Los tres imposibles.

Resulta trágico que los seres humanos, y más concretamente las naciones, con los Estados a su servicio, se tengan que dar cuenta de sus yerros luego de pasar por las consecuencias nefastas que en su día se anunciaron. Uno de éstos fue la configuración y elaboración, jurídica y parlamentariamente muy costosa, de los Estatutos de autonomía, que desplegaron un trajín político que de cualquier forma nos podríamos haber ahorrado, sin que por ello se desprendiese de su base ningún pilar de nuestro ordenamiento jurídico.

Esta configuración novedosa en los modernos Estados europeos quiso compararse a la vuelta a su situación natural de naciones como Serbia o Croacia, o a los territorios bálticos de Letonia o Estonia, sin pararse a considerar, porque el sectarismo lo cegaba todo, que en estos casos, entre otros muchos, no se hacía otra cosa que recuperar una soberanía usurpada por  el yugo de Tito en el primer caso y por la Unión Soviética en el segundo, en ambos a sangre y fuego. Fue una vil manipulación para justificar el derecho a una posible autodeterminación de regiones españolas como Cataluña o Vasconia, en ningún sentido sometidas por nadie y nacidas y crecidas, con sus peculiaridades, como todas las demás, en el seno de algo muy sensible que desde hace muchos siglos hemos llamado España.

 

Por aquellas fechas de la Transición tan sólo hubo un parlamentario entre 350 que en sesiones interminables se opusiera al proyecto. Fue Blas Piñar, quien con una fuerza dialéctica incontenible, ahormada por una información política y jurídica espectacular, demostraba, tanto en Comisiones como en Plenos, que el Estado autonómico era un imposible en tres órdenes: histórico, político y económico. Y esto lo demostró con tales argumentos, que hasta los diputados que después serían los distintos dirigentes autonómicos se acercaban a él, si no para felicitarle sí para justificar su presencia en aquella aventura. Arzallus, Pujol y Roca Junyent fueron un ejemplo notable.

Pero lo más trágico es que de aquella que Fraga llegó a denominar “la derecha posible” nadie, es decir, ninguno de sus miembros, se propuso ayudar en esa tarea. El mismo Fraga, desde la Constitución -que él redactó, entre otros-, hasta Herrero y Rodríguez de Miñón, o Gabriel Cisneros, antiguo “flecha” de las Juventudes de Franco, no tuvieron la vergüenza torera -aunque imaginasen su yerro, porque no eran tontos- de exhalar la mínima queja en el sentido de que aquello, algún día, iba a representar un gran daño para España.

 

Y ahora, ya en el siglo XXI, nos encontramos con una economía maltrecha no tanto por los bancos y su “burbuja inmobiliaria” como por los gastos que durante 34 años, día a día, golpe a golpe, han producido 17 comunidades-estados, más dos ciudades-estados, más 50 diputaciones que en cualquier caso jamás habrían tenido que desaparecer para desarrollar la labor que, torticeramente, han suplantado las autonomías. Ni siquiera desaparecieron los cabildos insulares al establecerse la comunidad canaria, cuando aquéllos eran los únicos que tenían razón de ser, en una administración bien estructurada, por la lejanía, la geografía y la historia.

Así hemos llegado a una situación en que no se pueden pagar facturas porque algunas, antes, fueron abonadas en dos ocasiones por distintos organismos de la administración, llegándose a producir tal caos económico que hasta secretarios de ayuntamientos españoles confesaban no saber qué hacer con los fondos que llegaban de Europa y que tapaban la boca de concejales y diputados que seguían adelante repartiéndose democráticamente la bicoca: callados, dejándose querer y responsables de lo que hoy ocurre en España, sólo y exclusivamente fruto de los tres imposibles que denunciaba y anunciaba aquel hombre solo entre una selva de buitres.

Publicado en la revista Fuerza Nueva, nº 1412.

 

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