A 73 años del 1º de Abril: Confirmada la entrega de una Victoria.

 

De los paredones de La Almudena al Sábado Santo rojo

El que fuera vicepresidente del Gobierno con Adolfo Suárez, teniente general -luego nombrado Capitán General- Manuel Gutiérrez Mellado, cumpliría este mes de abril 100 años en caso de vivir. Murió en accidente de tráfico en 1995. Con este motivo un suplemento de El País, del pasado domingo 1 de abril, parece que eligió este día por tres motivos: por el aniversario del último parte de guerra del cuartel general de Franco, porque se cumplía el centenario del militar que hizo posible la ruptura  y porque se acercaba el Sábado Santo, fecha histórica donde las haya, en la que el Rey, con Suárez -que trabajaba para su partido, la UCD- y el malogrado príncipe de la milicia hicieron filigranas jurídico-políticas para legalizar el Partido Comunista.

La noticia -recuerda también El País- la dio aquel día, un 4 de abril de 1977, en Radio Nacional de España, entre balbuceos, sorpresa e incredulidad, el que fuera mi compañero y amigo Alejo Jesús García Ortega, ex seminarista malagueño, periodista extraordinario muerto en plena actividad profesional. Juntos habíamos cubierto la información, en tiempos de Franco, de las históricas Jornadas Sacerdotales de Cuenca y de Zaragoza, él para Pueblo y yo para esta revista. Leyó en auténtica primicia, porque se lo facilité, todavía sin haberse publicado, con avidez inusitada y sentado en la escalinata de la catedral conquense, el artículo Señor presidente, una bomba informativa que escribió en 1974 Blas Piñar, tras el atentado de la calle del Correo, contra la política de Carlos Arias Navarro, el presidente que había sustituido al almirante Carrero Blanco tras su magnicidio. Le faltó tiempo para coger el teléfono y contárselo a Emilio Romero, entonces director de su periódico, que tampoco salía de su asombro. Fueron dos joyas informativas, no una, de las que él fue protagonista.

Los viejos rockeros

El País reúne ahora a cuatro históricos más en un parque de Madrid para contarnos menudencias del Sábado Santo rojo, aquel que trajo la legalización del Partido Comunista. Se trata del coronel Fernando Puell y de los generales Javier Calderón, Ángel de Lossada y Andrés Cassinello, todos ellos especialistas en el espionaje militar y directísimos y próximos colaboradores del aún más histórico Guti. Son los viejos rockeros, que nunca desfallecen. El primero de ellos me afecta directamente a mí porque escribió un libro de 250 páginas para intentar desmontar -trabajo vano y malogrado, incluso para los suyos-, sin éxito, la tesis exhaustivamente documentada de mi libro, editado por esta casa, Gutiérrez Mellado: Así se entrega una Victoria.

Escribió otro titulado Gutiérrez Mellado, un militar del siglo XX (1912-1995) inmediatamente después de darse cuenta -y así lo hace constar- de que el primero era líder de ventas en toda España y de que su repercusión acerca del pasado del que fuera vicepresidente del Gobierno afirmaba la rigurosa confirmación de la entrega gratuita, por parte del Ejército, por él representado -cosa que no duda El País de ahora-, de una Victoria que había costado mucha sangre. El mismo hombre que ponía y quitaba en los paredones del cementerio de La Almudena a los asesinos del comandante Gabaldón en 1939, que interrogaba y fusilaba a los comunistas que pretendían reconstruir el partido desde el mismo puerto de Alicante, cuando se quedaron esperando a los barcos soviéticos que jamás llegaron para rescatarlos, como había prometido Stalin, era el que legalizaba, con el uniforme del ejército de la Victoria, a los mismos que tenían tantos crímenes en cárceles y checas sin justificar.

Es más, la tesis se baraja aún, tantos años después, por parte de los que colaboraron con Gutiérrez Mellado porque todavía sigue siendo un misterio sin parangón universal el hecho de que un régimen robusto, elaborado con tanto sacrificio durante años, con proyectos legislativos pioneros y encabezado y servido por un Ejército clamorosamente vencedor, en solitario, sobre el comunismo imparable y nunca vencido, entregase sin condiciones, pero con oprobio y escándalo, el fruto de su monumental sacrificio. Ciertos periódicos de hoy publican estos datos por dos razones: para tratar de justificar a sus protagonistas, a pesar del inexorable paso del tiempo, y para mostrar un agradecimiento sin límites a aquellos que hicieron posible lo aparentemente imposible: confundir, a la luz de la historia, traición por magnanimidad, exhibiendo el cuadro de La rendición de Breda con pinceles transplantados de El beso de Judas.

Mala conciencia

Y es que lo que más ha costado y cuesta digerir, a la luz serena de la Historia, cuando ya el músculo descansa, es explicar  la defección militar de los que hicieron la guerra y la ganaron limpiamente. Se entiende mejor, aunque sea también rechazable, la ruptura política, e incluso la de muchos hombres de Iglesia, cuando de sobra conocemos que la soberbia espiritual tal vez sea la más difícil de domeñar. A los militares se les contempla en el fragor del combate, con frente de guerra o sin él, y más con un Gutiérrez Mellado que realizó unos servicios no sólo comprometidos, sino temerarios, infiltrado en el Madrid rojo y permanentemente con el nombre de Franco en su boca.

Por eso llama más la atención que se proteja su figura para justificar una defección. Cuando aparecieron en esta revista, en 1981, los primeros capítulos sobre la actividad del entonces capitán en el frente rojo, nada se pudo desmentir, pero de manera eléctrica salió un libro, escrito por Jesús Picatoste, periodista que había sido director de Comunicación de la UCD, con el título Manuel Gutiérrez Mellado, un soldado de España, para tratar de contrarrestarlos. Lo que consiguió es añadir mayor confusión y una rabia infinita en un porcentaje altísimo de militares y en no menos civiles.

Y cuando por fin, en 1995, salió el libro publicado por esta editorial, Gutiérrez Mellado: Así se entrega una Victoria, el más vendido en esos meses en librerías y grandes almacenes, el coronel Puell de la Villa, catorce años al lado de Gutiérrez Mellado en el Ministerio de Defensa y ahora hombre elegido por El País para tratar de explicar lo inexplicable, escribe un libro de clarísima réplica al mío que no esconde sus intenciones desde la misma introducción, y con permanentes citas a esta revista y al autor de esta crónica a lo largo de sus 250 páginas. Ejemplares de este libro se repartían gratuitamente en Academias Militares, Centros de la Defensa, Organismos Oficiales y en seminarios y círculos castrenses. La verdad es que no sirvió de nada, porque el fallecido Javier Tusell, alma histórica, literaria y cultural de El País, que hizo una recensión con intento de ser laudatoria y propagandística, frustró la maniobra al comenzar su empeño afirmando categóricamente, de entrada y a bote pronto, que no se puede abordar una biografía de nadie sólo para intentar desmontar lo que ha escrito el enemigo, sobre todo cuando no se cuenta con materiales y argumentos que lo consigan.

Luís Fernández- Villamea.

Artículo publicado en la Revista Fuerza Nueva Nº 1409. 

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