La Argentina de los Kirchner

Existe una gran confusión en la opinión pública española, promovida por la actual dirección política argentina, al tratar de identificar el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner con el peronismo que todos conocemos, especialmente los españoles, que tuvimos 13 años al general Perón entre nosotros viviendo en Madrid y acogido al refugio político que le brindó Francisco Franco. Es una hábil maniobra que esconde la auténtica faz ideológica de la inquilina de la Casa Rosada, que por mucho que aparezca ante el retrato de Eva Perón, nada, absolutamente nada, la identifica con ella ni con el que fuera su esposo, entregados, en tiempos de guerra mundial y de grandes avatares internacionales, a una política de protección nacional y de antimarxismo militante.

Ella no. Cristina Kirchner es una militante montonera, unida a una tradición de violencia feroz que puso en marcha una escisión de un supuesto peronismo, y a cuyos integrantes los dirigentes de éste que vivían en España llamaban troskos, es decir, troskistas, en absoluto amigos de nuestro país y de las tradiciones hispánicas e imbuidos hasta el tuétano en la lucha revolucionaria, que no sólo hizo posible la represión que todos conocemos, sino los intentos de golpe de Estado de varios militares argentinos. Había dos facciones, una que la constituía el Ejército Revolucionario del Pueblo, de tendencia socialista y guerrillera, y los Montoneros, identificados igualmente con la lucha armada y a la que Isabel Martínez de Perón, siendo ésta presidenta de la República Argentina, declaró ilegal.

Esta señora, que hoy gobierna en el país austral, formaba y forma parte de una desviación supuestamente peronista, a la que el general fue alejando progresivamente de su lado, entre otras cosas porque el día que Juan Domingo Perón regresaba a la Argentina, un 20 de junio de 1973, para hacerse cargo nuevamente del poder, los montoneros organizaron una masacre de tiros, en el aeropuerto bonaerense de Eceiza, en el que murió una cantidad ingente de personas que, a día de hoy, todavía no se ha podido calcular. Cristina Kirchner pertenecía a este grupo, que más tarde se desenvolvería como pez en el agua en el proceso terrorista que hizo de este gran país una especie de referencia americana de la guerrilla, y que desembocó en la situación que todos conocemos, en la que eran hundidos buques de guerra y asesinados, a cientos, militares, peronistas auténticos -caso del prestigioso sindicalista José Ignacio Rucci, hombre con fama de honesto y destacado defensor de los trabajadores- e intelectuales católicos como los eminentes profesores universitarios Carlos Alberto Saccheri y Jordan Bruno Genta, este último tiroteado a la salida de Misa.

Cristina Kirchner, por todo ello, no puede ser considerada como una amiga que ha inferido a España, en el caso YPF, una afrenta para tener en cuenta, sino algo lógico en una persona con formación y educación marxista que nada tiene que ver con Argentina ni con la tradicional amistad entre países hermanos. Eva Perón también tenía su genio, y le plantaba cara al embajador de España, José María de Areilza, cuando hacía falta, pero todo ello desde la sintonía del vínculo entrañable y del idioma que nos une, que sirve, además de para entendernos, para expresar con sinceridad, no exenta de energía, todo aquello que nos afecta a ambos pueblos.

En la presente situación, por consiguiente, no merece la pena acusar a esta señora de usurpadora, que lo es, o de insigne demagoga al “estilo peronista”, con que la despachan periódicos españoles de la misma cuerda que ella. No. Cristina Kirchner está en su derecho de defender los intereses económicos argentinos, no faltaría más, pero hay modos de hacerlo, sobre todo cuando los más avispados analistas internacionales están completamente seguros de que la decisión de nacionalizar YPF ha venido inmediatamente después de haberse entrevistado con Obama en Cartagena de Indias. De ahí la respuesta “tibia” de Hilary Clinton, de la que se quejaba el ministro de Asuntos Exteriores español, García-Margallo. Pero nadie comenta que Perón no era precisamente amigo de seguir consignas norteamericanas, como queda sólidamente demostrado en sus libros, que nadie se molesta en leer antes de hablar y comparar.

Y otra prueba más de su militancia política es la confianza que ha depositado en su protegido Axel Kicillof, un joven economista de extracción marxista avanzada al que ha entregado la empresa YPF, aunque figure en segundo plano. Relacionado con su hijo Marcelo, que ha tomado la sucesión ideológica de su padre y la dirección política de su madre, se ha entregado en cuerpo y alma a defender los “intereses nacionales de Argentina” desde que se enteró de los yacimientos de Vaca Muerta, en la frontera con Chile, y hubo propuestas sustanciosas de otras potencias emergentes. Todo ello manu militari, siguiendo consignas de los poderosos, de las que dicen huir los de su extracción política, y admitiendo otras de prójimos -más próximos hoy que nunca- que anuncian alboradas rojas. Preguntaba un comentarista en televisión días pasados: ¿Andará lejos en este asunto asesor el ex juez Garzón?

Editorial Revista “Fuerza Nueva”. nº 1410.

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