Editorial Fuerza Nueva, nº 1432

En este especial sobre Carrero Blanco se publican varios trabajos, entre ellos, uno de Blas Piñar sobre el almirante asesinado que se extrae de su libro Escrito para la Historia, en su primer tomo, y que, con datos de primera mano, refleja la trama que durante los propios tiempos de Franco inquietaban al que fuera presidente del Gobierno español, y que más tarde culminaron en una Transición que significó la ruptura con el régimen del 18 de Julio.

 

A 40 años del asesinato de Carrero Blanco…

Lo mató la Transición… y los que la impulsaron

Después de lo visto y oído tras cuatro décadas, el tiempo ha dado suficiente cuenta de qué o quiénes mataron a Luis Carrero Blanco, cuando éste era presidente del Gobierno. El quiénes es de sobra conocido: un grupo bien organizado de ETA que actuó con impunidad en medio de un cúmulo de complicidades. El qué, los que ya desde antes del magnicidio estaban operando para  que esto sucediese: las estructuras del propio régimen, empapado, por unas causas u otras, de enemigos del almirante. ETA no hizo otra cosa más que ejecutar algo que estaba cociéndose en todos aquellos que hablaban o escribían sobre el “más allá de Franco”.

Porque había por aquellas fechas una especie de magma en las instituciones, en las personas o personalidades del régimen, en la oposición del exterior y del interior, y hasta en los periódicos y articulistas más destacados, que ponía su objetivo en la cabeza de Carrero Blanco. Y digo en su cabeza porque aquel marino, leal al Caudillo siempre, poseía la suficiente garantía cerebral, adquirida en su preparación política de tantos años, para sacar adelante aquella nave. No así los demás, como después se demostró, que encerraron en los muros de su carcasa intelectual, en sus egoísmos personales y en su torpe visión, el destino futuro del sucesor de Franco y de la propia España como nación. Pero Carrero, como Franco, erraron -ambos- sólo en sus previsiones sobre la fidelidad del sucesor del jefe del Estado a título de Rey, que ambos también protegieron en todo momento a brazo partido para que fuese él y no otro -aunque los hubo- el candidato a la nueva Corona, que nada, en la ley, tenía que ver con la anterior, perdida por augusta voluntad en Cartagena en 1931. Otra cosa fueron los hechos.

Esa especie de magma

Ya entonces el cardenal de Madrid amparaba y protegía a los curas y asociaciones comunistas, y cuando el almirante se lo reprochaba lo hacía desde su fidelidad a la Iglesia, a cuyo seno se enorgullecía de pertenecer. Y cuando Blas Piñar -lo leemos en este mismo número- en un pleno del Consejo Nacional del Movimiento le hablaba de la infidelidad de quien representaba a la cúpula del Ejército, el propio almirante le preguntaba acerca de si se refería al teniente general Díez-Alegría, quien era ni más ni menos el jefe del Estado Mayor de dicho Ejército. Pero lo que no sabía el entonces presidente es que ese príncipe de la Milicia no obedecía órdenes de su Gobierno, sino de quien preparaba el “más allá de Franco”.

Luego se dieron una serie de causas que añadieron más morbo al asunto. Carlos Arias era el ministro del Interior el día que asesinaron al presidente de su Gobierno, cuando se comprobó que la seguridad de éste era poco menos que un páramo para la actuación de los pistoleros. Y no obstante se le nombra sucesor aun conociéndose sus antecedentes en el SIPM nacional, en la clandestinidad del Madrid rojo, junto a Gutiérrez Mellado y otros militares que ya entonces, 1941, fueron procesados por su actuación en tiempos de guerra, y que despertaron la sospecha más que fundada del propio Franco y de la Armada, a la que el almirante pertenecía. Torcuato Fernández-Miranda se quedó a la puerta, mientras aguardaba su momento junto al que fuera su alumno: el sucesor de Franco.

Suárez aún estaba callado, pero expectante, pegándose al almirante en sus veraneos en Campoamor para escalar en su carrera política, intentando ganarse, mediante el halago y la simpatía personal, un puesto en el “más allá de Franco”, que el ex falangista de Ávila sabía que formaba parte del futuro, centrado en un Carrero Blanco con poderes y con talento para sacar el barco del torbellino que se avecinaba. Cuando cayó el marino, él todavía proclamaba que había que cerrar el régimen con las siete llaves del Cid. Salió del armario cuando el futuro Rey decidió que él iba a ser, precisamente, el timonel de la nueva singladura, dejando, en cosa de días, las vergüenzas de sus declaraciones y lealtades a la más pura, cruda y salvaje intemperie.

La primera Transición

Luego vino ese periodo entre el 20 de diciembre de 1973 y el 20 de noviembre de 1975, en el que Carlos Arias, asesorado por los Gabriel Cisneros de turno, proclamó el “espíritu del 12 de febrero”, que algunos calificaron de espiritismo, y que fue el anticipo de lo que habría de venir más tarde. Era un esbozo, un bosquejo, del proyecto de Transición que imaginaba el antiguo agente del servicio de información y policía militar de Franco, fulminado, como presidente del Gobierno de sucesión, por el futuro motor del “más allá de Franco”. Sus planes eran muy diferentes. No contó con él, pero sí con sus antiguos camaradas, como Gutiérrez Mellado, aquel que legalizó un Sábado Santo el Partido Comunista de Carrillo cuando antes ponía y sacaba del paredón a sus mejores representantes, entre ellos a las famosas Trece Rosas.

Mientras, los comunistas, en colaboración con ETA, exactamente igual que cuando asesinaron al almirante, hacían saltar por los aires a los policías de la calle del Correo de Madrid, junto a la Dirección General de Seguridad. Y poco después el servicio de información que había creado Carrero organizaba el futuro del Partido Socialista en Suresnes, con un “Isidoro” que más tarde dirigiría un partido que colaboró abiertamente con los que mataron a Carrero, aunque después se arrepintiese y los mandase al infierno envueltos en cal viva. Y tuvo que ser un comando de la Marina, por su cuenta, el que vengase la muerte de uno de los suyos abatiendo en las calles del sur de Francia al archifamoso “Argala”, cabeza del atentado de la calle Claudio Coello, otro 20 de diciembre, cinco años después.

Al final, todos sabemos lo que pasó: un dardo en el corazón y en la cabeza del régimen, invadido por políticos desleales, militares vencedores transformados en vencidos y curas pérfidos y  desagradecidos que han puesto a España, hoy, a los pies de los caballos y cada día más sumergida en el mundo de la pobreza y del hambre. El “Sueño” de Juan de la Cosa se realizó, en medio de la risa metálica de aquel hombrecillo que parecía festejar la visita de Henry Kissinger y que hacía dirigir la mirada a Fuenteovejuna: ¿Quién mató al Comendador? ¡Fuenteovejuna, señor! ¿Y quién es Fuenteovejuna? ¡Todos a una, señor!

 

 

 

 

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