido históricamente una de las causas de la caída de la monarquía en España- y la pervivencia de la institución depende más de la capacidad de atracción que se tenga sobre la opinión pública que de satisfacer los experimentos institucionales de la clase política para perdurar en el poder.
El Rey puede haber decidido abdicar ahora, una vez pasadas las elecciones -debió ser la cláusula que le impusieron Rubalcaba y Rajoy- por diversas razones. Hipótesis existen varias: su estado real de salud, pese a su anuncio de que ha esperado a estar en buena forma; la situación de su hija Cristina, que podría acabar imputada, y lo que se derive del juicio por el caso Urdangarín, que podría dañar gravemente su imagen; la imposibilidad, dada la crisis económica, política e institucional -el Rey ya sabe que también supone un desgaste para la Corona tal y como sucedió en 1981- de revertir unas encuestas que mes tras mes marcan el distanciamiento de los españoles con la institución. En definitiva, los mismos argumentos que desde hace dos o tres años se hacían llegar a La Zarzuela o salían desde La Zarzuela.
Escuchando la letra, la música y el interlineado de las razones del Rey en su discurso de abdicación existen motivos mucho más preocupantes, especialmente si tenemos en cuenta que las palabras del Jefe del Estado son visadas por el Gobierno. Podría tratarse de una mera reiteración retórica: “el rey de la generación actual” que hará frente “a los retos del futuro” toma el relevo. Ahora bien, cuando se habla de reformas que implican o condicionan a la institución nos tememos que se está refiriendo al orden constitucional. Algo, por otra parte, lógico, porque no pocos estiman que el régimen del 78, el modelo autonómico y, por derivación, el juancarlismo, están escribiendo los últimos capítulos de su historia. Por ello, dado que el duopolio que nos gobierna PP-PSOE había sido puesto en antecedentes, tanto de la operación como de la decisión final, lo que en estos momentos preocupa es que esos cambios, ese hacer frente a los retos del futuro, pasen por una reforma constitucional para que el PP y el PSOE nos lleven a un nuevo modelo de organización territorial de corte federal con “unidad” -por llamarla de algún modo- en la Corona de Felipe VI, Rey, al mismo tiempo, de un trocito llamado España y de los estados inventados.

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