“Piedras de toque”. Revista Fuerza Nueva, nº 1423

Jesuita, argentino, envuelto en polémicas locales, ya es el Papa Francisco…

La sorpresa y el interrogante continúan

Jorge Mario Bergoglio es el nuevo Papa Francisco, sin el número I romano porque, según dicen los vaticanistas, éste no se debe situar hasta que llegue el número II. Viene del “fin del mundo”, como él mismo anunció desde el balcón de San Pedro, y con un curriculum repleto de equipaje. No es fácil ser arzobispo de una inmensa ciudad como Buenos Aires, ni dos veces (dos mandatos) presidente de la Confederación Episcopal Argentina. Esta gran nación es un volcán en sí misma, politizada hasta el infinito y con un catolicismo vivo y rico, especialmente por el lado tradicional, que tiene en algunos obispos, intelectuales y universidades católicos un auténtico filón de talento.

El hasta ahora arzobispo primado de Argentina tiene fama de hombre de fácil encuentro, muy apegado a los “hermanos mayores” -la gran comunidad judía platense- y a los “menores” -las Madres de la Plaza de Mayo-, que más de una vez y de dos le han montado un número descomunal en su catedral bonaerense. Es muy dialogante, especialmente con los más desfavorecidos. Tiene fama de viajar en Metro y de no vivir en el palacio episcopal, de gustarle el fútbol y de tomar “mate” con la gente en la calle. Campechano. Y de sus tiempos en la Casa de San Ignacio de Alcalá de Henares se le recuerda como “un tío listísimo que agradaba a quien le conocía”.

La realidad

Pero Bergoglio tiene 76 años y le ha dado tiempo a ver y a actuar de muy diversas maneras en medio de un país que ha sufrido un terrorismo tan terrible como el español, mucho antes de que Isabel Martínez de Perón decidiera poner en manos de los militares el asunto del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) y de los Montoneros (al que pertenecía Cristina Fernández de Kirchner). Esto dividió en gran parte a los argentinos, que mientras por un lado contemplaban atónitos cómo se asesinaba en plena calle a militares y civiles de prestigio, por otro se palpaba una Iglesia condescendiente, dialogante y tierna con las víctimas de la represión oficial. Ahí entraba Bergoglio, al que unos le acusaban de no tener nunca una palabra contra los militares mientras la realidad operaba en otro sentido: tuvo el corazón muy abierto para las familias afectadas por los gobiernos militares, y nunca una palabra cuando en plena calle asesinaban a Jordán Bruno Genta o a Alberto Saccheri, dos catedráticos y eminentes pensadores católicos que destacaban por el combate en pos de la Verdad, a uno de ellos cuando salía de Misa.

Su perfil episcopal hizo pensar que al otro lado del Atlántico estaba sucediendo algo parecido a lo de España con bastantes obispos, especialmente con Setién, a la hora de las condenas y los perdones, y aunque en asuntos de doctrina siempre intentó dejar clara su postura con respecto a zonas sensibles del catolicismo, en la práctica parecía patinar en muchos momentos. Vio cómo la señora Hebe de Bonafini le colocaba un retrete en el altar mayor de la catedral para hacer sus necesidades personales,  y cómo le ocupaban el templo un día sí y otro también gays, lesbianas, abortistas, “desfavorecidos” que no lo eran tanto y cuantos pretendían no una bendición de su obispo sino hacer saltar por los aires la Iglesia, incluido el Papado. Escuchó cómo esa dirigente de la Abuelas o de las Madres de Mayo le pedía a ETA en aquel templo catedralicio, que él había establecido como lugar caritativo de acogida en tantos otros episodios, que matase sin remisión a cuantos españoles encontrase a su paso, y ponía su boca en aquel lugar santo al servicio de la procacidad y la blasfemia.

El jesuita

La realidad es que la Iglesia argentina tampoco ha dado muestras de crecimiento hacia lugares propios de un país en pleno desarrollo; es más, se ha dejado comer el terreno por confesiones evangélicas, como en el resto del continente, y no siendo en universidades y recintos propios del catolicismo tradicional, cada día más vivo allí, el resto de los mortales podía ver en Bergoglio al obispo próximo porque se lo encontraba en el autobús, pero no por ninguna otra razón pastoral. No quita -repito- que cuando se trató de llevar el matrimonio homosexual al Parlamento fuese contundente contra el gobierno Kirchner, pero siempre arrastrando una pesada carga sobre sus hombros: el suave manejo de la relación pública para intentar quedar bien con todo el mundo.

Así llegamos a la aparición de su libro El jesuita, cuyos autores han estado estos días bastante presentes en la televisión española como referencia biográfica oficial del nuevo Papa. En Buenos Aires se llegó a decir que era una preparación “electoral” para el próximo Cónclave. Se hablaba de que había conseguido la segunda mayor votación cuando fue elegido Benedicto XVI, se mostraba una personalidad cercana a los pobres, y concurrían en torno a su persona una serie de cualidades que a muchos argentinos bien constituidos intelectual y espiritualmente les hacía respingar. Y desde ahí se podía llegar a un sinfín de conclusiones. Una cosa estaba clara: no es fácil ser arzobispo de la capital de una nación que ha sufrido una guerra horrorosa por mor del terrorismo más brutal y despiadado que haya conocido el mundo civilizado.

La realidad cercana

Sorpresa e interrogante van unidos en este caso como ya ocurrió hace unos días con la renuncia del Papa Ratzinger. Y viene del hilo de la rápida votación cardenalicia -apenas día y medio-. Benedicto XVI había nombrado 67 cardenales y como se necesitan dos tercios para obtener mayoría es de suponer que muchos de éstos se hayan inclinado por Bergoglio. Hay dos formas de explicarse las cosas: que hubiese habido una consigna previa para dirigir el voto, o que el hastío y la desesperanza humana, que también llegan a los príncipes de la Iglesia, hayan decidido “tirar por la calle de en medio”. Es un hecho más consumado que aparente que a Ratzinger no le querían sus hermanos alemanes y centroeuropeos. Y allí se encontraba una buena parte de la nómina de papables. Alemania, Austria, Hungría, incluso Italia, tenían cardenales serios, de prestigio, pero tal vez el Papa emérito sabía que iba a ser más de lo mismo: hacerles la vida imposible las Iglesias locales, aprobar el aborto terapeútico en hospitales católicos mientras el vicario de Cristo, alemán, como ellos, se desgañita para defender la vida, toda la vida, desde el mismo instante de la concepción.

Ratzinger estaba convencido del infierno que ha sufrido en Roma, donde una curia acomodada “se mordía y devoraba”, según palabras propias. Y él necesitaba alejar del peligro como primera actuación al que viniese tras él. Para ello el nuevo vicario tenía que llegar del “fin del mundo”, aunque apareciese lleno de heridas, pero tal vez por ello preparado para otra guerra, mucho más delicada y florentina pero no por ello menos guerra. Y de un país evangelizado por España, que llevó la fe al “fin del mundo”, donde vive la mitad de los católicos del planeta, más de medio millón de seres que rezan en español porque, como decía Gabriela Mistral, el Padre Nuestro en este idioma llega más a Dios. Todo es una hipótesis, pero si uno quiere buscar la verdad no tiene más remedio que pisar terrenos movedizos o infranqueables. Y más con lo que tiene a la vista.

Y la intención

Los católicos no estamos acostumbrados a sucesos como los acaecidos en el Vaticano en esta Cuaresma de 2013. Una renuncia expres de un Papa cansado y zaherido ferozmente por los suyos, que amenazaban guerra infinita como trajese de nuevo el latín a la Misa; una desconfianza absoluta en los más próximos, que hacían todo lo contrario de lo que él disponía, y un pueblo creyente y orante que sólo pretende, de manera limpia y luminosa, llegar a la visión de Dios Padre a través del camino de la Cruz. Ratzinger, el Papa emérito, entre los muros del Vaticano hasta su muerte, ha dejado al Padre Georg de puente para comunicarse con el nuevo Papa Francisco, nombre elegido en recuerdo del santo de Asís, y puede que por otros santos Franciscos, de Borja y Javier, que evangelizaron el “fin del mundo” para llevar el Evangelio a pueblos sanos, nobles, receptores de una fe que abrazaban mientras los grandes intelectuales de la Iglesia la vulneraban,  la escondían o la camuflaban, muchas veces entre los pliegues de sus sotanas. Quiera Dios que el nuevo Papa, que llega ya bien cargado de   vida pastoral en América, le pida y le pidamos a la Virgen de Luján que le ilumine en esta misión trascendente.

 

 

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