Editorial Fuerza Nueva, nº 1431

Entre la santidad y el heroísmo

En estas fechas miles de españoles conmemoran el 20 de Noviembre, aunque no todos con la misma intención. Es día coincidente en la muerte, y en un centro sanitario público, creado por él, de Francisco Franco, militar de máximo prestigio internacional que dio a España el servicio del heroísmo en el combate y en la puesta en marcha de todo un Estado que no existía, y si existía no se vio reflejado en obras por ninguna parte. Y también en la de otro adelantado, José Antonio, joven de valor reconocido unánimemente, que había fundado un movimiento de juventudes dispuestas a dar la vida en la trinchera y en la vida política por un ideal alcanzable. Pero también coincidía con la muerte en Toledo, en esa misma fecha y año, de otro joven de la Acción Católica española que había defendido el Alcázar con valentía, porque se sabía actor protagonista en una Cruzada en la que no sólo estaba en juego la Patria sino el santo nombre de Cristo.

Pero no todos lo conmemoran con la misma intención. Cada año grupos y sectores alimentados ideológica y económicamente por las instituciones oficiales promueven una serie de disturbios que alcanzan mucha resonancia en los medios de comunicación. A ellos se les denomina sectores antisistema, pero jamás se dice que vienen a conmemorar, mediante el uso y el abuso de la barbarie, una fecha que tiene su origen en una entrega generosa a España de unos hombres cuyas virtudes trascendieron nuestras fronteras y se encuentran inscritas en los anales de los actos más elocuentes de la humanidad. Francisco Franco, José Antonio Primo de Rivera y Antonio Rivera Ramírez quedan unidos, por sus actos, entre el sacrificio, la santidad y el heroísmo.

En las páginas de este número, en buena parte dedicadas a los dos últimos, y en las del anterior,  abiertas al recuerdo de Francisco Franco mediante sus declaraciones a la prensa poco antes de fallecer, se manifiesta una constante anímica en una generación bien formada en el ideal, ya sea éste de naturaleza castrense, política o religiosa. Ideal común que anidaba en la conciencia de aquellos hombres que ponían lo mejor de sí mismos al servicio de los demás, arrastrando a tantos y tantos españoles a dar testimonio, en la guerra y en la paz, de una conducta sin tacha, ahormada en los grandes amores del hombre, que son el Cristo resucitado que adoramos los cristianos y la Patria -tierra de nuestros padres- que hemos recibido los nacidos en España, amor de perfección que también se ha encarnado en muchos otros no nacidos entre nosotros que han sentido el nombre y la adscripción de lo español como santo y seña de su manera de ser.

Es ésta la lección que hemos procurado aprender los que hoy vemos a España a los pies de sus verdugos, hostigada por doquier, escarnecida, asediada por déspotas y levantiscos como en tiempos de la II República, que mediante el concurso de las virtudes mencionadas fueron combatidos al más alto precio y con el mayor acopio de sangre. Fue una alerta permanente que dio sus frutos mientras la garita estaba ocupada no sólo por el vigía sino por el ideal. Y que comenzó a desmembrarse cuando el músculo dio paso a la fécula y el sentido evangélico de los talentos pasó de la multiplicación a la resta, ofreciendo un panorama horroroso en lo moral, tanto en lo público como en lo privado.

Por todo ello es oportuno, aunque caiga en el más espantoso de los vacíos intencionados, recordar las fechas y las actitudes, las biografías y los hechos, para ofrecer a quienes alcancen un mínimo de entendimiento una semblanza de los mejores, de aquellos que no buscaron el tronío y el éxito, la página de periódico ni el titular destacado. Sólo estuvieron pendientes del bien de todos, unos mediante el ideal de la Milicia y otros con el objetivo puesto  en lo político o en lo religioso. Así vivieron con rectitud, muchas veces espartana, hasta el punto de reconocer con sus actos el más alto grado de entrega y de marcar con su conducta a quienes no actuaron con la misma intención.

Para los que ahora somos víctimas de todo, del terrorismo, de la injusticia, de la defección -consentida e incluso bendecida-, de la manipulación, de la amnesia, del secesionismo egoísta, del latrocinio o del más despreciativo de los anonimatos sólo queda confiar en que la santidad y el heroísmo de los mejores, en los momentos decisivos, nos asistan para sacar a España de este albañal en el que nos encontramos metidos a la fuerza y sin remisión. Por ahora.

 

 

 

 

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