Editorial Fuerza Nueva, nº 1439

Laicismo, pero sólo contra Cristo

Desde que se puso en marcha la Monarquía actual, no la de noviembre de 1975, que había jurado otros principios, sino la de 1978, que en teoría es la que tenemos, ésta ha dado muchos tumbos, aunque hay uno que ha seguido al pie de la letra un guión del que no se ha despegado ni siquiera mínimamente: su laicismo gradual y progresivo. Han surgido problemas de interpretación, de contradicciones flagrantes que incluso en algunos casos se han llegado a reconocer, pero en materia de fe, que es algo que tienen en cuenta todas las Coronas del orbe, porque es su principio constitutivo, ahí es donde la nuestra ha dado un paso más allá. Del rey por la gracia de Dios se ha pasado al monarca por imperativo popular, aunque al pueblo, en esta materia -ahora que estamos en tiempo de consultas- , no se le haya pedido su opinión jamás.
Así ha ocurrido con la proclamación -no coronación- de Felipe VI, cuya presencia en las instituciones se ha medido con escuadra y cartabón. Ni una iglesia, ni una mención a lo sobrenatural, ni una plegaria, ni una ligera y esquinada alusión al principio y al fin natural del hombre. Nada. Por otra parte ha sido mejor, porque, primero, así se le ha ahorrado al recién estrenado monarca el sufrimiento moral -en caso de que se produzca- a la hora de los juramentos incumplidos, como su padre y, segundo, los eclesiásticos se han beneficiado, en su ausencia, de ser considerados como cómplices de una destrucción aniquiladora de cualquier planteamiento religioso o de recta conducta.
Inmediatamente, eso sí, se ha acudido a Roma para ponerse a disposición del nuevo pontífice, en una especie de acto de desagravio no solicitado, ni siquiera por la propia Roma, pero efectuado en la vía de recordar a los españoles creyentes -más que al Papa gobernante- que la Monarquía se acuerda de su origen -aunque no de su ejercicio-, de sus antecedentes, de sus consagraciones de España en el Cerro de los Ángeles y del mismo principio de su legitimidad, que viene recibido, según Juan Carlos I -con la mano sobre los santos Evangelios- del régimen del 18 de Julio, surgido de algo a lo que los Papas, no Franco, llamaron Cruzada.
Pero la Monarquía de nuestros días, para que sea completamente aconfesional -como dice la Constitución- tiene que ganarse a pulso su laicismo, que no es un reconocimiento de todos los sectarismos, religiones, animismos, supersticiones y esoterismos, sino una predisposición sumisa e incluso cariñosa a toda clase de antiteísmos, es decir, del derecho a combatir a la Iglesia de Cristo. Entonces es cuando la Corona, en nuestros días y en el tempo político que vivimos, estará alcanzando su otra legitimidad, la que le otorgan los republicanos que la permiten seguir viviendo, aunque cubierta con el gorro frigio.
Por eso se producen actos como los de la Complutense, cuando un rector con antecedentes genéticos e ideológicos heredados, José Carrillo, no sólo permite, sino que hasta puede que haya sido inductor, del cierre de la primera capilla de la Universidad, que seguro entra en el proyecto de cerrar todas las demás. No ha tenido empacho en mantener cadáveres en sospechoso estado de legalidad forense, cuando no de salubridad, pero cambia la cerradura de las capillas porque entiende -sólo él y los que le siguen- que eso no le interesa a nadie.
Pero sí parece que interesaba mucho a los estudiantes levantar un monumento en el campus del Paraninfo a los brigadistas internacionales, en acto de homenaje a La Pasionaria y a unos combatientes reclutados en todos los lupanares de Europa a los que sus propios jefes tuvieron que “depurar” antes de tomar las armas en el frente. Y al que sólo asistió el padre del rector rodeado de algún superviviente con nacionalidad y pasaporte español.

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