Editorial Fuerza Nueva, nº 1437

El odio nos envenena

 

El reciente crimen de León, en el que ha sido asesinada -al parecer por venganza, aunque la investigación está en curso- la presidenta de la Diputación provincial, Isabel Carrasco, pone de manifiesto algo que sacude brutalmente a la sociedad española, y que criminólogos e investigadores expertos y con experiencia han puesto de manifiesto estos días: “Hay una obsesión enfermiza, un odio, un rencor, elementos paranoides que pueden revelar una patología”. Se referían a este caso concreto, pero resulta que se hacía coincidente con otros muchos manifestados en las redes sociales, no sólo con inquina sino igualmente con bárbara brutalidad.

Y es que casi al mismo tiempo de conocerse la noticia, los ordenadores, a través de cientos, de miles de mensajes, avalaban el hecho centrándolo en un mal de la sociedad española actual, dando ánimo a la autora o autores del crimen y haciendo votos por continuar con esa tarea exterminadora como si se tratase de una mano justiciera y salvadora. Ahí radica el problema que envenena a la sociedad de nuestros días, y muy particularmente a la española, cuando jueces y fiscales, a pesar de lo salpicados que están por la politización de la justicia, dan muestra permanente -machacona en ocasiones-, a través de autos y sentencias, de lo podridos que estamos en la cosa pública.

Este crimen, que por sus características singulares se sale de lo habitual -aunque el resultado sea el mismo- ha puesto en guardia a responsables políticos que por unas u otras circunstancias almacenan y administran mucho poder, hasta el punto de que voces asustadas han anunciado que se acaba de abrir la veda para la caza indiscriminada del político. No se percibe para ello si la presunta razón ha sido una mala gestión que perjudicaba personalmente a alguien, si el asunto transitaba por la vía de la corrupción o si ese estallido paranoide del que hablan los entendidos acaba de explotar por causas psíquicas de una España que se está volviendo loca.

De ser esto así, es decir, si estamos perdiendo el sentido, es urgente ver qué razones están promoviendo ese estado mental, cuando en medio de un mundo desquiciado el sistema político tampoco se libra de sus demonios internos, en muchos casos familiares, que habitan incluso en el seno de los propios partidos y promueven, por razones que producen misterio en el ser humano, esas reacciones tan directas -sin aparente conexión ni acuerdo- y tan universales. Cuando ETA mataba a un concejal o a un militante de Fuerza Nueva -que fueron los primeros en caer-, se alegraban los enemigos de España, y todos sabíamos cuál había sido el sentido y el móvil de ese sacrificio. Pero hoy la consideración es distinta, aunque, repetimos, el atentado obtenga como resultado el asesinato de una persona.

Por tanto, este caso de León debe servirnos para estudiar nuestra conducta, y en ningún modo debemos tomarlo como un hecho aislado. No quedan lejanos en el recuerdo brutales sucesos acaecidos en la España rural en algunos casos, en otros en la urbana, que siempre llevaban el odio o la venganza en las entrañas, por cuestiones de lindes o por agravios dinerarios. Puerto Hurraco o el caso Jarabo son buena prueba de ello. Pero este asunto alcanza a la clase política, a la que se considera culpable, por el manejo abusivo del poder, de crear un “odio larvado” -según los criminólogos- en personas que, como vemos, no es sólo una, presas de un instinto criminal incontenible, sino de otras muchas que por la causa que sea consideran que les alcanzan motivos para odiar a los políticos profesionales.

Y es que la descomposición se hace cada día más ostensible. Ha sido un error imaginar que la crisis alcanza exclusivamente al sector económico y social, o al de la clase política. Todo ello tiene fundamento en la pérdida de un código moral que es el que guía a los seres humanos en sus actos, y que, por diversas causas, mil veces expuestas en estas páginas y en otras muchas con el mismo empeño, ha llegado a conseguir cualquier nivel de vileza, que nos lleva a comportarnos como criminales y, lo que es peor, a buscarles disculpas.

 

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