De Günter Grass a la Monarquía española… Entre “mea culpas” y arrepentimientos

Días pasados dio la vuelta al mundo, con una resonancia desbordante, el poema que ha compuesto el laureado escritor alemán, Premio Nobel de Literatura, Günter Grass. Ya cercano a los 90 años de edad, habla de que va siendo hora de manifestar, ahora que se encuentra “en sus últimas tintas”, una serie de cosas que no había dicho nunca, y que ponen al Estado de Israel en un serio aprieto respecto a su fuerza de destrucción nuclear. Dice que sólo se investiga a los demás, pero que nadie se atreve a pedirle cuentas al moderno Estado judío de sus fuerzas y arsenales, que también pueden acabar con otros países. Y que lo hace porque está harto de callar, en una especie de mea culpa por tantos silencios que han tenido que soportar los alemanes como si hubieran sido los únicos criminales de guerra colectivos que ha generado la humanidad.

Esto da pie a que comience una especie de “salida del armario” de un país demonizado por sus antecedentes en la pasada Guerra Mundial, hasta el punto de crearle a cada alemán un complejo de inferioridad que en muy buena parte ha sido promovido por los propios gobernantes teutones, que no tuvieron ni el acierto ni el señorío de un Adenauer para llevar a este país por la ruta minada de la posguerra. Günter Grass ha sido una especie de icono para los socialistas europeos, que vieron cómo un niño que jugaba en las calles de las ciudades alemanas a defensores y atacantes del Alcázar de Toledo -”yo siempre quise ser defensor” escribía-, y que después se alistaba voluntario en las Juventudes del III Reich, se comprometía más tarde con la socialdemocracia de Willy Brandt hasta convertir a éste, un saboteador de los intereses alemanes del Oeste a favor del comunismo del Este, en un ser presentable.

La hora de la verdad

La verdad es que ya va siendo hora de poner las cosas en su sitio. Pero lo trágico es que tenga que ser un hombre que ha vivido en ese mundo, agazapado y temeroso, aunque disfrutando de las mieles de la gloria literaria, el que tenga que dar el aldabonazo para salir del campo de concentración de las ideas, que han sido monopolizadas por sectores influyentísimos de la propaganda universal, hasta el punto de hacer creer al resto del orbe que sólo existe una clase de criminales, que es la que sacrificó a millones de judíos. Los rusos se dejaron 20 millones en las alambradas y en los gulag; los propios alemanes otros tantos, amén de varios millones entre polacos, italianos, ingleses, norteamericanos, rumanos, checos, eslovacos, franceses y españoles, por nombrar sólo a algunos, aunque a efectos de consideración no cuentan con la estima ni con el mínimo recuerdo de nadie. Su sacrificio no existió.

Aunque una cosa es evidente: el Estado alemán sigue pagando -moral y económicamente- al Estado de Israel por sus crímenes, mientras éste puede mover sus máquinas de guerra a capricho sin que a nadie se le ocurra pedir cuentas si no quiere que le recuerden sus antecedentes hitlerianos, como le sucedió a Benedicto XVI -que en cierta ocasión también se vio obligado a entonar el mea culpa-, cuando tuvo la osadía de solicitar, en su visita a los lugares sagrados de Israel, un Estado para Palestina con el fin de aliviar los males de este pueblo torturado y masacrado, y que era como nombrar lo impensable y lo imposible en aquellos pagos. Fue otro acto de valentía, en este caso movido por la exigencia moral de un sacerdote que hoy es el vicario de Jesucristo en la tierra y que es alemán.

Y ahora la Monarquía española

Puestos a pedir perdones no podía faltar la Monarquía española, presa de una serie de traspiés -y no sólo por el de su augusto representante en Boussana- que ha puesto a la más alta institución del Estado al borde del abismo. No tenía bastante con el asunto Urdangarín ni con el desgraciado accidente de Froilán, que serían factores a resolver judicialmente, si no concurriesen en la misma Jefatura del Estado otros datos que ponen a la Corona en el punto de mira de los partidos, que tienen embargada a ésta desde el día siguiente al 23-F. Ahí estuvo el renuncio y de ahí no sale el embargo porque sólo se puede reducir a base de satisfacer la voluntad de los distintos grupos políticos, incluidos los enemigos de la misma España. Al Rey, aquel día, le dieron un cheque en blanco para continuar no por la senda constitucional, que en ninguno de sus apartados obliga a pedir perdón al Jefe del Estado por asistir a una cacería -por muy mal que se encuentre el “país”-, sino para seguir, mediante actitud canina, lo que éstos decidan.

Así pudimos ver a un Rey dolorido por su cadera rota dar las gracias por los cuidados médicos mezclándolo con un arrepentimiento, en once palabras y en abierta compunción infantil, por lo mal que se había portado en aquellos días. Daba la impresión de que se trataba de una  seria equivocación de Estado, que, cuando se comete, es lo propio para requerir la comprensión de un pueblo, y que se convierte en sainete y fechoría de críos cuando el guión te exige interpretar un papel que encarna, en la vida real, nada menos que un monarca de carne y hueso impelido por una clase política de naturaleza delincuente a dar un paso al frente. Es la misma España la que queda a la altura del betún, cuando lo que tendría que hacer ese monarca embargado, si lo fuese de verdad, era dar un paso al frente y denunciar con autoridad la situación letal que padecemos y de la que los partidos y sus dirigentes, con nombres y apellidos, han sido sus principales responsables. Pero no se pueden tomar ciertas actitudes, que es lo que otorga la autoridad moral, cuando partimos de la base viciada de no haber sido fiel a un juramento anterior. La culpa, así, queda repartida democráticamente también.

Y para terminar viene el Gobierno de Rajoy, no el de Rodríguez Zapatero, abriendo, con habilidad y enmascaramiento, una gatera a la inserción de los presos con más sangre de ETA para acercarlos a las cárceles vascas. Era una de las imposiciones de los pistoleros en la última tregua para dejar de matar. Pero en este caso no se pide ni siquiera el arrepentimiento, que resulta imposible en seres bosquimanos que más parece que proceden del reino animal -seguramente porque este Gobierno sabe que es una tontería-, sino una simple firma por parte del criminal procesado y condenado al pie de una declaración comprometiéndose a no ejercer más la violencia. Mientras, el ministro del Interior afirmaba, porque seguro que cuenta con información convincente para ello, de que ETA sigue viva y activa, lo que supone una grave contradicción que nos acerca a volver a las andadas en mayor o menor espacio de tiempo. Me acuerdo del Ripalda de mi juventud: para arrepentirse hace falta, por parte del arrepentido, propósito de enmienda, dolor de corazón, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. Mucha “tela” para monarcas más compungidos por el papel impuesto por el embargo que por el propio pecado, políticos agnósticos, terroristas convictos y españoles de a pie embrutecidos, mientras sufren el caos, por televisiones y periódicos que exaltan todos los vicios y desviaciones humanas. Muy difícil.

Publicado en la revista “Fuerza Nueva”, nº 1410

Luis Fernández-Villamea

 

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