Editorial Fuerza Nueva, nº 1422

Corrupción política es degeneración moral

Vivimos tiempos difíciles para sobrevivir en medio de un clima político y moral que ha llegado a su grado más alto de degeneración en todos los órdenes. No se salva nada del panorama mundial, y, mientras en los sistemas públicos alcanza el cenit, hasta la Iglesia, que es la esposa de Cristo, sufre también la embestida del demonio que se ha filtrado con fuerza entre sus ministros, cuando no entre sus fieles e instituciones. Urge por tanto que los que seguimos creyendo en los principios eternos, que prevalecerán en medio de tanta molicie, nos aprestemos a defender la ciudadela con renovadas fuerzas para afrontar el combate.

Estamos viendo lo que sucede en el centro de la Cristiandad, asediada en su fortaleza terrenal por el humo de Satanás, que según todos los indicios ha hecho posible que todo un Papa haya tenido que renunciar al mando de la nave por falta de fuerzas para luchar contra tan monumental enemigo. Pero es que ese mismo maleficio ha llegado a los sistemas políticos, cuando las democracias liberales del mundo se ven demolidas por una corrupción que si bien se sitúa en el plano personal, no es menos cierto que afecta a la misma constitución de dichos sistemas, que propician con su liberalismo de Estado el juego peligroso de usar y abusar de los bienes públicos.

En España el problema es más abultado si cabe, porque la fibra religiosa de un pueblo que ha creído secularmente en Cristo y en María, se ha vuelto, por el influjo de sus dirigentes políticos y morales, primero en huidizo de todo ello y después, en muchos casos, en beligerante contra ello. Así hemos llegado hasta aquí, donde desde la más insigne persona hasta la que pesca en ruin barca se encuentran afectadas por la tentación del dinero y del poder sin pararse mucho a pensar en que esos bienes no son particulares sino que pertenecen a un patrimonio común que es el de todos los españoles. Y esto, aparte de echar por tierra el mínimo atisbo de patriotismo, refleja la suciedad que se esconde en el interior de cada individuo afectado por la crisis de valores, que es la que hace posible la quiebra económica y moral.

Lo hemos visto con meridiana claridad desde que comenzó la Transición -y no nos cansaremos de denunciarlo- con las subvenciones a los partidos políticos, que se declararon patrimonio de la humanidad en la arquitectura política postfranquista y que recibieron sumas billonarias de un régimen que tenía que salir adelante de cualquier forma y a cualquier precio. Los bancos siguieron órdenes del motor del cambio, directas e inapelables -así lo manifestó recientemente en televisión el que fuera presidente de Banesto-, para financiar a los grandes partidos, y más tarde para condonarlas cuando éstos no podían hacer frente a las obligaciones contraídas para el pago. Ahí se produjo el primer atentado terrorista contra la Hacienda pública, que después de cerca de cuarenta años de saqueo se encuentra en las garras de una Europa y un mundo tan corrompidos como el nuestro.

El problema es de tal calado que no se arreglará mientras sigamos creyendo que democracia es igual a democracia liberal. Un pueblo ejerce la soberanía cuando se le ha enseñado a ganársela para ejercerla rectamente, cuando los mandamientos de la ley de Dios viven en el almario de cada uno y se manifiestan en todas las actividades públicas y privadas. Pero cuando el ser humano se encuentra desarbolado por su conducta, anclada en la perfidia y la duda permanente, cuando los pastores de almas y de cuerpos se encuentran tan distantes y distintos en sus hábitos y costumbres, y cuando la función docente se ha convertido en el uso indecente de las aulas para embrutecer a la adolescencia y a la juventud, es tarea poco menos que imposible volver a la cordura y al pensamiento elevado.

Sólo abordando con rectitud la gran crisis de España, que nació de un juramento en falso y un ordenamiento jurídico posterior viciado por el influjo del liberalismo más agresivo, será posible superar este trasunto histórico, que se intentó superar con parches en determinados momentos de estas últimas décadas de monarquía parlamentaria, primero con un 23-F de impulso regio cuando los partidos naufragaban por causa de sus propios errores y codicias personales; después con la cal viva del crimen de Estado cuando se descartó la pena de muerte, y, por último, con la manta en la cabeza de muchos como fruto de la desesperación y el naufragio, con el “sálvese quien pueda” de la extorsión y el incremento del patrimonio personal a cargo de los bienes del erario público.

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