Editorial Fuerza Nueva, nº 1429

EDITORIAL

Y Chile no se convirtió en la segunda Cuba

La izquierda en general y la progresía  político-mediática en particular han conseguido implantar, en el análisis histórico-político, para así poder interpretar los hechos de un modo diferente, el “presentismo”-mirar con ojos actuales el ayer prescindiendo de la coyuntura del tiempo-, lo que les ha permitido esquivar sus propias  responsabilidades. Paradigmático de lo dicho es el juicio político que nos llega con motivo del 40 aniversario del movimiento militar, apoyado por instituciones y partidos, que llevó al poder al general Augusto Pinochet.

La versión que hoy se trata de imponer es la de una acción contra la democracia que abrió una feroz dictadura producto de la ambición personal, en base a la antinomia dictadura-democracia, que como elemento ideológico explota la izquierda y en muchas ocasiones acepta la derecha. Así, el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende se convierte en un ejemplo de virtuosismo democrático, borrando de un plumazo la responsabilidad que la UP tuvo en la provocación de aquellos hechos.

Cuarenta años son muchos años y el mundo de hoy se parece muy poco al de 1973. Pese a lo que pudiera parecer, entonces el régimen democrático no era un valor absoluto; de hecho eran muchos más los países con sistemas no democráticos que los democráticos -en el sentido de democracia de partidos-; los sistemas comunistas no eran una anomalía sino que sometían a gran parte de la población mundial; el socialismo no había asumido en todas partes el horizonte de la democracia de partidos, sino que en determinados lugares, como Chile, entendía la democracia liberal-burguesa como un estadio hacia el comunismo (vía chilena al socialismo de Allende); geoestratégicamente era evidente el interés de crear una Cuba en tierra firme que sirviera de puente para la expansión de la revolución tras el fracaso en Bolivia.

En 1973 Chile había entrado en la pendiente que conducía hacia ese socialismo, y revolucionarios de muchas partes acudían al país para llevarlo a puerto. Desde el poder, la Unidad Popular de Allende, utilizando los resquicios de la ley, había iniciado el proceso de subversión de la democracia,  sumiendo al país en una aguda crisis económica y abriendo las espitas de la violencia de la revancha. En 1973 no es que un grupo de generales golpistas, por ambición personal, decidieran dar un golpe de Estado -de hecho el propio Augusto Pinochet estaba en uno de los puestos claves y gozaba de la confianza del presidente Allende-; es que las instituciones, la judicatura, la Democracia Cristiana y gran parte de la sociedad, también los intereses geoestratégicos norteamericanos, demandaban la intervención militar para frenar esa vía que conducía a la cubanización de Chile.

El régimen militar del general Augusto Pinochet modernizó económicamente el país y lo estabilizó. Y es más, aunque parezca un contrasentido: sentó las bases políticas del actual Estado chileno pues la Constitución democrática que hoy tiene es la elaborada por el régimen del general Pinochet. Hemos podido ver, sobredimensionadas por ese “presentismo”, por esa utilización ideológica de la antinomia dictadura-democracia, cuando en realidad no existe en el debate político actual, las manifestaciones -no muy numerosas por cierto- de la izquierda en las calles chilenas, pero se ocultan celosamente las muestras de apoyo que aún hoy despierta el general Augusto Pinochet entre los chilenos.

 

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