La verdadera prima de riesgo

Todos los días los periódicos nos ponen a los españoles al borde del infarto publicando titulares envueltos en el pánico económico. Hemos aprendido, incluso, un lenguaje desconocido para el vulgo en asuntos de dinero, finanzas, relaciones comerciales y mercados internacionales. Las agencias que fijan los niveles son las protagonistas -y casi las dueñas- de las economías de los países que hasta ahora habíamos considerado como soberanos, pero que, evidentemente, ya no lo son, porque no manejan absolutamente nada propio de un pueblo que hasta hace poco consideraba su patrimonio como un bien general, para lo cual se organizaba mediante un Estado, que era un instrumento jurídico al servicio de la nación.

Eso está desapareciendo a marchas desproporcionadas por la globalización del mundo, que se ha impuesto la meta de arrancar no sólo el beneficio de los pueblos sino el alma de cada uno. Y dichos pueblos, en vez de asociarse para defender sus respectivas patrias -que son sus auténticos patrimonios, tierra de padres-, no hacen otra cosa que echarse en brazos de un gigantesco pulpo sin entrañas que atrapa y paraliza no sólo sus bienes sino también sus mejores pensamientos. Todo por la aldea global, por un mundo sin fronteras, por una ONG gigantesca en la que no se pueda hablar de Dios, de espíritu, de hijos vinculados a una familia como factor esencial, de matrimonio. Y pronto asistiremos, si todo continúa así, a la desaparición de apellidos adquiridos al nacer y también a la inexistencia del bien o del mal como materia elegible: todo será impuesto por un marcador que recoja la prima de riesgo de cada caso en cuestión.

 

Porque resulta escalofriante, por poner un ejemplo palpable, el índice de familias agrupadas en varias ramas, en convivencia común, pero derivadas de uniones distintas y de diferentes procedencias, que ponen no sólo el factor moral en precario sino también -y esto se publica poco- el esfuerzo y el dispendio económico que significa la atención de los hijos y las necesidades de las distintas agrupaciones familiares, por llamarlas de alguna manera. Es algo trágico asistir a las oficinas de empleo o a los juzgados y comprobar los documentos y sentencias, a cientos de miles, que se manejan en sus distintos departamentos, a la hora de repartir sueldos en caso de divorcio, de abandono, de bienes establecidos en matrimonios anteriores, de subsidios o de rentas que hay que imponer para el mantenimiento de niños, y no digamos de ancianos también, y que en muchos casos no se cumplen.

Se trata de una brutal e incontenible descomposición de la sociedad que ha hecho posible la concentración de poderes de los grandes almacenes del pensamiento, que se han juramentado destruir el mundo clásico, creyente, que reconoce errores y los remedia y que tiene la idea suprema del bien y del mal como argumento válido para saber acogerse en caso de naufragio. ¿Pasaría algo si el mundo, un buen día, se despierta sin hacer caso a la prima de riesgo, al dinero que les falta a los bancos, a las reuniones de Obama con la señora Merkel o a las imposiciones de Bruselas o de Estrasburgo? ¿Ocurriría una hecatombe si los países económicamente más débiles se plantan para defender sus propias constituciones morales, históricas, políticas y sus raíces, asentadas sobre la piedra de un cimiento sólido y no sobre la arena movediza de los mercados?

 

Va siendo hora de que los países tengan derecho a vivir en paz, sin ser agobiados y amenazados continuamente por los medios de comunicación -que son también cómplices porque forman parte del mismo negocio global-, por las agencias de calificación o por los movimientos de la bolsa, que acabarán por crear tal estado de ánimo entre los miembros de la comunidad de los seres humanos, que harán posible una guerra universal que puede dejar muy pequeñas a las dos mundiales anteriores. Han conseguido entrar en el alma del hombre y éste no tiene por qué aceptar ese juego que destruye el fundamento de su presencia en el mundo y las razones para las cuales fue creado.

Y es que ese poder acaparador de las ganas de vivir de los seres humanos ha irrumpido en el planeta para dejar a éstos sin procedencia, sin historia, sin herencia, sin padres ni hermanos: todo por la inversión, el beneficio económico, el blindaje millonario, la usura, el despilfarro, la falsa apariencia y el llevarse, o el disponer -que casi es peor- libérimamente de lo que no es de uno. Ese proceder intencionado es el que nos ha  entregado, de manera  municipal y espesa, a la voracidad de los mercaderes sin escrúpulos que pretenden arruinar nuestra vida como españoles y como hijos de Dios. Y España, que ha sufrido hasta sublime y reciente martirio por defender a pelo los valores de verdad, sin beneficio de inventario, no puede dejarse llevar por semejantes y tenebrosos personajes.

 Editorial de la Revista Fuerza Nueva nº 1411.

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