Editorial Fuerza Nueva, nº 1424

Abandono de lo principal 

El corazón de Europa no está en consonancia con las actitudes que toman sus dirigentes actuales, cuyos comportamientos no tienen nada que ver con el espíritu de los fundadores de la comunidad que, si bien nació con un fuerte impulso económico, nunca dejó de lado el sentido religioso y moral de quienes tomaron aquella responsabilidad. Por eso es muy difícil establecer un entendimiento entre las partes, y más cuando todas ellas se encuentran viviendo un letargo político que sólo recibe estímulos de los indicadores del dinero, hasta el punto de haber convertido a éste en el nuevo dios que alumbra al mundo, cada día más sometido a su brutal e insoportable tiranía.

Todo ello se ha transmitido a la sociedad, que vive sin vivir en un continuo proceso de protesta, de endeudamiento, de hastío y hasta de desesperación, llegando al suicidio o a la violencia indiscriminada como tubo de escape de una degeneración social que va a traer consecuencias no queridas, ya que los gobiernos no actúan con autoridad porque todos sus esfuerzos los dedican a salir de la maraña económica en que nos hemos instalado, al rebufo de unas instituciones que en su día estimaron que los países en desarrollo podían militar en la primera división del continente al lado de los poderosos, en vez de actuar mediante tratados preferenciales para ir elevando el nivel de los primeros hasta conseguir equilibrios asumibles.

Así vemos cómo Rajoy prácticamente existe sólo para temas relacionados con Bruselas, mientras en su territorio de actuación brilla por su ausencia, aunque tenga pendiente el problema seguramente más grave que ha podido recibir un Gobierno de España desde la muerte de Franco: el secesionismo descarado y peleón, que mediante afeites jurídicos pretende encaramarse a las barbas de La Moncloa sin que lo combata, desde ahí, ni un triste piquete de alabarderos. El desafío es descomunal, aprovechando el momento de debilidad económica, de desquiciamiento social y de corrupción generalizada, de la que no puede salvarse ni siquiera la Corona.

Porque si el presidente del Gobierno está invocando día sí día también el 23-F como prueba de que el Jefe del Estado puede resolver de sobra, como lo hizo entonces, el problema nacional, en esta ocasión tiene un defecto de enfoque, porque entonces el Rey rectificaba un error propio a beneficio de los partidos constitucionales y hoy puede ir envuelto en el mismo paquete, al desgajarse de su seno natural territorios sin los cuales España como nación y Estado tendrían que dejar de serlo y, sin éstos, la Monarquía no tendría razón de ser, desprovista de sus atributos y sin función que cumplir. Con ser grave el porvenir económico de nuestra Patria, mucho más lo es partirla en dos por el capricho soberbio de los epígonos de la alucinación romántica y la falsedad histórica, por otra parte tan corrompidos o más que los anteriores.

No sirve, por otra parte, refugiarse en el consenso constitucional como se hizo en el primer instante de la Transición, porque las hostilidades están rotas entre los partidos. Sólo con defenderse de sus propias miserias ya tienen bastante y, como descuiden la guardia en lo fundamental, que es la unidad de España, puede que desaparezcan también, pero más como fruto de su perversidad que por el interés de otros en ello. No conviene olvidar que el 23-F, al que Rajoy no quita de su boca para proclamar la grandeza de la Monarquía, se produjo porque España -no un grupo de militares- estaba harta de que se descerrajasen las cabezas de españoles inocentes en  número aproximado de doscientos por año.

Pero es que, además, en ese salvajismo terrorista se escondía la añagaza del separatismo, que es el mismo que el que hoy promueve Arturo Mas y sus socios -aunque por otra vía más inteligente-, cada día más numerosos y procedentes de partidos que, ante el naufragio de su organización interna, prefieren sumarse al tópico secesionista que al seno de su procedencia histórica. Todo camina hacia lo de siempre: cuando la fécula atiborre la paciencia de los españoles y éstos empiecen a pensar que somos algo más que materia de compra y venta, empezarán a organizar sus defensas de la dignidad y el honor. Y esto seguro que también lo piensa Rajoy.

 

 

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