Naturaleza y substancia. Blas Piñar

Al tema de la sexualidad invertida hizo referencia en la catedral de Alcalá de Henares, el pasado Viernes Santo, el obispo de la Diócesis Juan Antonio Reig Pla. Fue durante su preciosa homilía, que tuve la fortuna de escuchar.

La campaña, utilizando un lenguaje gravísimamente ofensivo contra el prelado, merece una réplica, no con el insulto, pero sí exigiendo un examen del texto magisterial por parte de quienes han atacado a monseñor Reig  Pla, sacando de su contexto ciertas frases, a las que dan una significación que no tienen.

La reacción, que me parece necesaria, en apoyo del señor obispo, creo que hubiera merecido una nota de protesta enérgica de la Conferencia Episcopal, como esperábamos otra, que no se ha producido, por dos exposiciones, en Madrid, terriblemente blasfemas.

Ello no obstante, en sus declaraciones a Religión en libertad, que se han publicado en Internet, el señor obispo, con satisfacción, nos dice que ha recibido muchas adhesiones, y termina diciendo, con manifiesta humildad, que perdona a quienes le han ofendido. ¡He aquí un pastor que da ejemplo!

Estimo que se precisa aclarar la problemática de la sexualidad invertida. Lo haré, o trataré de hacerlo, desde una perspectiva cristiana, de acuerdo con la homilía del obispo y la documentación que él cita.

A mi modo de ver, en el marco de esta perspectiva cristiana hay que tener a la vista la diferencia que existe, y en general se confunde, entre naturaleza y substancia, confusión que entre los católicos ha surgido cuando en el texto castellano del Novus Ordo Missae, el “consubstancial” del Padre con el Hijo, que se decía en el Credo, se ha sustituido por “de la misma naturaleza…”.

Lo cierto es que, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 252, “la Iglesia ha utilizado el término substancia para designar el ser divino en su unidad, (reconociendo, tan sólo que se ha) “traducido a veces por naturaleza”.

La prueba de que “naturaleza” no puede confundirse, y menos identificarse con “substancia”, es que las tres personas de la Santísima Trinidad son de la misma substancia. Así se mantiene en la Misa de rito mozárabe Omoú-sion Patri y así se mantiene también en el “Credo del Pueblo de Dios”, de 30 de junio de 1968, en el que Pablo VI dice que “Nuestro Señor Jesucristo, nacido del Padre antes de todos los siglos, consustancial al Padre, en homoosius to Patri, igual al Padre según la divinidad, y completamente uno por unidad de las Personas” (11).

Esta consubstancialidad, por lo tanto, no quiere decir que haya una substancia divina, de la que deriva la divinidad de las tres personas, sino que es la substancia divina del Padre en el siempre de la eternidad la que transmite sin detrimento al Hijo, e igualmente, por el amor recíproco del Padre y del Hijo, al Espíritu Santo, que de Ellos procede. Por eso, Dios es, al mismo tiempo, uno y trino.

Dicho esto, se entiende, como nos dice San Pablo, que, en Cristo, el Dios encarnado “habita la plenitud de la divinidad corporalmente” (Cor. 2.9).

Algo semejante no puede decirse de la naturaleza humana. Con respecto a la misma no hay connaturalidad. Ningún hombre tiene la plenitud de ella, ya que la totalidad del género humano no está en él. Cada hombre, al individualizarse la naturaleza en el momento de la concepción y convertirse, como nasciturus, en persona, tiene un código genético propio que le identifica, una naturaleza propia, como la tiene cada uno de sus congéneres.

Si el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, las tres personas son un solo Dios, los hombres, cada uno de los hombres, son humanos, pero no son un solo hombre. Es decir, que el hombre concreto no es un seudópodo de la humanidad.

Si la connaturalidad se homologase con la consubstancialidad, la pasión y muerte de Cristo no eran necesarios. Bastaría su encarnación, porque al hacerse hombre y unir a su persona divina una naturaleza humana, con la encarnación ya habría redimido objetivamentea toda la humanidad. Por esta vía puede llegarse a un panteísmo cristiano.

La  naturaleza humana individualizada varía. Ya en el Paraíso, y antes del pecado original, hubo seres humanos tan sexualmente distintos como Adán y Eva, cuyas anatomías, en cuanto a la sexualidad, eran somáticamente distintas.

¿Por qué? He aquí la pregunta clave, a la que hay que dar una respuesta precisa para explicarnos el anverso y el reverso del tema, a saber, la anatomía o envoltura corporal del hombre y de la mujer y la sexualidad desviada.

Desde una perspectiva cristiana es evidente que ese anverso-reverso no existe en el reino animal porque en el mismo no se ha dado, y no podía darse, el pecado. El animal carece de razón y de conciencia moral, se mueve tan sólo por el instinto, y su instinto sexual se corresponde con su anatomía.

Adán y Eva fueron creados por Dios, que, al “hagamos al hombre (refiriéndose a la naturaleza humana), los creó varón y mujer” (Gen. 1,26), -dos criaturas sexualmente distintas- a las que, después de bendecirlas dijo: “Sed fecundos; multiplicaos” (Gen. 1,28).

Dotados nuestros primeros padres de razón, libertad y conciencia, perdieron la gracia del Paraíso al comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, que Dios les había prohibido.

Ese pecado, que fue originante, afectó, por ello, no sólo a los que personalmente lo cometieron, sino a la naturaleza humana, y, por tanto, a cada uno de los hombres y mujeres, en los que, en el curso de los siglos, dicha naturaleza se individualiza y personifica en el momento de su concepción.

La pérdida de la gracia del Paraíso desfiguró, sin suprimirla, la “imagen y semejanza” de Dios, con la que el hombre fue creado, y cuyas consecuencias relata el Génesis en su capítulo III. Tales consecuencias incidieron, e inciden, en la naturaleza individual de cada hombre y de cada mujer, ya que dicha naturaleza se lo trasmite por generación.

El desorden, y el desbarajuste que en los humanos produjo el pecado original, explica muchas cosas, y especialmente el hecho de la sexualidad invertida, que al ponerla en ejercicio se opone al “sed fecundos”.

Ese trastorno del orden natural-sobrenatural en que fue creado el hombre del Paraíso, es la causa de las desviaciones congénitas de la naturaleza en los seres humanos. Los hay que en su código genético tienen, ab initio, una carencia o un defecto. Hay hombres que, conforme a ese código, son coléricos o pacientes, soberbios o humildes, avariciosos o tacaños, generosos o pródigos, como los hay ciegos (a los que se llama ciegos de nacimiento) o con la enfermedad de Down, o con una inclinación sexual invertida, y, por consiguiente, desviada por el fomes peccati de su fin. Por la misma razón hay pirómanos, que tienen una inclinación por quemar bosques, o que quisieran robar, porque les gusta apoderarse de lo ajeno.

Hay que enfrentarse con esta realidad evidente, que nos muestra la historia de la humanidad, y que requiere una receta y una terapia que sean eficaces.

Monseñor Reig hace referencia a las teorías que “desconocen la naturaleza humana (y que) no orientan bien el verdadero sentido y significado de la sexualidad”. Hay que distinguir, y sirve de punto de partida para pronunciarse con acierto, entre “la inclinación sexual propiamente dicha y los actos homosexuales”. Una cosa es la homofobia, “como aversión a los homosexuales”, que por serlo no pueden ser discriminados, sino “acogidos con respeto, comprensión y delicadeza, y otro, los actos homosexuales”, es decir, la puesta en ejercicio de la homosexualidad, a veces realizada en la calle (como ocurrió en Barcelona, cuando la visita del Papa) y por muchas parejas, que hacían gestos desafiantes.

En el primer caso, el de la inclinación, la Iglesia nos dice, y en especial dirigiéndose a los cristianos, que “vivir según la voluntad de Dios implica batallar contra las propias concupiscencias hasta el mismo día de la muerte”, y una de ellas es la de una inclinación desviada de la sexualidad. Con la ayuda de la gracia, “las personas (que tienen dicha inclinación) pueden vivir en castidad”. Si dominamos la envidia, la cólera, la soberbia o el orgullo, y no hay duda de que ese dominio puede conseguirse y se consigue, ¿por qué no puede lograrse el no ceder ante una inclinación sexual invertida?

Pasar de la inclinación al ejercicio, y hacer de este ejercicio un derecho (como se ha hecho en relación al aborto) y justificarlo en que así lo exige la naturaleza específica del que tiene esa inclinación, es algo insostenible, porque, con idéntica razón, podría ser un derecho incendiar bosques o apoderarse de lo ajeno, ya que el que incendia o roba lo hace porque así lo pide la suya.

Lo que sorprende es que el ejercicio de la homosexualidad se exalte con las manifestaciones del “día del orgullo gay”, que dan la impresión de ser manifestaciones oficialmente protegidas. Si éstas se consienten, y hasta se estimulan de varias maneras, uno se pregunta: ¿Cómo pueden no autorizarse las de los pirómanos o las de los ladrones?

Como recuerda monseñor Reig, el Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 2357, dice que “los actos sexuales entre personas del mismo sexo son intrínsecamente perversos (y) contrarios a la ley natural, (pues) cierran el acto sexual al don de la vida”.

El ejercicio de la homosexualidad afecta no sólo a las personas, sino a la sociedad. En las personas, nos dice el señor obispo, produce “sufrimiento y destrucción, coloquialmente un infierno en sus vidas”; y en la sociedad, porque moralmente la degrada y la pone en trance de un castigo divino, como el que sufrieron Sodoma y Gomorra.

¿De dónde viene la palabra sodomita? ¿Y por qué confundir, como se ha escrito, que se manda al infierno por toda la eternidad al que sufre en esta vida un infierno por ese desviado ejercicio de la sexualidad, cuando se tiene la posibilidad de liberarse del mismo?

Publicado en la revista Fuerza Nueva. nº 1410

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