Del Vaticano al mundo árabe… Intrigas y volcanes

Han sido muy preocupantes las últimas informaciones que nos llegan procedentes del corazón de la Iglesia. Desde un mayordomo, persona de máxima confianza del Papa, que es detenido por filtrar documentos (presuntamente), hasta amenazas del catolicismo centroeuropeo de romper con Roma si ésta se decide por la Tradición. En medio aparece una figura desconcertante sometida a la máxima confusión, la del cardenal Bertone, segundo de Benedicto XVI y, muy al contrario de lo que ha sido común en el secretario de Estado, no procedente de la carrera diplomática vaticana. Y en medio, una feroz campaña del laicismo universal para tratar de dar con los huesos de la Iglesia en tierra. Pero eso, hasta por boca divina, resulta imposible.

Parece ser que hay quien se encarga de intrigar a conciencia. El ataque no sólo viene de fuera, sino que tiene cómplices en el interior. Se habla, incluso, de cardenales de la curia con nombres y apellidos. Se llegó a dar por hecho hasta un atentado contra el sumo pontífice, y es que nunca la avanzadilla ha sido tan violenta contra el Papa. No le perdonan que busque con ahínco una solución para el asunto Lefebvre, que no le deja vivir porque sabe que ahí radica una de las más caras ambiciones de la Iglesia, que es la de que todo lo que hace referencia a la vuelta al clasicismo del dogma y la moral y a las costumbres virtuosas regrese a donde nunca debió de salir. Fue una espina para Juan Pablo II, y Benedicto XVI lo quiere dejar solucionado, pero el valle es de lágrimas. Las consecuencias del Concilio Vaticano II, pastorales en teoría,  afectaron de tal modo a los comportamientos de los clérigos, y también de los seglares, que se convirtieron en problema de principios que entraron como un cañón en el dogma. De ello se lamenta hoy, con auténtico dolor, el que fue perito entonces y ahora es obispo de Roma y cabeza de la Iglesia.

De momento ya aparecen los cambios. El Vaticano se mueve a marchas forzadas, y se habla de sustituir a Bertone por un español, el actual nuncio en Canadá, que, entre algún otro, es uno de los llamados por la confianza del vicario de Cristo, que se encuentra cercada por una jauría que aprovecha cualquier movimiento en falso para atacar. Todo ello en unos momentos en los que se están produciendo ingentes martirios de cristianos, en especial en África y Asia, circunscritos al mundo musulmán, que arrasa sin piedad y que cada día se va instalando más en los palacios oficiales. Mientras el mundo occidental debate la prima de riesgo, éste no se da cuenta de que su auténtico riesgo pende del hilo de un Islam cada día más intransigente que va mostrando una faz a la que no nos tenía acostumbrados, pero que al parecer es la verdadera.

Hábil propaganda

Desde que Gamal Abdel Nasser se hizo cargo de la República Árabe Unida el mundo pareció que respiraba, porque acometía su conducción un militar con aires modernos y civilizadores, alejado de aquellas monarquías en las que la ostentación y el despilfarro conjugaban su única razón de ser. En Turquía resplandecía la figura de Kemal Ataturk, otro dirigente que sin dejar de situar a la religión en el lugar que le corresponde, quiso hacer del ámbito otomano otra república cargada de razones para convivir con Occidente. Y de aquella manera de gobernar pudo dar el primer paso la OTAN, otorgando a Turquía una confianza ilimitada que la convirtió en uno de sus socios de máxima confianza, que llega hasta nuestros días, pero de otra manera.

Con El Gaddafi en Libia nacía una esperanza, cuando otro militar joven y formado en Occidente empuñaba las riendas de una nación rica del norte de África, islámica también, en la que una política nacional y social pretendía, al menos en sus comienzos, acercar aquellos pagos a moldes y costumbres de convivencia con el resto del mundo. Lo mismo que ocurría con Hafef El Assad, padre del actual dirigente sirio, que con un partido instalado en la Internacional Socialista quiso -y lo consiguió- establecer una estabilidad política y social que en su momento admiró al mundo. De este segmento político se hizo amigo, y hasta colaborador efusivo, el régimen de Franco, que conocía como nadie ese singular factor humano por sus muchos años de tratarlo. ¡Y hasta en situaciones nada gratas!

¿Primavera árabe?

Con Sadam Hussein pasó algo parecido. Mimado por los Estados Unidos por haber puesto en marcha el Baaz, un partido con raíces occidentales y rasgos socialistas, cayó en desgracia cuando,  luego de ser utilizado para combatir a los ayatolah de Jomeini, le dijo a la embajadora norteamericana en Irak que estaba harto de que le robaran el petróleo por parte de Kuwait, un enclave harto artificial que forma parte histórica del territorio del Tigris y el Eúfrates. Y comenzaron las guerras del Golfo -varias-, la destrucción de Irak, el enconamiento salafita, las Torres Gemelas, Afganistán y sus señores de la guerra y la horca para el propio Sadam, el juguete de Kissinger. Y algo peor: la caza y captura del cristiano, desde el copto en Egipto al maronita en El Líbano, desde el greco-católico en Siria al griego ortodoxo en otras partes, desde los ministros cristianos de Sadam hasta los actuales de Bashar El Assad. La primavera árabe se ha enfriado de tal forma que sólo busca ya un objetivo: destruir lo que huela a Cristo y su presencia en el mundo actual, a tiros, a golpes, a decretos o a amenazas directas.

Creer por todo ello que defender los actuales movimientos en los países árabes del Próximo y Medio Oriente es actuar a favor de la modernidad -como dicen los cursis- es apostar por el suicidio -o el asesinato- de Occidente. En Siria Bashar El Assad aguanta una embestida universal que está concentrando en su país todas las fuerzas humanas y las armas de la yihad islámica, apoyada por los papanatas de Occidente embanderados, una vez más, por Obama y la señora Clinton, que bastante tiene con soportar la memoria histórica, cercana e íntima, de su marido, todo un dechado de virtuosismo político y personal. Y en el colmo de la sorpresa tan sólo defendido por Rusia y China, que parecen tener las pupilas más cristalinas al contemplar la situación general del mundo. Pretender que acabando con Ben Laden se han terminado los problemas, es imaginar que Morsi, el presidente electo de Egipto, es un Hermano Musulmán más parecido a un Hermano de San Juan de Dios que a un encarnizado soldado de Alá. La locura.

Luis Fernández-Villamea.

Publicado en la Revista “Fuerza NUeva” Nº 1413

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