Editorial Fuerza Nueva, nº 1427

18 de Julio: la verdad proscrita

La historia al revés que venimos padeciendo en las últimas décadas, elevada a axioma de verdad por la Ley de la Memoria Histórica socialista, alimentada en muchas ocasiones por el silencio cómplice del centro-derecha español, nos trata de convencer de que el 18 de Julio de 1936 se produjo en España un “golpe militar” contra la democracia. La realidad, sin embargo, es muy distinta: ni fue en su realidad un mero golpe militar ni existía democracia alguna contra la que pronunciarse.

El 18 de Julio de 1936 la democracia meramente formal mantenida por la izquierda durante la II República -nada tiene que ver la II República con la forma republicana de gobierno- había dejado de existir. Días antes, desde el poder, en connivencia con el socialismo, con participación de la escolta miliciana del mismísimo Indalecio Prieto, se había intentado eliminar a todos los dirigentes de la derecha española, aunque finalmente sólo pudieran dar con Calvo Sotelo. Desde el triunfo del Frente Popular la izquierda, con una visión patrimonial del régimen político, subvirtiendo el orden constitucional, aprovechando los huecos legislativos, había comenzado a destruir el Estado de Derecho para abrir paso a una revolución reclamada por el PSOE o por los anarquistas durante la campaña electoral para las elecciones de Febrero de 1936. Desde sus albores la II República se alejó de las bases del régimen democrático con las denominadas leyes de defensa que permitían la censura de la prensa, vulneró los derechos individuales de los católicos y toleró la violencia de la izquierda tanto anticlerical como antiderechista. En aquel proceso jugó un papel fundamental el PSOE, que lejos de ser un partido democrático creía que la República era sólo un estadio que abriría el camino hacia la dictadura del proletariado.

El 18 de Julio de 1936 se produjo, por encima de la conspiración militar, un golpe de Estado que por sus resultados podría calificarse de fracasado, pero una auténtica sublevación civil posterior, sin la cual los militares rebeldes hubieran sido inevitablemente derrotados. Es ese alzamiento civil el que nutre en los meses siguientes las fuerzas nacionales con decenas de miles de voluntarios, muchos más que los que acuden a la llamada revolucionaria de la izquierda. Es el pueblo en armas el que nutre las filas del Ejército y no un ejército contra el pueblo tal y como se trata de difundir. Era la España que no se resignaba a ser víctima, que tenía todo el derecho del mundo a la legítima rebelión frente a la imposición dictatorial de la izquierda.

Ahora bien, entre los hombres de aquella España rebelde existían ideales propositivos. Alientos de esperanza por una nueva patria y un nuevo Estado que conformase su identidad y abriera el camino de la prosperidad y el progreso. Que hoy se busque proscribir esta verdad no quiere decir que fuera el resultado de cuarenta años de propaganda. En realidad, es una verdad proscrita por casi cuarenta años de desinformación.

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